Capítulo 31
D ebí ponerme mejores zapatos para esta caminata. Sin duda lo habría hecho de haber sabido que una docena de asesinos nos perseguiría. Otra vez.
Mi mochila, llena de comida, agua, mi bolso y una bolsa de caramelos, me golpea la espalda cuando salgo huyendo a toda velocidad. Siento que los pulmones me van a explotar al bajar la pendiente de la ladera; es mucho más escarpada de lo que esperaba.
«¡Mierda, mierda, mierda!». Salto sobre una gran piedra, pero aparece otr a y la punta de mi bota choca con ella antes de que pueda saltarla.
Salgo disparada hacia adelante y me deslizo cuesta bajo sobre las palmas.
Siento que la piel de mis manos se desgarra sobre la grava; una nube de polvo me rodea e invade mi boca y mi nariz.
Toso y volteo: cuatro asesinos están a poca distancia.
Me empujo con las manos raspadas y avanzo a tropezones.
—¡Rynthea! ¡Algar! —grito.
Están más adelante, cerca del puente. Tanto ellos como Kelrean y los guardias dan media vuelta, abren mucho los ojos cuando se dan cuenta de que me persiguen.
Algo pasa volando a mi lado, otra navaja de cuatro filos, y se dirige directo a la cabeza de Kelrean.
Antes de que el arma alcance su objetivo, Kelrean la atrapa entre los dedos con un gesto de aburrimiento.
La avienta a un costado y, profiriendo el rugido de un león, hace girar su hacha en el aire y echa a correr a toda velocidad.
Rynthea lo sigue con su espada guadaña y los guardias salen disparados detrás de su príncipe.
Todos pasan volando a mi lado para enfrentarse a los asesinos.
—¡En nombre de las sombras!, ¿de dónde salieron? —grita Algar cuando llego a su lado.
—¡No sé!
Nos apresuramos a llegar al puente, Zefra vuela detrás de nosotros; sin embargo, cuando llegamos, extiendo las manos y me paro en seco.
Nadie nos dijo que se trataba de un antiguo puente colgante inestable, ni que había rápidos debajo que rugían con tal fuerza y velocidad, que sin duda nos ahogaríamos en cuestión de segundos si nos cayéramos.
—Oh, Orvena —digo sin aliento.
—Tenemos que cruzar —insiste Algar.
—¡Le faltan muchos tablones! —grito sobre el estruendo del agua.
—¡Pues trata de ser ágil! ¡Vamos!
—¿Por qué no nos teletransportas al otro lado? —pregunto.
Algar abre los ojos muy grandes y me sonríe avergonzado.
—Ah, sí. De inmediato.
Cuando toma mi mano, siento la energía que recorre su cuerpo, lista para enviarnos al otro lado del puente, a salvo. Pero al instante esa energía se desvanece; suelta mi mano y grita de dolor.
—¿Algar? —digo cuando lo veo caer de rodillas.
Se desploma y se acurruca en posición fetal sin dejar de gritar, como si lo apuñalaran.
—¿Qué sucede? ¿Qué te pasa? —Mi voz es casi histérica.
Dioses, me siento casi histérica. Sus gritos se detienen de golpe y abre muchísimo los ojos mientras las venas de su frente y garganta se hinchan.
Me jala de la túnica, esforzándose por respirar sin dejar de mirarme pidiendo ayuda.
Pero yo no sé qué está pasando. No sé cómo ayudarlo, cómo detener su dolor.
Presa del pánico, busco ayuda; pero Rynthea, Kelrean y los guardias están peleando con los asesinos.
En ese momento veo a Maliek, está parado en medio del sendero de la ladera con un brazo alzado y la mano apretada en un puño.
Aprieta con tal fuerza que sus nudillos son del color de la nieve.
Algar jadea con las manos en la garganta.
Zefra suelta un chillido, aterriza junto a la cabeza de Algar con sus enormes ojos rebosantes de preocupación.
El cabrón de ojos azules está haciendo esto.
—¡Basta! —grito.
Odio la impotencia que siento.
Thane aparece trastabillando en la cima de la montaña y contempla la escena. Alguien se materializa detrás de él blandiendo una espada. Con un giro fluido, Thane lo corta a la mitad antes de bajar a la carga por la montaña y derribar a Maliek.
El control que tenía sobre Algar se rompe y este aspira con fuerza aferrándose a su cuello.
—¿Algar? Dioses, ¿estás bien?
—Carajo. No —responde con voz ronca entre tos y tos.
Gira sobre su costado y respira unas veces más.
—¿Crees que puedes teletransportarnos? —pregunto mientras lo ayudo a levantarse.
Se pasa una mano por la nariz.
—No… no creo que pueda. Por poco me destroza las entrañas.
—Diablos.
Mi pecho se hincha de ansiedad cuando tres asesinos más aparecen en la cumbre de la montaña.
Thane y Maliek bajan dando tumbos hasta donde combaten Rynthea y los otros.
Maliek está sobre Thane, lo golpea una y otra vez con volutas de sombras negras alrededor de sus puños.
Thane levanta una mano y lo lanza hacia la pared de la montaña.
Maliek se estrella de espaldas en la pared rocosa irregular y luego cae sobre el estómago.
Thane hace un esfuerzo por ponerse de pie, alza la mano y envía una onda de llamas doradas hacia la cima de la montaña, que envuelve a los tres asesinos que corren hacia él. Desde el puente puedo escuchar sus gritos de agonía.
Thane está furioso. Puedo verlo en su rostro, el profundo surco en su frente, el destello brillante en sus ojos, sus puños apretados con fuerza. Son todas las señas de un Thane muy enojado y muy letal.
Otro asesino sale disparado hacia él, pero Thane gira y, con un solo movimiento, lo corta hacia arriba hasta que casi lo parte a la mitad.
Otros dos se enfrentan a Kelrean, quien ya perdió a sus dos guardias. Kelrean blande su hacha y corta a uno de ellos justo a la mitad, mientras que Rynthea hace girar su espada guadaña y decapita al otro.
Han derribado a todos, incluido Maliek. Thane se dirige hacia él con la espada lista, pero de pronto sale volando hacia atrás y cae al suelo… en ese momento veo más asesinos en la cima. Debe ser al menos una docena más.
«Mierda». Esta vez, Maliek venía preparado.
Bajan corriendo por la ladera a toda velocidad, esquivando las llamas que lanza Thane y saltando sobre grandes rocas.
—¡Zaira! ¡Cruza el puente! —grita Thane poniéndose de pie.
Su voz me devuelve al presente. Ayudo a Algar; paso su brazo sobre mis hombros para empezar a movernos.
Con el primer paso, todo el puente se inclina y se balancea. Se me encoge el corazón. La madera se quiebra bajo mis pies. No hay manera de que esto resista.
—¿Qué tan rápido te puedes mover? —le pregunto a Algar.
—Quizá un poco más rápido.
—Bien. —Acelero el paso.
Algar gruñe, pero se mantiene firme. Como a mitad del camino siento que el puente cambia, como si hubiera alguien más en él.
Por supuesto, es el maldito Maliek.
Se sujeta de una de las barandillas de cuerda con una mano y con la otra envía un rayo de luz azul hacia nosotros.
—¡Agáchate! —grito, jalando a Algar hacia abajo hasta que quedamos en cuclillas.
La luz pasa sobre nosotros y atraviesa la roca más cercana al final del puente. Al acuclillarme, uno de mis pies atraviesa un tablón humedecido. Grito y trato de levantar el pie, pero mi malla se atora en una de las astillas.
—Vamos, bella durmiente —dice Algar en el tono más serio que jamás le haya escuchado.
Me toma del codo y me jala para ayudarme.
Maliek se acerca. Vuelve a levantar la mano, su palma brilla con un destello azul. Antes de que dispare otro rayo, grita de dolor. Detrás de él, Rynthea perfora su brazo con la espada guadaña. Resopla al sacar el arma, provocando que Maliek se desgañite a todo pulmón.
—¡Maldita minotauro!
Lívido, Maliek gira, levanta ambas manos y lanza un estallido de luz que la hace salir volando del puente.
—¡No! —grito—. ¡Rynthea!
Aterriza en una piedra plana y estrecha que sobresale de la pared del desfiladero, cerca de los rápidos.
Su espada guadaña se sumerge en la corriente y mi corazón se desploma.
Un movimiento en falso, un giro incorrecto y caerá en el río con su arma.
Está inconsciente, inmóvil, pero cuando despierte…
—¿Dónde estábamos? —se burla Maliek pasando una mano sobre su hombro para curarse con un murmullo de sombras.
Dioses. ¿Qué tan poderosa es su magia?
Zefra aparece detrás de él y le lanza un torrente de fuego en la cara. Él grita y alza los brazos para bloquear las llamas con sus guanteletes.
Esta es la distracción que necesito para liberar mi pierna. Me levanto, paso el brazo de Algar sobre mis hombros otra vez y caminamos hasta el otro lado. Pero Zefra, por sorprendente que sea, no es contrincante para Maliek.
Por encima de mi hombro, veo cómo cruza las muñecas, gruñe y las extiende hacia adelante para aventar a Zefra con una poderosa oleada de magia.
Ella sale volando y pasa a nuestro lado en una ráfaga rosa, hasta aterrizar al otro lado del puente con un chillido de dolor.
Da unos cuantos tumbos pero se recupera rápido.
—¡Quédate ahí, Zefra! —La voz de Algar es ronca—. ¡No te muevas, chica!
Presa del pánico, me aferro a Algar y caminamos más rápido. Debe n faltarnos por lo menos veinte tablones más para llegar al otro lado, sin contar los que no existen.
—No mires hacia atrás —jadea Algar.
Con el dorso de la mano libre se limpia la sangre del labio superior.
—Solo sigue respirando —le ordeno, aunque yo casi estoy sin aliento.
Saltamos un pedazo de madera destrozado. Luego, el puente se balancea y se tambalea con tanta fuerza que chocamos uno con otro.
No quiero hacerlo, pero volteo a ver qué provocó la sacudida. Hubiera sentido más alivio de ver a Thane entrar al puente, de no ser que este está a punto de colapsarse. A mayor peso, peor estamos. Es indispensable que lleguemos al otro lado.
Maliek se paraliza en su lugar cuando Thane alza la mano con los dedos bien separados.
Con un jalón rápido, Maliek se tambalea hacia atrás.
Resbala del puente, pero se aferra al borde con una mano, para con la otra lanzarle a Thane una bola de fuego azul.
Thane la desvía con un escudo dorado brillante.
—¡Zaira, apúrate! —grita Thane.
Se para en los dedos de Maliek y levanta su espada. Maliek balancea las piernas de adelante hacia atrás; el movimiento oscilante hace que el puente se balancee de un lado a otro. Thane se tambalea de izquierda a derecha.
Entonces se escucha un crujido a poca distancia. Más adelante, el poste al final del puente empieza a inclinarse hacia adelante.
«Mierda, eso no es bueno».
—¡Es mucho peso! —Algar hace una mueca cuando golpeamos la cuerda gruesa con la espalda.
Maliek sigue balanceándose hasta que, sin esfuerzo, sale volando hacia arriba. Su aterrizaje hace que se sacuda la madera bajo nuestros pies. El poste se inclina más y empieza a quebrarse por la mitad.
Algar y yo avanzamos deprisa mientras Thane enfrenta a su implacable némesis. Estamos tan cerca. Nunca había anhelado tocar tierra. Con cinco pasos más lo lograremos.
Presiono la mano en la espalda de Algar y lo obligo a que pase frente a mí. El poste se astilla aún más cuando él se lanza hacia adelante y aterriza a salvo en tierra firme.
Estoy lista para saltar, pero con mi suerte, justo en ese momento el poste da de sí con un chasquido rápido y, de un tirón, todo se desploma hacia los rápidos.
El puente se hace pedazos.
Grito.
Algar grita mi nombre mientras trata de atraparme, pero es demasiado tarde.
Caigo.