El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

A lgar y Torjack se levantan de un salto. Yo también me pongo de pie, feliz de que gran parte de la inestabilidad haya abandonado mi cuerpo.

—¡De ninguna manera! ¡Lárguense! —grita Rynthea rodeando la barra—. ¡No habrá ninguna pelea en mi posada!

—No es necesario que haya pelea —dice el hombre que dirige el grupo al adentrarse más en la taberna—. Solo queremos al hechicero.

Rynthea alza la barbilla, Algar baja una mano y saca un cuchillo de la funda que cuelga de su cintura.

—No sé de qué hablas. —Rynthea endereza los hombros y avanza un poco—. Aquí no hay ningún hechicero. No me gusta que vengan a mi posada.

—¡Déjate de estupideces, minotauro! —vocifera el hombre. Rynthea frunce el ceño y saca chispas por los ojos—. Danos al hechicero o destruiremos el maldito lugar, ¡lo incendiaremos!

Uno de los párpados de Rynthea brinca con un tic nervioso mientras lo fulmina con la mirada. Luego, de manera extraña, casi siniestra, una sonrisa atraviesa su rostro.

—Okey. —Levanta las manos—. Bien. No vale la pena que destruyan mi negocio por él. Voy a buscarlo.

Regresa detrás de la barra, pasa junto a Penju, quien hace muecas hacia los hombres mientras sus espinas se erizan, haciendo que su aspecto sea dos veces más letal. Cuando Rynthea desaparece por la puerta batiente de la cocina, escucho el crujido de otra puerta que se abre a lo lejos.

Thane aparece por un rincón con la coraza salpicada de sangre. Lleva la espada en una mano, goteando un líquido carmesí. Pero el objeto en la otra mano me deja sin aliento.

Es la cabeza de un hombre.

Y no cualquier hombre.

Es el desconocido de la capa gris que, tan solo unos momentos antes, estaba sentado en el otro extremo de la posada mirando a Thane.

—Me parece que esto es suyo.

Thane le avienta la cabeza al hombre enmascarado. Esta golpea el suelo en un chapoteo repugnante y rueda hasta detenerse a los pies del líder.

Este da un paso atrás y de inmediato blande la espada.

—Valkor —gruñe levantando el arma—. Te hemos estado buscando.

—Puedo verlo, imbécil. —Thane encuentra mi mirada—. Sal por la puerta de atrás. Toma a Perla y ponte a salvo con Algar. Los encontraré.

—Al demonio —replica Algar mientras Zefra sale volando por la ventana más cercana—. No voy a dejar que pelees solo.

—¡No va a pelear! —interrumpe Rynthea desde el otro lado de la habitación, saliendo de la cocina, cruza la barra de un salto hasta el otro lado con una espada guadaña empuñada con firmeza.

Con un movimiento firme, le corta la cabeza al líder con su arma curvada; luego gira y corta a otro de los hombres, seccionándolo por la mitad.

—Dioses. No otra vez. —Retrocedo mientras un momento de silencio por el asombro se extiende en la posada y la sangre se encharca en el piso.

—Sal de aquí, Torjack. Y llévate a la niña contigo —ordena Rynthea interrumpiendo el silencio.

Eso es suficiente para provocar en el salón un caos total.

Thane pasa volando a mi lado y se une a Rynthea en la masacre, en tanto que Algar se abalanza a la trifulca con un grito de guerra. Su cojera no le impide nada. Está buscando matar; quizá no es tan talentoso como Thane y Rynthea, pero sin duda sabe cómo defenderse.

—¡Ven conmigo!

Torjack presiona su mano contra mi espalda y me guía hacia el pasillo.

Al pasar, veo que Penju saca una daga con una mirada de desdén. Salta sobre la barra y se lanza directo a la cabeza de un hombre.

Torjack corre conmigo por el pasillo y se dirige a la salida trasera.

—¡Espera! —lo llamo—. ¡Mi bolsa! Necesito mis cosas.

No sé si tendré la oportunidad de regresar por ellas, sobre todo si el lugar acaba incendiado. Ahí tengo cosas importantes. Dinero para el resto del viaje. Un mapa. Elíxires contra la alergia en caso de que el polen se vuelva insoportable.

—¡Apúrate! —me ordena Torjack.

Entro disparada a la habitación en la que me había despertado, abro las puertas del armario y recupero mi mochila y mi bolso. Me los cuelgo en los hombros y me doy la vuelta para encontrar a Torjack de frente. Dejo escapar un gritito cuando un desconocido enmascarado aparece detrás de él.

Esta persona no está vestida como los otros que están en el salón, quienes llevan máscaras negras sencillas y corazas. La coraza y la máscara de este hombre están cosidas con hilo rojo. Su cabello es negro azabache y está peinado hacia atrás, su piel es casi tan blanca como la nieve en Velkana.

Con un movimiento de la mano, el desconocido suspende a Torjack en el aire y lo arroja contra la pared.

— ¡No! —grito—. ¡ Torjack!

—¿Amigo tuyo? —El hombre ladea la cabeza y me mira de arriba abajo—. Ya veo, tú eres la noble.

Retrocedo ante su avance.

Con otro movimiento de la mano, siento que una garra fría y sólida envuelve mi cuello. Estoy suspendida en el aire una vez más. Me fija contra la pared más cercana; aprieta y me asfixia mientras lucho contra su magia, tratando desesperadamente de respirar.

Mi visión se empieza a nublar; los ojos azules del hombre me fulminan. Creo que ya no aguanto más. Demonios. Voy a morir asustada, sola e inútil; asfixiada por un hombre que ni siquiera conozco.

Moriré.

Analla morirá.

Todos moriremos y…

Rynthea aparece en el umbral; entra pisando fuerte y patea al hombre en la espalda baja con su pezuña.

Él emite un quejido y trastabilla hacia adelante; la fuerza que ejerce en mi garganta se relaja. Me desplomo en el suelo y caigo sobre manos y rodillas; tomo tanto aire como me es físicamente posible.

Rynthea mira al hombre y luego a su hermano, quien se queja en un rincón de la habitación, luchando para levantarse. En su garganta se empieza a formar un rugido, al tiempo que blande su espada guadaña en un movimiento tan rápido que es imposible advertirlo y la asesta contra el hombre.

Este evita el golpe con facilidad y lanza una patada a los tobillos de Rynthea, pero ella no cede. En su lugar, lo patea en pleno pecho. Su cuerpo se estrella contra las ventanas. Me tambaleo para levantarme y veo como aterriza en el exterior, tropezando una o dos veces.

—Torjack —dice en un murmullo, apresurándose al lado de su hermano. Le da unas palmaditas en la mejilla y él se vuelve a quejar—. Ey, Tor, ¿estás bien?

—Sí, estoy bien. Estoy bien.

—¡Te dije que sacaras tu trasero de aquí!

—¡Necesitaba su bolso! —replica Torjack.

Rynthea me mira y resopla de frustración.

—Lo siento —mi voz vacila, la culpa me consume. No quería que Torjack saliera lastimado. Pudo morir por culpa mía.

Rynthea suspira.

—Está bien. Nada más salgan de aquí. Los dos. Tomen la puerta trasera y vayan al refugio. Ahí los veré cuando esto acabe.

Cuando Torjack está sobre sus pezuñas otra vez, Rynthea nos abre el paso hacia la salida.

Sin embargo, antes de que lleguemos a la mitad del pasillo aparece otro enmascarado.

No duda en deshacerse de él. Después de rebanarlo como mantequilla tibia, sale disparada frente a nosotros y abre la puerta trasera.

—¡Váyanse! —ordena.

Corro hacia el exterior detr á s de Torjack, pero acabo tropezándome con algo y caigo de bruces.

Los lentes resbalan por mi nariz cuando aterrizo en el suelo.

Luego, un objeto desconocido me sujeta con fuerza por el tobillo.

Miro hacia atrás y, con la vista borrosa, veo al enmascarado de las puntadas rojas.

Levanta una mano con firmeza y me jala hacia él como si fuera un pez atrapado por un anzuelo.

Rynthea ruge cuando salta sobre mí para atacarlo. Aparecen tres personas más y empieza la arremetida. De alguna manera, entre todo el caos, el hombre de las puntadas rojas sujeta con firmeza mi tobillo al tiempo que pelea con Rynthea, con espirales azules y humo.

—¡Vamos, Zaira! —grita Torjack.

—¡No puedo! —vocifero—. ¡Me tiene sujeta por el tobillo! ¡No puedo moverme!

—¡Carajo! —maldice Torjack.

Alguien sale volando por la puerta trasera, cruza el campo y azota en el suelo con un sonido sordo, a unos centímetros de mí. Está ensangrentado y muerto… definitivamente muerto. Mi mano busca los lentes con desesperación, pero el cuerpo aterrizó sobre ellos.

—¡No! —me lamento—. ¡No, no, no!

Aparto las piernas del hombre para ver los lentes destrozados. Cuando trato de tomarlos, alguien me gana y me los arrebata. Otro enmascarado. Una mujer.

Se baja el pañuelo y me mira con desdén.

—¿No puedes ver? Qué lástima.

Los arroja hacia Torjack, levanta la espada, a punto de asestarla sobre m í, cuando otra espada penetra su pecho y le atraviesa el corazón.

—¡Sal de aquí, Quinlocke! —grita Thane.

Por supuesto que mató a la mujer con mucha precisión.

La mujer cae sobre las rodillas y después su cabeza golpea el suelo.

La fuerza en mi tobillo se debilita cuando alguien deja escapar un grito estridente. No estoy muy segura, pero por las siluetas borrosas, creo que Rynthea acaba de herir al hombre de las puntadas rojas.

Cuando la fuerza se desvanece por completo, me arrastro rodeando al cadáver que se burló de m í mientras buscaba mis lentes y extiendo los dedos sobre la tierra fría para buscarlos. Al final, los veo, pero alguien más los levanta antes de que pueda tocarlos.

Mi corazón se desploma hasta que me doy cuenta de que se trata de Torjack.

Me ofrece una mano.

—Anda. Te llevo. Anda, toma mi mano.

Torjack me ayuda a levantarme y salimos a toda prisa. Echo un vistazo por encima de mi hombro y casi estoy segura de ver a Thane sacar la espada del cuerpo de la mujer que acaba de burlarse de mí por no ver bien.

« Vaya perra » .

No es mi culpa que Orvena me diera una visión que, en el mejor de los casos es débil. No todos somos ganadores.

Por fortuna, el hombre de las puntadas rojas no está por ningún lado.

—El refugio está por aquí —dice Torjack jadeando.

Señala al frente, pero es inútil. No puedo ver nada claro más allá de su brazo. Los enormes árboles son un borrón verde y café, el cielo parece más lejano y siento que el sol es el doble de brillante .

La conmoción detrás de nosotros se ha duplicado.

Se escucha el sonido de madera que se quiebra, un hombre grita, alguien brama de dolor.

Por fortuna, parece que no es ninguno de los que luchan por nosotros.