El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

C uando veo que casi salimos del bosque de Delchester no puedo más que sentir alivio. Acelero el paso tan pronto como veo un claro entre los árboles, junto con el atardecer que baña la pastura verde adelante.

Algar tenía razón. Delchester debería llamarse Muerchester. El monstruo del pantano es lo peor que jamás haya enfrentado; sin embargo, unos sonidos espeluznantes en lo profundo del bosque nos acompañaron durante todo el camino.

Ninguno era como los falsos gritos de ayuda de Dulan que hicieron que perdiera el control de mi cuerpo y me atrajeron en dirección del monstruo, pero había murmullos.

En el camino de la izquierda escuché a una mujer gritar como si la estuvieran asesinado brutalmente.

Se me pusieron los pelos de punta, pero al parecer no afectó mucho a los demás.

Supongo que el monstruo del pantano había sido más que suficiente.

Cortesía de ese terrible ataque, nos lleva casi tres horas salir por completo del bosque.

Los pies me están matando, así que para descansarlos un momento, monto el lomo de Perla.

Me turno con Algar, cuya cojera se ha acentuado conforme más caminamos.

Tomamos un descanso cuando Rynthea se queja de que le duelen las costillas.

Ahora ya estamos fuera de ese maldito bosque.

Tan pronto como siento el primer rayo de sol, bajo de la montura y corro hacia el centro del campo cubierto de hierba.

Echo la cabeza hacia atrás para ver el cielo abierto y admirar los remolinos rosados y anaranja dos en las nubes, así como las blancas planas diseminadas por todas partes.

Es un paisaje diez veces mejor que las copas oscuras de los árboles que se cernían en el bosque.

A lo lejos hay una montaña de piedra gris flanqueada por vegetación, con árboles exuberantes a lo largo de sus senderos rocosos. Las cimas parecen tocar el cielo conforme los amplios macizos montañosos se extienden hacia este y oeste durante kilómetros.

Zefra pasa volando a mi lado, sus alas rosa transparente atrapan la luz y su pelaje y su cola se mecen al viento.

Rynthea se tambalea al pasar.

—Continuemos. —Su pierna izquierda está lastimada, es una pequeña herida que vendó antes de que siguieramos avanzando por el camino central—. Las puertas de Bernwood no están muy lejos y lo mejor será llegar antes de que anochezca.

—¿No cierran sus puertas después de cierta hora? —pregunta Algar.

—Sí, para mantener alejadas a alimañas como tú —responde Rynthea.

Algar resopla.

—Un día serás amable conmigo, Rynthea.

—Estoy siendo amable contigo. Ahora, apúrate.

Río detrás de ellos.

Thane va al último y guía a Perla. No he hablado con él desde nuestra conversación cerca del pantano…

si siquiera puedo llamarla conversación.

Me pareció más un regaño. De cualquier forma, no veo el caso de disculparme por algo sobre lo que no tengo ningún control.

Él también lo sabe; sin embargo, es como si me culpara de todo.

Por supuesto que en parte fui responsable y me siento muy culpable de que hayan salido lastimados, pero en ese momento me sentí literalmente impotente. Estaba en una suerte de trance y, como él dijo, el bosque se apodera de los vulnerables.

Supongo que ese es el verdadero motivo por el que está tan molesto conmigo. Piensa que soy una mortal débil y patética, todo lo contrario de él y de su poder implacable. Apuesto que también tiene dudas sobre este viaje.

Trato de que esos pensamientos no me depriman y disfruto este momento de caminata por la hierba que me llega a la rodilla.

Incluso el aire se siente más fresco y menos pesado ahora que un dulce aroma a jazmín y madreselva flota bajo mi nariz.

Se escucha cerca el sonido de agua que corre, probablemente un arroyo.

La boca se me seca. El sonido del agua me recuerda lo sedienta que estoy. Rynthea nos ofreció cantimploras individuales antes de salir de Kamtaur, pero después del pantano se nos acabó el agua.

Por fin, para mi gran alivio, llegamos a un muro de piedra en cuyo centro hay dos enormes rejas de hierro con las letras «B» y «W» grabadas en las cerraduras.

Frente a ellas hay cuatro guardias, mientras que otros dos vigilan desde las torres de observación al otro extremo del muro.

Todos son híbridos de distintas especies.

Uno tiene la complexión de un oso. Otro muestra escamas verdes en el rostro, pero fuera de eso parece mortal.

El híbrido que está más alejado a la derecha es enorme y tiene pelo de gorila, y el otro tiene ojos y piel de serpiente.

Los dos que están en la torre tienen ojos como de búho, con plumas cafés que sobresalen de las aberturas de ventilación de sus cascos plateados.

—Salvoconductos —exige el híbrido que parece oso cuando nos acercamos.

Rynthea hurga en su mochila y saca algo mientras los otros guardias nos examinan con cuidado. Cuando Rynthea le da su documento al oso, él arruga la nariz y dice:

—Por todas las sombras, ¿qué es ese olor?

—Monstruo de pantano —responde ella encogiéndose de hombros.

Los guardias se miran entre sí, asqueados.

—¿Monstruo de pantano? —pregunta el oso entre risas.

—Sí, mírenos. —Hace un gesto hacia su ropa sucia y luego le enseña su pierna herida—. Estamos lastimados, cubiertos de agua cenagosa, lodo y sangre de monstruo, así que cuanto antes nos deje entrar, más pronto podremos bañarnos. Los dioses saben que lo necesitamos mucho.

El oso olisquea el aire otra vez y luego gira la cabeza en una arcada.

—Pues deja de olerlo —dice el gorila al oso refunfuñando.

—No puedo evitarlo. Huele a mierda mojada.

Rynthea gruñe y el oso endereza la espalda. Contengo la risa y el oso me fulmina con la mirada.

— ¿Cuál es el propósito de su visita? —pregunta tras aclararse la garganta.

—El Festival Otoñal de las Bestias —responde Rynthea.

—¿Están en la lista de invitados?

Rynthea se endereza.

—Pregúntale a tu rey.

Frunzo el ceño confundida. Debe estar fanfarroneando.

El oso arquea una ceja bajo su casco plateado.

—Esta noche no se puede molestar al rey.

—Solo dile mi nombre. Rynthea Kamtaur. Le dará gusto recibirnos.

El oso entrecierra los ojos, la mira y luego nos examina a nosotros.

—¡Por el amor de Orvena, Yelahn! —dice el guardia serpiente entre dientes—. ¡ Sssolo déjalosss passsar y lidiaremosss con ellosss adentro! —Se cubre las estrechas fosas nasales con la mano enguantada—. ¡No sssoporto essse olor un sssegundo másss!

Todos los guardias ríen a carcajadas al escuchar el arrebato de la serpiente.

Yo misma dejo escapar una risita, los miro a ellos y luego a Algar, a quien la situación le parece igual de cómica que a mí. Sin embargo, a Thane y Rynthea no les hace ninguna gracia.

—Está bien. Adelante. Pregunten por el rey, pero no obtendrán respuesta —dice el oso, haciendo un gesto desdeñoso con la pata—. Y les suplico que se bañen cuatro veces y luego quemen la ropa. Huelen como si se hubieran revolcado en una pocilga.

El híbrido escamado se apresura hacia las rejas y grita para que las abran desde el interior.

Para mi alivio, las puertas se abren de par en par; las bisagras rechinan un poco conforme se abren a paso de tortuga.

Cuando pasamos, el guardia de las escamas se cubre la nariz; me parece muy gracioso, puesto que es probable que su linaje esté relacionado con el mar y, hasta donde sé, un pescado no tiene buen olor.

—Okey, o han estado bebiendo o están locos de aburrimiento en esas puertas —dice Algar con una risita mientras pasamos.

—Todos son ridículos —masculla Rynthea—. Guardias mediocres.

Conforme nos adentramos en el pueblo tengo que tomarme un momento para apreciar la belleza del lugar. Desde fuera, el reino de Bernwood no parece gran cosa, pero el interior está cargado de vida. Seguro se debe al festival que Rynthea mencionó.

Híbridos de todas las especies se pasean por todas partes, cargando costales llenos de telas, sedas y otros materiales.

Niños híbridos corretean alrededor, riendo con paletas enormes de caramelo de colores en la mano, y a la distancia se puede ver un paisaje impresionante: el mar con medio sol anidado tras el horizonte.

Varios barcos rápidos están alineados en los puertos, en los que la gente carga y descarga barriles y cajas.

Cruzamos un puente cubierto de hiedra que forma un arco sobre el río que conecta las modestas casas al atractivo bullicio del mercado.

Los puestos y las mesas están cubiertos de sedas, especias raras y fruta madura.

Una carreta hasta el tope de flores rojas y lilas recorre las calles adoquinadas y pasa a nuestro lado.

Caballos magníficos avanzan haciendo resonar sus cascos en los adoquines y jalando carruajes sujetos a sus arneses.

Uno de los híbridos que maneja una carroza nos saluda quitándose el sombrero.

No puedo evitar sonreír.

Más adentro en el pueblo, entre las tiendas de paredes de piedra se levantan los comercios de madera que están pintados de morado oscuro o azul marino.

Cada uno tiene enfrente una fila de híbridos que esperan ansiosos.

Una suave brisa lleva el aroma de carnes y verduras asadas desde un callejón de comidas.

Es suficiente para hacer que se me haga agua la boca y mi estómago gruña.

Pero el pueblo no puede competir con el imponente castillo que hay a la distancia. Anidado en la montaña y hecho completamente de piedra, el alcázar es tan alto como el Palacio de Cristal en Meriva. En una gruesa torre a la izquierda hay un reloj de arena que hace juego.

«¡Guau!».

Bernwood es más que magnífico.

He leído muchas cosas sobre este reino. Aquí se origina la famosa piedra alvanita, que se usa para construir las viviendas, casas y barcos más sólidos. Bernwood a menudo comercia con otros reinos, lo que hace que este asentamiento sea generalmente próspero.