Capítulo 15 #2
Torjack se detiene por fin, se inclina y toca el suelo, aparta las hojas hasta que deja al descubierto una manija de metal. Veo una trampilla cubierta de musgo y pasto. Él la abre y yo entrecierro los ojos para tratar de ver lo que está allá abajo, pero está totalmente oscuro.
—Tenemos que bajar los escalones, uno detrás de otro porque no hay mucho espacio —me dice Torjack mirándome a la cara—. Está un poco oscuro, pero no hay nada horrible allá abajo, te lo prometo. Ve tú primero. Yo estoy justo detrás de ti.
Pongo un pie sobre el primer peldaño de piedra.
—Sujétate del barandal ahí. Sí, ahí —me indica Torjack cuando me sostengo del barandal empotrado.
Me sujeto con fuerza y bajo los escalones uno a uno, hasta que las suelas de mis botas llegan a un piso más suave.
Después de cerrar y asegurar la trampilla, Torjack se reúne conmigo. La oscuridad nos envuelve. Siento que pasa a mi lado, su pelaje roza mi brazo y después se pone a buscar alrededor. Un clic hace eco y el refugio se ilumina.
—¿Hace cuánto tiempo tienen este lugar?
Entrecierro los ojos, tratando de averiguar qué es qué.
Me acerco a la pieza imponente que está en un rincón para ver que es un estante lleno de libros.
Al lado hay una mesa para cuatro. Paso los dedos sobre la superficie suave y froto las yemas de mis dedos.
No hay polvo. Se ha usado recientemente.
—Hace mucho tiempo. Este es el refugio Kamtaur —explica Torjack.
Por su tono, parece que sonríe—. Nos escondemos aquí cuando nos llegan noticias de disturbios en Ruvain o cuando hay alerta de que están cazando híbridos.
Rynthea odia bajar aquí, pero nos ha salvado la vida más veces de lo que podemos contar.
—Es horrible tener que vivir así, que te estén cazando todo el tiempo.
—Sí, lo es. Por desgracia te acostumbras. —Torjack se acerca y jala una silla para mí—. Anda, siéntate. Rynthea llegará. Estoy seguro de que los matará a todos. Igual que ese oscuro y gruñón amigo tuyo. Solo espero que Algar sobreviva. Cree que es más fuerte de lo que en realidad es.
—Yo también lo espero —murmuro, aferrándome a la confianza de que saldrán con vida.
Torjack se sienta a mi lado para que pueda ver mejor su rostro.
—Toma.
Abre la mano, me ofrece los anteojos y me ayuda a ponérmelos.
—Sí. No veo nada —me quejo—. Todo es un caleidoscopio.
—Eso te ayuda a ver varios rostros apuestos como el mío —bromea Torjack.
No sé cómo puede bromear en este momento en el que todo es caos y locura. Pero bueno, es como dijo: está acostumbrado.
Me quito los lentes destrozados y trato de reprimir el estúpido impulso de llorar. Si no puedo ver, ¿cómo voy a llegar al templo? No es como si hubiera fabricantes de lentes en cada esquina de Thelanor, y aunque así fuera, no son baratos.
Las compuertas de la frustración se abren. Más me valdría renunciar a todo y regresar a Meriva. Quizá si regreso ahora y mando hacer nuevos lentes todavía tenga tiempo de llegar al Templo de Elfar.
Pero no quiero volver, y definitivamente no quiero cruzar Ruvain otra vez.
—Oye —dice Torjack.
Lo miro.
—Todo estará bien.
Sacudo la cabeza.
—No si no puedo ver.
Me muerdo el labio inferior y parpadeo para evitar las lágrimas. Por mucho que quiera, no puedo llorar aquí. Pensaré en una solución, siempre lo hago, pero no podré continuar sin el despiadado asesino de la Sombra a mi lado.
Aguzo el oído, deseo saber qué está pasando en la posada, esperando poder hacer algo. La sensación de impotencia me hace nudos en el estómago. Probablemente es peor para Torjack, aunque no lo muestra.
Me trago esa sensación y me concentro en lo que sí puedo controlar.
—¿Por qué tú y Rynthea no se mudan a Meriva? —pregunto—. ¿O a otro reino en el que no esté permitido cazar híbridos?
—Bueno, Kamtaur ha pertenecido a nuestra familia desde antes de que naciéramos.
Mi madre y mi padre lo abrieron juntos. —Torjack suspira y se aclara la garganta—.
Mi madre se enfermó y murió cuando estábamos en nuestro octavo año.
Mi padre entristeció después de eso. Nos enseñó a administrar Kamtaur cuando estábamos en nuestro décimo cuarto año, para que pudiéramos encargarnos un día.
Murió en nuestro decimoctavo, y desde entonces, Rynthea ha intentado mantener vivo el lugar.
Pone muchas esperanzas en cosas débiles o que fracasan, a pesar de lo poderosa que es.
Torjack se remueve en su silla incómodo y siento lástima por él.
—Pero reconozco una causa perdida cuando la veo —continúa—.
Mi hermana cree que la Posada Kamtaur debería permanecer abierta a pesar del peligro, pero yo no dejo de decirle que no soportará mucho tiempo más.
Tarde o temprano, no les importarán las reglas e incendiarán ese lugar solo para atraparnos.
—Es tan injusto. No tendrían que vivir así.
—Así es la vida, ¿no?
Se escucha un golpe sordo en la trampilla. Nos miramos con los ojos muy abiertos. Él se pone de pie, toma lo que parece una horquilla que está en un rincón y se queda a unos cuantos pasos de la escotilla.
Yo permanezco sentada conteniendo la respiración.