Capítulo 22
A ntes de pasar a nuestros aposentos tenemos que participar en una de las tradiciones de Bernwood para los nuevos invitados.
De acuerdo con esta costumbre, me dicen que tome una moneda de oro, luego me pinchan el dedo índice y dejo caer una gota de sangre en la moneda. Después de eso, a cada uno nos entregan un tazón de cristal con esquirlas de alvanita en el interior, en el cual introduzco mi moneda.
Si las piedras grises conservan su color natural, significa que tus intenciones hacia el reino son buenas. Sin embargo, si se ponen negras quiere decir que tus propósitos son malévolos y eso podría resultar en un arresto, o peor aún, en una ejecución.
Todos pasamos la prueba… y ahora es el turno de Thane. Él es el último en hacerla y decir que estoy nerviosa por el resultado es un eufemismo. Con el aliento entrecortado, observo cómo echa su moneda ensangrentada en el tazón. Las piedras no cambian y lanzo un suspiro de alivio.
Después, Kelrean se enorgullece al mostrarnos el interior del castillo; señala ciertas puertas y nos explica lo que yace al fondo de los pasillos ornamentados.
—Si siguen por ese corredor llegarán a una sala de vapor —dice, señalando a nuestra derecha y guiñándome un ojo.
Me muerdo un labio y trato de no sonrojarme otra vez.
Cuando al fin llegamos al piso que nos asignaron, mujeres y hombres nos dividimos. Camino con Rynthea y Kelrean hasta una de las cuatro puertas al final de nuestra ala.
—Cuando terminen, regresen al vestíbulo principal en el primer piso y tomen el pasillo a la derecha, hasta el fondo —nos explica Kelrean mientras me observa bajar la manija de la puerta—. Ahí hay una entrada lateral y el carruaje los estará esperando para llevarlos a la plaza del pueblo.
—Gracias, Kelrean.
—Con gusto, Zaira.
Se aleja. Es difícil ignorar lo increíble que se ve su trasero en esos pantalones ajustados.
—No lo hagas.
Doy media vuelta al escuchar la voz de Rynthea.
—¿Hacer qué?
Se para frente a la puerta que está al otro lado de la mía, sostiene relajadamente su espada guadaña en una mano. Sheera también le había quitado el arma, pero a escondidas de su padre (o de Sheera), Kelrean la encontró y se la devolvió. Me doy cuenta de que tiene plena confianza en Rynthea.
—No te molestes con Kelrean. Claro que es encantador, pero también es la persona más engreída que conozco. Se acostaría con cualquier mujer que tenga piernas.
—No tienes que preocuparte por eso —respondo riendo—. Ahora no tengo tiempo para acostarme con príncipes encantadores y engreídos. Mi mente está muy ocupada en pensar que mi hermana está al borde de la muerte.
—En fin, solo para que lo sepas, este festival consiste en beber y andar de fiesta. Pasarla bien es inevitable. —Agita un poco las cejas de arriba abajo—. Es fácil tener un desliz y hacer cosas que jamás pensaste hacer.
—¿Has asistido a alguna de estas festividades antes?
—Solo una vez y fue suficiente.
—Entonces, ¿no irás esta noche? —pregunto.
—No. Lo más probable es que tome un baño y después busque un lugar para practicar con mi espada guadaña.
Me decepciona un poco escucharlo. Esperaba pasar un tiempo con ella.
—Deberías divertirte un poco, Rynthea. Por lo menos mientras estamos atorados aquí, esperando que el rey nos dé la información sobre Aguas Poco Profundas.
Gira para mirarme de frente, parece desanimada.
—Quizá no te hayas dado cuenta, pero muchos híbridos no ven a los minotauros con buenos ojos.
Frunzo el ceño.
—¿Por qué no?
—Porque saben que somos sagrados. Supongo que es envidia y también avaricia.
Cualesquiera que sean sus motivos, tienen prejuicios contra nosotros.
He visitado Bernwood tres veces. La última vez que vine fue hace como dos años para obtener medicinas para Torjack.
Viajé por las fronteras, así que me llevó más tiempo llegar aquí, y como el viaje fue largo, me quedé unos días en la ciudad para descansar.
Mientras estuve aquí, un grupo de híbridos me atacó en un callejón; me dijeron que era una abominación.
Me rompieron dos costillas, un dedo y casi me quiebran un cuerno.
Si Sheera no hubiera aparecido para detener el ataque, estoy segura de que habría muerto y habrían vendido ese cuerno.
—Oh, Rynthea. Lo siento. No sabía que las cosas eran así para ti o para otros minotauros. —Me acerco a ella con ganas de abrazarla, pero ella gira y sus hombros se tensan, como si un abrazo fuera lo último que deseara—. Siempre supuse que los minotauros eran muy respetados entre los híbridos.
—Lo fuimos. Sin embargo, cuando empezamos a ser menos y las propiedades curativas de nuestros cuernos cobraron más importancia que nuestra existencia, para muchos nos convertimos en nada más que una presa.
—Baja la cabeza y mira fijamente el piso de madera—.
Hubo una época en la que los híbridos se cuidaban unos a otros.
Había esperanza, ¿sabes? Sin embargo, ahora…
Ahora nos enfrentamos por algo tan tonto como una moneda.
Son los híbridos los que se denuncian entre ellos antes de que lo hagan los mortales.
La miro sin saber qué decir. La luz de los candelabros acentúa sus cuernos gruesos y puntiagudos cuando levanta la cabeza y respira profundo.
—En fin. —Exhala por los labios entreabiertos—. Basta de eso. Deberías saber que jamás te agradeceré lo suficiente por haberme salvado en ese pantano, Zaira. El rey Draedor tiene razón: eres noble. —Me da un apretón en el hombro—. Ruego a Orvena que nunca pierdas tus principios.
Sonríe y me conmueve. Rynthea es verdaderamente hermosa. Parece tan fuerte, indestructible; sin embargo, tiene un lado dulce que me hace querer saber aún más de ella.
Pongo mi mano sobre la suya.
—Descansa, Rynthea.
Con los hombros abatidos, entra a su habitación y cierra la puerta tras ella.
Cuando entro a mi recámara no me tomo mucho tiempo para admirar las cortinas de seda y la cama enorme con dosel. La luna ya ha salido y su luz plateada ilumina las puertas dobles que llevan a una terraza de piedra.
Dejo caer mi mochila al piso, no me atrevo a tocar nada por miedo a ensuciarlo con el hedor a monstruo del pantano.
Ahora que tengo un momento para mí misma, mis pensamientos son más estridentes.
Pienso en Analla, que está atrapada en la fortaleza de Seferin, en su miedo al darse cuenta de que su vida está a punto de terminar.
¿Al menos la alimenta? ¿Le da agua? No puede ser tan cruel como para privarla de sus necesidades mortales, ¿o sí?
Las manos me tiemblan cuando recuerdo el ataque en Kamtaur, el monstruo del pantano y la muerte de Dulan. Tengo tantas ganas de llorar, pero me trago las lágrimas y alzo la cabeza.
—Okey. —Respiro—. Vamos, Z, c álmate.
Voy al baño y me lavo con mucho cuidado, con un jabón lujoso que huele a lavanda y a alguna especia.
También me lavo muy bien el cabello, pasando los dedos por los gruesos rizos para desenredarlos antes de deshacerme de los nudos con el cepillo.
Luego lo hidrato con una crema capilar que suaviza mis rizos y les da un aspecto suntuoso.
—¡Guau! —murmuro al ver el frasco de vidrio de la crema capilar—. La realeza tiene los mejores productos para el cabello.
La reina dijo que había ropa en los armarios de la que podíamos disponer, pero nunca pensé que estuvieran a rebosar de vestidos, faldas, corsés y corpiños.
Hay demasiadas opciones para elegir. Una cosa es vivir en este castillo, pero otra muy distinta es decidir qué ponerse cada día; debe ser alucinante. Todos los atuendos son muy coloridos y de excelente calidad.
Puesto que esta noche empieza el festival, decido no ponerme mis mallas de siempre y mi túnica de tonos tierra; en su lugar, saco una camisola color marfil cuyo faldón está adornado con flores doradas y moradas.
Hace juego con un elaborado corsé morado y una saya con un delicado encaje de listones dorados.
Meto los brazos en las mangas holgadas de la camisola, luego me pongo las enaguas y dejo que ondulen a mis pies. Después, me ajusto el corsé tan apretado y cómodo como es posible.
Frente a uno de los espejos, tomo unas cuantas sayas y giro con una sonrisa en los labios. Nunca había usado un atuendo tan lujoso, tan brillante y lleno de vida. Jamás podría comprarme uno tan magnífico como este.
Me siento como de la realeza en este momento.
En uno de los cajones del armario hay varios broches para el cabello con joyas incrustadas.
Elijo algunos que hacen juego y, con rapidez, trenzo el costado derecho de mi cabello y sujeto el extremo con los broches.
Cuando me miro en el espejo no puedo evitar preguntarme a quién pertenece esta habitación.
¿Toda la ropa es de la reina Jenia? Quizá son atuendos que ella ya no usa o tal vez hay alguna princesa por ahí.
Aunque eso no es probable. Supongo que se hubiera presentado al mismo tiempo que Kelrean.
Además, el rey dijo que él era su único heredero.
Encuentro un par de botas a mi medida y salgo de mi aposento sintiéndome diez veces más relajada. Hago una pausa al salir y miro la puerta de Rynthea. Por la hendidura inferior puedo ver su sombra.
—Puedo escucharte respirar, Zaira —dice.
Me enderezo. Claro, los híbridos tienen un oído impresionante.
—Perdón —digo riendo nerviosa—. ¿Estás segura de que no quieres venir con nosotros?
La puerta se entreabre y asoma la cabeza. Tiene el pelo suelto, mojado y rizado. Se ve muy inocente.
—Estoy bien. —Ríe—. Diviértete. Nos vemos mañana, después de que el rey se haya bebido cien copas y esté listo para desahogarse. Es sorprendente que sea más tolerante cuando está crudo.
Sonrío.
—Okey.
Cierra la puerta y yo avanzo por el pasillo hasta llegar al vestíbulo. Cuando me acerco a la zona alfombrada advierto al otro extremo a una persona que me parece familiar, toda vestida de negro.
«Thane».
Por supuesto, mi corazón traidor empieza a latir cada vez más rápido.
Lleva un chaleco negro de piel sobre una túnica marfil arremangada hasta los antebrazos. La túnica tiene un pequeño escote en V que deja ver una parte de su piel bronceada y aterciopelada. Parece renovado.
—¿Qué? ¿Esta noche no te pones la coraza de cuero? —pregunto al acercarme.
—La están lavando —responde, luego da unas palmaditas sobre el chaleco—. Y esto tiene un peto cocido en el forro. Fue lo único que pude encontrar en ese miserable armario —se queja—. No entiendo cómo alguien puede ponerse ropa tan colorida todos los días.
—No todos quieren vivir toda la vida vestidos de negro, como tú.
Hago un gran esfuerzo por no mirar su amplio pecho. La túnica que lleva ahora está mucho más ajustada que su otra ropa. Sus pectorales son… en fin, digamos que cuida mucho su cuerpo.
Lleva un collar que no había visto antes: de una cadena de plata cuelga un dije negro redondo con un escorpión en el centro.
Me contengo de hacerle preguntas al respecto. Lo más probable es que haga un comentario hábil o que ignore por completo la pregunta, y no voy a dejar que arruine mi estado de ánimo o mi noche. Además, las cosas siguen un poco raras entre nosotros desde lo del pantano.
—Bueno… debo irme. Me está empezando a dar hambre.
Paso frente a él, en dirección de la escalera de caracol.
—Estoy esperando que uno de los ayudantes me traiga un par de botas que me quede —dice, como si notara mi vacilación.
Asiento.
—Nos vemos en el carruaje.
—Sí. A menos, claro, que necesites que te acompañe a bajar la escalera, ¿eh, dulzura?
—Estoy segura de poder arreglármelas con la escalera —respondo sobre el hombro.
No obstante, bajo con cuidado cada escalón, sujetándome del barandal. Apenas puedo verlos bajo las enaguas. Si me caigo, el camino hasta abajo es largo. Romperme el cuello por una caída en la escalera no es la manera en la que quiero morir, después de todo lo que he tenido que pasar.
Volteo y veo que Thane me sigue observando.
Es inquietante lo apuesto que se ve con el cabello espeso y rizado recién lavado, la piel limpia y un atuendo que no es amenazador.
Incluso las cicatrices de su rostro no son tan alarmantes, sino solo una parte de él.
También está mucho más relajado, sin dejar de estar vigilante, claro, pero no tan tenso como antes de llegar a Bernwood.
Eso podría deberse a que está lejos, en un reino que está mucho más preocupado en celebrar un festival que en molestarnos.
Las puertas principales están vigiladas y estoy segura de que en el pueblo pululan soldados que cuidan tanto al pueblo como a la realeza.
Estamos lo más seguros que podemos estar, y si algo sucede, sabemos muy bien cómo huir.
Cuando su mirada es demasiado intensa, por fin aparto los ojos de él.
« Deja de mirarlo fijamente, Zaira. No seas ridícula » .
Siento que bajo como cien escalones antes de llegar al fin al primer piso. Sin la compañía de Thane, cada paso me parece más pesado que el anterior mientras busco el carruaje.
No puedo creer que esté tan obsesionada con un hombre como él.