El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 10
12%

Capítulo 10

¿C ómo es posible?

Claro, he escuchado rumores sobre esos asesinos de élite que aún merodean por ahí. He escuchado historias sobre peleas callejeras y cómo muchas se convirtieron en baños de sangre por culpa de los agresores a los que llaman asesinos de la Sombra, quienes eran demasiado diestros con sus armas.

Pero era difícil creer esas historias. ¿Asesinos que usaban magia negra? Antes los llamaban Desgarradores de la Noche y hace siglos los proscribieron, poco después de la guerra entre Meriva y Ruvain, por lo letales que eran.

Se originaron en el reino de arena roja de Quamira para proteger a la realeza de los malvados híbridos marinos que eran capaces de caminar en tierra firme. La única manera de vencer a los híbridos era conjurando la magia más negra.

Sin embargo, los Desgarradores de la Noche usaron su magia negra para tomar el control… todo por destrucción y poder.

En un intento por derrocar al reino de Ruvain, los Desgarradores de la Noche mataron a Murren, el rey gobernante.

El príncipe heredero logró escapar y se exilió en Meriva; como rey recién proclamado de Ruvain, firmó un tratado con Meriva para ponerle fin a la guerra si ellos le ayudaban a detener a los Desgarradores de la Noche.

Así, los dos reyes en funciones de Meriva y de Ruvain legislaron que los hechiceros que usaran magia negra durante los combates en sus reinos serían ejecutados sin juicio.

Con la ayuda de Quamira, atraparon uno a uno a los Desgarradores de la Noche, les dieron un elíxir inhibidor para controlar su magia y todos fueron decapitados o colgados.

Eso puso fin a la época oscura de los hechiceros asesinos, y dejó perfectamente claro que cualquier persona que intentara comportarse como ellos enfrentaría el mismo destino.

No obstante, aquí está Thane, tan destructivo como los murmullos y los rumores.

Los soldados de los Divinos tienen un código de conducta.

Pelean con técnicas específicas y sus habilidades son uniformes, en el mejor de los casos.

He hecho muchos recorridos por los terrenos del Palacio de Cristal y he visto algunos de sus entrenamientos.

Nada de eso se acerca a los trucos que Thane está mostrando en este momento, y es tanto extraordinario como aterrador.

Lo que más llama mi atención de la magia de Thane son las sombras negras que aparecen después de los hilillos dorados tras cada ataque. Cada hechicero tiene su propia esencia codificada en color, pero el uso de la magia blanca nunca deja rastros negros.

Por todas las sombras, ¿de dónde salió este hombre? ¿Con quién estoy tratando realmente? Si es un asesino, ¿dónde me deja eso a mí? Una mezcla de intimidación y miedo me envuelve como si fuera una serpiente que me aprieta con fuerza.

Si pudiera capturarlo y entregarlo, la reina pagaría una buena suma por él.

Hay una recompensa por la cabeza de cualquier asesino de la Sombra.

Esa debe ser la razón por la que Garyn trató de derrotarlo.

Y quienquiera que sea ese hombre, Maliek, ese debe ser el motivo por el que también busca a Thane.

Conocen bien su poder, o al menos sospechan de él y quieren intercambiarlo por dinero.

De cualquier manera, de lo que me doy cuenta es de que fue un error contratar a Thane.

Me equivoqué por completo.

Conforme continúa la pelea y la matanza, atrapo mi mochila y corro hacia la puerta, muerta de pánico. Esquivo a Garyn, quien está muy ocupado viendo c ó mo masacran a más de sus hombres.

El estupor hace que sienta frío en todo el cuerpo. Tengo que salir de aquí.

Cuando logro escapar, Chaun sigue en las puertas principales, pero no se molesta en perseguirme. En su lugar, suelta una carcajada al verme correr hacia el bosque que lleva de vuelta a Meriva. Es casi como si Chaun hubiera anticipado que Thane empezaría una pelea y le alegrara no ser parte de ella.

Me tropiezo en un desnivel del terrero y me detengo un momento para recuperar el aliento antes de volver a salir corriendo a toda velocidad. Aunque ya me he alejado mucho, no puedo sentirme aliviada. De hecho, ¿alguna vez volveré a sentirme tranquila?

Thane sabe mi nombre, conoce mi cara, dónde vivo, dónde trabajo. Ahora que sé quién y qué es, podría matarme solo para no dejar cabos sueltos.

La bilis me sube por la garganta y me quema. Me la trago. «No hay tiempo para vomitar, Zaira. Tienes que esconderte».

Si alguien me atrapa con un posible asesino de la Sombra, me llevarán a la horca junto con él. Es decir, está claro que Thane es un hombre de pelea. ¿O un defensor? Un bruto, si así se prefiere.

Cualquiera que usa una coraza de cuero todos los días lo hace porque espera verse envuelto todo el tiempo en peleas y altercados que implican armas. Lo sé.

Pero ¿esto?

No. No puedo ser parte de esto. Tengo que esconderme. Tengo que encontrar otra solución, cualquier otra.

No dejo de correr hasta que llego al campo de tierra que está justo en las afueras de Garra Roja. Pongo una mano sobre el tronco de un árbol, jadeando mientras veo por encima de mi hombro.

En ese momento escucho algo.

Pisadas fuertes y rápidas.

Los cascos de un caballo golpean el suelo, se acercan y con cada segundo se hacen más fuertes.

Mi corazón se desploma cuando veo la hilera de jinetes que galopa en mi dirección.

Salgo disparada de nuevo a toda velocidad; la bolsa me golpea la cintura y las correas de mi mochila se clavan en mis hombros.

La tierra se levanta bajo mis pies y me devano el cerebro para recordar cómo regresar a Meriva.

¿Qué estaba pensando cuando lo seguí a Garra Roja? Debo estar volviéndome loca. O ya estoy delirando. ¿En serio pensé que era una buena idea confiar en un desconocido con espadas y demasiadas dagas para ayudarme a atravesar el mundo?

Bajo tanta presión, es casi imposible volver sobre mis pasos.

Siento el galope en todo el cuerpo y hace temblar mis huesos.

Corro más fuerte, m ás rápido , pero no es suficiente.

En un movimiento suave, una mano mágica me levanta del suelo.

Grito al darme cuenta de que Thane es el culpable.

Cabalga sobre una yegua negra y marfil a unos cuantos metros detrás de mí.

Con la misma rapidez con la que me alza, me deposita sobre el lomo del animal, sentándome con firmeza detrás de él.

— ¡ Orvena, ayúdame! —grito, abrazándome con fuerza a la cintura de Thane para no salir rebotando de la montura y caer a una muerte segura. La verdad es que si he llegado hasta aquí; sería absurdo morir en un simple accidente de caballo.

Volteo a ver por encima de mi hombro; hay gente que nos sigue. Siete de los hombres de Garyn también montan a caballo, espadas en ristre y enseñando los dientes.

—¡Cuidado! —grito.

Me agacho cuando uno de ellos llega a nuestro lado y lanza su hacha a la cabeza de Thane. Thane la esquiva a tiempo, levanta una mano y hace que el hombre salga volando del caballo con un fuerte estallido dorado.

Llega otro y Thane hace aparecer una daga, la hace girar con un movimiento rápido y ostentoso de la muñeca y la clava en la frente del hombre.

Contengo el aliento al ver la sangre brotar alrededor de la navaja.

Luego, la magia de Thane se la arranca y la devuelve a su mano.

El hombre cae de su caballo y se desploma en el suelo.

—Dioses, voy a vomitar —me quejo.

—Vomita sobre mí y te aviento del caballo —me amenaza Thane sobre el hombro.

Uno a uno, Thane acaba con ellos.

Cuando el último hombre que queda vivo literalmente pierde la cabeza, nos detenemos y examinamos el daño.

Solo hemos dejado caballos inocentes que deambulan en campo abierto entre los restos de los jinetes muertos.

No es una imagen que hubiera pensado presenciar alguna vez en mi vida, y sin duda, es una que jamás me sacaré de la cabeza.

La yegua en la que vamos resopla cuando Thane azota las riendas.

Nos marchamos dejando destrucción a nuestro paso.

Nos detenemos por completo hasta que llegamos al puente en las afueras de Meriva.

De inmediato, bajo de nuestra montura y me alejo tambaleándome, la bilis me sube por la garganta.

Al final, no puedo contenerme más. Volteo y vomito sobre un montón de rocas plateadas.

Adiós al pan con frambuesas que desayuné.

Escupo el gusto ácido de mi boca cuando Thane pasa una pierna sobre la yegua y salta al suelo.

—Corriste en la dirección equivocada. —Su tono en este momento es demasiado tranquilo para mi gusto.

Me limpio la boca con la manga de la túnica al tiempo que levanto la otra mano para hacerle una seña de que se aleje.

—¡No te me acerques!

Se detiene y cruza los brazos sobre el pecho.

—Entonces, ¿corriste en la dirección equivocada a propósito?

—¡Sí! —grité—. ¡Estaba tratando de alejarme de ti!

Me mira, un poco confundido.

—¿Qué fue todo eso?

—Te estaba protegiendo.

—¿Lo que pasó allá? ¡Eso fue una masacre!

—¿No me pagaste para eso? —pregunta, sinceramente desconcertado.

—¡No! —Me paso los dedos por el cabello y estos se enredan en los rizos, lo que me frustra todavía más—. No me digas que eres lo que pienso que eres —digo jadeando y dejando caer los brazos—. Por favor, no hay manera de que esos rumores sean ciertos. ¡La existencia de los de tu tipo es ilegal!

Thane se acerca tanto que puedo sentir el calor que irradia de su voluminoso cuerpo.

—¿Qué crees que soy, Quinlocke? —Su voz es una advertencia, una amenaza; examina mi rostro, retándome a responder.

—Solo se conoce a un grupo de personas que pelean como tú lo haces, pero hace mucho tiempo fueron proscritos, mucho antes de que tu nacieras.

Había escuchado que aún seguían por aquí, pero…

tú eres joven. —Respiro—. No puedes tener más de…

¿qué?, ¿tu vigésimo cuarto o vigésimo quinto año? ¿Cómo sabes pelear así?

—Vigésimo cuarto —confirma—. ¿Y cómo crees que sé pelear así?

Me tomo unos segundos para formar las palabras.