Capítulo 16 #2
—Solo aceptaré si hablamos con el superviviente de Aguas Poco Profundas —responde—.
Pero solo porque tengo que cerrar la posada por el momento y porque no quiero que Tor vaya con gente como tú.
Si este sobreviviente puede ayudarnos y las probabilidades están a nuestro favor, haré el viaje.
No está lejos, solo a unas horas de distancia, en Bernwood.
—Malditas sombras —exclama Thane con un suspiro—. Como si necesitáramos perder más tiempo. Ni siquiera deberíamos estar aquí.
—Es inteligente tener un plan sólido antes de llegar a Aguas Poco Profundas —dice Algar.
—Estoy de acuerdo —intervengo—. Si solo nos lleva unas horas llegar con esta persona, creo que podemos permitírnoslo. Más vale prevenir que lamentar.
Thane niega un poco con la cabeza. Después de varios segundos, dice:
—Está bien.
—Que así sea. —Rynthea suspira.
—Limpiaremos el lugar un poco y luego nos vamos —dice Thane—. Algar, ayúdame a sacar estos cadáveres para poder quemarlos. Cuando terminemos, nos vamos a buscar a tu pequeño sobreviviente, Rynthea, y tendremos que apurarnos, porque el tiempo apremia.
Mira a la mujer minotauro y luego toma un cuerpo sin brazos por los pies y lo jala hacia el pasillo, dejando un rastro de sangre detrás de él.
—No entiendo cómo pueden confiar en él —dice Rynthea cuando Thane desaparece por la puerta. Se examina las uñas frunciendo el ceño—. Genial, esos sinvergüenzas me rompieron una uña.
—Thane no es tan malo. —Con el pie, Algar voltea uno de los cadáveres sobre la espalda—. Solo tiene que acostumbrarse a ti. Pero para que conste, odia que lo desafíen. Sé que tienes tu espada guadaña, pero no la empuñes contra él, ¿okey? No quiero que te mate mientras duermes.
Torjack se pone lívido.
—¿Haría eso?
Rynthea echa la cabeza hacia atrás en una carcajada cuando pasa frente a Algar.
—Me encantaría ver al cabrón intentarlo.
Cuando entra a la cocina me doy cuenta de que he permanecido callada en la mayoría de sus conversaciones.
Mientras asimilo mi entorno siento náuseas y un sentimiento de opresión se aloja en mi pecho.
Todos continúan con sus tareas, moviendo cadáveres o arrastrándolos como si esto fuera algo normal. Debe haber casi quince de ellos.
Tanta sangre. Tanta muerte. ¿En verdad será así todo el camino a Elfar?
La garganta se me cierra con emociones inoportunas.
Temor. Incertidumbre. Miedo. Nada de esto es normal.
—¿Estás bien, Zaira? —Algar aparece a mi izquierda y me asusta.
—Sí. —Me obligo a asentir—. Creo que yo solo… creo que necesito aire.
—Ah, okey. Quieres que yo…
Paso a toda velocidad frente a él hasta la puerta principal antes de que acabe de hablar.
Una vez afuera, me apresuro a dar vuelta en la esquina, jadeando.
Cuando encuentro una banca de madera me siento de inmediato, jalo las rodillas hasta mi pecho, e inhalo y exhalo con la cabeza hundida en mi regazo.
« Solo concéntrate en tu respiración, ¿okey, Z? Inhala y exhala » .
Eso es lo que me diría Analla. Pero ella no está aquí, y saberlo hace que me sea más difícil controlar la respiración.
Saber que estoy rodeada de un grupo de asesinos hace que mi cuerpo se revuelva de ansiedad.
No tengo idea de la clase de lío en el que me he metido, pero mi madre tenía razón: estoy en el fango más enfangado, y ya no hay vuelta atrás.
Atrapada. Estoy atrapada en mi decisión.
No sé si puedo hacerlo. Sobrevivir parece mucho menos probable ahora y eso me aterra.
Los ojos se me llenan de lágrimas calientes, pero los cierro para aliviar el ardor.
Quiero convencerme de que puedo hacer que esto funcione, pero advertí la preocupación en los ojos de Rynthea.
Si un minotauro tan fuerte como ella no cree que pueda atravesar Aguas Poco Profundas, ¿quién puede?
No tengo ni una fracción de su fuerza, y no sé absolutamente nada de armas o de combate.
Soy una mortal común y corriente en mi vigésimo año, que pasa la mayor parte de su vida leyendo, tomando té, ofreciéndose como voluntaria en centros para refugiados y horneando pan. Soy demasiado simple para tanta locura.
Luego, mi mente regresa a Dulan, otro mortal común y corriente.
Por alguna razón, su recuerdo me golpea con fuerza, hasta el punto en el que siento cuchilladas en el estómago.
El pobre chico fue asesinado a sangre fría porque nos ayudó.
¿Qué hará su abuela cuando se dé cuenta de que no aparece?
¿Cómo obtendrá ahora sus medicinas? ¿Quién buscará su cuerpo?
¿Se habrá calcinado por los incendios que dejamos detrás?
O peor aún, ¿lo habrán recogido los ruvaineros para colgarlo en el centro de la ciudad para que todos lo llamen traidor?
Presiono la base de las manos contra las sienes y cierro los ojos con fuerza.
Dioses, esto es demasiado.
En verdad no sé cómo voy a sobrevivir este viaje. Tendré suerte si sobrevivo una hora más.
Algo suave roza mi brazo y luego siento unas garras que se clavan en mi camisola, como si treparan por mi torso.
Levanto la cabeza y veo a Zefra, quien está posada en mi hombro.
Ladea la cabeza en un ángulo forzado y me observa con mucha atención.
Sus ojos enormes penetran los míos durante unos segundos, luego acerca la cabeza cuando me sorbo la nariz.
Su cabecita peluda acaricia mi mejilla para enjugar algunas de mis lágrimas.
—Oh, dioses. —Me sorbo la nariz otra vez y tomo a Zefra en mis manos. Ella se acomoda en mis palmas ahuecadas, me mira como si tuviera un millón de preguntas que quisiera hacerme. Dulan tenía razón. Sí es muy suave y su pelaje rosa es hermoso.
—Ladrona y todo, eres la criatura más adorable.
Canturrea y con sus patitas señala a mi izquierda. Miro en esa dirección y veo que Thane está de pie junto a un poste cercano, con el pañuelo abajo y los ojos fijos en mí.
Dioses. No me digan que me vio llorar.
Cuando se acerca, Zefra se aparta de mis manos de un salto y se apresura en su dirección.
De inmediato me enjugo las lágrimas que me quedan.
Por alguna extraña razón, Zefra trepa por su cuerpo hasta llegar a su hombro y lo mira fijamente, en espera.
Thane alza la mano y le ofrece un puñado de almendras.
—Buena chica. —Lo escucho murmurar mientras ella las devora.
Zefra salta de su hombro y se va a toda velocidad.
—¿Le dijiste que viniera a hacer lo que hizo? —pregunto.
—No exactamente. —Se acerca—. Le dije que viniera para hacerte entrar en razón con una paliza. Ella eligió hacerlo de forma más amable.
Reprimo una sonrisa, bajo la barbilla para que no pueda ver mis ojos hinchados, pero no dejo de observarlo por el rabillo del ojo.
—Sabes que no tienes que hacer esto, ¿verdad? —pregunta poniéndose serio, con el ceño fruncido y la mandíbula tensa.