Capítulo 16
L a nariz y las orejas de Torjack tiemblan. Con la misma rapidez con la que alza sus defensas, deja caer la horquilla cuando se escuchan seis golpes rítmicos en la puerta.
Sube los escalones, abre el cerrojo y Rynthea baja tambaleándose. Sin lentes, para mí es una enorme mancha borrosa bajo la luz del sol. Detrás de ella vienen otras dos figuras vagas. Por su estatura y el color de la ropa, supongo que son Thane y Algar.
«Gracias a Orvena ».
— ¿Ya se fueron todos? —pregunta Torjack.
—Sí. Están muertos o huyeron. —Rynthea le da una palmada en el hombro a su hermano—. ¿Estás bien?
—Estoy bien. Es bueno que hoy no estoy agarrotado, ¿no? —explica riendo.
—Ah, cállate, tonto —replica con un suspiro; luego lo abraza con fuerza.
Thane la rodea para acercarse a mí.
—Quinlocke, ¿estás herida?
—No, estoy bien —respondo cuando nuestras miradas se encuentran.
Su tono cálido y preocupado me sorprende.
Algar se acuclilla a mi lado.
—¿Dónde están tus lentes?
Aprieto los labios y los levanto de la mesa, sosteniéndolos por una de las patas de metal.
—Rotos.
—Demonios —masculla Algar.
—No puedo continuar el trayecto así. Apenas puedo ver.
Thane mira los anteojos y extiende una mano.
—Déjame verlos.
El cambio en su tono me hace vacilar. En verdad no me gusta lo exigente que puede ser; sin embargo, los pongo en la palma de su mano. Cierra la mano alrededor de ellos y un destello de luz ilumina el espacio entre nosotros. Cuando la abre, los lentes están rodeados de una fina aura dorada.
Me acerco con los ojos entrecerrados. No puedo creerlo: están como nuevos. De hecho, mejor que nuevos. El armazón que antes era negro ahora es dorado brillante, y no veo ni una sola rayadura en los cristales. Antes tenían muchas, pero esas fueron por mi culpa.
Thane me pone los lentes con cuidado; sus dedos calientes rozan los costados de mi rostro. Se me pone la piel de gallina en todo el cuerpo, pero finjo no haber tenido esa reacción.
—¿Mejor? —pregunta.
De nuevo estoy a punto de llorar. Pero son lágrimas de alegría, lágrimas de esperanza.
—Están perfectos.
Nos miramos a los ojos durante un momento y juro que en los suyos veo una dulzura que no había visto antes…
Pero el momento pasa cuando Thane tose y aparta la mirada.
Miro alrededor y asimilo los detalles nítidos del refugio: paneles de madera en las paredes, linternas de gas que cuelgan en hilera de una cuerda gruesa en el techo, estantes llenos de libros, grandes jarras de vidrio llenas de frutas y verduras en conserva.
—¡Guau!, todo es tan claro. —Le sonrío—. Gracias.
Él asiente.
—No hay de qué.
Al parecer, algo está sucediendo, un cambio, una transformación. Cuando nuestras miradas se encuentran de nuevo, tengo la idea irracional de que quizá este asesino no sea tan malo. Hasta ahora, me ha protegido mucho, ha esperado en la posada a que me cure y arregló mis anteojos.
Pero solo es una idea. La realidad sigue repicando como una campana en los recovecos de mi mente. A pesar de sus amabilidades, sigue siendo un hombre muy peligroso.
Como si percibiera mis pensamientos perturbados, Thane dice:
—Deberíamos irnos si queremos llegar a Gadonia a buena hora.
—¿En serio van a Aguas Poco Profundas? —pregunta Rynthea, fulminando a Thane con la mirada, luego a Algar y por último a mí. Antes de que pueda responder, arremete de nuevo contra Thane—. Te das cuenta de que la llevas a su muerte, ¿verdad?
—Ella quiere ir —responde Thane en un murmullo—. Fue ella quien me pidió que la acompañara.
—¿Por una piedra que quizá ni siquiera esté ahí? —La atención de Rynthea está ahora en mí—. Vas a lograr que te maten, Zaira.
—Para eso me tiene a mí —replica Thane—. Para que pueda llegar ahí viva.
Los ojos de Rynthea arden de furia.
—Viajar contigo es el verdadero suicidio y todos lo sabemos —vocifera—.
Tienes una diana en la espalda, y la trajiste directo a mi posada.
¿Sabes cuánto tiempo me va a llevar limpiar toda esa sangre?
¿Reemplazar o reparar las mesas y sillas rotas?
Ya es suficiente con que nuestro negocio se esté yendo a la quiebra, ahora tendremos que cerrar durante días.
—Cerca de ese templo hay un tesoro, Rynthea —interviene Algar—.
De todo tipo, por lo que he escuchado. Monedas, joyas, cristales, lo que quieras.
No lo llaman el Templo de Elfar por nada.
Él exploró esas tierras y enterró ahí todo lo que encontró.
Era el hermano de Azidel, así que todos creen que las leyendas sobre los tesoros son ciertas, porque Azidel fue capaz de protegerlos.
Si logramos obtener una parte, podrás reconstruir Kamtaur y tus problemas financieros desaparecerán.
—Sí, si no muero antes —espeta ella—. Llegar a Aguas Poco Profundas es una locura.
—Entonces iré con ellos —exclama Torjack—. Traeré una parte del tesoro y podremos recuperarnos.
—¡Que me lleven las sombras si lo haces! —Voltea despacio para encarar a su hermano. Bien podría salirle humo ardiente por la nariz—. ¡La mitad del tiempo apenas puedes caminar, Torjack! Por todas las sombras, ¿qué pretendes?
—Si me llevo las medicinas estaré bien. —Se mueve sobre sus pezuñas y encoge un poco los hombros—.
Rynthea, tú no quieres vender Kamtaur, aunque nos ahoguemos en deudas.
Creo que si viajamos en grupo lo lograremos.
Ese tipo es bastante letal con sus espadas y sus dagas —dice señalando a Thane—, y Algar pelea bien.
Al parecer, Zaira ha estudiado y es muy inteligente.
Nuestras probabilidades son mucho mayores como grupo.
—Muchos grupos van a Aguas Poco Profundas en busca de tesoros y muy pocos de ellos regresan vivos de la isla —dice Rynthea—. Y si lo hacen, o mueren en el camino de vuelta a tierra firme o regresan lisiados. Ninguno ha regresado con tesoros.
Torjack levanta los brazos, frustrado.
—¿Qué importa si muero? Ya estoy lisiado, así que eso no significa nada para mí. No puedo permitir que me cuides el resto de mi vida, Rynthea. No es una vida para ti. Soy yo quien está enfermo y jamás mejoraré, a menos que haga algo al respecto.
Rynthea cierra la boca y lo mira con ojos dulces, brillantes por las lágrimas.
—Sé que quieres cuidarme —agrega Torjack con voz más dulce y pone una mano en su hombro—, pero un día mi vida acabará y no solo habrás perdido el negocio, sino que tampoco tendrás un hermano.
No te quedará familia. No tendrás dinero.
No habrá nada a lo que aferrarse, y todo porque quisiste ir a lo seguro.
¿Por qué no arriesgarme, tratar de mejorar, en lugar de quedarme aquí sentado esperando mi último aliento?
—Tor, estás diciendo tonterías. —Niega con la cabeza y se quita de encima la mano de su hermano—. No irás a Elfar y esa es la última palabra.
Torjack retrocede con un suspiro desanimado.
Los demás permanecemos en silencio mientras Rynthea inhala y exhala rápido, y cierra y aprieta los puños. Al final, nos libera del tenso silencio y nos mira a los tres.
—¿Siquiera tienen un plan? —Su pregunta rezuma reticencia—. Aguas Poco Profundas no es un lugar fácil de recorrer.
Algar mira a Thane.
—Vamos a llegar a ese templo —dice este último.
—Bueno, si van a llegar y yo decido unirme a ustedes, necesito escuchar un maldito plan.
—Examina a cada uno de nosotros con los ojos entrecerrados—.
Personalmente, solo conozco a un hombre que salió vivo de Aguas Poco Profundas.
Si podemos hablar con él, obtener una orientación clara y entender cuáles son nuestras posibilidades de sobrevivir, entonces veré si vale la pena ir con ustedes.
—¿En serio? —Los ojos de Torjack se iluminan cuando ve a su hermana, boquiabierto.
—Ahora no —dice, apuntando un dedo severo hacia él.
Mientras sube con paso firme los escalones de piedra para salir del refugio, Torjack sonríe como si acabara de ganar el gran premio.
Algar y yo nos miramos al mismo tiempo. Se encoge de hombros mientras yo me muerdo el labio inferior, insegura de qué pensar de toda esta situación.
Seguimos a Rynthea al exterior y Torjack cierra con llave la trampilla detrás de nosotros, para después cubrirla de hojas. Cuando nos acercamos a la posada, Penju sale por la puerta trasera, jalando un cadáver por los tobillos. Gruñe cuando lo coloca sobre otros dos cuerpos ya apilados.
—Por cierto, ¿quiénes eran esas personas? —pregunta Rynthea cuando ya todos estamos adentro de la posada.
Yo también quiero hacer esa pregunta, pero no puedo formular las palabras mientras veo el desastre.
«En nombre de Orvena ».
El lugar es un caos. Las paredes están salpicadas de sangre y casi todos los muebles están arruinados. Los vidrios de muchas ventanas están destrozados y ni siquiera deseo contar cuántos cadáveres yacen en charcos de sangre y tripas a su alrededor.
—Es muy probable que estén con los Sombríos. —Thane se para sobre de un cadáver decapitado.
Me contengo para no vomitar por el olor a hierro en el aire y prefiero mirar hacia los barriles que están detrás de la barra. Aunque eso no ayuda mucho, tomando en cuenta de que ahí también hay manchas de sangre.
—¿Qué tienes tú que ver con los Sombríos? —pregunta Rynthea mirándolo como si tuviera dos cabezas.
—No tengo nada qué ver —replica.
—¿Y qué hay del que se escapó? —interviene Algar— ¿El que hacía magia como tú? ¿Lo conoces?
—Maliek —masculla Thane apretando la mandíbula.
«Un momento … ¿Maliek?».
—¿Qué quiere Maliek contigo? —continúa Rynthea su interrogatorio.
—No sé —responde, aunque estoy segura de que miente.
Rynthea lo fulmina con la mirada, ella tampoco le cree.
—Entonces, ¿qué decides, Rynthea? —pregunta Algar—. ¿Vienes con nosotros o qué?
Fija los ojos en Torjack, quien está examinando los cuerpos mutilados, medio asqueado, medio fascinado.