El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

D esde que empecé este viaje con Thane Valkor, he tenido muchos encuentros cercanos con la muerte, pero aferrarme a una cuerda podrida que cuelga de un puente destrozado mientras el agua corre furiosa bajo mis pies es el más cercano.

Grito mientras cuelgo sobre peñascos afilados como dagas.

—¡Zaira! —Algar se asoma por el borde con los ojos muy abiertos por el pánico.

Mi respiración es entrecortada y clavo las uñas en la cuerda. Mis palmas están en cane viva mientras me aferro con todas mis fuerzas. Algar extiende la mano para que la tome.

Libero una mano para alcanzarlo, el otro brazo arde bajo mi peso. Vuelvo a gritar cuando la cuerda se desplaza.

¡Chas!

—No —murmuro.

La cuerda roza el borde afilado del desfiladero y las hebras se deshilachan una a una.

—¡No alcanzo! —gimo.

—¡Inténtalo! —Algar baja la mano lo más que puede, presionando el vientre contra el suelo.

Pero justo cuando nuestras yemas se rozan, una ráfaga de viento hace balancear la cuerda hacia la izquierda. Mi cuerpo golpea una de las paredes rocosas y me deslizo varios metros más.

Otro chasquido parte el aire como el estallido de un látigo.

El agua suena más fuerte, quizá todo está en mi cabeza o en realidad son los latidos de mi corazón. La cuerda ya está cortada casi por completo. No me sostendrá por más tiempo.

—¡Me niego a dejarte morir así, mujer! —dice Algar.

Grita algo sobre su hombro. Segundos después, Zefra baja por su brazo con una gruesa enredadera verde oscuro. Me mira con desesperación mientras escupe la enredadera y la empuja hacia mí. Algar sujeta el otro extremo y yo trato de alcanzarla.

Dos chasquidos más hacen eco en el despeñadero.

La cuerda se tambalea hacia abajo. No puedo evitar gritar cuando caigo varios metros, el pánico sube por mi pecho.

Trato de calmarme antes de extender el brazo para sujetar la enredadera con ambas manos y aferrarme bien a ella.

Tan pronto como lo hago, la madera y la cuerda se desploman en los rápidos.

Colgando de la liana, jadeo y observo cómo la cuerda de la que apenas estaba sujeta golpea el agua embravecida y desaparece.

—¡Eso es! —gruñe Algar jalándome.

Imagino lo difícil que es para él hacerlo en este momento, considerando que ha perdido parte de su fuerza.

Hundo la punta de mis botas en las fisuras resbaladizas del desfiladero, pero sigo resbalándome.

No encuentro un punto de apoyo. Mi pie se resbala otra vez, mis manos se derrapan y cubren de sangre la enredadera.

Alzo la vista hacia Algar, quien maldice mientras la liana se le escapa de la mano hasta que ya no puede sujetarla y caigo al vacío.

Grito mientras me desplomo, hasta que siento una sacudida que me detiene.

Lo abrupto del movimiento provoca que mi espalda se azote contra el borde afilado del desfiladero con el impacto suficiente para sacarme el aire.

Las manos me escuecen y los músculos me tiemblan; me concentro en tratar de encontrar un apoyo en el acantilado rocoso.

Escucho que Algar grita mi nombre, me pide que aguante mientras jala la enredadera. Conforme lo hace, no puedo evitar preguntarme dónde está Thane. ¿Rynthea está bien? Espero que a Kelrean no lo hayan matado los asesinos. El rey Draedor nunca nos perdonaría. Bueno… si alguno de nosotros sobrevive.

«Necesito seguir. Tengo que seguir . Analla me necesita».

Estoy tan aturdida. Parpadeo varias veces y respiro profundo, tratando de recuperarme.

No funciona. Si acaso, me resbalo más.

Igual que las hebras deshilachadas de la cuerda antes de que se rompiera, mi fuerza desfallece. Contengo las lágrimas. Hasta aquí llegué. «Lo siento, Analla».

Sigo deslizándome, pero algo con alas oscuras y enormes pasa aleteando a mi lado. El sol es demasiado brillante para distinguirlo, pero revuela en círculos y extiende sus garras.

«Genial. Algo más trata de matarme».

Planea directamente sobre mí y, con un chillido, sujeta mi cuerpo entre sus garras. Para mi sorpresa, sus zarpas afiladas no me perforan cuando me eleva en el aire. Sus alas crean su propia corriente cuando grazna.

Mis pulmones se llenan de aire cuando me doy cuenta de lo que está sucediendo. Me está salvando.

Mi salvador abre las garras y me deja caer sobre un terreno estable en la parte superior del acantilado; aterrizo sobre la espalda con un quejido.

Cuando al fin puedo echar un buen vistazo a la criatura, veo que es un halcón descomunal con plumas color café y un pico amarillo intenso.

Dibuja círculos en lo alto, graznando fuerte, antes de aterrizar cerca de mí.

Grazna de nuevo, solo que esta vez suena adolorido.

Se escucha el chapoteo de piel y el crujir de huesos, como si los pasaran por un molinillo.

No puedo quitarle la vista de encima al pájaro mientras se transforma: las alas se convierten en brazos, el pico se hace pequeño hasta formar una boca y nariz.

Se está convirtiendo en un hombre familiar, con cabello en la cabeza y ojos de león.

Desnudo, Kelrean se retuerce en el piso con rugidos tan profundos y feroces como los del rey de las bestias. Su agonía es intensa, sus garras se hunden en la tierra, sus huesos crujen aún más hasta que, finalmente, los gritos cesan y se queda quieto bocabajo.

—Kelrean —murmuro, gateando hacia él.

Hace un esfuerzo por abrir los ojos.

—Zaira. Mi mortal favorita.

Mis labios dibujan una sonrisa débil y tomo su mano.

—Me salvaste.

Él también sonríe.

—No fue nada.

Lo ayudo a levantarse.

Algar cojea hacia nosotros mientras saca una túnica de su mochila.

—¡Por los dioses! ¡Tapa esa cosa! —dice, aventándole la túnica a Kelrean.

Kelrean la atrapa antes de que se le resbale.

—¿Robaste esto del castillo? —le pregunta entre jadeos.

—Claro que no —responde Algar.

Kelrean señala el emblema grabado en el pecho con los labios apretados.

—¡Bueno, está bien! Lo hice. ¡Había tres más en el armario! Ustedes bien pueden regalar por lo menos una.

No puedo evitar ver a la «cosa» a la que Algar se refería cuando Kelrean se pone la túnica. El príncipe es… Bueno, digamos que entiendo por qué se siente tan confiado de quién es. No deja absolutamente nada que desear en cuanto al tamaño.

Me volteo para darle un poco de privacidad.

Zefra revolotea sobre Algar cuando él se acerca a mí.

—Zaira, ¿estás bien? —pregunta.

—Estoy bien. ¿Dónde están Thane y Rynthea?

Algar me mira, luego a Kelrean, quien está ocupado atando la túnica a la cintura.

Corremos hacia el despeñadero. Conforme nos acercamos, veo abajo una figura oscura.

Thane se aferra a una cresta en el fondo del desfiladero, apenas aguanta.

El agua le salpica la cabeza en un intento por arrastrarlo río abajo.

Rynthea está unos cuantos metros más arriba de él, en la misma saliente en la que cayó y aún inconsciente.

Miro a la izquierda, a las lianas que cuelgan de los peñascos y salgo corriendo para arrancar algunas. Algar me ayuda hasta que tenemos varias en las manos.

—Ayúdame a amarrar estas —digo apresurada, atando las lianas con mis manos ampolladas y ensangrentadas. Me duele mucho, pero tengo que hacerlo.

Thane se va a caer. Puedo ver cómo se resbala.

Los otros asesinos se han ido, posiblemente se los llevaron los rápidos o están muertos al otro extremo del puente. Tal como sospechaba, Thane grita antes de ser arrastrado bajo el agua.

—¡Por aquí!

Corro por el borde del acantilado lo más rápido que puedo, viendo cómo Thane es arrastrado entre los rápidos. Esperaba que esta fuera mi única preocupación, pero por supuesto, mi vida nunca es tan fácil. Los rápidos terminan en una cascada.

Una cascada empinada… muy empinada.

Su cuerpo azota contra las rocas y los bordes afilados del desfiladero.

Veo que su cabeza golpea una de las piedras antes de detenerse un poco, pero permanece consciente, aprovechando cada pizca de energía para mantenerse en la superficie.

Como por milagro, se aferra a una piedra delgada que sobresale en el agua.

Escupe, se enjuga los ojos y alza la mirada hacia mí.

Me deslizo por una cresta, manteniendo el equilibrio en una cornisa.

Levanto la liana con ambas manos, esperando que entienda lo que quiero decir.

Como si lo hiciera, asiente. Lanzo la enredadera en su dirección.

Un aro dorado se envuelve alrededor del extremo de la liana como un lazo y me jala un centímetro hacia adelante.

Yo jalo hacia atrás, clavando los talones en el piso.

—¡Algar! ¡Ayúdame a jalar! —grito.

Algar llega a mi lado en la cornisa y jala. El esfuerzo es suficiente para lastimarme los hombros y mis palmas están en carne viva y arden; sin embargo, sigo tirando. Me siento aliviada conforme Thane se acerca a la pared del acantilado.

Estamos muy cerca de salvarlo, luego iremos por Rynthea… solo que… Por todos los dioses.

Rynthea acaba de caer también al agua.

Se despierta sobresaltada por la oleada fría y deja escapar el rugido profundo que solo un minotauro puede producir.

—¡Mierda! —grita Algar sin dejar de ayudarme a subir a Thane.

Pasa flotando y rebasa a Thane, quien ya llegó a una saliente segura y se sujeta con un codo sobre ella.

Siento una opresión en el pecho al darme cuenta de que no tengo ninguna solución para Rynthea. No hay manera que podamos arrojarle a ella también una liana. Está demasiado lejos y se acerca a la cascada.

Thane respira rápido y extiende una mano iluminada en su dirección.

Con la fuerza que le queda, logra evitar que Rynthea siga avanzando.

Mira sobre sus hombros, sus rizos están apelmazados sobre su cabeza, el agua escurre por sus labios y el brazo le tiembla.

Está haciendo un gran esfuerzo para mantenerla estable.

Rynthea logra voltear hacia el borde y abrazar una piedra.

Cuando lo hace, las manos de Thane caen, sus ojos se cierran y su cabeza se desploma sobre la saliente.

Entonces, sucede un milagro.

Una burbuja de agua se forma alrededor de Rynthea, como un capullo, y la lleva hasta donde estamos de este lado de los rápidos. Confundida, observo cómo flota en la seguridad de la burbuja. Luego veo a un grupo de personas vestidas con atuendos tribales café y gris que están a poca distancia.

Uno de ellos tiene las manos en el aire mientras manipula el agua; los músculos de sus largos brazos bronceados y tatuados se flexionan en ciertas áreas cuando coloca a Rynthea en el piso, con un leve chapoteo.

La tierra tiembla bajo mis pies y retrocedo cuando la saliente de Thane se desprende del despeñadero. Rocas y polvo caen como lluvia mientras él y la saliente son transportados hasta quedar a salvo.

Subo corriendo hasta donde está Thane, me arrodillo y pongo una mano en su frente. Su piel parece un poco grisácea y casi no se mueve, pero respira. Eso es lo que importa.

La mujer que controlaba la saliente está a poca distancia. Baja los brazos y sus profundos ojos castaños se encuentran con los míos. Su túnica es color beige, holgada, y su rostro es la perfección absoluta. Una corona de plata con flores doradas adorna su cabeza.

El hombre que manipuló el agua se reúne con ella y ambos se acercan mientras los demás miembros de la tribu, que llevan máscaras cafés con agujeros en la boca, se aproximan a nosotros. Empuñan lanzas, y cada una de ellas apunta hacia nosotros.

Espero que Kelrean pueda ayudarnos, pero él también levanta una mano. Con la otra presiona sus costillas. Tiene los ojos cerrados y su rostro está contorsionado por el dolor.

—Habla —ordena la mujer de la corona, cuyos ojos siguen fijos en mí.

Su piel es cálida, del color del trigo, y tiene ojos rasgados. Sus labios son carnosos y la mitad de su rostro está pintado con líneas amarillo pálido. Su cabello suelto, ondulado, es del negro más oscuro que jamás haya visto.

—No vinimos a causar problemas —digo con las manos levantadas.

Ella examina mi mano y ladea un poco la cabeza. La tribu adelanta sus lanzas hasta dejarlas peligrosamente cerca de mi cabeza.

—¿Posees magia? —pregunta enderezándose.

—¡No, no! Solo soy una mortal. —Bajo las manos—. No tengo poderes.

Me mira de arriba abajo antes de dirigir la mirada hacia Algar y Kelrean. Se detiene en este último y examina su túnica, sobre todo el emblema grabado en el pecho. Kelrean respira ahora con más dificultad.

—Un miembro de la realeza —dice ella.

—Lo soy —responde Kelrean con dificultad—. Disculpe… no me he presentado. Soy el príncipe Kelrean Shattore de Bernwood, y es posible que me desangre si no me ayuda.

Kelrean levanta la mano y muestra una mancha de sangre fresca en la túnica, cerca de las costillas. La sangre ha traspasado la túnica.

—Kelrean, dioses —exclamo conteniendo el aliento.

Algar y yo nos apresuramos a llegar a su lado y lo sostenemos antes de que se desplome.

—Están muy cerca de la frontera de Immalon —dice la mujer, como si no le importara en lo más mínimo la sangre—. Casi los matamos.

—Me alegra que no lo hicieran —digo, armándome de paciencia—. ¿Pueden ayudarnos, por favor?

Me mira, luego a Thane y después a Rynthea.

—¿Ellos están contigo?

Asiento.

—Sí.

—Uno es un hechicero con habilidades de combate excepcionales —comenta, arqueando una ceja—. Una grave amenaza para mi gente.

—Le garantizo que no la lastimará, ni a usted ni a su gente. Puedo explicarlo todo si me da la oportunidad, pero por favor, ayúdenos.

Thane sigue inconsciente sobre la roca. En verdad espero que no se esté ahogando si tiene agua en los pulmones. Rynthea se mueve, así que supongo que sus pulmones están bien.

La mujer suspira y mira al hombre musculoso que está a su izquierda. Habla en su idioma telesiano nativo, y lo que dice provoca que el hombre enderece su postura. Luego grita una orden a su tribu y todos bajan sus armas.

Dos hombres apartan a Kelrean de nosotros, mientras otros levantan a Thane de la saliente y ayudan a Rynthea, quien sigue inestable.

—Sígannos —ordena la mujer dándonos la espalda y avanzando tranquila.

Miro a Algar; él me dirige una expresión como si dijera: «¿qué demonios?».

Tengo una buena idea de qué tribu se trata… solo que no sabía que aún existían. Pero si esta es la tribu de la que mi madre me contaba historias, sé que estamos en buenas manos. Existen para nutrir y proteger, sobre todo cuando se trata de su propia gente.

Me aferro a ese rayo de esperanza y sigo a los elementalistas hacia el bosque.