El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

—H az un solo ruido y te mato.

Mi corazón palpita a toda velocidad en mis oídos mientras un hombre se acuclilla sobre mí. Me tapa la boca con una mano y, con la otra presiona una navaja contra mi garganta. La empuja un poco más para callarme cuando emito un gemido.

Sin mis anteojos y con la habitación apenas bañada por la luz de la mañana, sus rasgos son borrosos. Pero cuando se inclina más sobre mí, puedo ver su piel ocre y cálida, una nariz un poco respingada, ojos café oscuro, cejas pobladas y el cabello recogido en varias trencitas.

—¿Entiendes? —pregunta.

Asiento con su mano todavía en mi boca; las lágrimas me queman los ojos. Miles de pensamientos cruzan por mi cabeza: « ¿Quién es este hombre? ¿Dónde está Thane? Dioses. ¿Es una trampa? ¡Sabía que no debía confiar en él!» .

—Solo voy a curiosear en tu hermosa mochilita y la bolsa que tienes ahí —dice haciendo un gesto con la mano en la que lleva el cuchillo, señalando mis bolsas en el rincón—. Bueno, de hecho, yo no voy a hacerlo. Zefra lo hará.

Frunzo el ceño confundida. «¿Quién?».

En el momento en el que me hago esa pregunta, sobre el hombro del individuo aparece una criatura con cuerpo y alas de un dragón miniatura.

Su pelaje rosa parece tan suave como el de un conejito, con el dibujo de las escamas de un dragón.

Su nariz también parece la de un conejo y unas orejas puntiagudas sobresalen a ambos lados de su cabeza.

Sus ojos ámbar son demasiado grandes para su rostro… pero de manera adorable.

—Zefra, chica, revisa los bolsos por mí, ¿sí? A ver qué encuentras.

El hombre señala mis bolsas y su pequeña criatura baja de su hombro de un salto y se escabulle hacia ellos.

Zefra abre la mochila con sus patitas y luego hunde la cabeza en el interior. Cuando saca una de las hogazas a medio comer que me dio Ellanoch, gorjea de alegría.

—No, no, Zefra. ¡Ya comiste! —la regaña el hombre, exasperado—. Devoraste un pavo rostizado completo y ni siquiera te molestaste en dejarme un poco. No seamos codiciosos. Vamos, necesito que recuerdes cuál es tu trabajo. Monedas, joyas, ¿okey? ¿Hay alguna ahí adentro?

Zefra vuelve a gorjear, mete la cabeza al interior y luego sale con los lazos de un saquito en la boca.

—¡Eso es! ¡Buena chica! —la elogia el hombre al tiempo que ella se apresura en su dirección para dejar el saquito en la palma de su mano.

Trepa a su hombro otra vez y me mira un momento, antes de frotarse el hocico con el dorso de sus patitas.

—No te muevas. ¿Entiendes? —me advierte.

Asiento. Como si fuera a atreverme. Ni siquiera puedo ver claramente como para saber hacia dónde correr.

Quita la mano de mi boca para abrir el saquito y tira las monedas en su palma.

—Ah, mira esto, Zefra. Con esto comeremos bien al menos una semana.

Extiendo el brazo para tomar mis lentes y el hombre me apunta con la navaja.

—Llévenselo todo —le digo levantando las manos—. No me importa. Solo llévenselo.

Frunce el ceño.

—Qué interesante. Esperaba que te defendieras más.

—No, yo no soy de las que pelean.

—Me extraña de una persona que acampa cerca de Ruvain.

—Vuelve a meter las monedas en el saquito—.

Sabes que lo que estás haciendo es peligroso, ¿verdad?

Quiero decir, literalmente subí la escalera y te vi dur miendo como una dulce princesita.

No quería asustarte, porque te veías adorable, pero bueno…

el dinero llama. —Sacude el saquito haciendo que las monedas tintineen en el interior y esboza una sonrisa pícara—.

Alguien como tú, aquí sola… debo decirte que no es muy inteligente. Si yo fuera otra persona, te habría…

Las palabras del hombre se detienen de manera abrupta cuando la puerta de la habitación se abre de par en par y Thane aparece.

Espada en mano, se abalanza sobre él y este se apresura a levantarse.

Thane lo azota contra la pared, presionando el filo de su arma contra el cuello del hombre.

Zefra sale volando y sopla una ráfaga de fuego hacia Thane, quien la esquiva con un escudo invisible antes de atraparla en una burbuja dorada.

—¡Espera! —grita el desconocido alzando la mano.

Thane abre mucho los ojos y aleja la espada del cuello del hombre conforme estudia sus rasgos.

—¿Es una bro…? ¿Algar?

«¿Algar?».

El hombre ladea la cabeza confundido hasta que Thane da un paso atrás y se baja el pañuelo. Cuando Algar ve todo su rostro su mirada se ilumina.

—¡Por el Cristal! ¡No puedo creerlo! ¿Thane Valkor? ¿En serio eres tú?

—Sí, soy yo —responde Thane enfundando su espada—. En nombre de las sombras, ¿qué haces aquí? Casi te mato.

«Okey. ¿Qué está pasando?». Contengo el aliento mientras observo esta extraña reunión.

—¿Dónde estabas? —pregunto con voz aguda, casi histérica.

—Fui a buscar agua para la yegua. Solo me fui unos minutos. —Thane señala a Algar con el dedo—. ¿Me estabas espiando?

—Bueno, sí. No sabía quién eras, con eso del pañuelo. ¡Mírate! Jamás hubiera podido derribar yo solo a un hombre de tu tamaño. Quería ver si habías olvidado algo y resulta que sí. A toda una mujer.

—Devuélvele sus monedas a esta mujer —resopla Thane.

—Está bien. —Algar me ofrece una sonrisa apenada y me lanza el saquito. Me apresuro a atraparlo—. Disculpa si te asusté, princesa. Si hubiera sabido que una dama tan hermosa estaba con este bobo, no hubiera tratado de robarte.

—¿Es seguro? —pregunto mirándolo a él y luego a Thane, desconcertada por lo que está sucediendo.

Algar observa maravillado a Thane.

— ¡No puedo creer que seas tú, amigo! —Algar deja escapar una buena carcajada—. Santa Orvena. Has crecido, ¿verdad?

—¿Quién es él , Thane? ¿Cómo lo conoces? —pregunto.

—Un viejo amigo —responde Thane arqueando una ceja hacia Algar.

—¿Viejo amigo? Por favor —ríe Algar—. ¡Casi somos familia! Nuestra historia es muy antigua, de cuando éramos niños pequeños, con cabezas demasiado grandes para nuestros cuerpos.

Thane suspira.

—Veo que sigues robando.

—Más bien, prosperando —responde Algar sacando el pecho.

Thane mira a Zefra, quien gruñe dentro de su esfera y muestra las garras. Rasguña la burbuja, pero sin resultado.

—Por todas las sombras, ¿qué haces con esa cosa?

—Ah, ¿Zefra? Es mi socia. Me ayuda con los robos, como los llamas. Ya libérala, ¿no? Odia estar atrapada.

Thane hace un ruido gutural de desaprobación y agita la mano para hacer desaparecer la burbuja. Algar extiende el brazo hacia Zefra y ella se apresura a subir por él hasta pararse en su hombro.

—¿Esas cosas no tienen enfermedades? —pregunta Thane mirando a Algar y a la criatura rosa.

—Mi Zefra, no —dice Algar—. La encontré en la tienda de un comerciante de huesos. Iba a matarla y a sacarle toda la sangre para vendérsela a los híbridos.

—Mmm… —Thane dirige su atención hacia mí—. Bien, toma tus cosas. Vámonos.

—Espera… dame un momento —dice Algar mientras recojo la cobija, el chal y la mochila—. ¿No me vas a decir qué van a hacer? ¿D ónde has estado estos últimos años?

Seguimos a Thane por la escalera húmeda y destartalada y salimos de ahí; no nos detenemos hasta que estamos cerca del toldo donde Perla está amarrada. Mientras caminamos, advierto que Algar cojea.

—Disculpa. —Alzo una mano para detenerlos; el sol me calienta la piel—. Algar, ¿cómo supiste que estábamos aquí?

—Bueno, esa es una historia interesante.

Iba de camino a Meriva, imaginé que podía probar mi suerte en las mesas de juego para ganar un poco de dinero.

Después de todo, tengo que alimentar a Zefra, ¿no, chica?

—Le rasca el pecho peludo y ella suelta un gritito—.

En fin, pasaba por aquí y escuché un caballo.

Imaginé que quien fuera que se estuviera escondiendo en un lugar tan jodido y tan cerca de Ruvain pedía a gritos que le robaran; o que tenía algo que esconder.

—Se encoge de hombros—. Si no hubiera sido yo, habría sido alguien más.

Mejor para ustedes dos que yo estuviera por aquí, ¿no?

Thane sacude la cabeza y se pone la capa.

—Lo último que escuché fue que estabas encerrado en una de las cárceles de Ruvain por haber engañado al príncipe para sacarle dinero.

—Mmm… dos cosas. Una: eso fue hace casi tres años. Dos: ese principito malvado es un engreído así que, en mi opinión, se lo buscó. Y como puedes ver —Levanta ambas manos en el aire—, me escapé.

—¿Escapaste? —Thane arquea una ceja—. ¿De una prisión de Ruvain?

—Es más fácil de lo que crees cuando coqueteas con una de las guardias, sobre todo con una que no te obliga a tomar el elíxir inhibidor —explica Algar guiñándome un ojo.

—¿Elíxir inhibidor? —murmuro para mí misma.

Estoy segura de que eso solo se usa con hechiceros o encantadores para atenuar su magia. La mayoría de los elíxires se administran por vía oral, y si Algar estaba en la cárcel, es probable que los obligaran a formar una fila para que los prisioneros que tuvieran magia lo tomaran.

Otras veces, si alguien desea ser astuto y dominar a una persona con magia, puede mojar un objeto en el elíxir y ofrecérselo.

Un collar, una piedra, un brazalete, cualquier cosa.

Siempre y cuando el objeto toque la piel, surte efecto durante varias horas.

La desventaja es que tiene que usarse el mismo día en que se empapa.

Todo esto me lleva a preguntarme… ¿Algar también es hechicero?

—No te escapaste —dice Thane—. Eso nunca ha sucedido, no sin que atraparan a la persona.

—Okey… tienes razón. Cumplí mi condena. Pero casi lo logro. —Algar se rasca la coronilla—. Aunque no funcionó bien.

—Ajá. Bueno, me alegra saber que sigues vivo. —La voz de Thane rebosa sarcasmo cuando se echa la mochila al hombro mientras camina en mi dirección para pedirme la mía.

—No es propio de ti viajar con alguien, Thane —dice Algar mientras observa cómo se la doy—. Sobre todo con una mujer. ¿Hay algo que debería saber?

Mira a Thane y luego a mí, subiendo y bajando las cejas con una gran sonrisa.

—Y no es propio de ti pensar —afirma Thane.

—Entonces, ¿no te estás cogiendo a esta bella dama?

Me quedo boquiabierta.

Thane se para en seco.

—No.