Capítulo 34
L a enfermería está mucho más fresca que el comedor. Sin duda, las aspas de bambú tejido de los ventiladores de techo se alimentan de magia elemental que controla el aire. Giran a un ritmo constante y brindan una brisa agradable.
Nos recibe una mujer pelirroja vestida de lino café que nos guía por un pasillo hasta dos salas de cuidado separadas. Hay ocho habitaciones en total, con grandes ventanas redondas que dan a la laguna. Cada una está equipada con dos camas y aguamaniles.
Kelrean está en la primera con los ojos cerrados. Una mujer está a su lado, ajustando las vendas, mientras otra frota sus sienes con las yemas de los dedos para mantenerlo tranquilo.
Sonrío a las sanadoras, son tan amables y atentas. Paso a la segunda habitación, donde Rynthea está sentada en la cama, enfurruñada y mirando al suelo. A pesar de una venda que le envuelve el antebrazo y otra en su cabeza, parece estar bien.
—Debí saber que vendrían ustedes dos—dice sin levantar la mirada—. Podía escuchar la molesta voz de Algar desde que estaban en la entrada.
—Sip —replica Algar—. Ya está bien.
—¿Cómo te sientes? —pregunto.
—Perdí mi espada guadaña —se queja.
—Sí. —Entro a la habitación—. Lo siento.
Guarda silencio unos segundos, luego exhala.
—Era un regalo de mi padre. —Deja caer la cabeza lo suficiente para que su cabello cubra su rostro como una cortina—. Prometí no perderla nunca.
Me duele el alma; ella sigue mirando al piso. Después de un momento, levanta la cabeza y me mira a los ojos.
—No creo que pueda continuar con esta misión, Zaira. Siento que he perdido tanto y solo ha pasado un día desde que salí de Kamtaur.
—Entiendo. —Entrelazo los dedos frente a mí y me estrujo las manos—. No regresarás sola por Delchester, ¿o sí?
—No. Volveré a Bernwood, de ahí al puerto más cercano y tomaré un bote que me lleve a Junsho. Desde ahí, viajaré a Winstoft. Me llevará un día o dos más, pero es mucho más seguro.
Asiento aliviada.
—Sé que nos acabamos de conocer, pero extrañaré tu compañía —murmuro, sentándome a su lado.
Ella ríe.
—¿Extrañarás que nos ataquen cada hora en mi compañía?
Yo también río.
—Tienes razón. Pero es mejor enfrentar un ataque con una minotauro feroz a mi lado que sin ella.
Me ofrece una sonrisa cálida, genuina.
Miro a Algar.
—¿Y tú?
—En lo de los ataques estoy de acuerdo. Ha sido horrible, pero yo voy a llegar hasta el final. —Algar esboza una enorme sonrisa y Zefra le da un coletazo en la cara.
Suelto una risita. Hasta Zefra piensa que es un loco por no cambiar de opinión. No lo culparía si lo hiciera. Nadie merece cargar con el equipaje de Thane, ¡y qué equipaje tan pesado!
Al pensar en Thane me levanto y digo:
—Voy a ver cómo está nuestro hechicero.
Algar toma mi lugar junto a Rynthea y me dirige una mirada cómplice antes de darle unas palmaditas en la venda de la cabeza. Ella hace una mueca y gruñe. Él ríe bajito, levantando las manos en el aire cuando ella lanza un puño hacia él.
Cuando doy vuelta en el pasillo echo un vistazo a la siguiente habitación.
Ahí está Thane, que descansa bocarriba con la vista fija en el techo.
Le han quitado el pañuelo, las espadas y la coraza, y ahora están sobre una mesa en el rincón, junto con su mochila.
Parece que una nube de tristeza se cierne sobre él.
En marcado contraste, en el alféizar de su ventana hay un florero con flores amarillo brillante.
Me aclaro la garganta y él levanta la cara. Al ver que soy yo, deja caer la cabeza en la almohada otra vez y deja escapar un suspiro.
—Me sorprende que sigas aquí —dice.
—Bueno, ya no te odio y tienes la esfera de Frevella, así que…
No responde.
Mi corazón empieza a latir con más fuerza.
—Todavía la tienes, ¿verdad?
—Sí, está en mi mochila.
—Okey. Bien. —Respiro aliviada y me adentro en la habitación. Luego, esbozo una sonrisa descarada—. ¿Me merezco un agradecimiento?
—¿Por qué?
—Por salvarte la vida.
Resopla.
—¿Llevamos la cuenta? Porque si es así, diría que vamos diez a uno. Quizá más.
—Entonces estás de acuerdo. Era mi turno de salvarte, ¿o no?
—Claro. Puede que incluso haya una próxima vez.
—Así que lo admites: soy tan buena para salvarte la vida como tú para salvar la mía.
—No te dejes llevar, Quinlocke. —Su sonrisa socarrona es apenas perceptible.
Reprimo la risa.
— ¿Cuánto tiempo te dijeron que necesitas para sanar? —pregunto, acercándome a un lado de la cama para mirarlo a los ojos.
—Estoy bien.
Trata de sentarse, pero resopla entre dientes con fuerza y vuelve a caer de espaldas en la cama, llevándose las manos al pecho. Se jala el cuello de la camisa y veo una pequeña herida de puñal cerca de su hombro.
—¿Qué te pasó ahí?
—Maliek —masculla.
—Está sangrando.
—La curandera me dio algo y dijo que la hemorragia pararía pronto.
—Bueno, quizá si dejaras de moverte y le bajaras un poco a tu bravuconería, sanaría más rápido.
Observo los estantes altos al otro lado de la habitación. Están atestados de tazones, medicinas y frascos de vidrio. En una barra empotrada debajo de ellos hay un montón de toallas bien dobladas.
—En fin, ¿dónde está la sanadora? —pregunto.
—No sé. Vio mi equipo y no dejaba de mirarme raro. No me sorprendería que no regresara. Es probable que piense que le voy a cortar la cabeza o algo así.
—Mmm… No puedo decir que la culpo por pensarlo, a ti te encanta cortar cabezas.
Me acerco a los estantes y leo las etiquetas de los frascos. Veo uno con aceite de poruna, lo bajo del estante, tomo dos toallas limpias y voy con todo a la cama de Thane.
—¿Qué es eso? —pregunta, haciendo un esfuerzo por no gruñir.
—Poruna. Es un anestésico. Calmará el dolor. Quítate la camisa —ordeno.
—Te gustaría, ¿verdad?
—No te creas tanto.
Coloco el frasco de la medicina en la cama y levanto su camisa.
Tengo que recurrir a toda mi voluntad para no reaccionar ante sus abdominales duros como piedra y sus impresionantes pectorales.
Incluso con sus cicatrices de batalla, es un espectáculo delicioso.
Francamente, las cicatrices lo hacen más sexi, aunque jamás lo admitiré en voz alta, y menos delante de él.
—Con confianza, mira todo lo que quieras. —Su tono es divertido, sin lugar a dudas.
Toco su herida. Se queja y se traga el dolor con los dientes apretados.
—Deja de decir tonterías o no te aliviaré la herida —lo amenazo con amabilidad.
—No eres tan amable como pensé, dulzura.
—Soy amable, salvo cuando tengo que lidiar con idiotas como tú.
Abro el frasco y presiono la toalla en la abertura para que el líquido amarillo traslúcido empape la tela. Luego la pongo sobre la herida; Thane hace un gesto de dolor, sus músculos se tensan antes de relajarse.
Uso la otra toalla para limpiar el sudor de su frente y, en el proceso, su mirada se encuentra con la mía. Quiero apartarla, en verdad, pero estoy paralizada, perdida en sus iris profundos y dorados.
—Pensé que morirías.
Mis palabras suenan más vulnerables de lo que esperaba.
—Se necesita más que agua para matarme.
Toma mi mano en la suya; la aprieto y mi corazón se acelera. Su palma está tibia, casi sin callos gracias, quizá, a esos guantes que usa.
Nunca lo he visto desnudo y me parece difícil no detenerme en cada detalle de su piel.
En su antebrazo tiene la letra «D», pero cada vértice de la letra está afilado y dentado.
Es igual que la «D» de la daga que me dio en el bosque de Delchester, solo que esta tiene un corte en diagonal, como si alguien hubiera presionado algo caliente en su piel para quemarlo.
« Los Divinos ».
—¿Thane? —Me cuesta trabajo formular las siguientes palabras y busco respuestas en sus ojos. Él espera a que hable. Me acobardo y aparto mi mano de la suya—. Voltéate —murmuro.
Duda antes de hacer lo que le pido. Cuando se da la vuelta me paralizo de nuevo. En la espalda tiene un tatuaje con el diseño más intrincado (e inesperado) que jamás haya visto.
La empuñadura de una espada empieza en la parte superior de su columna vertebral y su punta desciende hasta la espalda baja.
La hoja está envuelta en espirales de tinta negra, como volutas de humo.
En el centro de la hoja están las letras «G » y « S ».
Las letras están apiladas, la parte inferior de la «G » se mezcla con la «S » y acaba en más remolinos.
Me lleva un segundo darme cuenta de que las volutas de humo representan sombras.
El gremio de la Sombra.
Tengo que mirar muy de cerca para descifrar las letras amalgamadas, pero no me equivoco. Trago saliva mientras Thane mira sobre su hombro.
—¿Qué haces?
—Nada.
Lo que haya usado Maliek le atravesó el cuerpo de lado a lado. Vuelvo a tomar el frasco y vierto más líquido en la toalla antes de frotarlo en la herida.
Cuando acabo se vuelve a recostar sobre la espalda y suspira mientras se baja la túnica.
—Para que lo tengas en cuenta, deberías tratar de mantenerte quieto para que sanes más rápido.
Xiaodera, que es la reina, no es muy adepta a ti.
Algar y yo pensamos que Maliek va a regresar.
Si aparece en las fronteras de Immalon y trata de atacar, ella no dudará en echarte a los lobos, por decirlo así.
Thane se remueve en la cama.
—Maliek no va a volver.
—¿Cómo sabes?
—Porque le atravesé el corazón con mi espada y aventé su cadáver a los rápidos antes de que el puente se derrumbara. Es probable que ahora esté en el fondo de la cascada, alimentando a los peces… o a los monstruos. Lo que lo considere apetecible.
—Ah. —No tiene idea del alivio que me causa—. ¿Estás seguro?
Me mira a los ojos con certeza y dice:
—Está muerto, Zaira.
—Okey. —Suelto un profundo suspiro—. Aun así creo que deberíamos irnos lo más pronto posible.
—Lo haremos.
Me observa con cuidado, igual que yo a él. Hay tantas cosas que quiero preguntarle, tantas cosas que quiero que me explique.
Frunce el entrecejo.
—No me gusta cuando me miras así.
—Así ¿cómo?
—Como si estuviera frágil.
Me acerco más a él.
—¿Es posible que lo estés?
—Lejos de eso —refunfuña.
—¿Delicado, entonces? —digo.
Alza la mirada al techo.