Capítulo 21
—Y a ha pasado más de una hora. —Thane se pone de pie con la espalda contra la pared y los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho. Sacude la cabeza y mira por la ventana más cercana—. Si esperamos más, será demasiado tarde para irnos y desperdiciaremos horas de viaje.
Siempre parece molesto, pero ahora aún más porque Sheera le quitó las armas y el chaleco como precaución. Incluso encontró la daga enfundada en el interior de su bota y otra sujeta con una banda de cuero bajo la manga de su camisa. No se las devolverán hasta que sea momento de salir de Bernwood.
—Puedes irte si quieres, pero yo no voy a ninguna parte que esté cerca de Aguas Poco Profundas hasta que vea al rey Draedor —dice Rynthea.
—A propósito, ¿por qué el rey está en deuda contigo? —pregunta Algar.
Está recostado en un diván y Zefra duerme sobre su abdomen. No puedo evitar pensar en lo difícil que será para el sirviente quitarle el hedor a la tapicería.
—Su hijo casi se ahoga y yo estaba ahí cuando sucedió. —Rynthea se recarga en el respaldo de su silla—. Yo lo salvé.
—¿En serio? —pregunto alzando las cejas—. ¿Qué edad tenías?
—Estaba en mi decimocuarto año. El príncipe, en el decimoprimero.
—Guau.
—La marea salió de la nada y era más fuerte de lo que cualquiera hubiera esperado. Al parecer, el príncipe Kelrean se había escapado de Bernwood para divertirse un poco en la costa más cercana con unos amigos.
—Y de no haber sido por ti, yo no tendría a mi heredero —una voz atronadora cruza la sala.
Volteo y veo a un hombre de pie junto a las puertas dobles.
Bueno, no es completamente un hombre.
Tiene la melena de un león, pelaje en las manos que son más bien garras con uñas que sobresalen de sus gruesos dedos y piel de un mortal; está bronceado, como si pasara la mayor parte de sus días bajo el sol.
Sin embargo, sus ojos son igual de feroces que los de un león.
Tiene la misma estatura que Rynthea, lleva un traje color marfil adornado con oro y una corbata morada con las iniciales «BW».
Lleva sujeto en su traje un emblema: el mismo león que aparece en las banderas que vi afuera.
Con una sonrisa cálida que enseña sus dientes afilados, se acerca a Rynthea y emite un suspiro de alegría.
—Rey Draedor —saluda Rynthea, quien cae sobre una rodilla e inclina la cabeza.
—Ah, no te atrevas. —Ríe—. ¡Levántate y déjame mirarte!
Rynthea se apresura a ponerse de pie cuando una distinguida mujer entra a la sala, vestida con seda color marfil y una corona de oro en la cabeza.
Su cabello espeso está recogido de manera elegante, adornado con joyas moradas en un costado.
Sus ojos son de color castaño brillante, sus labios están pintados color cereza negra y su piel tiene tonos morenos y cobre encantadores. Es absolutamente hermosa.
—¡Rynthea, estás aquí! —canturrea la mujer, colocándose junto al rey—. Creo que este será el mejor festival hasta ahora, querida. Todas nuestras personas favoritas han venido.
—En efecto —interviene el rey Draedor.
—Reina Jenia. —Rynthea inclina la cabeza, pero Draedor sigue insistiendo en que se enderece para poder mirarla.
Parece fascinado con ella. No puedo culparlo, los minotauros son criaturas hermosas e inteligentes.
—¿A qué debemos el placer? —pregunta la reina Jenia, juntando sus dedos ágiles.
Las joyas en sus muñecas tintinean, son perlas engarzadas en pulseras de oro. Al ver esas perlas siento una punzada de culpa que aterriza justo en la boca de mi estómago.
Saber que nunca más veré el collar de mi madre vuelve a dolerme. No solo es eso, sino que ya no puedo saber cómo está Analla. ¿Seguirá resistiendo? ¿Estará más débil? ¿El collar estará más caliente porque Seferin la está lastimando físicamente?
Si lo tuviera y siguiera caliente, sabría que ella sigue viva.
Pero supongo que debería considerar que es bueno que ya no lo tenga en mi posesión.
Me habría vuelto loca. Si lo tuviera ahora y recuperara su temperatura habitual, sabría que la perdí.
No estoy segura de poder comprenderlo mientras estoy tan lejos de casa.
—Les pido disculpas por molestarles —dice Rynthea, interrumpiendo mis pensamientos—. Entiendo que el Festival Otoñal de las Bestias empieza esta noche, pero esto no podía esperar. Vamos a viajar al Templo de Elfar y necesito sus consejos para cruzar Aguas Poco Profundas para llegar ahí.
El rostro del rey Draedor se vuelve duro como una piedra y fulmina a Rynthea con la mirada.
—A ti y a Kelrean les conté la historia de Aguas Poco Profundas por puro aburrimiento y para entretenerlos, Rynthea. Estás loca si vas a ir ahí, sobre todo ahora que Aguas Poco Profundas se ha alejado más de tierra firme.
—Lo sé, pero usted sobrevivió y es indispensable que lleguemos ahí.
—¿Para qué? —pregunta el rey Draedor incrédulo, mirándola a ella y luego a nosotros, los otros supuestos lunáticos en la sala.
—Ella necesita una de las piedras de prosperidad —responde Rynthea señalándome, antes de señalar hacia Thane—.
Y él viaja con ella como su protector; Algar…
bueno, él y yo buscamos lo mismo. Queremos un poco del tesoro del Templo de Elfar para mejorar nuestra vida. Creo que en grupo podremos lograrlo.
—Perderán la vida si van ahí. Deberían reconsiderarlo. —El rey Draedor alza una ceja y nos mira con el ceño fruncido a cada uno—. Todos son unos niños que claramente se creen invencibles. No entienden los verdaderos peligros de Aguas Poco Profundas.
—Entendemos lo suficiente.
La voz de Thane tiene un tono duro cuando avanza un paso. Actúa como si le hablara a un plebeyo, no a un rey.
—No entienden nada. —El rey Draedor lo mira fijamente de arriba abajo y luego voltea hacia Rynthea—.
Tendría que odiarte o ser un tonto para darte consejos sobre esa isla, y ninguna de las dos aplica aquí.
Lo siento, Rynthea, pero no puedo hacerlo.
Si lo que buscas es dinero, mi oferta de que seas una de mis guardas sigue en pie.
Rynthea deja escapar un gruñido.
—Las horas serían muy largas e inflexibles, Su Majestad. Tengo que cuidar a Torjack y mantener viva la Posada Kamtaur.
—Aquí tenemos sanadores maravillosos —agrega.
—Lo sé, pero no puedo permitir que Kamtaur cierre. Ese lugar es todo lo que me queda de mis padres.
El rey Draedor suspira, luego aprieta los labios como si entendiera exactamente a qué se refiere.
—Por favor —le ruego cuando Rynthea duda en qué decir.
El rey y la reina fijan su atención en mí con expresión de asombro.
—Sé que es mucho pedir —agrego—. Pero es por mi hermana.
Un hechicero nefasto la maldijo y ella morirá si no obtengo una piedra de prosperidad para salvarla.
Es mi única oportunidad de liberarla —callo un momento al sentir el peso de todas las miradas sobre mí—.
Sé que solo soy una mortal y entiendo que hay riesgos, pero estoy dispuesta a correrlos si eso significa que hay aunque sea una pequeña oportunidad para deshacer esa maldición y recuperarla.
Hago un intento por detener el temblor de mi labio inferior mientras el rey Draedor me estudia.
—¿Tu nombre? —pregunta suavizando la mirada.
—Zaira —respondo—. Zaira Quinlocke.
Draedor alza la barbilla. Se hace un espeso silencio en la sala.
—Lo que haces por tu hermana es honorable. Hace mucho tiempo que no había visto tanta nobleza en un mortal.
Mira a su esposa, quien le dirige una mirada que dice: «por favor, ayúdalos».
—Tonterías. Conmigo tienes nobleza de sobra todos los días —interviene otro híbrido que entra al gran salón vestido de malva, similar en estatura al rey, solo que más delgado y un poco menos musculoso.
Un poco. Su ropa hecha a la medida no sirve en nada para esconder sus brazos tonificados o la definición de su pecho.
A diferencia de Draedor, casi todo en él es mortal menos los ojos, que también tienen el color de los de un león—. Aunque yo solo soy medio mortal.
Nunca había visto antes a un hombre como él.
Su comportamiento es controlado, como si entrara a cualquier parte seguro de su lugar, con la confianza de saber a dónde pertenece.
Sin embargo, también hay algo de salvaje e indómito en esos ojos leoninos profundos.
Su piel tiene un tono ocre encantador; y el cabello rapado a ambos lados hace un nítido contraste con los rizos enredados sobre su cabeza, espesos, naturales y majestuoso s.
Bajo el peso de su corona parece que su cabello se rehúsa a ser dominado.
Sin duda es uno de los híbridos más hermosos que he visto, si es que es un híbrido. Él y el rey tienen algo único. No son por completo leones ni mortales, y son mucho más altos que cualquier otro híbrido que haya visto, sin contar a Rynthea.
—Kelrean, se supone que debías llegar hace media hora —dice la reina Jenia lanzándole una mirada severa.
Ah, el príncipe. Tiene sentido.
—Mis disculpas, madre, tenía una comida importante que engullir.
No puedo evitar advertir la sonrisa traviesa que dibujan los labios de Kelrean.
—Muy bien. —La voz del rey Draedor ruge otra vez en la sala, llamando mi atención. Continúa como si su hijo y su esposa no hubieran dicho nada—. Les diré lo que sé de Aguas Poco Profundas, pero tendrá que ser después del festival.
—¿Aguas Poco Profundas? —Kelrean frunce el ceño, mira a su padre y luego a Rynthea—. ¿Qué demonios van a hacer ahí? ¿Tienen deseos suicidas?
—Ni por asomo —responde Rynthea.
Los ojos dorados del príncipe aterrizan en los míos.
Me dirige una sonrisa torcida. Me sonrojo y le devuelvo la sonrisa.
Es imposible que un príncipe coqueteé conmigo.
Conmigo, una mujer que acaba de caminar durante horas, que huele a pantano y parece un montón de estiércol de caballo.
No. No hay manera. Desvío la mirada para ver a Thane en un rincón; fulmina al príncipe con la mirada y el ceño fruncido. Parece listo para matar.
Me aclaro la garganta y escucho como Rynthea explica por segunda vez por qué vamos a la isla de la muerte, mientras la reina Jenia respalda mis razones por las que necesito la piedra de prosperidad.
—Tenías razón, padre —dice Kelrean mirándome de arriba abajo—. Es noble.
—Así es —responde el rey—. Es muy valiente. Un verdadero ejemplo del valor de Orvena.
—¿Y cómo te llamas? —pregunta Kelrean.
—Zaira.
—Qué hermoso nombre —me halaga con delicadeza—. Tanto carácter.
Como una tonta me sonrojo otra vez cuando el príncipe me ofrece una sonrisa carismática.
—Como dije, debemos ir con nuestro pueblo al Festival Otoñal de las Bestias —anuncia el rey Draedor—.
Sean nuestros invitados y únanse a nuestra alegría.
Pueden quedarse en nuestras habitaciones de huéspedes para que se refresquen antes de reunirse con nosotros en la plaza del pueblo.
No duden en usar los baños y pueden disponer de cualquier cosa en nuestro guardarropa.
—Vaya, eso es maravilloso. —Algar pasa a mi lado con Zefra acunada en una mano—. Me encantaría tomar un baño hirviendo en un castillo tan divino, Su Majestad. Me siento honrado de ser su invitado.
—¿Es un maobi? —Kelrean mira a Zefra con mucha curiosidad.
—Así es.
—Son criaturas hermosas. Pero raras. ¿Hembra?
—Sí.
—¿Y te permite que la toques? Escuché que los mortales no les gustan y que muerden tan fuerte que pueden arrancarte un dedo.
—Bueno, hace dos meses que la tengo y todavía no me muerde. ¿Qué puedo decir? Es mi media naranja. —Algar la levanta un poco en su mano ahuecada y le quita una pelusa de la cola—. Aunque sí he visto que muerde a otros y no es agradable. Es un poquito salvaje cuando quiere.
—Kelrean, ¿por qué no llevas a nuestros invitados a los vestíbulos principales y le informas a los ayudantes que los atiendan? —dice la reina Jenia.
Me gusta que llamen a su gente «ayudantes» y no sirvientes. Hay algo acogedor… no, amable, en ello. Encomiable. Son buenas personas.
—Con gusto, madre. —Kelrean vuelve a centrar su atención en mí y me ofrece el brazo—. ¿Señorita?
Sonrío, lo tomo del brazo y salimos de la sala al lado del príncipe. Cuando pasamos frente a un grupo de guardias, miro por encima de mi hombro para ver que Rynthea sigue hablando con el rey y la reina.
Algar nos sigue, igual que Thane. Ahora, los ojos de este último arden con chispas doradas, como si lanzara dagas invisibles a la parte posterior de la cabeza del príncipe.