El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

M i madre me contaba historias sobre las tribus antiguas de Thelanor.

Nos sentábamos alrededor de una hoguera y escuchábamos sus emocionantes relatos sobre cuántos de ellos poseían poderes únicos.

Por supuesto, había algunos que poseían magia como los hechiceros, pero también existían tribus extraordinarias que se hacían llamar elementalistas.

Me dijeron que los elementalistas se dividían en comunidades distintas, dependiendo de sus elementos asignados.

A menudo se aliaban, cuando tenían que enfrentar amenazas del exterior.

Mientras los seguimos, me doy cuenta de que ya no están separados por elementos, porque esta tribu posee una mezcla de todos.

La reina de la tribu nos lleva por un sendero escondido, donde uno de los elementalistas agita la mano para abrir de par en par un espeso conjunto de ramas entrelazadas en forma de puertas ocultas.

Cruzamos tres de ellas antes de agacharnos bajo el grueso tronco de un árbol caído, para cruzar unas rejas de plata.

Esto nos lleva a un sinuoso sendero de piedra rodeado de vegetación en la que hay flores de aromas dulces entrelazadas.

No disminuimos el paso hasta que llegamos al mundo escondido de Immalon.

Lo primero que advierto son las cumbres escarpadas en la distancia, cuyas cimas se proyectan hacia el cielo.

Por todo el pueblo hay diseminadas cabañas de ladrillo y madera con techo de paja.

Todas están conec tadas por un camino de tierra.

Sin importar qué camino se tome, todos llevan a una laguna azul cristalino que refleja el cielo índigo , las cumbres y las nubes aborregadas.

Los setos cercanos están adornados con flores blancas, en tanto que de algunas ramas bajas de los árboles alrededor cuelgan hermosos racimos de capullos rosas y amarillos.

Entre las arboledas sobresalen cañas de bambú.

Todo aquí es verde intenso y los aromas son dulces, como si perfumaran constantemente el aire con miel y flores.

Pasamos la laguna donde hay niños jugando y riendo. Algunos hacen levitar rocas, otros salpican agua con movimientos rápidos de sus manos secas.

¡Guau! Las historias y el arte no le hacen justicia a este lugar. Ni siquiera el mejor artista en todo Thelanor podría capturar la gracia y la belleza del entorno.

La reina de la tribu no se detiene hasta que llegamos a dos chozas conectadas que se elevan sobre pilotes y tienen techos en forma de cono. Los elementalistas que ayudan a Thane, a Rynthea y a Kelrean los llevan ahí.

Los sigo, pero la reina me detiene con su brazo en mi pecho. Su antebrazo está envuelto en un guantelete de oro sin dedos, debajo del cual se extienden espirales de tinta sobre la piel cálida, hasta sus dedos ágiles.

—Ustedes dos se quedarán conmigo —dice.

No hay duda: es una orden, no una opción.

La miro a ella y luego a Algar, quien lleva a Zefra acurrucada en sus brazos.

—¿Van a estar bien? —pregunto mirando la choza donde desaparecieron los otros tres.

—Nuestros sanadores los atenderán. Hablando de eso…

Con una seña, le indica a una mujer que está cerca de la choza que se acerque.

—Sánalos, por favor —ordena la reina.

La mujer toma mi muñeca. Sus manos se calientan como si se avivara una hoguera, y me transfiere el calor. Un cosquilleo extraño se extiende bajo mi piel y, justo frente a mis ojos, desaparecen los rasguños dolorosos y la piel en carne viva de mis palmas.

—Dioses, gracias —murmuro asombrada.

La curandera inclina la cabeza y luego toma las muñecas de Algar para hacer lo mismo. Cuando termina, Algar también le agradece. Ella hace una rápida reverencia y regresa a la choza.

—¿Mejor? —pregunta la reina.

—Sí —respondo, frotando mi palma sana con el pulgar—. Gracias.

—Bien. Síganme.

La reina pasa frente a varias chozas más hasta que ella y el hombre musculoso llegan a una construcción de piedra.

En el primer piso no se ve mucho, pero en el segundo hay una plataforma rodeada por barandales de madera en su perímetro, donde hay varias mesas y bancas para comer.

La reina entra al lugar y el hombre musculoso (que supongo que es su pareja) sostiene la puerta abierta esperando que pasemos.

Avanzo y le ofrezco una sonrisa forzada; Algar me sigue los pasos. Para mi sorpresa, él me devuelve la sonrisa y asiente.

Entramos a un comedor en el que casi todo está hecho de madera y piedra.

En el centro de la sala hay una hoguera y tras una arcada hay una enorme cocina donde trabaja un grupo de personas.

El vapor se eleva frente a sus rostros cuando de sus manos sacan fuego para hervir el agua.

En el lugar flotan aromas deliciosos que despiertan mi olfato.

—Por favor, siéntense —dice la reina, señalando con elegancia una mesa. Jalamos una silla y, ya instalados, ella toma asiento frente a nosotros. El hombre musculoso se acomoda a su lado—. ¿Empezamos con sus nombres?

Nos examina de cerca a Algar y a mí.

Me aclaro la garganta y le digo el mío. Algar hace lo mismo después.

—Zaira y Algar. —Nos mira sin parpadear—. ¿Y cómo se llaman los otros?

—El príncipe es Kelrean, como le informó —respondo—. Es de Bernwood.

Asiente.

—Tengo una buena relación con el rey Draedor. Hemos comerciado con él muchas veces.

—La minotauro es Rynthea Kamtaur —agrego—. Es una buena persona.

—Debe serlo, si ese hechicero de combate está dispuesto a salvarla —comenta la mujer—. ¿Cuál es su nombre?

—Thane Valkor —digo bajando un poco la voz.

—¿Y por qué viajan con él? —Nos mira a ambos y espera, con sus ojos oscuros entrecerrados.

—Me está ayudando a llegar a un lugar.

—Y yo les presto apoyo —interviene Algar.

La reina baja la mirada hasta Zefra, quien la observa con cuidado.

—Te preocupas por las criaturas, por la naturaleza —dice tras un breve silencio.

—Claro que sí. —Algar acaricia el lomo de Zefra—. La naturaleza es hermosa y las criaturas como Zefra son lo mejor de ella.

La reina contrae las comisuras de su boca mientras observa a Zefra un poco más.

Luego extiende la mano y Zefra se retuerce para salir de los brazos de Algar y saltar a la mesa.

Cuando sube por el brazo de la reina, esta esboza una enorme sonrisa, con dientes y todo.

No es que lleve mucho tiempo de conocerla, pero no me parece la clase de persona que ofrezca muchas sonrisas tan enormes.

—Eres una belleza —dice en un arrullo cuando acerca a Zefra a su pecho para acariciar su cabeza suave.

Zefra deja escapar un ruidito gutural de satisfacción e incluso el hombre musculoso le sonríe a la maobi. Entiendo, es difícil no adorar a Zefra.

—Debería moverse libremente —dice la reina en dirección de Algar sin dejar de acariciar la cabeza de Zefra.

—Ella elige quedarse conmigo —responde Algar a la defensiva.

—Eso parece —calla un momento y le vuelve a sonreír a Zefra—.

¿Sabes que se considera un honor que un maobi viaje en el hombro de un humano?

Hace muchas generaciones que no se les ha visto hacer eso.

Para que lo hagan, deben verte como un igual.

Son criaturas con una gran inteligencia emocional.

Algunas personas creen que los maobis entienden nuestros sentimientos mejor de lo que podemos comprenderlos nosotros mismos.

Es interesante que ella esté apegada a ti.

Estoy segura de que sabes lo enérgicos y fastidiosos que pueden ser.

Algar baja sus defensas y sus hombros se relajan un poco.

—Es mi mejor amiga y nos entendemos. —Esboza una media sonrisa. Es adorable ver la devoción en sus ojos—. La amo.

Zefra emite un chillido y mira a Algar. Luego baja de las manos de la reina y cruza de prisa la mesa para regresar con su persona.

—Y ella también te ama —dice la reina.

Algar ríe bajito cuando Zefra monta en su hombro y le acaricia el cuello con su cabecita.

—Tienes preguntas. —La mirada de la reina vuelve a clavarse en mí. Adiós a esa sonrisa.

—Algunas —respondo.

—Hazlas.

—Bueno, creo que lo mejor es empezar por su nombre… ¿no?

Baja la barbilla.

— Xiaodera, reina de la tribu de Immalon.

—Mucho gusto, reina Xiaodera.

—Él es mi esposo, Jehon, rey de la tribu de Immalon —agrega, señalando a su pareja.

Le sonrío al rey Jehon y él me devuelve el saludo asintiendo un poco.

—Casi mueren en ese puente —dice la reina.

—Sí. —Dejo escapar un suspiro tembloroso; desearía olvidar que colgué de una cuerda que se deshilachaba y de esa liana resbalosa—. Casi morimos. ¿Cómo nos vio?

—Tengo ojos en las fronteras. Me informaron de un altercado.

—Menos mal que llegaron justo a tiempo.

Alguien de la cocina entra al comedor cargando una charola con una tetera. La coloca en el centro de la mesa, junto con cuatro tazas de madera en forma de tazones en miniatura. Hace una reverencia hacia la reina y el rey y se marcha.

La reina Xiaodera toma la tetera de cerámica y vierte un líquido caliente y humeante en cada taza. Después, el rey Jehon pone una frente a cada uno de nosotros. Levanto el té, agradeciendo con un movimiento de cabeza, y tomo un sorbo.

Cuando el vapor empaña mis anteojos no puedo evitar reír. Hace tiempo que no me pasaba. Me recuerda mejores días. Días más seguros.

Antes, se me empañaban todo el tiempo cuando Analla y yo tomábamos una taza de té en nuestro balcón que tenía vista al canal. El aire era lo suficientemente fresco como para que usáramos un suéter grueso.

—Mi gente dice que vieron a ese hechicero amigo tuyo que luchaba contra atacantes que parecían asesinos —dice la reina Xiaodera después de darle un sorbo al té—. ¿Sabes quiénes eran?

Miro a Algar. Sube y baja la cabeza para insistir que diga la verdad.

—Venían por él… por nuestro amigo. Creo que eran de los Sombríos.

Ella entrecierra un poco los ojos.

—Entonces, ¿acarrea problemas?

Me doy cuenta de que el rey Jehon aprieta el puño sobre la mesa.

—Lo han estado siguiendo, pero no sabemos por qué —explica Algar—. Le hemos preguntado, pero no quiere decirnos qué quieren.