Capítulo 13 #2
—¿Cómo podemos estar seguros? —pregunta Thane mirándolo con los ojos entrecerrados—. Si nos delatas podrías obtener unas buenas monedas.
Bien hubiera podido apuñalar al chico con ese tono tan virulento.
—Pues en ese caso debería entregarme yo también —dice Dulan con una risa ansiosa.
Luego señala detrás de él—. Mi abue vive ahí.
Está enferma, pero la medicina que necesita está prohibida en Ruvain.
No quieren que nos curemos solos, ¿saben?
Quieren que sigamos pagando más y más dinero a sus curanderos para que ellos puedan embolsárselo.
Así que a veces tengo que ir a escondidas a Meriva o a Winstoft para obtenerla.
El chico mete la mano al bolsillo y saca un frasco de vidrio que contiene un líquido verde.
Thane lo examina al tiempo que Algar masculla:
—Ya veo.
—¿Están tratando de llegar a los túneles? —pregunta Dulan.
—Así es —respondo poniéndome frente a Thane—. ¿Ahí vas tú también?
—Vengo de ahí. Aunque tengo que decirles que esa ruta que están tomando es peligrosa. Hay muchos vigilantes en las torres. Síganme. Conozco un camino mejor.
—No, estamos bien —replica Thane.
—Claro —digo yo al mismo tiempo.
Thane me fulmina con la mirada.
—¿Qué dijiste?
—Bueno, es obvio que sabe de lo que habla —murmuro señalando a Dulan.
—Sí, pero ¿a qué precio? La gente de por aquí no ayuda a otros a menos que quieran sacar algo. —Thane aparta a Algar del camino y acorta la distancia entre él y Dulan—. Así que o esto es una trampa o quiere algo de nosotros. ¿Qué es lo que quieres, Dulan?
—Absolutamente nada —se defiende, mirándonos a Algar y a mí en busca de apoyo—.
Solo… solo sé qué se siente necesitar ayuda.
Y este no es un lugar seguro para criaturas tan hermosas.
Lo crean o no, muchos de nosotros, los ruvaineros, no somos tan malos como creen en otros reinos.
—Mira a Zefra y a Perla—. Entre más rápido los saque de aquí, mejor.
Dioses, es tan dulce.
Sin embargo, a pesar de lo sincero que parece, Thane no le da tregua. Tengo ganas de golpearlo por ser tan imbécil, pero puedo entender su actitud defensiva. Dulan es un desconocido y es obvio que Thane tiene problemas de confianza.
—Reconozco a un mentiroso y a un estafador cuando lo veo —dice Algar, mirando a Dulan de arriba abajo—.
No creo que mienta. Si quisiera delatarnos, todo lo que tendría que hacer es gritar y los guardias llegarían corriendo.
Está dispuesto a ayudar. Hay quienes lo hacen, ¿sabías?
Ayudan a otros porque son buenas personas.
—Sí. —Thane me dirige una mirada penetrante—. Con ella lo he visto de primera mano.
—No lamento ser una buena persona —espeto con mala cara—, «flagelo de mi existencia».
—¡Ja! ¡Esa es buena! —Ríe Algar—. « Flagelo de mi existencia » . Tendré que usarla.
Sonrío satisfecha.
—Bueno, vengan —nos apremia Dulan caminando frente a nosotros—. Si vamos hacia el bosque es mucho más rápido. Hay otra entrada a los túneles. Es como un pasadizo secreto que solo conocen los ruvaineros de baja estofa. Ahí hacemos muchos negocios y reuniones.
Thane exhala profundo bajo el pañuelo mientras Algar sigue a Dulan.
Nos acercamos otra vez al bosque y cruzamos el arroyo hasta llegar a otro conjunto de columnas que se erigen frente a nosotros como gigantes negros, partidas y astilladas en todas partes.
Estoy segura de que no durarán mucho tiempo de pie, aunque no dejan de ser majestuosas; demasiado maravillosas como para estar en un territorio de mierda.
—Es ahí —dice Dulan señalando al frente.
Sigo su dedo con la mirada y veo un hueco entre los árboles. A primera vista no hubiera podido advertirlo, pero al observar con más cuidado veo las ramas curvas que forman un pasaje improvisado.
La brecha está cubierta con matorrales y enredadera, y el pasaje está tan oscuro que no se puede ver más adelante. Esto no parece el tipo de lugar en el que se reúne la gente. Es desolado y está repleto de avisperos.
—Más te vale que esto no sea una trampa —se queja Thane cuando Dulan se agacha bajo algunos panales que cuelgan de los árboles.
Enojado, Thane jala las riendas de Perla, pero es evidente que a ella no le gusta porque resopla, relincha y pisotea con las patas delanteras.
—Tranquila —murmura Thane acariciándola—. Tranquila, chica. No quería asustarte.
—¡Thane! —masculla Algar—. ¡Haz que se calle!
Veo que Algar mira sobre el hombro de Thane. Unos cuantos metros más allá hay un hueco por el que se ve el centro de la ciudad, en el que hay un grupo de guardias de Ruvain.
Perla vuelve a relinchar y avanza, jalando a Thane con ella.
Siento un vacío en el estómago. «Oh, no». Perla está corriendo hacia la ciudad.
Thane la sujeta con fuerza, entierra los talones en el suelo para tratar de detenerla, pero no es rival para una yegua tan fornida. Hace tanto ruido al galopar que llama la atención. Contengo el aliento cuando los guardias voltean y nos ven.
—¡Ey! —grita uno de ellos.
—¡Intrusos! —vocifera otro antes de que todos salgan corriendo en nuestra dirección—. ¡Suenen la alarma!
El corazón me estalla en el pecho cuando empiezan a parpadear luces brillantes y a sonar las campanas. El repicar es tan fuerte que me duelen los oídos.
Cuando al fin Thane puede controlar a Perla, salta sobre su lomo. A Algar se le descompone el rostro; sin embargo, son sus palabras las que me hacen reaccionar.
—Corre, Zaira.
Volteo a ver a Thane. Él asiente.
—¡Vete!
—¡Rápido! ¡Síganme! —grita Dulan haciéndonos una seña con la mano desde detrás del tronco de un árbol.
Escapa a toda velocidad, yo salgo disparada tras él; rebaso a Algar y corro entre los matorrales espinosos.
Algar está justo detrás de mí; cojea con rapidez y se teletransporta de tanto en tanto para alcanzarme.
Zefra vuela cerca de las copas de los árboles, a salvo del ataque.
Thane nos alcanza, mientras los guardias de Ruvain se abalanzan detrás de él con espadas, lanzas y arcos listos.
Dulan mira sobre su hombro después de saltar una raíz.
—Cuando entremos a los túneles les mostraré un escondite donde nunca nos econ…
Una flecha penetra justo en el centro de la espalda de Dulan.
Respiro profundo y me detengo en seco; él da uno o dos pasos más, tambaleándose, luego gira para mirarme. La sangre empapa su túnica y señala la flecha que sale por su pecho, como si tratara de asegurarse de que es real.