Capítulo 30
—M i esfera de Kelvanita detectará trampas y les ayudará a evitar todos los peligros. —Frevella coloca una esfera de vidrio azul pálido en la palma de mi mano—. Cuando quieran activarla, solo frótenla cuatro veces y digan drusako . Drusako significa…
—Guiar —dice Thane para terminar la frase.
La serpiente de Frevella gira para mirar a Thane.
—¿Hablas telesiano?
—Lo he estudiado —responde él, como si no fuera gran cosa.
Pero es una gran cosa. No muchas personas conocen nuestro idioma originario.
—Mmm… —Frevella se da unas palmaditas en la barbilla—. Eres más inteligente de lo que pareces, muchacho.
Por su ceño fruncido, Thane no toma su comentario como un halago.
—Cuando formules la palabra correcta, la esfera brillará con una flecha. Si es verde, significa que están seguros en esa zona —continúa Frevella—. Pero si es roja, quiere decir que hay peligro cerca o que ya están en peligro.
—Suena fácil. —Sopeso la esfera en mis manos, es ligera.
—Hay algo que deben saber —agrega Frevella, levantando un dedo en el aire—. Todas las creaciones, sin importar lo poderosas que sean, tienen límites. La Esfera de Kelvanita se agotará. En general, su poder dura aproximadamente una hora.
La miro parpadeando.
—¿Solo una hora? —Miro a Thane, quien balancea su peso de un pie a otro—. Eso no es tiempo suficiente para cruzar toda la isla, ¿o sí?
—No, no lo es —murmura él.
—¿Puede infundirle más poder? —le pregunto a Frevella.
—Ese es mi límite —espeta, agitando una mano con frivolidad—.
Se alimenta de mi magia y más me debilitaría.
No me interesa deteriorar mi energía por personas que arriesgan su vida de manera voluntaria.
Úsenla con prudencia. Ya sea que salgan con vida o no de esa terrible isla, la esfera volverá a mí, en algún momento.
Ahora, salgan de mi cueva —ordena con un resoplido—.
Estoy lista para acabar con esta interrupción.
Cuando salimos de la sofocante oscuridad del hogar de Frevella siento un alivio absoluto.
Thane lleva la esfera en una mano y la examina minuciosamente, como si tratara de averiguar cómo un simple objeto de vidrio puede contener tanto poder.
Cuando lo ven los que están afuera de la cueva, se apiñan a su alrededor para mirarla de cerca.
—¡Guau! —exclama Rynthea—. Me da gusto que no hayas echado todo a perder, hechicero.
Siempre pronuncia esa palabra como si fuera ofensiva y eso me hace preguntarme otra vez qué tiene en contra de los hechiceros en general. Es evidente que Thane no es el único que la molesta.
Para mi sorpresa, Thane no reacciona con el comentario de Rynthea. No muestra ni una sola de sus muecas acostumbradas; en su lugar, guarda la esfera en un bolsillo del pantalón al tiempo que extiende la otra mano.
—Dame mis armas.
Rynthea le devuelve el chaleco. Algar le regresa con gusto las espadas enfundadas y las dagas.
—¿Saben? —Kelrean sonríe al pasar la mirada sobre cada uno de nosotros—. Estaba pensando que debería viajar con ustedes, por lo menos hasta la costa.
Thane sigue sin reaccionar. ¿Ni siquiera ante la perspectiva de que Kelrean estará más tiempo con nosotros? Me está asustando.
—Ni siquiera pudiste salvarte de ahogarte —replica Rynthea—. Regresa tu trasero real y mimado al castillo. Nosotros nos encargamos a partir de aquí.
—En primer lugar, era un niño —responde él—. En segundo lugar, soy un hombre perfectamente capaz. No tendrás que preocuparte por salvarme.
—Alteza, tenemos órdenes de regresarlo a Bernwood una vez que hayan obtenido la esfera —afirma uno de los guardias de Bernwood.
—Lo sé bien, pero esto es algo que he decido hacer por nuestros amigos —dice Kelrean—. Algo me dice que este grupo necesitará ayuda en el camino.
Thane ríe en voz baja mientras abrocha su chaleco. Por fin una reacción de su parte, aunque sea débil.
—Díganle a mi padre que regresaré pronto. —Kelrean ya se aleja de los guardias—. Por el amor de Orvena, he realizado misiones en Ruvain. Estoy seguro de que puedo rodear una montaña y echar un vistazo a las costas de Gadonia sin ningún problema.
Rynthea lo sigue.
—Acabaré salvándote el pellejo otra vez.
—O quizá seré yo quien salve el tuyo para ajustar cuentas. —Kelrean sonríe—. Así dejarás de blandir tu trofeíto de gloria en mi cara.
Rynthea alcanza al príncipe y avanza a su lado.
Algar y yo nos unimos a ellos. Los guardias dudan al vernos pasar; se miran parpadeando con aprensión, indecisos entre seguir al príncipe e ignorar las instrucciones de su rey, o volver solos al castillo.
Ninguna de las dos opciones parece prudente, en particular la última, porque eso significaría regresar a Bernwood y explicarle al rey por qué dejaron sin guardia a su único heredero.
—Nos siguen, ¿verdad? —pregunta Kelrean, apoyando el mango de su hacha sobre su hombro; me dirige una sonrisa relajada y se acerca a mi lado.
Miro por encima de mi hombro hacia los guardias contrariados que caminan unos pasos atrás de Thane.
—Sí.
Kelrean gruñe y echa la cabeza hacia atrás.
—Ya estoy cansado de que me traten como a un niño.
—Te tratan así porque eres un niño —lo regaña Rynthea—. Un niño molesto e impulsivo en su vigésimo año, que no puede dejar de juguetear con su propio pene.
—¡Por las sombras! ¡Qué mala es!, ¿verdad? —Kelrean me guiña un ojo.
No puedo devolverle la misma enorme sonrisa.
Mi mente sigue dándole vueltas a la cueva caliente y oscura de Frevella.
Volteo a ver a Thane, quien observa a su derecha, hacia las cimas bajas de las montañas y las copas de los árboles.
Disminuyo el paso, siento la necesidad de saber cómo está; pero Rynthea también reduce el ritmo y flanquea mi lado derecho, en tanto Algar se coloca a mi izquierda.
—¿Qué pasó ahí adentro? —me pregunta Rynthea en voz baja.
—Secretos.
Es todo lo que puedo contestar. Ella permanece callada un momento.
—¿Estás bien?
Encuentro sus ojos; me mira con el ceño fruncido. Parece sinceramente preocupada.
—Estoy bien. Gracias por preguntar.
—¿Y él? —pregunta Algar ladeando la cabeza en dirección de Thane.
—Estoy segura de que está bien. Nada lo altera, ¿no es así?
Trato de desviar el tema. Quiero preguntarle a Algar si sab ía que Thane tenía un hermano. El tema no salió durante la conversación que tuvimos en el festival. Sin embargo, este no es el momento.
—Supongo que tienes razón. —Algar mira a Rynthea—. Ryn, ¿siquiera sabemos qué hay al otro lado de esta montaña?
Mientras Rynthea saca un mapa de su mochila, yo disminuyo el paso para que Thane me alcance. Cuando el grupo está a cierta distancia delante de nosotros y los guardias varios pasos atrás, lo miro.
—No empieces —se queja mirándome de reojo.
—No empiezo nada. Solo quiero saber si estás bien.
—Estaría mucho mejor si tu principito no nos acompañara.
—Thane.
Advierte la dureza de mi tono y baja la cabeza. Cuando sus ojos se fijan en los míos, mantiene la mirada durante varios segundos antes de apartarla al fin. Quiero tomar su mano y tenerla en la mía, pero cambio de opinión. Él suspira.
—No importa.
—Sí importa —replico en voz más baja, esperando que nadie nos oiga—. Perdiste a tu hermano, Thane. Eso importa mucho.
—Déjalo así.
—¿Por qué no me lo dijiste anoche?
—Ahora no, Zaira.
—Sí, ahora —insisto—. Es información importante, ¿o no? ¿Por qué ocultarla? Es bueno que lo sepa porque ahora todo tiene sentido: por qué quieres el libro y por qué quieres aumentar tu poder.
Tensa la mandíbula.
—Déjalo ya.
Acelera el paso y yo me apresuro a alcanzarlo. Al fin, la ladera de la montaña desciende, nos acercamos al otro lado.
—¿Seferin asesinó a tu hermano? —pregunto cuando llego a su lado.
Duda en detenerse; sin embargo, mantiene el paso y niega con la cabeza.
—Thane, si no hablas de eso y te lo sigues guardado te pudrirá por dentro.
Veo cómo cierra los puños. Esta vez, sí se detiene. Uno de los guardias casi choca con él, pero se da cuenta a tiempo; nos pone mala cara y continúa su camino.
Adelante, veo que los otros toman una ligera curva en la montaña. Se acercan al puente.
Thane gira y, despacio, acorta la distancia entre nosotros.
Retrocedo hasta que siento que mi talón está peligrosamente cerca del borde de la montaña.
Mi corazón palpita con fuerza cuando todo lo que veo debajo son peñascos rocosos y exuberantes copas de árboles.
No hay manera de sobrevivir a una caída así.
—Mira, no necesito tu compasión —dice—. En este momento, todo lo que tenemos que hacer es concentrarnos en llegar a Elfar para que ambos podamos obtener lo que queremos.
Esto que hay entre nosotros —agrega haciendo un gesto con la mano entre él y yo— no debería llegar a más, porque cuando todo acabe, no me volverás a ver.
Mi pie resbala y lanzo un grito.
Me toma del brazo y me hace girar hasta que mi espalda queda del lado seguro de la montaña. Presiona su cuerpo contra el mío, contra la pared irregular de la montaña; me mira y mi pulso se acelera.
—Cuando empezaste este viaje, despreciabas todo de mí, Zaira.
—Examina cada uno de los rasgos de mi rostro, empezando por los ojos, bajando por la nariz y luego los labios y la barbilla—.
Te aconsejo que no olvides quién y qué soy en realidad.
No soy bueno para una persona como tú, y definitivamente no lo seré cuando la misión haya terminado.
—¿Y si ya no te desprecio? —pregunto con voz suave.
Rodea mi cintura con la mano y luego la desliza por mi espalda. Siento que me presiona la nuca y jala mi cola de caballo para levantar mi barbilla. Cuando roza mi boca con la suya, mi respiración se vuelve entrecortada. Ese estúpido corazón que tengo late desbocado.
De pronto me siento ansiosa, desesperada por saber qué hará después. Desesperada por que me vuelva a besar.
—Te sugiero que lo vuelvas a pensar —dice con voz ronca—. Porque en realidad no te conozco y tú no me conoces. Es mejor dejar en la superficie cualquier cosa que esto sea. No tiene caso profundizar.
Todas sus palabras me entran por un oído y salen por el otro. Puedo sentir el calor de su boca, su aliento que danza sobre mi piel suave. Recuerdo el carruaje, sus manos sobre mi cuerpo, el sabor a cerveza y menta en su lengua…
Quiero que me bese. Lo deseo con todas mis fuerzas.
Pero no me da el gusto. En lugar de eso, me suelta y se aleja. No soporto el dolor corporal que me provoca perder su tacto.
—Hay que continuar. Cuando crucemos ese puente estaremos en Gadonia antes de que nos demos cuenta.
Aprieta los labios como si estuviera a punto de decir algo más, pero de inmediato sus hombros se tensan y sus ojos lanzan destellos dorados.
—¿Thane? —digo, preocupada por su súbito cambio de humor.
En un movimiento rápido, me toma por la muñeca y me avienta hacia un lado justo en el momento en el que algo plateado y afilado pasa volando.
Mi estómago da un vuelco al ver que la daga de cuatro filos se clava en la montaña, justo al lado de mi cabeza.
Las letras «GS » están grabadas en el centro.
No sé qué significan, pero sí sé que quienquiera que la haya lanzado es una verdadera amenaza.
El aire parece volverse más cargado de humedad cuando Thane voltea la cabeza para mirar sobre su hombro. En ese momento me doy cuenta de que no estamos solos.
Maliek y un grupo de asesinos suben la ladera. Maliek entrecierra sus ojos brillantes azul hielo en nuestra dirección, arma en mano, dispuesto a atacar. Thane levanta su pañuelo con un gruñido sordo y desenvaina una de sus espadas. Se para frente a mí para bloquearme de la mirada de Maliek.
—Ve al puente con los otros —me ordena, tomando una posición defensiva.
Sus dedos largos rodean la empuñadura de la espada, al tiempo que encara a Maliek con una mueca.
Antes de que pueda decir nada más, Maliek levanta una mano y apunta dos dedos hacia nosotros. Esta orden silenciosa es suficiente para que los asesinos se abalancen en nuestra dirección.