Capítulo 36
T ras varias horas y dos descansos, veo una enorme reja dorada con antorchas que parpadean.
Hace mucho que el cielo cambi ó el tono amarillo anaranjado que tenía cuando partimos y ahora es azul oscuro aterciopelado, salpicado de estrellas centelleantes.
—Por fin llegamos —dice Rynthea, después de un profundo suspiro.
Tanto ella como Algar desmontan.
—¿Alguno de ustedes ha considerado que quizá no nos dejen entrar? —espeta Algar.
—Nos dejarán. —Rynthea enrolla las riendas del caballo en su mano—.
Solo le diremos al Concejo de dónde venimos y de quién son estos caballos.
Pero primero… —hace una pausa y le dirige una mirada crítica a Thane—, necesitas quitarte las armas.
Gadonia es un lugar de paz y si perciben cualquier amenaza no nos dejarán entrar.
—Dice la minotauro que lleva una espada guadaña —replica Thane.
—Mi espada guadaña no estará en mi mano, sino atada al caballo. No soy tan estúpida como para acercarme a las puertas de un reino arma en mano, si además soy forastera. No da buena imagen. Pero supongo que a ti eso no te importa.
—Sabes que ya van dos veces que te salvo la vida. —Thane jala las riendas para detener a nuestro caballo—. Sin embargo, me sigues tratando como escoria.
Rynthea pone los ojos en blanco.
—Ahora veo por qué Kelrean se enoja tanto cuando le recuerdo que yo le salvé la vida.
Algar resopla divertido.
Cuando nuestro caballo se detiene, Thane baja de la montura y yo lo sigo, cerrando las piernas con alivio. Me duele el coxis y tengo la columna vertebral tiesa, pero cabalgar fue mejor que caminar.
—Mete todo en tu mochila.
Rynthea observa a Thane, quien desamarra su chaleco y lo mete en la mochila. A cambio del chaleco, saca su capucha, se la pone y se cubre la cabeza.
—Te encanta parecer siniestro, ¿verdad? —bromea Algar.
Thane lo ignora y saca la daga que lleva bajo la manga. Se sacude polvo y pelusas imaginarias de su ropa, luego da vuelta despacio para presumir su nuevo aspecto.
—¿Mejor?
—Mucho —dice Rynthea—. Vamos.
Mientras la seguimos, miro boquiabierta las rejas arqueadas de oro puro y brillante. Unas perlas adornan sus bordes y dos guardias en uniforme verde mar están frente a ellas. Su ropa está hecha de un material iridiscente que cambia de color bajo la luz de la luna con cada movimiento.
Cuando nos acercamos toman una postura más erguida y ponen una mano en la empuñadura de sus espadas.
—¿De dónde vienen? —pregunta el más bajo de los dos guardias.
—Immalon —responde Thane.
El guardia más alto entrecierra los ojos mientras nos escudriña.
—¿Nos vamos a creer que la reina de Immalon los acogió a ustedes cuatro?
—Revisen las monturas —dice Thane, señalando a los caballos.
Ambos guardias se acercan a ellos y verifican las sillas de cuero café. Cada una tiene el símbolo de un círculo dividido en cuatro, y cada sección del círculo contiene la imagen de un elemento.
—¿Cómo sabemos que no son robados? —interroga el alto.
—¿Cómo hubiéramos podido robarle caballos a la tribu de elementalistas? —pregunta Rynthea, soltando una risa—. Nos habrían matado antes de siquiera parpadearle a uno de ellos.
—Magia —replica el más bajo—. Estoy seguro de que uno de ustedes la tiene. ¿Quién es?
—Yo.
Los guardias vuelven a fijar su atención en Thane, lo observan con cuidado, es posible que lo vean aún más como una amenaza.
—Y no usé magia en Immalon —agrega—. Ellos nos ayudaron a escapar de un puente que se desplomó. Estábamos heridos y nos curaron, luego nos ayudaron a llegar aquí, como teníamos planeado.
Thane baja el cuello de su capucha para mostrar la nueva cicatriz en su pecho.
Los guardias se miran entre ellos, pero siguen sin creerle.
—La reina Xiaodera nos dijo que no le dijéramos a nadie que estuvimos en Immalon, salvo al Concejo de Gadonia —digo—. Supongo que hablarlo con los guardias también es seguro. Ella valora la relación que su tribu tiene con su ciudad.
Los hombros de los guardias se relajan, pero solo un poco. Luego, el más bajo dice:
—Necesitaremos informar a nuestro Concejo. Esperen.
—Genial —exclama Algar entre dientes cuando se marchan.
Un cuarto de hora después, los guardias regresan con dos personas detr á s de ellos, una mujer y un hombre.
El hombre me parece muy familiar. Cruza las rejas y mira a Rynthea, tanto con asombro como con estupor.
Todos se sorprenden siempre al ver a un minotauro.
Observo su cabello ondulado castaño oscuro, la piel bronceada y la barbilla partida; no hay duda de quién es.
—¿Enver? —pregunto boquiabierta al ver a mi amigo de la infancia.
Dirige su atención a mí.
—Por el amor de Thelanor —dice en un suspiro—. ¿Eres tú, Zaira?
Corremos uno a los brazos del otro y me envuelve en un abrazo fuerte. Casi lloro en su hombro.
—¡No puedo creer que seas tú! —exclama riendo—. Dioses, ¡ha pasado tanto tiempo!
—¡Soy yo! —le confirmo.
Deshace el abrazo y con ambas manos me da un apretoncito en los brazos.
—Te ves… quiero decir, ¿cómo es posible? Deberías estar en Meriva. ¿Qué haces aquí?
—Sigo viviendo ahí, solo que… por el momento estoy viajando.
—¿Y has venido hasta Gadonia?
Asiento con una sonrisa.
—Solo por esta noche.
Sé que tiene más preguntas, pero al ver a mi grupo se contiene.
—Bueno, sea como sea, es maravilloso. Tendrás que ponerme al día de todo mientras estés aquí.
—¿Les permitimos la entrada, señor? —pregunta el guardia alto.
—¡Por supuesto! —Enver nos hace una seña con la mano para que pasemos—. ¡Ábranles el paso y vayan a buscar algo caliente para comer! ¡Esta noche acaba de mejorar muchísimo!