El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

E l cacareo de los gallos me saca del sueño.

Hago una mueca y giro sobre un costado cuando la luz del sol me cubre medio rostro. Dioses, ¿por qué siento la cabeza tan pesada? Trato de moverme otra vez, pero lanzo un silbido entre dientes y caigo sobre la espalda.

—¿Qué…?

Una fuerte picazón recorre mi brazo derecho. Lo miro, está envuelto en vendas. La confusión me invade. No tengo idea de por qué está vendado.

Hasta que recuerdo.

«Los hombres que nos persiguen por Ruvain ».

« La muerte de Dulan ».

«Empieza el fuego de las flechas y Thane lo empeora».

«La náusea».

«El mareo».

Advierto movimiento en mi visión periférica y contengo el aliento al ver a Thane, de pie en un rincón de la habitación.

No lleva puesto el pañuelo y tiene los brazos sobre el pecho, recargado contra la pared.

Una sombra en plena luz del día. Ni siquiera quiero saber cuánto tiempo lleva ahí, en silencio, acechando.

—Thane.

Lo miro parpadeando antes de asimilar los detalles desconocidos de la recámara.

El fuego crepita suavemente en la chimenea.

Las paredes que nos rodean son de madera muy oscura.

Unas cortinas beiges cuelgan a cada lado de las dos ventanas a mi derecha, donde los rayos de sol se filtran por los huecos.

En la luz flotan motas de polvo y en el aire hay una fragancia de moras dulces.

Todo es muy acogedor y reconfortante.

—¿Por qué estás ahí parado? —pregunto.

—Espero que despiertes —responde.

—Si no fuera tan aterrador, pensaría que es adorable. ¿Cuánto tiempo estuve dormida?

—Tres horas que nunca recuperaremos —dice inexpresivo.

Pienso en Analla.

«Las piedras».

—Por lo menos no fueron tres días —digo. Thane baja los brazos y se aleja de la pared—. No es mi culpa que necesitara tiempo para recobrarme de quién sabe qué.

—El cerwen.

—¿El qué? —Lanzo un silbido—. ¿Cerwen? Pero eso solo se usa como…

—Veneno, sí —confirma Thane—. Te dispararon con una flecha empapada de cerwen. Tienes suerte de que solo te rozara el brazo.

—Sí, qué suertuda soy.

Me abstengo de poner los ojos en blanco. Él se encoge de hombros.

—Me aseguro de que lo sepas.

—Bueno, gracias —mascullo, haciendo a un lado la cobija.

Me incorporo en el borde de la cama y me pongo de pie. O al menos trato de hacerlo, pero me mareo.

—Lo mejor será que lo tomes con calma por lo menos media hora más. El cerwen no ha desaparecido todavía.

Con una mano me apoyo en la pared más cercana y respiro profundo varias veces para relajarme.

—¿Dónde estamos?

—En una pequeña posada, propiedad de un híbrido, justo en la frontera de Winstoft. No estamos lejos de Gadonia. En un par de horas podremos marchar hacia el sur y saldremos de Ruvain.

Toma mi brazo para quitar la venda que lo envuelve. Al hacerlo, veo la herida superficial que dejó la flecha.

—Se ve mejor —dice.

Vuelve a poner la venda y pasa mi brazo sobre su hombro para ayudarme.

Es incómodo, ya que es mucho más alto que yo, pero cuando presiona mi cuerpo contra el suyo, de inmediato me siento mejor…

al principio. Su cercanía me toma desprevenida otra vez.

Debería molestarme o, por lo menos, hacerme sentir incómoda, pero no es así.

Está más cerca de lo habitual y me sorprende que no me moleste.

—Una vez que hayas comido y estés más estable seguiremos nuestro camino.

—¿Dónde están mis cosas?

—Allá —responde, haciendo un gesto con la cabeza hacia un armario pintado de blanco con complejos diseños florales rosas.

Con mi brazo aún sobre sus hombros y su mano en mi cintura, me lleva hasta la puerta.

Siento mariposas en el estómago y trato de ignorar la mano que pone cerca de mi cadera…

y lo bien que huele, a cuero, cedro, humo y algo a maderas.

¿Cómo puede oler tan bien después de haber incendiado todo un bosque?

Cuando salimos de la habitación escucho música que llega hasta el pasillo. Thane me mantiene estable mientras yo cojeo. En el corredor veo retratos de todos tamaños que cuelgan de las paredes.

Muchos de ellos son imágenes de minotauros en todas las formas y tamaños.

También hay algunos mortales, pero sobresale una pintura: una mujer mortal y un gran minotauro varón frente a un barco.

El minotauro rodea a la mujer con un brazo, casi como Thane lo hace conmigo ahora, y se miran con grandes sonrisas y miradas dulces.

La pintura parece muy vívida; puedo imaginar que salen del lienzo.

—¿Cómo te sientes? —pregunta Thane.

Suena sincero, tan sincero que tengo que verlo a los ojos en busca de un poco de sarcasmo.

—Podría sentirme mejor —respondo tranquilizándome.

Asiente.

Al final entramos en un amplio vestíbulo de columnas de madera, con vigas que recorren el techo abovedado.

Hay mesas redondas de madera diseminadas por todo el espacio.

A mi izquierda se extiende una barra larga, limpia, con tazones llenos de nueces tostadas.

Unos barriles de cerveza se encuentran junto a unos estantes empotrados en los que se alinean tarros rústicos.

De la pared sobre la barra cuelga un letrero labrado en madera que reza posada kamtaur en letras azules. La pintura está descarapelada y vieja, lo que da una idea de su edad. Al otro extremo hay una escalera que probablemente lleva a más habitaciones donde duerme gente.

—Toma, Zefra. —La voz de Algar llama mi atención.

Está sentado frente a una mesa en un rincón, Zefra está posada frente a él. Le lanza una almendra a la boca y ella la engulle de un bocado antes de abrirla de nuevo en espera de otra, mostrando sus dientecitos afilados.

Alguien más está sentado a la mesa: un híbrido con cabello castaño despeinado y dos largos cuernos que sobresalen a cada lado de su cabeza.

Una arracada de plata cuelga de una de sus orejas de toro.

Sonríe al ver a Zefra comer. Aparte de los cuernos, los parches claros de su pelaje y las orejas, todos sus otros rasgos son de mortal, hasta su piel morena, nariz ancha, labios carnosos y la gentileza en su mirada.

Santo Cristal. Es un minotauro real.

Bueno, más bien parece como una cruza entre mortal y minotauro; de cualquier modo, es algo que vale la pena contemplar. Los minotauros son poco comunes entre los híbridos. De hecho, esta es la primera vez que estoy tan cerca de uno.

—Sí, últimamente ha estado muy tranquilo —dice el minotauro recargando la parte superior de la espalda a la pared más cercana.

Está sentado sobre un barril, metiéndose almendras en la boca—.

Rynthea no lo permitirá, pero no nos mantendremos a flote más tiempo. Pronto tendremos que vender este lugar.

—No, no pueden hacer eso —dice Algar boquiabierto—. Ha pertenecido a su familia durante décadas. No pueden darse por vencidos.

—Bueno, muchos híbridos tienen miedo de venir.

Míralo. —El minotauro levanta una mano y señala el espacio—.

Siempre está vacío. Pasan algunos viajeros, pero desde que Ruvain les dio permiso a los mortales para cazar híbridos salvajes hay muchos menos.

Sabes que los ruvaineros no solo cazan a los salvajes, sino a todos nosotros.

Nos quitan la ropa para afirmar que somos salvajes cuando nos entregan a cambio de la recompensa. Son unos desgraciados, todos.

Thane me ayuda a sentarme a una mesa que está cerca de la de ellos, luego se sienta en una silla frente a mí.

Algar sonríe cuando me ve.

—Vaya, nuestra bella durmiente. Apuesto que te encanta descansar esos hermosos ojos tuyos.

—Esta vez no fue por elección.

Río y me sobo el brazo. Ya no me quema tanto como antes.

—Claro que no. ¿Cómo estás?

—Me duele un poco el brazo, pero estoy bien.

Miro a Thane, que toma una almendra del tazón.

Zefra tuerce la nariz cuando lo ve. Con un movimiento rápido de la mano Thane le lanza la almendra cuando ella abre la boca.

La almendra entra a su boca y ella se la traga de inmediato.

Él sonríe satisfecho, toma otra y la hace levitar en el aire para provocar a Zefra, cuya cabeza sube y baja una y otra vez, sin quitarle el ojo de encima a la almendra, esperando que él se la lance.

Miro al minotauro; él me observa sin dejar de masticar.

—Me llamo Torjack.

Extiende el brazo y me ofrece una mano cubierta de pelo café.

Alargo el brazo bueno y estrecho su mano.

—Zaira.

—Gusto en conocerte, Zaira. Tengo que preguntarte: por el reino de Cristal, ¿qué haces viajando con un ladrón como Algar? —suelta con una risita.

Sonrío y lo miro a él y luego a Algar, quien alza las manos como clamando su inocencia.

—Apenas conocí a Algar hoy y decidió venir con nosotros. Antes de eso solo éramos Thane y yo.

—Ya veo. —Torjack se inclina hacia adelante para examinarme con más atención—. ¿Y es cierto que van a Aguas Poco Profundas?

Todos dicen «Aguas Poco Profundas» como si fueran palabras malditas.

Asiento.

—Ahí vamos.

—Tendrán suerte de siquiera poder acercarse a ese lugar. —Se escucha una voz más suave a nuestra espalda.

Es otro minotauro mestizo. Por su físico, por completo femenino, es obvio que se trata de una hembra.

Unos rizos castaños enmarcan su rostro y el resto del cabello está recogido en una trenza espesa que le llega a media espalda.

Lleva un peto de cuero café y pantalones que hacen jue go sobre dos piernas increíblemente musculosas.

Sus bíceps bronceados están igual de definidos y un par de guanteletes sin dedos le cubren los antebrazos.

Al igual que Torjack, tiene cuernos y orejas de minotauro.

Su nariz es un poco más pequeña que la de él, un poco respingada, y tan mortal como cualquiera.

Sin embargo, sus ojos son más salvajes: sus pupilas negras están rodeadas por iris color miel.

Y no lo había notado en Torjack porque está sentado, pero ella tiene pezuñas en lugar de pies.

Aparte de esos rasgos, el resto es indudablemente mortal.

—Rynthea, ¿qué tal otra a cuenta de la casa? —pregunta Algar, alzando su tarro de madera y sacudiéndolo en el aire.