Capítulo 28
—V aya, eso fue bastante dramático.
Algar camina conmigo cuando cruzamos las puertas de Bernwood, con Zefra acurrucada en el hombro.
Ahora que Thane ha recuperado sus armas, las examina con detenimiento una por una cuando nos detenemos para orientarnos.
—¿Qué creen que le pasó a su rostro? —pregunto cuando nos reunimos con Rynthea—. ¿Qué tipo de criatura pudo hacerle eso?
—No estoy segura —murmura ella, metiendo una cantimplora en su mochila—. Pero es evidente que no le gustaban las visitas.
—Debió ser enorme. —Algar se estremece mientras Zefra castañea los dientes y se sacude nerviosa.
La atención de Rynthea se centra en donde empieza el sendero que asciende la montaña.
—¿Cuánto tiempo nos llevará llegar a la cueva de Frevella? —le pregunta Rynthea a Kelrean cuando este cruza tranquilo las puertas, con dos guardias vestidos con coraza morado berenjena siguiéndole los talones.
Cada guardia lleva una espada en la cintura y una lanza en la mano.
Impasible, el príncipe lleva un hacha de guerra de doble filo con un grueso mango de madera.
El centro del hacha está grabado con la cabeza de un león rugiente, cuya suave melena está hecha de plata brillante.
Kelrean también tiene una espada que cuelga sobre su cadera.
—No deberá tomarnos más de una hora —responde.
El filo curvo del hacha brilla bajo la luz del sol cuando la hace girar en un movimiento fluido, para después descansar el mango sobre su hombro.
—Presumido —murmura Algar.
—Maravilloso —masculla Thane con sarcasmo.
—¿Qué dijiste, amigo? —Kelrean dirige su atención a Thane con una sonrisa fría; pero él está guardando su última daga en el lugar designado de su chaleco.
Cuando enfunda las espadas en su espalda, camina frente a Kelrean y dice:
—Tenemos que irnos.
Kelrean suelta una risita, y Rynthea, Algar y yo lo seguimos.
—De acuerdo —dice el príncipe—. Deberíamos irnos, pero me temo que vas en la dirección equivocada.
Thane se detiene, aprieta los puños y, girando a regañadientes, le hace una mueca Kelrean, quien ya avanza frente a la puerta izquierda.
—Solo recuerda que si matas a un príncipe, te decapitarán —bromea Rynthea cuando pasa junto a Thane.
Algar lo mira de reojo frunciendo un poco el ceño, y luego apresura el paso. Creo que sigue enojado por lo que pasó anoche.
Dejo escapar un suspiro feliz de que el dolor de cabeza esté pasando, porque lidiar con hombres cuyo ego es tan grande como la montaña que tenemos que subir, requerirá de mucha paciencia y esfuerzo.
Cuando rodeamos el muro que circunda Bernwood empezamos a subir el sendero rocoso. No hemos caminado ni cinco minutos y los muslos ya me arden. El interior de mis botas roza mis dedos meñiques y me duelen los talones.
Me van a salir ampollas, pero me mantengo cerca del grupo y chupo un caramelo de limón y miel para distraerme.
Algar disminuye el paso para alcanzarme; miramos hacia abajo, hacia Bernwood, que ahora parece una mancha en la distancia.
—¿Te divertiste anoche? —pregunto.
—Ah, demasiado —responde Algar—. En una de las tiendas de campaña estaban apostando. Digamos que es posible que le deba cien monedas de oro a uno de esos híbridos.
—¿Cien? ¡ Es mucho dinero, Algar! —exclamo riendo.
—Sí. Pero no pienso regresar pronto, así que, en mi opinión, estoy libre de deudas.
Me empieza a doler la espalda baja. Hubiera sido agradable subir la montaña a caballo, pero Kelrean nos advirtió antes que la pendiente se vuelve muy escarpada; además, para llegar al otro lado tenemos que atravesar un puente que no soporta el peso de un caballo.
Entonces, para mi decepción, tuvimos que dejar a Perla en Bernwood.
Juro que volveré un día por ella. Ya perdí una perla, no voy perder otra.
La reina Jenia me prometió que llevaría a Perla a los establos reales para que nadie se la robe.
—¿De qué discutían anoche Thane y tú? —le pregunto a Algar en voz baja.
Thane camina varios pasos adelante, cerca de Rynthea, quien sacude la cabeza por algo que hace reír a Kelrean.
Algar suspira, mete una mano en su bolsillo y saca una tira de fruta seca. Se la ofrece a Zefra, quien la toma emocionada entre sus patitas y empieza a mordisquearla.
—Le pregunté por qué fue el ataque en Kamtaur y si él tenía algo que ver con el hechicero que se escapó.
Me contestó que no tenía nada que ver con él, así que lo presioné, porque sé que está mintiendo en relación con esos hombres.
No habría tenido a tantos persiguiéndolo para matarlo si no hubiera hecho algo grave.
Asiento, recordando la mención que hizo Thane sobre el robo de uno de los cristales de Seferin. También recuerdo que me pidió que no hablara del libro, de Seferin y de Maliek, pero Algar ya sabe lo del volumen. Solo necesito que no hable del asunto.
—Yo también hablé con él anoche sobre eso —le digo en voz más baja—. No quiere que nadie más sepa sobre el libro. Al parecer, no debí decírtelo.
Algar frunce un poco el ceño.
—¿Por qué no?
—Piensa que eres un bocón.
Algar pone los ojos en blanco.
—Sí, claro, como si me la pasara gritando a los dioses los secretos de todos.
—Solo prométeme que vas a mantener ese asunto del libro entre nosotros, ¿okey? —le suplico—. Quizá sea lo más seguro… para todos.
—Está bien. —Algar suelta un profundo suspiro y fija la mirada en la espalda de Thane—. Supongo que mi bocota lo molestó anoche y por eso me zarandeó por la camisa y me dijo que me fuera al carajo de una manera espectacular, muy propia de él.
Se encoge de hombros como si no le importara, pero me doy cuenta de que sí, que Thane lastimó sus sentimientos. Yo también lo miro, él nos observa a Algar y a mí por encima del hombro. Vuelve a girar la cabeza, aunque me doy cuenta de que disminuye el paso.
—Solo recuerda lo que te dije anoche, ¿sí? —dice Algar mientras esquiva una piedra—. Que tengas cuidado con él. Si fuera tú, yo no bajaría mucho la guardia. Thane nunca se ha encariñado con nadie y dudo que empiece a hacerlo ahora.
Con una sonrisa desanimada acelera para alcanzar a Rynthea.
Thane se empareja conmigo y yo lo miro de reojo. Siempre es muy difícil descifrar su expresión cuando el pañuelo le cubre medio rostro.
—Estoy sorprendido —dice al fin.
—¿De qué hablas?
—No veo ningún arrepentimiento en tus ojos.
Sus rizos apretados y sedosos brillan bajo el sol. Debió bañarse y ponerse algún tipo de crema capilar.
Me aclaro la garganta, haciendo un gran esfuerzo por no imaginarlo tomando un baño. Desnudo y mojado. Esculpido. Delicioso.
Busco en mi bolso otro caramelo de miel y limón para distraerme.
—No hay arrepentimiento porque no me importa —respondo—. Sucedió y ahora es parte del pasado.
—Ya veo que sigues mintiéndote.
Meto el caramelo en mi boca y me concentro en lo que hay enfrente.
—El príncipe no llegó a tu habitación.
Es una afirmación, no una pregunta.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque sigue mirándote como si quisiera devorarte. Probablemente lo haría, con eso de que es medio bestia.
—Primero, es un cambiaformas. No son como híbridos. Segundo, los celos no te sientan bien.
Puedo jurar que esboza esa sonrisa de satisfacción tan suya detrás del pañuelo.
—No tengo nada de qué estar celoso. Sé cuál es la verga que quieres, y estoy seguro de que no es la del príncipe.
—Dioses —me quejo. En serio espero que el oído de Kelrean no sea tan agudo como el de Rynthea—. Eres tan engreído.
—¿Me equivoco?
Lo ignoro, casi feliz de que la montaña se vuelva más empinada porque el esfuerzo lo calla. Respiro con regularidad por la nariz, el sabor pegajoso de la miel perdura en mi boca.
La altitud me tapa los oídos. El sol se siente más cerca, me golpea la nuca y hace que mi frente se perle de sudor; sin embargo, parece que solo yo tengo dificultades. Todos los demás avanzan sin problema. Thane camina con tanta facilidad que siento envidia.
Después de al menos cuarenta minutos extenuantes, Kelrean anuncia:
—¡Solo unos minutos más, amigos!
«Gracias, Orvena ».
Tomamos una curva en la montaña y no mucho después llegamos a un túnel oscuro. Los bordes del túnel son perfectos, como si los hubieran cincelado y pulido a mano. Hay runas grabadas en los bordes. Adentro es como boca de lobo y no puedo ver nada.
—Aquí estamos. —Kelrean señala el lugar—. Es la cueva de Frevella.
—No me da buena energía una persona que vive en una cueva —masculla Algar.
En ese momento parpadean unas llamas moradas que iluminan el túnel interminable. Flotan solas como esferas cerca de las paredes.
Rynthea empieza a avanzar, pero Kelrean le pone una mano en el pecho para detenerla.
—Yo no haría eso si fuera tú.
Rynthea arquea una ceja.
—¿No está ahí dentro?
—Lo más seguro es que sí, pero mi padre dijo que nadie debe entrar en su cueva sin permiso.
El príncipe se agacha para recoger una piedra y la lanza hacia la boca del túnel. Sin embargo, antes de que alcance la oscuridad, la piedra se hace con una explosión de ondas púrpuras y cae al suelo pulverizada.
Rynthea parece impresionada y retrocede hasta quedar al lado de Kelrean.
—Gracias por el aviso. Entonces, ¿la llamamos?
—No es necesario. Estoy seguro de que ya sabe que estamos aquí. He escuchado que es un poco escalofriante.
En el breve momento de silencio que se extiende sobre nosotros, advierto una silueta al final del túnel. Una luz morada danza en su contorno. Desaparece con la misma rapidez que apareció.
Mi corazón late con más fuerza.
—¿Qué fue eso? —murmuro.
Algar entrecierra los ojos y mira el túnel con más detenimiento.
Luego vuelve a suceder.
La figura aparece, pero esta vez está más cerca. Despacio, Thane lleva la mano a una de las espadas que lleva en la espalda, la desenfunda y la lleva a un costado. Rynthea se endereza, apretando fuerte la empuñadura de su espada guadaña.
Me doy cuenta de que la silueta es una persona que cada vez que aparece se acerca más hasta que, por último, está justo aquí: justo en la entrada de la cueva, envuelta en una nube de humo gris.
—¿Por qué están en mi propiedad? —La voz detrás del humo es tan densa con un graznido.
—Vinimos a verte, Frevella —dice Kelrean dando un paso al frente y extendiendo el pergamino hacia la bruma frente a él.
Frevella. Es ella.
Permanece callada unos segundos y luego dice:
—Príncipe Kelrean Shattore de Bernwood.
—Sí. — é l asiente y el pergamino sale flotando de su mano hacia la de Frevella—. Soy yo.
—Con invitados —agrega ella, un poco agitada mientras sus dedos larguiruchos toman el pergamino.
—Con invitados inofensivos —le asegura Kelrean.
—Sabes que solo debes hablarme con la verdad. Uno de los miembros de tu equipo no es tan inofensivo como afirmas.
Kelrean mira sobre su hombro directamente a Thane.
Y, por instinto, todos los demás también lo hacemos.
—¿En serio? —Thane frunce el ceño y nos fulmina a todos con la mirada—. ¿Por qué todos me ven a mí?
Apartamos la vista y nos aclaramos la garganta o nos encogemos de hombros.
Sí. Quizá debió quitarse el pañuelo.
—Si usted lo desea podemos quitarle las armas. —Kelrean se vuelve a dirigir a ella. El humo rebosa de la cueva, se arremolina en nuestra dirección y se detiene a nuestros pies—. Ellos buscan su ayuda para llegar al Templo de Elfar.
Al escucharlo, Frevella ríe, es un sonido peculiar, eterno, que me hace sentir escalofríos.
El humo desaparece poco a poco para mostrar a una mujer con cabello rizado de un blanco inmaculado y piel color sepia.
Lleva puestas varias capas de túnicas en colores oscuros: negro, café, verde, y todas forman un charco de tela a sus pies.
Una serpiente negra envuelve sus hombros; sus ojos pequeños y brillantes nos estudian a cada uno.
Pero nada de eso es lo que más me sorprende de ella, sino el hecho de que no tenga ojos. En su lugar, hay solo dos delgadas hendiduras, como si se los hubieran sacado y le hubieran cosido los párpados. Su imagen debería aterrarme, pero hiervo de curiosidad.
Me pregunto qué les habrá pasado a sus ojos. ¿Por qué está en esta cueva oscura, solitaria, tan alejada del resto del mundo? ¿Quién le hizo esto?
—Aguas Poco Profundas no es para los débiles —nos informa Frevella.
—No los considero débiles —responde Kelrean con voz firme—. Mi padre me envió aquí con su petición, el favor de permitirles usar su Esfera de Kelvanita.
Frevella ríe.
— ¿Por qué le daría mi esfera a un grupo de viajeros que no conozco?
—Están dispuestos a pagar.
—¿Conocen el precio?
Advierto que Kelrean traga visiblemente al ver a Rynthea. Va a su lado y le murmura algo al oído. Ella lo mira adusta antes de enfocarse otra vez en Frevella.
—¿Secretos? —repite Rynthea.
La boca arrugada de Frevella se tuerce en una sonrisa taimada. La curiosidad que siento desaparece cuando una sensación helada recorre mi columna vertebral.
—Bien. —Rynthea asiente—. Le diremos lo que quiera saber, si eso significa que podemos usar su esfera.
—Ah, tú no. —Frevella sacude un poco la cabeza, luego levanta ambos brazos y con el índice nos señala directamente a Thane y a mí—. Ellos.
El corazón se me encoge cuando la mirada de todos cae sobre nosotros. Miro a Thane; su mandíbula está claramente tensa bajo el pañuelo.
—Solo ellos. Sin armas.
Frevella da media vuelta y desaparece en otra nube de humo sin darnos tiempo de objetar.
Sé que no tenemos más opción que seguirla. Está decidida. No hay otra cosa qué hacer.
Kelrean empieza a caminar hacia Thane, pero Rynthea lo detiene.
—Yo me encargo —dice.
Rynthea se acerca a Thane y extiende una mano con una leve sonrisa.
—Algar y yo cuidaremos tus armas.
Thane la mira a ella y luego a Algar, quien también tiene la mano extendida. Su molestia es evidente. Se quita las correas de cuero que sujetan sus espadas, luego se quita el chaleco y pone todo en las manos de Rynthea.
Antes de que llegue a la cueva, Algar se aclara la garganta.
—¿No olvidas algo?
Thane se para en seco y con un gruñido ronco saca una daga de su bota y otra de debajo de la manga de su camisa, para dejarlas en la mano de Algar.
—Muy bien. Ahora puedes ir —dice Algar.
Siento una presión en el pecho. ¿Y si entro y nunca más puedo salir? ¿Y si tiene una colección de ojos y quiere sacarnos los nuestros para aumentarla?
«Oh, Orvena ». Esto no es para nada lo que esperaba.
—Buena suerte —dice Algar cuando Thane y yo nos acercamos al túnel.
—Necesitamos esa esfera, Zaira —dice Rynthea cuando los miro una vez más por encima de mi hombro—. Dile todo lo que quiera saber. Y asegúrate de que el hechicero no eche a perder todo esto.