El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

A rrastro los pies sobre las piedras y los montones de tierra conforme avanzo en el túnel para alcanzar a Thane. Tropiezo y acabo chocando con él porque no dejo de voltear hacia la entrada de la cueva, que ahora no es más que un puntito de luz en la distancia.

—¿Qué quería decir Frevella cuando habló de secretos? —pregunto.

—No sé —masculla Thane—. Pero sé que a los hechiceros ancianos les gusta hacer las cosas a la antigua. No les importan las deudas, solo quieren jugar con tu mente.

Lo dice como si fuera algo bueno.

Cuando llegamos al final del túnel parece que hace el doble de calor.

Más llamas parpadean a lo lejos, pero son normales, no moradas.

Bajamos tres escalones de piedra y giramos en un recodo para entrar en una habitación en forma de medio círculo, con paredes de roca gris salpicadas de manchitas plateadas.

El plateado atrapa el destello de la fogata que arde en el hueco de una de las paredes.

El único sonido es el crepitar del fuego, pero no hay leña que las llamas puedan abrasar.

Huele a muchas cosas al mismo tiempo: pescado, especias, azufre, flores, un cadáver. Me estremezco al pensar que podría haber cadáveres escondidos en esta cueva… y lo fácil que sería convertirnos en uno de ellos. Pero, bueno, por lo menos no hay ojos flotando en frascos de vidrio.

Veo a Frevella a nuestra izquierda, está parada junto a una mesa de alvanita. Le da un manotazo a un libro grueso; me sobresalto y ella nos hace frente. Su serpiente baja de sus hombros y culebrea en nuestra dirección.

Contengo el aliento cuando se enrosca en el tobillo de Thane.

Él no se mueve, ni siquiera cuando repta por su cuerpo y rodea sus hombros.

La serpiente baja, luego llega hasta mi pie y trepa por mi pierna.

Hago un esfuerzo por no temblar cuando se enrolla en mi cintura, luego se escabulle por mi pecho, envolviendo la cola alrededor de mis costillas.

Se echa hacia atrás hasta quedar frente a mí, cara a cara.

Contengo el aliento y observo sus ojos rojo brillante.

Su lengua negra chasquea rápido entre sus labios antes de que Frevella diga:

—Bien.

Y de pronto, la serpiente cae al piso y repta de regreso a ella.

Las manos me tiemblan con tanta violencia que tengo que cruzar los brazos y meterlas bajo las axilas.

—Siéntense —dice Frevella señalando dos sillas que parecen desvencijadas en el centro de la habitación.

Thane lo hace primero, yo lo sigo. Odio que las sillas estén una frente a otra.

Es difícil no mirarlo, sobre todo ahora que se ha bajado el pañuelo.

En su mentón afilado hay una barba incipiente, sus labios apretados forman una línea fina debido a su estado de ánimo agitado y sus ojos pasan de mí a Frevella.

—¿Cuánto tiempo llevará esto? —pregunta Thane cuando ella se desliza en nuestra dirección.

—Lo que sea necesario.

Se para detrás de él, pero la serpiente se acerca aún más y se yergue hasta la altura de sus ojos. En ese momento entiendo: ella nos ve a través de los ojos de la serpiente.

Se me ponen los pelos de punta y todo mi cuerpo empieza a temblar.

—¿Por qué viajan al Templo de Elfar? —le pregunta a Thane.

—Ella necesita una piedra de prosperidad —responde.

Frevella calla un instante.

—Y tú, ¿qué necesitas? —insiste rodeando la silla.

Alza la cabeza mientras su serpiente estudia a Thane con atención.

—Yo solo soy su protector.

Frevella resopla. Él frunce el ceño.

—Tú, niña. ¿Por qué vas a arriesgar tu vida deliberadamente al ir al Templo de Elfar?

—Por mi hermana —respondo.

—Necesita tu ayuda, ¿es eso?

—Sí.

—Ah, pobre niña. Harías cualquier cosa por ella, ¿verdad?

Mi corazón late con más fuerza cuando la serpiente me examina de cerca.

—Cualquier cosa —murmuro.

En la cueva se hace un silencio tenso mientras ella camina por la habitación con las manos encontradas, presionando las yemas de sus dedos.

El sudor se acumula en mi frente y en mi labio superior por el calor…

y quizá también por los nervios. La fogata no es necesaria, pero tal vez ella tiene frío.

O quizá el fuego es su única fuente de luz.

Como sea, puedo sentir que la ropa se me pega al cuerpo, como la miel a los dedos.

Me enjugo la gota de sudor que cae por un costado de mi rostro.

—Quieren mi Esfera de Kelvanita. —Se detiene entre nosotros dos—. Muy bien. Puedo dárselas.

Me animo un poco.

—Sin embargo, como dije, tiene un precio. —Su serpiente mira entre nosotros y mi esperanza se disipa—. Dos secretos deben ser compartidos. Uno de cada uno de ustedes.

Thane hace una mueca.

—¿En serio? ¿Un secreto?

Frevella no responde, permanece inmóvil por completo mirando hacia el frente; la serpiente es la que nos examina en su lugar.

—Bien. —La silla de Thane cruje cuando ajusta su posición—. Guardé una daga. Está oculta en mi bota izquierda.

Frevella echa la cabeza hacia atrás y deja escapar otra de sus carcajadas roncas. Él y yo nos miramos. Esta mujer está loca.

Se pone frente a Thane y se inclina hacia él.

—Si fuera tan sencillo.

—No entiendo lo que quiere. —Sus palabras salen entre sus dientes apretados.

—No me interesan los secretos que tienes en la superficie.

Quiero saber cuál es el miedo más profundo, más oscuro, que hayas compartido con alguien; el que te atormenta tanto que hace que tus dulces sueños se conviertan en crueles pesadillas.

—Voltea hacia mí—. Quiero que me hables del miedo que te consume por dentro.

Ese es el secreto que quiero cambiar por mi irremplazable esfera.

Cuando se quita de en medio, los ojos ámbar de Thane chocan con mis ojos castaños. Rechina los dientes cuando desvía la mirada para concentrarse en la hoguera.

—He vertido muchos hechizos, secretos y energía en la esfera que buscan —explica Frevella—. Para mí es muy valiosa y ha salvado innumerables vidas. Ustedes quieren salvar la suya, entonces deben revelármela ustedes mismos.

Conforme habla, la cueva se calienta más. Estoy empapada en sudor y estoy segura de que las accidentadas paredes se ciernen sobre nosotros. Todo, incluida la mesa y los estantes, parecen estar más cerca. Hasta la energía que sale de Thane se siente más fuerte, como si estuviera junto a mí.

Frevella pone una mano sobre el hombro de cada uno y una descarga recorre mi flujo sanguíneo. Es claro que Thane también lo siente, porque sus ojos se encienden de un dorado salvaje.

—Mírense —ordena la hechicera.

Miro sus ojos y él los míos. No puedo desviar la mirada, por más que lo intente.

—Tú habla primero, Thane Valkor.

Puedo escuchar la satisfacción en su voz. Está contenta de tenernos bajo este hechizo, sea cual sea; de tenernos como peones en sus manos.

Thane gruñe en su esfuerzo por resistirse, pero Frevella lo sujeta con más fuerza, sus uñas se clavan en la coraza.

Las palabras de Rynthea resuenan en mi cabeza. «Asegúrate de que el hechicero no eche a perder todo esto » . Trato de decirle que solo revele algo para que podamos obtener la esfera, pero aún no es mi turno para hablar. Frevella no me lo permitiría.

—Mi mayor miedo es no obtener venganza —confiesa Thane.

Cierra los ojos como si esas palabras, que no me sorprenden en lo más mínimo, fueran una declaración trascendental.

—Es un inicio —dice la hechicera—. Pero debes darme más. Debo saber por qué. Continúa.

Con los labios apretados, respira hondo varias veces por la nariz, como si luchara por mantenerse callado.

—Tuve… tuve un hermano… —Sus palabras salen tensas y dolorosas—. Él… mierda… no puedo.

Siento la necesidad de acercarme a él, pero aún no puedo. Mi cuerpo está por completo bajo el control de Frevella. Mis emociones tampoco son mías por completo. Puedo sentir mucho en este momento.

Ira.

Preocupación.

Miedo.

Las emociones de Thane se han mezclado con las mías. Pensaba que no tenía miedo de nada, pero al verlo ahora en ese estado tan vulnerable, luchando con sus verdades, me hace preguntarme…

—No te resistas —ordena Frevella—. Habla tu verdad. Tu mayor miedo, tu dolor, debo sentirlos.

Quizá se alimenta de las emociones y de alguna manera obtiene su poder de ellas. Trato de mirarla, pero el hechizo mantiene mi mirada firmemente en el rostro de Thane.

Logra cerrar los ojos. Frevella insiste y la tensión abandona su cuerpo cuando abre los labios para seguir hablando.

—Se llamaba Koa. Era mi hermano pequeño. Lo mataron en su decimonoveno año, y… fue mi culpa.

Se me hace un nudo en la garganta mientras examino al hombre que tengo enfrente. Sus ojos permanecen cerrados cuando echa la cabeza hacia atrás y traga saliva, su manzana de Adán sube y baja en su garganta.

—Aún puedo ver su rostro cuando sucedió.

No… no puedo perdonarme ni a la gente que lo mató.

Nunca lo haré. Me decía todo el tiempo que quería ser como yo, pero…

yo soy la peor persona. Mi existencia está plagada de decepciones y bañada en sangre.

Vengo de la nada, pero él tenía la posibilidad de serlo todo.

Se ha ido por mi culpa, pero quiero hacer bien las cosas.

Debo hacerlas bien. Mi mayor miedo es fallarle.

Lágrimas calientes ruedan por mis mejillas al verlo sufrir con su secreto.

Su miedo.

Su verdad.

Ahora entiendo por qué es tan reservado y está tan enojado, no solo por el pasado del que me habló Algar, sino por esto también.

Ahora entiendo por qué desea aumentar el poder de su magia.

¿Su hermano murió porque él se convirtió en un asesino de la Sombra?

¿O se convirtió en un asesino de la Sombra por la muerte de su hermano? ¿Por qué fue su culpa?

Me pasan tantas preguntas por la cabeza… pero desaparecen cuando Frevella aprieta mi hombro y dice:

—Habla, niña.

Solo puedo mirar fijamente a Thane, cuyos ojos se abren para centrarse en los míos.

—Mi mayor miedo es… —Me muerdo el labio.

Me parece cruel decir «perder a mi hermana», después de que Thane me contara lo de la muerte de su propio hermano, pero el hechizo bajo el cual nos somete me obliga a hablar. Decido empezar desde el principio.

—Todavía tengo pesadillas sobre mi último día en la Costa de las Brasas —confieso—. Soy nativa. Amaba ese lugar y era muy feliz, pero luego sucedió el ataque de Ruvain.

Frevella relaja la mano sobre mi hombro.

—Recuerdo… recuerdo las explosiones. Las incursiones.

Los gritos. Los cuerpos de algunos de mis amigos en las calles…

muertos. Había incendios por todas partes y yo tenía mucho miedo.

—La voz se me quiebra y la mirada de Thane se suaviza—.

Aún recuerdo la desesperación en los ojos de mi padre y el miedo en los de mi madre antes de que unos soldados de Meriva nos llevaran a Analla y a mí a un lugar seguro.

El ataque llevaba cuatro días antes de que nos encontraran.

»Nos habíamos escondido en una construcción fortificada y tuvimos suerte, porque no muchos pudimos llegar hasta ahí.

Sin embargo, cuando nos llevaron mis padres insistieron en quedarse atrás para ayudar.

Mi padre era médico y mi madre enfermera, así que estaba en su naturaleza cuidar a otros.

Meriva ganó e hizo huir a los ruvaineros, pero…

nunca volví a ver a mis padres después de que nos evacuaron de la costa.

Mi hermana y yo vimos cómo muchos de nuestros amigos se reunieron con sus padres, pero no fue así para nosotras.

En su lugar, nos enviaron a un centro para refugiados de niños huérfanos en Meriva.

Dejo caer la cabeza, las lágrimas arden en mis mejillas.

—Sé que piensa que es arriesgado, Frevella, que vayamos al Templo de Elfar, pero este viaje es importante para mí.

Lo voy a hacer porque me han quitado todo antes y no pude hacer absolutamente nada para evitarlo.

Ahora, también me quitarán a mi hermana si no hago algo.

Es la única familia que me queda y la verdad es que…

—Lucho contra las emociones que me cierran la garganta—.

Bueno, la verdad es que tengo miedo de estar sola.

Sin ella, tengo miedo de que la soledad me trague entera.

Casi no tengo amigos —digo con una risa insípida—.

No tengo a nadie más. La necesito, y no me importa lo que tenga que hacer para recuperarla.

Me preguntaste cuál era mi mayor miedo. Mi mayor miedo es no poder salvarla.

Es saber que si fracaso, no habrá nadie más en este mundo que me ame.

La cueva se hunde en un silencio ensordecedor.

Frevella relaja los hombros y la descarga que recorría mis huesos desaparece.

Respiro muy profundo y exhalo, tratando de calmarme.

Puedo sentir la mirada pesada de Thane en mí, curiosa, persistente.

Estoy segura de que tiene un millón de preguntas, igual que yo para él, pero ya dije mucho por un día.

Estoy demasiado avergonzada como para mirarlo en este momento.

Hablar de la Costa de las Brasas, de mis padres, de mi pasado… siempre ha sido demasiado para mí; insoportable. Al principio, solo pensarlo me hacía acurrucarme y llorar. Cada año se hace más fácil, pero aún tengo momentos en los que llorar es la única manera de lidiar con mi realidad.

No puedo hacer eso aquí, así que me aclaro la garganta y hago a un lado mis frustraciones.

—¿Ya nos puede dar la esfera? —le pregunto con voz más suave.

Frevella alza un poco más la barbilla.

—La esfera es suya.