El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Eres un asesino de la Sombra —murmullo, como si hubiera otras personas alrededor que pudieran escuchar—.

Un hechicero asesino… como los Desgarradores de la Noche del pasado.

Dime que me equivoco. Dime que solo eres una persona que usa magia y que eres increíblemente bueno con la espada.

Dime que las sombras negras en tu magia fueron solo mi imaginación.

Busco cualquier indicio que pueda detectar, pero con el pañuelo entre nosotros es difícil. Sin embargo, sus ojos se endurecen con las palabras casi prohibidas.

Hechicero.

Desgarrador de la Noche.

Asesino de la Sombra.

—Antes de irnos, te pregunté si estabas segura de esto.

Respondiste que sí. Ese era el momento para hacer estas preguntas.

—Se baja el pañuelo y deja al descubierto las cicatrices, que ahora parecen más siniestras—.

Esto es por lo que pagaste. —Se golpea el pecho con el pulgar y agrega—: Esto es lo que obtienes.

—Entonces, ¿es verdad? —pregunto.

Sacude la cabeza y tensa la mandíbula.

—Entre menos hablemos del tema, mejor, Quinlocke.

—No… no entiendo…

—No hay nada qué entender —replica—. Me pagaste por un servicio y estoy haciendo mi parte, así que ya déjalo y vámonos. Tenemos que cruzar el puente antes de que caiga la noche.

—No sé si puedo hacerlo. —Tengo la boca tan seca que cuando trago, la saliva me raspa—. Ya hay gente que te busca, y si más personas te ven peleando de esa manera, también irán tras de ti. ¿Sabes cuál es la recompensa que ofrece la reina por gente como tú?

—No me importa. —Monta en la yegua y mira hacia adelante—. Súbete.

—No. ¿Estás loco? —pregunto indignada—. ¡No iré contigo a ninguna parte! Tendré que encontrar otra manera.

Doy media vuelta, lista para salir corriendo a Meriva y olvidar todo sobre este asesino. Solo conseguiré morir si permanezco más tiempo a su lado.

—Te subes o tu hermana muere —dice con indiferencia.

Me paralizo donde estoy—. No hay nadie más con habilidades como las mías y que acepte ayudarte.

Nunca cruzarás Aguas Poco Profundas tú sola; y sin la piedra de prosperidad, jamás romperás el hechizo.

Si regresas ahora, lo mejor será que empieces a recoger flores para su tumba.

Aprieto los puños y doy media vuelta, las lágrimas inundan mis ojos.

—¡Vete a la mierda!

No puedo creerlo, el imbécil sonríe. Tengo ganas de darle una bofetada.

—Actúas como si no pudiera regresar y denunciarte ante la reina, en este momento —le lanzo a la cara.

La sonrisa se evapora. Con un gruñido, baja de la yegua y se para frente a mí, imponiéndose como un gigante implacable.

Fuera de sí, toma mi rostro entre el pulgar y el índice.

No me aprieta con mucha fuerza, pero sí con firmeza, como si quisiera asegurarse que solo lo veo a él.

Bufa como un toro, su mirada ámbar penetra la mía.

—Podrías denunciarme, pero no lo harás —advierte con voz ronca—.

Acabo de salvarte la vida y estoy arriesgando todo para poder ayudarte a atravesar el maldito mundo para llegar a un lugar en el que casi nadie ha sobrevivido.

—Sus dedos ejercen un poco más de fuerza, su rostro está a pocos centímetros del mío.

Mi corazón late caótico en mi pecho—. Si me delatas, jamás volverás a ver a tu hermana.

¿Entiendes? Sin mi ayuda, tu hermana muere.

Estoy enfurecida y aprieto más los puños.

—Deja tus miedos a un lado, Quinlocke, porque esto va a suceder lo quieras o no.

—Escudriña mis ojos, mi nariz, mi boca; su aliento roza mi piel y mi respiración está entrecortada—.

No te considero como alguien que se rinde fácilmente, así que espero que sigas la regla número dos y subas el trasero en esa yegua antes de que Seferin destruya lo único que te queda.

Despacio, relajo los puños al darme cuenta de pronto de cuánta verdad hay en sus palabras sobre Seferin y lo cerca que estamos. Mi pecho roza el suyo. Su presencia es poderosa y sus dedos en mi rostro me hacen bastante consciente de eso. De manera estúpida, paso la mirada de sus ojos a su boca.

Él hace lo mismo.

Sin embargo, con la misma rapidez me suelta y retrocede. Yo también me alejo de él, aumentando la distancia entre nosotros. Un músculo se tensa en su mandíbula mientras espera mi siguiente jugada; sus iris destellan en advertencia.

Tengo dos elecciones.

Opción uno: denunciarlo ante la reina, obtener quizá una recompensa inmensa, pero perder a mi hermana en el proceso…

Opción dos: tragarme mis principios, aguantarme, quedarme con él y salvar la vida de mi hermana.

Me muerdo el labio inferior con tanta fuerza que puedo sentir que mis dientes perforan la piel. Saboreo sangre al tiempo que ajusto las correas de mi mochila.

Odio admitirlo, pero tiene razón. No soy de las que se dan por vencidas fácilmente. Pero tampoco soy tan tonta como para creer que quedarme con un asesino como él esté ni remotamente bien. Esto va en contra de todo lo que creo. Podrían matarme solo por mi relación con él.

Sin embargo, no solo se trata de mí y de mi percepción de lo bueno y lo malo. Se trata de la vida de mi hermana. No puedo llegar sola a Elfar y, si fallo, la única familia que me queda morirá.

Miro la línea de árboles y la yegua resopla a mi lado. Me muero de ganas de montarla, hincarle los talones y largarme a galope, me contengo. No soy una cobarde, pero tengo miedo. No se trata de elegir entre dos males, sino de escoger, a conciencia, el mayor de los males por el mayor bien.

Miro a Thane, escudriña los alrededores en busca de peligro mientras espera impaciente mi decisión.

Está decidido. A partir de ahora, no hay vuelta atrás. Voy a salvar a Analla o morir é en el intento. Y mi mejor esperanza… no, mi única esperanza, es este hombre. Así, monto a la yegua y enderezo la espalda como si aceptara mi destino.

Es evidente que Thane siente mi determinación, porque monta a su vez y se sienta detrás de mí, su pecho ancho roza mi espalda. Deja escapar un profundo suspiro que hace que se me erice la piel de la nuca, a pesar de mi rabia.

Por todas las sombras, ¿por qué mi cuerpo reacciona a él? Lo odio por lo que acaba de pasar. Lo odio por no darme otra elección. Maldición, lo odié desde el momento en el que me dijo «Vete al carajo».

Sin embargo, con su pecho contra mi espalda, sus muslos calientes que envuelven los míos y sus brazos a mi alrededor para poder controlar las riendas, mi corazón no puede evitar latir un poco más fuerte.

En alguna parte de mí, muy en el fondo, este hombre mi intriga, me ha intrigado desde la primera vez que lo vi… y eso no me sienta bien, ni siquiera un poco.