El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

K elrean me lleva a un puesto cercano donde se apilan barriles de vino. Nos bebemos un vaso cada uno mientras paseamos por el pueblo tomados del brazo y riendo por tonterías.

Señala varios puestos en los que venden su comida favorita, me enseña la estatua de Orvena en medio del pueblo y otra de un híbrido que reinó varios cientos de años antes que el rey Draedor; luego me lleva a las afueras del pueblo.

Seguimos bebiendo vino mientras admiramos las estrellas que, desde aquí, parecen más próximas.

—Con lo mucho que brillas, tendrías un lugar perfecto entre las estrellas —dice Kelrean mirándome con una sonrisa torcida.

Niego con la cabeza.

—Hablas por hablar.

—Hablo en serio, Zaira. No te subestimes. Eres hermosa.

Mis mejillas se encienden y mi corazón se acelera. Para él es natural ser romántico, como si practicara exactamente qué decir y cuándo decirlo. O quizá solo sabe coquetear muy bien.

Tomo un buen trago de vino para distraerme de la oleada de emoción y deseo que se arremolinan en mi interior. Un sorbo me escurre por la barbilla y él ríe bajito.

Alza la mano y lo limpia con su pulgar con caricias suaves y lentas. Nuestras miradas se encuentran cuando ese mismo pulgar sube por mi mejilla para acariciarla, luego delinea mi mentón. Este sencillo acto hace que se me ponga la piel de gallina.

—Fascinante —murmura escudriñando cada rasgo de mi rostro, de mi cuerpo.

Antes de que le pregunte exactamente qué encuentra tan fascinante en mí, alguien se acerca y él mira en esa dirección.

—Su Majestad lo busca, Excelencia —dice Sheera cuando se detiene a unos pasos de nosotros.

—Cómo no. —Kelrean me mira y reprime una risa al tiempo que baja la mano—. Justo cuando empezaba la diversión.

—Está bien —le aseguro—. Anda. Yo tengo que buscar a mis amigos.

—¿Quieres que te acompañe? —ofrece.

—No pasa nada. Puedo encontrar el camino de regreso.

Asiente.

—Entonces, nos vemos después.

Se disculpa y lo veo alejarse.

Un príncipe, nada más y nada menos, coquetea conmigo. Quizá el monstruo del pantano sí acabó con nosotros y en este momento estoy muerta. ¿Será que el talmún me hace imaginar todo esto? Es lo único que tiene sentido. ¿Fascinante? ¿Hermosa? Debo estar soñando.

Regreso a la plaza del pueblo, me acabo el vino y compro otra brocheta. Observo a un hombre que toca la flauta en el escenario mientras me la como.

Aún siento el cuerpo ligero por el talmún, mi mente está tan relajada que no puedo evitar sonreír mientras paseo. Todo parece mucho más vívido: la luna está más llena, el calor de las hogueras es más cálido sobre mi piel cuando paso frente a ellas.

Tras deshacerme del palo de la brocheta, me detengo a comprar un bollo pegajoso y le doy una mordida.

No es pan de miel, pero está igual de delicioso y caliente.

Me doy cuenta de que todos los niños han desaparecido, probablemente ya los enviaron a su casa a dormir.

Los híbridos que quedan pasan el rato comiendo, bebiendo y…

besuqueándose. Algunos bailan en parejas al ritmo de la música, mientras otros, ya borrachos, se mecen solos a su propio ritmo.

Empiezo a sentir que se disipa el efecto del talmún, al tiempo que el vino me provoca un suave mareo.

A lo lejos veo a Algar y a Thane; están parados entre dos edificaciones a unos pasos de la plaza. Le doy otra mordida a mi bollo y camino en su dirección. Sin embargo, entre más los veo, más enojado se pone Thane mientras habla con Algar.

Cuando Algar apunta un dedo contra el pecho de Thane, este lo empuja con un solo movimiento y lo sujeta por el cuello. Contengo el aliento y apresuro el paso. Al acercarme, Thane suelta a Algar y le masculla algo a la cara para luego marcharse a toda prisa.

—¿Algar? ¿Qué acaba de pasar? —pregunto.

Algar voltea con tanta fuerza que sus trenzas salen volando sobre su hombro.

—Por todas las sombras, ¿de dónde vienes?

—Vi que tú y Thane estaban discutiendo —respondo ignorando su pregunta—. ¿Por qué peleaban?

—No fue nada —dice Algar entre dientes y avanza cojeando frente a mí—. Thane siendo Thane.

Confundida, lo veo marcharse. Antes de que pueda seguirlo, veo que Kelrean se acerca desde la dirección opuesta.

—Ahí estás —dice—. ¿Continuamos donde nos quedamos?

—Mmm… claro. Solo necesito ver a alguien, será rápido.

Me mira parpadeando varias veces confundido.

—¿Está todo bien?

—Sí, yo solo…

Cierro la boca cuando veo que Thane se dirige hacia nosotros con paso decidido. Él es la persona a la quería ver.

—Deberíamos regresar al castillo —dice Thane en mi dirección, aunque fulmina a Kelrean con la mirada.

—¿Cuál es la prisa? —pregunto.

—La muerte inminente de tu hermana —responde mirándome al fin.

Frunzo el ceño. «Imbécil».

—Regresaré cuando Algar lo haga. O puedo volver con el príncipe Kelrean.

Me acerco al príncipe para demostrarle, otra vez, que él no dicta mis decisiones.

—No creo que veas a Algar pronto —espeta.

—¿Por qué? ¿Porque lo hiciste enojar? —replico, arqueando una ceja, provocándolo.

Thane se tensa.

—Oye. —Kelrean sonríe y pone una mano en el hombro de Thane—. La cuidaré, amigo. No te preocupes.

—No soy tu maldito amigo —gruñe Thane, haciendo a un lado la mano de Kelrean.

La mirada de Kelrean es de completo asombro, luego frunce el ceño.

—Es evidente que ese pantano te perturbó. Quizá deberías regresar al castillo y recostarte.

—¿Y dejarla con un hombre que la está drogando y ahogando en vino?

—¿De qué hablas? —interrumpo un poco enojada—. Yo quería probar el talmún y compré mi propio vino. Además, no estoy borracha, ni por error, y el efecto del talmún ya está disipándose.

—Sí —agrega Kelrean—, y yo jamás haría algo así.

Solo le dio una calada al talmún, eso fue todo.

No la hubiera dejado que tomara más. —Kelrean evalúa a Thane con la mirada, al tiempo que esboza una sonrisa cómplice—.

¿Sabes qué creo que pasa? Creo que estás celoso, amigo.

La verdad, no puedo culparte. Es increíblemente hermosa.

Llevo toda la noche sin poder alejarme de ella.

Mi corazón se acelera y el calor empieza a subir por mi cuello. Thane hace una mueca.

—Llámame «amigo» una vez más y te golpearé en la maldita nariz.

Contengo un gritito.

—¡Thane!

¿Qué le pasa? ¿Por qué siempre elige la violencia?

Kelrean echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada ante la audacia de las palabras de Thane.

—Claro. ¿Sabes qué? En este momento eres un poquito hostil y francamente, aunque Zaira quisiera irse, no dejaría que se fuera con alguien como tú. Déjala conmigo. Dijo que estaba bien y creo que deberíamos respetar los deseos de la dama. ¿Entiendes… amigo?

Antes de que me dé cuenta, Thane le da un puñetazo a Kelrean en la cara. Este grita y yo contengo el aliento al ver que su nariz empieza a sangrar de inmediato.

—¡Argh! ¿Qué demonios? —Kelrean ruge, literalmente, y se lleva las manos al rostro—. ¡Casi me rompes la nariz!

Thane mira al príncipe de arriba abajo.

—Disculpa… amigo.

—Por todas las sombras, Thane, ¿cuál es tu problema? —espeto dejando el vino en el suelo para ayudar a Kelrean—. Kelrean, ¿estás bien?

Dos guardias aparecen, espada en mano, y dirigen la punta de sus armas a la espalda de Thane.

—¿Está bien, Alteza? —pregunta uno de ellos.

—Dé la orden y lo arrestaremos, señor —dice el otro.

Kelrean levanta una mano, paciente, mientras se reúne una multitud de curiosos que murmuran preocupados por el príncipe.

«Dioses».

Todo esto es vergonzoso. Este asesino temerario acaba de darle un puñetazo a alguien de la realeza. Quizá sea Kelrean quien al final provoque la muerte de Thane. ¡Qué giro tan inesperado!

—Estoy bien, estoy bien —dice Kelrean, resoplando al tiempo que pasa una mano bajo su nariz sangrante—.

Aquí nuestro amigo, que ha tenido un día difícil.

Se tomó unas copas y creo que necesita descansar.

Tenemos que ser indulgentes. —Se arregla las solapas del traje y se sacude polvo imaginario de los hombros—.

Guardias, por favor, escolten a nuestro amigo al castillo para que pueda volver a orientarse.

De inmediato los guardias se acercan a Thane y lo toman por ambos brazos.

—Quítenme las manos de encima —dice Thane.

Se las arregla para liberarse y se marcha hecho una furia.

—Kelrean, lo siento tanto —digo juntando las palmas al mirar su nariz ensangrentada—. ¿Estás seguro de que estás bien?

—Estoy bien, Zaira. Debo admitir que sí me la hizo buena.

—Hablaré con él. Haré que te ofrezca disculpas —le juro—. Qué increíble grosería.

—Sí lo fue, ¿verdad? —Kelrean toma un pañuelo que le ofrece un guardia. Cuando se limpia toda la sangre deja escapar un suspiro—. Debo tranquilizar a mi gente. ¿Nos vemos en el castillo?

—Sí, claro.

Cuando Kelrean se marcha, salgo detrás de Thane y de los guardias para asegurarme de alcanzarlos antes de que lleguen a la carroza. Los guardias lo avientan al interior y le piden al cochero que lo lleve directo al castillo.

—Tienes suerte de que el príncipe no sea rencoroso, ¡de lo contrario te colgarían en la montaña por lo que has hecho! —le grita uno de los guardias.

—Solo espera a que el rey se entere de esto —lo amenaza el otro.

Cuando se marchan furiosos, subo al carruaje y me siento en la banca frente a Thane.

Me mantengo en el borde del asiento cuando el vehículo empieza a avanzar dando tumbos.

Solo somos nosotros dos en la oscuridad, rodeados de terciopelo; nuestros cuerpos se sacuden por el avance sobre el camino accidentado.

—No puedo creer que hicieras eso —mascullo cuando ya hemos recorrido un tercio del camino—. Es como si quisieras que alguien te matara.

No se atreve a mirarme; en su lugar, observa por la ventana el brillo de la plaza a lo lejos.

Suelto una risita.

—No te entiendo.

—Nunca he pedido comprensión —replica sin apartar la mirada de la ventana.

—Como quieras. —Cruzo los brazos—. Tienes que disculparte con el príncipe Kelrean.

—Las disculpas solo son necesarias cuando se está arrepentido. —Dirige su mirada sombría hacia mí—. No me arrepiento de haber hecho sangrar al principito.