El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

L a niña gruñe como un animal cuando aparta a Thane de un empujón con todas sus fuerzas; luego me agarra e intenta arrastrarme con ella. Me quedo sin aliento, mis piernas se ponen rígidas y siento el estómago como si pesara una tonelada.

Su piel, que era pálida, casi translúcida, ahora tiene un color verde pútrido. Sus iris oscuros ahora tienen los bordes rojos y lo que debería ser el blanco de los ojos es de un amarillento enfermizo.

Por las sombras, ¿qué le pasa? ¿Cómo cambió de ser una niña inocente a… a… esta cosa verde con garras?

Me aprieta la muñeca y presiona las puntas de sus garras en ella. Un poco más fuerte y me hubiera perforado la piel. Grito y con la otra mano la empujo del pecho tratando de liberarme, pero es casi imposible.

Sus dientes se agrandan y la baba gotea de sus colmillos afilados. Cuando sisea, su saliva espesa salta en mi dirección y me salpica la ropa.

En un suspiro, la hoja plateada de una espada atrapa la luz del sol. Thane se interpone entre la criatura y yo, colocando el filo de su arma en la garganta de esa cosa verde.

—No es tuya —gruñe Thane, presionando más la espada en la piel de la criatura, hasta sacarle sangre espesa, negra como la tinta—. Ahora déjanos o te corto la maldita cabeza.

La criatura retrocede hasta la pared más cercana, las delgadas hendiduras de sus fosas nasales se dilatan y una mirada asesina la consume.

Mi protector baja la espada, me toma del brazo y me aleja de ese lugar.

—Te dije que mantuvieras los ojos al frente. Todo lo que tenías que hacer era seguir caminando.

—¿Qué… qué era eso? —tartamudeo.

—Un skrellin —responde apretando el paso—, y si aquí hay uno, créeme, habrá más en el camino.

¿Un skrellin? Claro. He escuchado hablar de ellos.

Siempre viajan en grupos, viven en algunos de los bosques y se mezclan con los mortales ajustando el color de su piel.

Sin embargo, no me había dado cuenta de que su forma natural era esa.

A los skrellins les encanta comer cualquier cosa que tenga carne… lo que incluye a los mortales.

Volteo a ver a la niña skrellin. Me mira furiosa antes de volver a su forma mortal y salir huyendo.

De rodillas frente al lago, me inclino sobre él para limpiar la baba de skrellin de mi corpiño café de cuero. Me tiemblan las manos y eso hace más difícil que le quite las manchas. Bueno, al menos ya me deshice de la mayoría de mi bolsa y de las correas de la mochila.

Sigo sin creer lo que acaba de pasar. No tengo duda de que Thane hubiera decapitado a esa cosa si no hubiera retrocedido y entonces estaría limpiando sangre de mi ropa.

Hacía mucho tiempo que no veía a nadie sangrar por una herida provocada por otra persona.

No había presenciado nada así desde que Ruvain atacó mi reino cuando yo era niña.

Siento una opresión en el pecho al recordar mi pasado.

Me obligo a respirar más despacio, a tomarme un segundo para calmarme. Lo último que necesito es tener un ataque de ansiedad, aunque esos recuerdos siguen vivos en mi mente.

Toda esa sangre y destrucción, amigos decapitados, soldados colgados de los árboles, otros que flotaban boca abajo en el mar, y yo, corriendo para ponerme a salvo. Me tapaba las orejas cuando estaba en el refugio subterráneo para no oír las explosiones y los gritos.

Me concentro en mi reflejo en el agua en un intento por enjuagar los recuerdos traumáticos.

Mis rizos están un poco más revueltos por el encuentro y los reflejos dorados en ellos parecen opacos.

Mi rostro está ceniciento, despojado de su color.

El profundo tono oscuro de mi piel se ha perdido, se quedó en las sucias calles de Los Despojos.

Estoy apretando la mandíbula sin querer, así que me esfuerzo por relajarla; respiro despacio por la nariz.

Echo más agua del arroyo en mi corpiño y froto con más fuerza con los dedos.

Thane está recargado en un árbol cercano; me espera impaciente con los brazos cruzados. ¿Cómo puede quedarse ahí parado como si nada hubiera pasado? ¿Y si esa cosa aparece de nuevo?

Cuando me he desecho de casi toda la baba, seco el corpiño con un paño que llevo en la bolsa.

—Una advertencia más clara hubiera sido mejor —digo mirándolo de reojo.

Me pongo el corpiño, amarro los lazos y lanzo un quejido al ver unas gotitas amarillas de la sustancia seca en mi camisola beige.

Puaj. No se limpió todo. Genial. Una de mis prendas favoritas está arruinada—.

¿Y cómo puedes quedarte ahí tan tranquilo?

Me acaban de atacar. Actúas como si esto fuera un juego.

—No —dice bajando los brazos y separándose del árbol—. Es obvio que esto es un juego para ti, dulzura. —Su andar es pesado conforme se acerca—. Todo el mundo sabe que no se puede ser amigable o mostrar ningún tipo de vulnerabilidad con nadie en Los malditos Despojos.

—Yo no lo sabía —replico.

Pero había escuchado historias sobre Los Despojos.

En todos mis años como ciudadana de Meriva, jamás había estado en esta zona.

Muchos dicen que las personas aquí son idiotas, pero en general se ocupan de sus propios asuntos.

Otros dicen que quienes viven en Los Despojos, los despojadores, son monstruos ladrones que solo se preocupan por sí mismos.

Viniendo de Los Comunes, no sabía qué creer.

—¿Así será todo el viaje? —pregunta Thane con un tono de frustración en la voz—.

¿ Serás amigable con todo el mundo y yo tendré que intervenir para que no te maten?

Porque si es así, necesito que me pagues más.

Para cuidar a gente como tú, que no tiene ninguna destreza en el combate y confía con facilidad, necesitaré trabajar el doble y tener el doble de paciencia.

—¡Te dije que no sabía qué pasaría! Parecía una niña… ¿Cómo iba a saber que se convertiría en esa cosa y me atacaría solo por saludarla?

—Escucha, esto no es Los Comunes, ni siquiera Los Prósperos, ¿entiendes?

Este viaje ya es lo suficientemente peligroso, así que de ahora en adelante quiero que sigas estas dos reglas.

Número uno —dice levantando un dedo tenso en el aire al tiempo que se acerca más a mí—, guárdate tus gestos amables.

Con eso solo lograrás que te maten. Número dos —continúa, agregando otro dedo—, deja de ser tan empática.

La gente es pobre y los niños mueren de hambre.

Nada de eso es nuevo y no puedes cambiarlo, así que aprende a aceptarlo y sigue adelante.

Planta esas reglas como semillas en tu cerebro amable e inocente, y deja que echen raíces, porque si mueres por sentir lástima por otra persona, será culpa tuya.

Lo fulmino con la mirada y hago una mueca.

—Está bien.

«Imbécil».

Pasa a mi lado dando grandes zancadas, dejando un aroma a cedro y cuero en el aire. Recojo mi equipaje y lo alcanzo.

—¿A dónde vamos ahora? —pregunto a regañadientes.

—A Garra Roja.

Me paro en seco.

—Estás bromeando, ¿verdad?

—No —responde sin dejar de avanzar—. Necesitamos un caballo y ahí los venden baratos.

—Pero Garra Roja es diez veces peor que Los Despojos. Mi hermana me habló de ese lugar. Escuché que compran cadáveres y venden órganos a los híbridos, que se los comen.

—Aunque ese rumor es cierto, no tiene nada que ver con que yo compre un maldito caballo.

Respiro con dificultad mientras Thane entra en la espesura de los árboles.

«Esto es por Analla. Sigue adelante, por ella».

Con esa idea en mente, maldigo entre dientes y lo sigo a la profundidad del bosque.