El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

—E stás loco, Algar.

Thane hace una mueca cuando echa un vistazo por un hueco entre la espesa muralla de unos arbustos.

Yo también observo, advierto las calles de piedra oscura y miles de cabañas y casas.

En el extremo de la calle, cerca del muro, está el castillo del rey de Ruvain, hecho de mármol negro y en el que hay un reloj de sol gris cuarteado.

Las torres del castillo se elevan alto, como lanzas gruesas listas para asesinar a cualquier cosa que pase volando.

Meriva está bañado de luz y esperanza, en tanto que Ruvain está cubierto de melancolía y miseria.

— ¿En qué sentido esta ruta es más segura? —pregunta Thane, girando para quedar frente a Algar, quien está junto a mí.

—Créeme, lo es —responde Algar, confiado—.

Solo tenemos que pasar detrás de esa larga hilera de casas, allá, luego los pilares y llegar a los túneles.

Están un poco asquerosos y quizá nos tome tiempo, pero nos llevará al otro lado del perímetro de Ruvain y estaremos en Gadonia en un santiamén.

Por ahí nadie revisa los salvoconductos y no raptan, violan y matan a las mujeres bonitas.

Lanzo un gemido.

—Por favor, ¿podrías dejar de decir esas cosas?

—Perdón… pero es verdad.

« Orvena mía».

—¿Qué hay de los guardias, sabiondo? —pregunta Thane haciendo un gesto hacia los hombres que patrullan las calles, vestidos con armaduras y cascos de ónix.

Parecen gigantes y ninguno de ellos tiene un aspecto lo suficientemente amable como para dejar que unos forasteros «pasen» por su reino.

Lo puedo constatar cuando un híbrido emplumado corre por la calle y uno de los guardias lo detiene con una mano firme en el pecho. El guardia extiende la mano y le grita algo a la cara. El híbrido intenta retroceder mientras aboga por su causa, pero es evidente que eso no satisface al guardia.

Otro vigilante interviene y usa magia para levantar al híbrido en el aire.

Luego, lo azota contra la pared más cercana.

Lo golpea una vez más y el híbrido sangra ante las carcajadas del otro guardia.

El puño mágico que sostiene al híbrido en el aire se desvanece y la criatura cae al piso con un ruido sordo.

Mientras el híbrido está tirado en el suelo, el guardia que había usado magia sacude la mano y le tuerce el cuello a la criatura con tal fuerza que le separa la cabeza del cuerpo.

Me cubro la boca para reprimir un grito. Dioses. Lo mató. Así, nada más. Thane deja escapar un gruñido.

—Solo ocúltense —murmura Algar agitando los dedos, como si no acabáramos de ser testigos de un asesinato innecesario—.

Thane, haz tus truquitos de magia para mantenerlos cubiertos y yo me teletransportaré entre ustedes.

Tan pronto como lleguemos a los túneles no tendremos que escondernos más.

Nadie los usa, salvo indigentes, y ellos no se meterán contigo.

Créeme. De cualquier modo, la mayoría están demasiado hambrientos o enganchados en kopa como para hacerlo.

—Necesitaría usar el hechizo de opacidad y no funciona así —se queja Thane entre dientes—. Yo puedo ocultarme durante mucho tiempo, pero dos personas y un caballo drenarían mi energía muy rápido.

—Pues toma descansos —responde Algar encogiéndose de hombros, como si no fuera un problema.

Sin embargo, yo tengo la sensación de que sí es un grave problema, considerando la frustración de Thane.

—Encontraremos lugares para escondernos unos minutos, y cuando hayas revivido o lo que sea, nos seguimos moviendo —agrega Algar.

—No. —Thane endereza los hombros—. Ese plan es una tontería. Caminaremos por el perímetro. Nos llevará un poco más de tiempo, pero por lo menos mantendremos un ojo atento a nuestro entorno.

—Perderemos tiempo, Thane —le digo tomándolo por el brazo antes de que se aleje—.

Entre más pronto crucemos Ruvain, mejor.

No quiero quedarme en este reino más tiempo que el necesario, y definitivamente no quiero estar cerca de los bosques.

Además, ya estamos aquí. —Señalo por encima de mi hombro con el pulgar—.

Estoy de acuerdo con Algar. Deberíamos intentarlo, arriesgarnos con tu hechizo de opacidad y, cuando necesites descansar no tienes más que decirnos —agrego soltándolo.

Respira profundamente por la nariz, un músculo en su mandíbula salta cuando vuelve a ver hacia los arbustos. Los guardias se alejan hacia el centro de la ciudad.

—Demonios. Está bien. —Thane se cubre el rostro con el pañuelo y toma las riendas de Perla—. Pero tenemos que hacerlo ahora que esos guardias ya se fueron.

Lo sigo a él y a Algar; hacemos a un lado las ramas y los gruesos racimos de hojas hasta que llegamos a un claro. Thane avanza primero para asegurarse de que la zona está despejada.

—¿No vas a usar tu magia para que no nos vean? —pregunto desde las sombras de las ramas.

—Todavía no. No, hasta que sea absolutamente necesario.

Cuando se asegura de que todo está despejado, me hace una seña para que lo siga. Con Perla pisándole los talones, corre la corta distancia hasta esconderse detrás de la primera vivienda. Lo sigo tan rápido como puedo.

—Genial. —Respiro y recargo la espalda contra un muro de piedra—. Solo nos faltan como cien más.

En algún lugar a lo lejos se escuchan las voces de unos hombres que conversan. Reprimo el impulso de asomarme por la esquina de la vivienda.

—No te muevas. —Los iris ámbar de Thane destellan hasta volverse oro líquido. Un manto de calor me envuelve y hace que mi piel cosquilleé conforme el hechizo de opacidad surte efecto—. Permanece cerca.

Thane se ve un poco borroso, como si estuviera rodeado de un espejismo de calor, pero aún puedo verlo.

Sé que el hechizo de opacidad hace imposible que las personas que están fuera de él nos vean, incluido Algar, quien asiente en nuestra dirección antes de evaporarse y volver a aparecer detrás de la siguiente construcción.

Thane avanza con Perla y yo lo sigo de cerca, como me ordenó. Pasamos tres construcciones más antes de sentir que disminuye el pesado calor que nos rodea.

—El hechizo de opacidad se está agotando —resopla Thane, pegando la espalda a la pared.

—Está bien —lo tranquilizo—. Solo toma un momento para recuperar un poco de tu fuerza.

Clava su mirada en la mía; la piel alrededor de sus ojos se suaviza. Le sonrío antes de desviar mi atención a Perla. Demasiado contacto visual con él remueve algo en mi interior y no identifico bien qué es.

Siento que él también aparta la mirada.

Sin embargo, cuando vuelvo la vista un momento después, sus ojos ardientes me observan. Si no me equivoco, está admirando mi cuerpo. Cuando se da cuenta de que lo sorprendí, se aclara la garganta y desvía la mirada.

Reprimo otra sonrisa. No estoy segura de si debo molestarme o sentirme halagada de que esté un poco interesado en mí.

Me parece que pasan como diez minutos antes de que Thane se enderece y el hechizo de opacidad nos envuelva de nuevo.

Esta vez nos movemos más rápido y pasamos cuatro construcciones más.

Veo las columnas negras cubiertas de hiedra que están a poca distancia.

Si podemos llegar a ellas estaremos más cerca de los túneles.

Algar tenía razón, esto es rápido.

La esperanza florece en mi pecho y mi corazón late un poco más rápido… hasta que el hechizo de opacidad vuelve a desaparecer.

—Esperen —dice Thane, presionando la espalda contra la construcción más cercan a.

—¡Demonios, Thane! —masculla Algar apresurándose a su lado.

—Hola —dice una vocecita unos segundos después.

Contengo el aliento y Thane desenfunda su espada de inmediato, al tiempo que gira para ver de dónde salió esa voz.

Un hombre… no, un niño aparece. No puede superar su decimocuarto o decimoquinto año. Lleva una túnica raída de lino que le llega a las rodillas y un pañuelo azul deslavado en la cabeza.

—¿Quién eres? —pregunta Thane dirigiendo su espada hacia él.

El chico examina la espada de Thane antes de mirar con un parpadeo en mi dirección y la de Algar. Cuando ve a Perla y a Zefra, sus ojos brillan.

—¿Es un maobi? —pregunta asombrado.

Thane baja un poco la espada.

—Tienes que irte.

—Nunca he visto uno en la vida real —continúa el niño ignorando a Thane y dando un paso adelante—. Solo he leído sobre ellos, en la biblioteca. Una de las maestras hechiceras creaba imágenes de ellos con su magia.

Lo miro a él y a Thane, quien sujeta la empuñadura de su espada con tanta fuerza que sus nudillos se marcan con nitidez, sin dejar de vigilar la zona. Al parecer, no está seguro si debe considerar a este niño como una amenaza o si es inocente.

—¿Te gustaría acariciarla? —pregunta Algar poniéndose frente a Thane.

Él también se da cuenta de lo incómodo que está Thane con la situación.

—Algar, no tenemos tiempo para esto —dice Thane entre dientes.

—Será solo un segundo. De todos modos, tienes que recuperar tu energía.

Algar lo hace a un lado y el chico se emociona aún más cuando acerca a Zefra. Ella chasquea los dientes cuando el niño extiende la mano.

—Con cuidado —murmura Algar—. Acaricia solo su cuerpo con movimientos lentos. Es muy quisquillosa con la manera en la que le tocan la cabeza.

—Sí, claro. Perdón.

Esta vez, el chico se acerca más despacio y Zefra ladea la cabeza. La sonrisa del muchacho se ensancha cuando sus dedos morenos llegan hasta el pelaje y la acaricia.

—Guau. —Exhala y ríe al mismo tiempo—. Es tan suave. Eres muy afortunado.

No puedo evitar sonreír y sentir que me invade una sensación cálida al ver la sonrisa orgullosa de Algar, el destello en la mirada del niño, su interés compartido por Zefra.

Quizá me equivoqué al juzgar a Algar y no debería descartarlo como un ladrón de poca monta.

Parece ser alguien que se preocupa genuinamente por otras personas necesitadas.

— ¿Cómo te llamas? —pregunta Algar.

—Soy Dulan.

Zefra salta al hombro de Algar; este cruza los brazos sobre el pecho.

— ¿Nos vas a delatar, Dulan?

La emoción de Dulan se transforma en verdadera ofensa.

—Claro que no.