El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

E s extraño estar fuera de Meriva. Jamás había salido del reino desde que me mudé ahí cuando era niña. Nunca tuve ninguna razón para hacerlo, considerando que tenía todo lo que necesitaba.

El peso de esa revelación me golpea mientras me detengo al otro lado del Camino Eterno. Observo las imponentes torres al otro lado del camino de piedra que mantienen el puente intacto. Una neblina cubre la zona y es tan espesa que las linternas producen una luz turbia.

El Camino Eterno existe desde hace siglos y es famoso por su confiabilidad y seguridad. Habitualmente es utilizado por vendedores ambulantes que llevan carretas tiradas por mulas y por la realeza que viaja en carruajes; todos necesitan un paso seguro por tierra hacia Meriva.

Thane y yo nos cruzamos con varias personas conforme avanzamos. Nadie nos molesta ni nos lanza miradas recelosas. Acabo por relajar los hombros y mi respiración, a pesar de la cercanía de Thane, o quizá debido a eso, aunque sería ridículo. Es una amenaza, sería imposible sentirse segura con él.

Thane apenas habla y, por primera vez, yo tampoco lo hago. Solo puedo pensar en que este asesino es mi única salvación.

Si mi madre pudiera verme, se reiría y diría: «Sin duda sabes cómo complicar todo, Zaira». Siempre lo hago, aunque no sea mi intención. Estropeo todo.

Una vez que cruzamos sobre el puente, suspiro de alivio porque no enfrentamos amenazas ni interrupciones en el camino.

—Por aquí.

A pie, Thane aleja a la yegua del puente y la lleva al bosque, en lugar de tomar el sendero adoquinado, iluminado por más linternas. Estoy segura de que esta calzada lleva a la ciudad capital del reino de Ruvain.

—No podemos seguir viajando de noche por esta zona. Tenemos que encontrar un lugar donde esperar hasta que amanezca —advierte.

Lo miro, incrédula. Nos llevó casi cuatro horas cruzar el puente.

Tomamos dos breves descansos, uno para que Thane pudiera invocar agua del río para hidratar a la yegua y otro para comer.

Me senté recargada contra la pared del puente y com í un poco de pan de Ellanoch, mientras Thane tomaba tiras de carne seca. Ambos evitamos mirarnos.

Tengo que superarlo. No hay vuelta atrás. Tengo que seguir con el asesino de la Sombra. Encontrar la piedra. Salvar a Analla. Ese es el plan, aunque parte de mí desprecia cada paso que doy con él.

No puedo echar a perder esta misión, y si eso significa trabajar con un forajido para salvar la vida de mi hermana, lo haría una y otra vez. Eso me quedó claro durante nuestro trayecto silencioso por el puente.

Alcanzo a Thane cuando llega al borde del bosque, donde se alinean árboles de copas frondosas que se erigen como torres. Aunque el cielo aún se percibe entre la luz grisácea, entre los troncos de los árboles está oscuro.

—No vamos a entrar ahí, ¿o sí? —pregunto, señalando el bosque siniestro.

—Sí. Por eso no te apartes de mí.

Chasquea la lengua al animal y avanza despacio. Nerviosa, lo observo desaparecer en la oscuridad, un segundo antes de apresurarme detrás de él. Apenas puedo verlo a él o a la yegua, hasta que el resplandor dorado de una esfera aparece sobre su cabeza e ilumina a nuestro alrededor.

—Gracias —digo en un suspiro cuando lo alcanzo.

Me mira escéptico.

—Esto no va a funcionar si le tienes miedo de la oscuridad.

—No le tengo miedo a la oscuridad —replico—. La luz es necesaria para ver por dónde voy, para mí o para cualquier mortal. Además, no hubiera podido empacar una linterna en mi diminuta mochila.

—Está bien, está bien. Solo no hagas ruido.

—¿Por qué? —pregunto bajando la voz.

Thane sacude la cabeza.

—A veces, los híbridos más salvajes y otras criaturas peligrosas deambulan por aquí, y créeme, son mucho peores que los skrellins o que cualquiera de esos hombres que encontramos en Garra Roja.

Mi pulso se acelera cuando observo con atención la oscuridad que nos rodea.

—¿Qué tan peores? —digo en un murmullo.

—Te despellejan, se comen tu carne y luego te decapitan, tú dime.

Por supuesto, su tono es indiferente.

Cierro la boca y pongo una mano sobre la yegua. No porque ella pueda protegerme, sino porque es agradable sentir un cuerpo caliente junto al mío. La temperatura baja conforme nos adentramos en el bosque. Me encojo de miedo cada vez que las hojas crujen o una rama se quiebra.

Sin embargo, Thane parece despreocupado por completo, así que es muy probable que yo solo esté siendo un poco paranoica. O a él sencillamente no le importa si algo sale de la nada para llevarme. Él tendrá su dinero, una hermosa montura nueva y una mortal menos con la cual lidiar.

Siento un gran alivio cuando llegamos a un pequeño claro en el bosque, donde el cielo se alcanza a ver entre las copas de los árboles.

Thane se dirige a una construcción de ladrillo de cuatro pisos, medio engullida por la hiedra y el musgo, con ventanas destrozadas en cada piso.

Es evidente que está abandonada, probablemente desde hace años; sin embargo, Thane camina en esa dirección.

Se detiene junto a un árbol y amarra las riendas de la yegua al tronco. Luego, deja caer su mochila al suelo y dice:

—Espera aquí.

—¿Qué? —pregunto alarmada—. No me voy a quedar aquí sola.

—Tienes a la yegua. Estarás bien. Tengo que revisar el interior, asegurarme de que nadie esté ya acampando aquí.

Mi respiración se entrecorta al verlo entrar al lugar que, además, no tiene puerta. La oscuridad lo engulle de un solo trago. Mi corazón empieza a latir con más fuerza y un escalofrío recorre mi piel.

Me mantengo vigilante.

Me froto los brazos con las palmas para mantenerme caliente mientras la yegua pasta.

—Ese tipo está completamente trastornado —murmuro en dirección del animal.

Ella sigue pastando y le acaricio un costado; su calma y su calor me tranquilizan lo suficiente hasta que Thane regresa.

—¿Está despejado?

—Lo está ahora.

Despacio, frunzo el ceño y dejo de mirarlo a él para observar el lugar.

—¿Acabas de…? —pregunto indecisa, deslizando el dedo índice sobre mi garganta.

Levanta su mochila.

—Había ratas. Me deshice de ellas. ¿O hubieras preferido que las dejara para que te comieran viva, dulzura?

Me enfurezco.

—¿Por qué siempre amenazas con que me coman viva?

—Porque eso te hace callar.

Entrecierro los ojos y levanto el dedo medio en su dirección.

Desamarra las riendas y rodea la construcción, ignorándome. Lo sigo y observo como deja a la yegua debajo de un toldo con matorrales espesos alrededor. Si alguien pasara no podría verla.

Mete la mano en su mochila, saca dos manzanas y la alimenta. Mientras ella come, Thane acaricia un costado de su cabeza. Podría jurar que hace una mueca, como si quisiera sonreír.

Vaya. Es agradable ver que sí se preocupa por algo… aunque no quiera que la gente lo sepa.

—Deberíamos ponerle un nombre —digo, acercándome para acariciar su sedosa crin.

—Yo no le pongo nombre a mis caballos.

—¿Lo que dijo Sombrero Grande es cierto?

—¿Quién? —pregunta frunciendo el ceño.

—Sombrero Grande. El que te vendió el caballo. Dijo que tú no te encariñas con nada, y eso me deja bastante claro que tienes problemas para comprometerte.

—Tal vez sea eso o quizá es porque sé que el caballo puede morir en el viaje y no quiero lastimar mis sentimientos ni los del animal.

Me quedo sin aliento.

—Espera. ¿Tienes sentimientos?

Suspira, no muy divertido por mi bromita.

—No morirá —aseguro, negando confiada con la cabeza—. Pero si no quieres ponerle un nombre, yo lo haré.

Observo a la yegua en la oscuridad, su pelaje es negro brillante, con la hermosa crin y la cola de color marfil. La crin resplandece.

—Perla —digo al fin.

Su crin me recuerda el color de las perlas.

Thane cierra los ojos y se frota la frente.

—Sí, la llamaré Perla. Para reemplazar la que perdí —sentencio.

—No te encariñes mucho —masculla dándome la espalda—. Quizá también pierdas esta.

—No le hagas caso, Perla. —Paso la palma de la mano por su hocico y ella resopla, como si también le molestara el comentario—. Solo es un imbécil cascarrabias.

Thane encuentra una puerta trasera, la abre de una patada y vuelve a desaparecer en el interior.

Después de darle dos palmaditas cariñosas a Perla, sigo a Thane cuando lanza otra esfera de luz para que ilumine el interior.

El lugar está vacío, salvo por algunas sillas rotas y otras piezas de mobiliario esparcidas aquí y allá.

Algunos objetos están cubiertos con telas blancas raídas.

La chimenea está llena de hollín y cenizas, y las paredes están recubiertas de telarañas.

También hay un olor a moho mezclado con lo que probablemente es orín de roedores.

«Encantador».

Thane da vuelta en el pasillo y empieza a subir la escalera.

Los peldaños crujen bajo nuestro peso, y juro que están a punto de quebrarse a la mitad por lo frágil de la madera.

Alzo la mirada y veo un enorme agujero en el techo.

Cuando llegamos al tercer nivel, Thane empuja una de las puertas y me hace una seña para que entre a la habitación vacía.

No está más limpio que abajo, pero al menos no hay telarañas ni olores desagradables que asalten mi olfato.

Hay una sola ventana en la pared norte. A mi derecha hay una chimenea; Thane está de pie frente a ella, frotando con el pulgar derecho las yemas de los dedos para conjurar una bola de fuego en su palma.

Se agacha, lanza el fuego al hogar y las llamas crecen.

—Te puedes quedar aquí —dice saliendo de la habitación.

—¿Dónde estarás tú?

Señala la puerta junto a la mía.

—¿Me juras que no te irás?

—¿Hablas en serio?

Me encojo de hombros. Por todas las sombras, ¿cómo asegurarme de si se va a quedar o se va a ir? Hasta donde sé, bien podría dejarme aquí para disminuir mis posibilidades de sobrevivir y poder huir con el dinero que le pagué.

Como no respondo, suelta un suspiro cansado y continúa.