El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 23
41%

Capítulo 23

—¿S abías que celebran el Festival Otoñal de las Bestias, sin falta, todos los años? —dice Algar durante el viaje en la carroza.

—Ah, ¿sí? —respondo.

—Sí. Recuerdo que lo leí en algún lado. Creo que siempre empieza el vigesimotercer día de otoño y dura como tres días.

—Mmm, yo nunca había escuchado hablar de él. —Miro por la ventana del carruaje—. ¿Qué celebran?

—Al parecer, para los híbridos de Bernwood es una tradición reunirse y agradecer a Orvena que les haya dado la oportunidad de prosperar cerca de las montañas de alvanita.

Claro. Orvena, la diosa de la vida y la prosperidad. Tiene sentido. Sin duda es una bendición tener acceso directo a uno de los mayores recursos de Thelanor. Muchos matarían literalmente por tenerlo.

El festival se celebra en plazas amplias, en el corazón del pueblo.

Conforme el carruaje se acerca puedo ver las hogueras intensas que lamen el cielo.

La música se hace cada vez más fuerte, así como las ovaciones y las risas.

Siento tanta curiosidad que me acerco más al extremo del asiento para ver mejor el exterior.

Cuando bajamos de la carroza, tomamos un sendero que nos lleva directamente al centro del evento: una plaza enorme rodeada de matorrales y árboles imponentes salpicados de flores doradas y púrpuras. En la base de varias fogatas, hay cristales de colores y trozos de alvanita.

—Ah, lo había olvidado —dice Algar en voz muy alta para que pueda oírlo sobre la música—. Cada persona en el reino trae su propio cristal y lo coloca alrededor de la hoguera para recibir una bendición.

— ¡Oh! Quizá nosotros debimos traer uno, por respeto.

Miro alrededor. Hay comida, bebidas, postres, música…

me encanta. Por primera vez en mucho tiempo me siento alegre.

Casi había olvidado esa emoción: alegría, una palabra tan corta, tan sencilla que muchos, yo incluida, no podemos controlar.

Han pasado pocos días desde que salí de Meriva, pero siento como si gran parte de mi paz hubiera desaparecido.

Una hermana que muere lentamente en un calabozo.

Los ataques en Garra Roja y Ruvain.

Casi morir asfixiada por un hechicero Sombrío asesino.

Casi ser engullida por el maldito monstruo de un pantano.

A decir verdad, esta travesía me está afectando. Los ataques a Costa de las Brasas en mi infancia perduran en un rincón de mi mente y se disparan frente a cada adversidad.

El recuerdo de haberme visto obligada a huir de mi reino; de ver los incendios que devastaron nuestros hogares y todo lo que poseíamos; rozar las yemas de los dedos de mi padre con las mías, justo antes de que se fuera a salvar a más personas, para nunca volver, y mi madre que nos prometió encontrarnos, pero…

Alguien choca conmigo y me saca de esos trágicos recuerdos.

—¡Lo siento, querida! —dice una mujer entre risas; va de la mano de su enamorado y desaparece en la multitud.

Me aclaro la garganta y me concentro en el presente.

La mayor parte de la población aquí son híbridos.

Esta imagen no es común. Meriva tiene una combinación diversa de seres vivos: mortales, híbridos, encantadores y hechiceros.

Y al parecer, también skrellins. En el castillo vi algunos mortales que trabajaban como ayudantes, pero en lo que respecta a las festividades, solo advierto a otros tres mortales: uno que vende pan de miel caliente, un encantador que hace levitar dulces frente a los niños antes de dárselos y esa mujer que acaba de pasar.

Sonrío al ver a un híbrido que ejecuta trucos de magia.

Dirige los dedos al aire para iluminar el cielo con fuegos artificiales diminutos y brillantes.

Los niños exclaman y los adultos aplauden.

Algunos de los híbridos que ya parecen borrachos miran asombrados, sus ojos vidriosos reflejan los estallidos de colores.

Algar me alcanza en la multitud, tiene un pequeño tarro de cerveza en la mano.

Camina a mi lado cuando pasamos frente a un grupo musical de cuerdas y flautas que toca una melodía alegre.

Una mujer con plumas grises en los brazos nos ofrece unas brochetas de carne y verduras asadas.

Agradecida, tomo la mía, le hinco el diente y lanzo un gemido de satisfacción cuando el delicioso sabor estalla en mi lengua.

Podría acostumbrarme a esto.

—¿Habías estado antes en un festival como este? —pregunto disminuyendo el paso para que Algar pueda alcanzarme otra vez.

—Lo más parecido a esto a lo que he asistido es el Festival de Cristal, en Meriva —responde, examinando a la muchedumbre al tiempo que le da una mordida a un pedazo de carne.

—Ah, me encanta. Siempre hay mucho pan de miel y vino.

—Yo amo el vino. —Algar levanta su tarro y se lo lleva a los labios.

—¿Dónde está Zefra? —pregunto.

—La dejé en mi recámara —dice—. Tiene mucha comida y una cama cómoda. En este momento, está en el Reino de Cristal.

Me río.

A poca distancia veo que Thane entra a la plaza. Recorre toda el área con la mirada, evaluándola antes de avanzar.

—Maravilloso. Llegó el hechicero —anuncio con sarcasmo.

Nos encuentra con facilidad. Es decir, no es difícil encontrar a una mortal y a un simpático entre una multitud de híbridos. La mujer que nos dio la brocheta también le ofrece una a él. Thane la acepta y de inmediato come un bocado.

—A propósito, ¿cuál es la historia entre tú y Thane? —pregunto cuando nos acercamos a una de las fogatas. Me siento en una piedra plana y Algar se sienta conmigo, al tiempo que le da un buen trago a su cerveza.

—¿La historia? —repite—. Somos amigos… bueno, éramos. La verdad, eso es todo.

—Amigos cercanos, ¿cierto?

Miro a Thane de inmediato, nos da la espalda mientras pide una cerveza en uno de los puestos.

—Lo éramos. Antes de que me encontrara con ustedes dos en ese lugar inmundo, llevaba casi tres años de no verlo.

El parpadeo de las llamas hace que el rostro de Algar parezca más feroz, como si todos los rasgos que le daban un aspecto amable y accesible se hubieran endurecido.

—Cuando nos encontramos la vez anterior a esta ya había cambiado. Pude verlo en sus ojos. No era la misma persona de aquella época —agrega.

—¿Qué crees que lo hizo cambiar?

—No sé. —Toma otro trago, le da otro bocado a su carne y tras masticarla y tragarla, continúa—: La verdad es que la vida de Thane no fue maravillosa cuando era joven.

Éramos vecinos en Los Despojos. Ninguno iba a la escuela, así que pasábamos la mayoría de los días aprendiendo estupideces, como la manera de atacar con espadas de madera baratas o aventar piedras a los ricos en Los Comunes, para distraerlos lo suficiente y que el otro les robara la comida.

Mastico más despacio porque estoy ocupada digiriendo sus palabras.

—Mi mamá, Orvena la tenga en su gloria, era buena persona.

—La sonrisa de Algar se suaviza y su mirada se pierde en la hoguera al recordarla—.

Ella sabía que Thane era problemático y que su padre no era un buen hombre, así que me decía que le llevara comida a escondidas por la ventana.

Si lo hubieras visto entonces, Zaira, te hubieras preguntado cómo era posible que siquiera respirara.

Estaba en los huesos. Como en ese entonces yo era muy ingenuo, me preguntaba por qué podía ver la marca de sus costillas en su cuerpo.

De hecho, en un momento dado pensé que era interesante que fueran tan visibles y le clavé los dedos; se puso furioso.

Al crecer me di cuenta de que no era para nada interesante.

Él no podía evitarlo; quiero decir, los dos éramos pobres, pero mi madre nunca permitió que pasara una noche en la que yo no comiera algo, aunque fuera media hogaza de pan.

—Algar aprieta los labios y mira en dirección de Thane, quien paga la cerveza con unas monedas.

» Su padre era una mierda, y mucho más cuando se trataba de dinero.

Su madre nunca estuvo por ahí. Durante su noveno año dejé de verlo por completo.

Pasaron las semanas y llegó un momento en el que tuve que tocar a su puerta y preguntar por él.

Su padre borracho me ignoró y me gritó a la cara que me fuera al carajo.

Mi estómago da un vuelco y bajo la brocheta.

—¿Supiste a dónde había ido?

—No supe nada durante unos años —responde con una risa sin humor—.

No, hasta que un día lo vi. Fue cuando yo trataba de vivir una vida decente y ganarme la vida de manera ética.

Me contrataron como guía de turistas en las propiedades del Palacio de Cristal.

Le enseñaba a la gente los jardines, los patios, lo que se te ocurra.

Pero en mi primer día de trabajo vi a Thane marchando con los Divinos.

Parpadeo mirando con asombro a Algar.

—Espera… ¿hablas en serio?

—No mentiría sobre eso. Lo vi, pero no me decidí a ir a hablar con él.

En lugar de eso, me alejé. Nadie se acerca a los Divinos sin que haya consecuencias.

Cinco años después volví a topármelo, solo que esta vez no llevaba el mismo uniforme blanco que usan los Divinos.

Iba todo de negro. No tenía esas cicatrices en el rostro que tiene ahora, pero tenía la mirada perdida.

Aún quedaba un poco de inocencia en él, como la que vi cuando éramos niños, ¿entiendes?

Pero é l hacía un gran esfuerzo por ocultar su lado amable.

Ese día apenas me habló. No paraba de mirar sobre su hombro cada tanto, como si alguien estuviera tras él.

Luego, cuando le ofrecí invitarle un tarro de cerveza, desapareció y nunca volví a verlo.

Al menos hasta ayer. Curiosamente, estaba contigo.

Algar voltea y fija sus ojos color avellana en los míos. Mi corazón late con más fuerza.

—Lo vi contigo y tuve muchas más preguntas que antes.

Pero tengo que decirte algo, Zaira, ahora ya no veo nada de ese niño perdido.

Veo a alguien endurecido hasta el tuétano, alguien que carga demasiados secretos.

Veo a una persona dispuesta a arriesgar su vida una y otra vez solo para probarle algo al mundo.

No sé qué es ese algo, pero sé que es peligroso y por eso me preocupo por ti.