Capítulo 7
—¿N o vas a preguntarme cómo conseguí las monedas?
Volteo a ver a Thane, quien a propósito arrastra los pies unos pasos detrás de mí. Acabamos de salir de mi casa en Los Comunes, y ahora tengo conmigo la mochila y la bolsa.
—Vendí mi collar —agrego al ver que no responde.
Advierto un puesto de fruta adelante y hurgo en mi bolsa en busca de dos platas; se las doy al mercader a cambio de peras.
—Era una reliquia familiar —continúo cuando me alejo del puesto—.
Tenía una perla y estoy segura de que tú sabes que vale mucho dinero; además, era mágica.
Mi madre me la dio para que pudiera cuidar a mi hermana.
Era todo lo que me quedaba de ella, así que este viaje a Elfar es en serio.
No estoy haciendo tonterías, como dijiste antes.
Miro sobre el hombro, pero Thane no me ve. ¿Siquiera me escucha?
Lanzo un resoplido, muerdo la pera y acelero el paso. No me detengo hasta que llego a la Torre de Harina. Me alegra ver a la propietaria y mi jefa, Ellanoch, quien está detrás del mostrador.
—¡Zaira! —exclama Ellanoch mientras acomoda pastelillos en uno de los escaparates, junto a las hogazas de pan recién horneado—. No te toca trabajar hoy, ¿o sí? —Thane entra después de mí y Ellanoch le echa un vistazo a mi compañero. Su rostro ya pálido se vuelve mucho más lívido.
—Por las estrellas de Orvena —murmura.
—No te preocupes por él —mascullo acercándome al mostrador.
—Zaira, ¿quién es? —murmura—. ¿Estás en problemas?
Entiendo su inquietud. Hombres como Thane que andan por ahí con cicatrices en el rostro, miradas asesinas y varias espadas no es algo que habitualmente se vea en Meriva. Evitamos a esa gente.
—No… bueno, sí —respondo—. Pero no soy yo quien está en problemas y su compañía no es lo que piensas.
Se apresura a rodear el mostrador, le echa una rápida ojeada a Thane y se para frente a mí. Me toma por los hombros y dice:
—Dime qué está pasando.
—Es mi hermana… una larga historia. Te lo contaré cuando regrese… en unas semanas, si tengo suerte.
—¿Unas semanas? ¿Por qué? ¿A dónde vas?
—Tengo que salir de viaje para buscar algo importante para Analla. Solo quería avisarte para que no te preocupes por mí y puedas organizarte para cubrir mis turnos.
—Ah. —Ellanoch sigue inquieta—. Pero no entiendo, ¿por qué lo necesitas a él?
Se lee la preocupación en sus ojos de un gris verdoso y desearía mucho poder contarle todo. Pero no puedo. No puedo arriesgarme a que Seferin se entere por accidente. Tampoco quiero causar preocupación… después de todo, tengo planes de regresar y nada va a detenerme.
Aparto una de sus manos de mi hombro y la tomo entre las mías.
—Te lo contaré todo cuando regrese. Lo prometo.
—Está bien. —Me doy cuenta de que no está satisfecha con esa explicación, pero no dice nada—. Bueno, al menos llévate una o dos hogazas contigo, si te vas tanto tiempo.
Sonrío cuando regresa al mostrador para envolver dos hogazas de pan en una tela color marfil. Las acepto y le agradezco con un abrazo.
Mi impaciente compañero se aclara la garganta y hace un gesto con la cabeza hacia la puerta.
Ellanoch lo mira frunciendo el ceño.
—Regresa sana y salva, ¿me oyes?
Su sonrisa es cálida mientras acaricia mi brazo.
—Lo haré.
Los ojos me pican, pero reprimo las lágrimas.
Al salir de la panadería camino aún más rápido para llegar al centro para refugiados. Va a ser mucho más difícil dejar a los niños a los que enseño, pero no quiero que ellos o el director se preocupen por mi ausencia.
Despedirme de todos ellos me hace llorar.
Cuando llegué al centro para refugiados estaba en mi noveno año, y salí de ahí hasta hace apenas tres, cuando Analla pudo rentar un lugar propio cuando estaba en su decimonoveno y yo en el decimoséptimo.
Todavía íbamos a la escuela, pero trabajábamos para poder pagar nuestra casa en Los Comunes.
Amaba tanto el centro que regresé a trabajar ahí como voluntaria.
Cuando por fin salgo de ahí, todavía enjugándome las lágrimas, busco a Thane pero ya no está ahí. Se me encoge el corazón y me invade el miedo.
—No.
Me paro en medio de la calle mientras pasan carruajes y carretas. Los mercaderes gritan y más adelante hay personas sentadas en el borde del canal, pescando o platicando; pero no hay señal alguna de ese hombre de aspecto malvado por ninguna parte.
En ese momento, un silbido parte el aire.
Doy media vuelta y me quedo boquiabierta cuando veo a Thane que está sentado en el borde del tejado del centro para refugiados, tres pisos más arriba.
El tejado tiene una inclinación muy pronunciada, casi en ángulo vertical, y muchas de las tejas de barro están sueltas o se han caído.
Cuando se pone de pie hace que algunas tejas se resbalen y se hagan pedazos en el piso con gran estruendo.
Por todas las sombras, ¿cómo llegó allá arriba?
Para mi sorpresa, Thane salta del techo; contengo el aliento cuando aterriza frente a mí sin hacer ningún ruido.
Lleva puesta la capucha y la coraza de cuero, sus armas están atadas a su cuerpo como si estuviera preparado para combatir.
Durante un segundo tengo que preguntarme si en verdad quiero viajar con este hombre.
Es decir, ¿quién salta de un techo tan alto y peligroso cuando está aburrido?
—Te tomaste tu tiempo —dice mordiendo una pera.
Miro la fruta con cuidado. Un momento…
— ¡ Oye! —digo frunciendo el ceño, me quito la mochila del hombro y meto la mano para buscar la pera adicional que compré. Al no encontrarla le pregunto exasperada—: ¿Es en serio? ¡Acabo de darte muchas monedas! ¿No puedes comprarte una maldita pera?
Se acaba la fruta y lame el jugo de sus dedos. Luego lanza el corazón de la pera al aire. Este se detiene y flota frente a mí. En cuestión de segundos, ya no es solo el corazón de la fruta. Se ha restaurado y ahora es una pera completa, exactamente igual a la que acabo de comprar.
¿Cómo es posible que sea tan bueno con la magia? Con sus habilidades hubiera podido unirse a los Divinos, o al menos ser guardia de la ciudad.
Hago esos pensamientos a un lado y atrapo la pera en el aire.
—No quiero tus sobras.
Y por un segundo, puedo jurar que casi sonríe.
Avanzamos en silencio por las calles de Meriva hasta que llegamos al final de Los Comunes y entramos al barrio de Los Despojos.
—¿Qué hacemos en Los Despojos? ¿No deberíamos dirigirnos al puente que nos lleva por la parte sur de Ruvain? Consulté la ruta en el mapa y mostraba que tenemos que cruzar Ruvain para llegar a Gadonia, que nos lleva a Elfar.
Solo pensar en atravesar Ruvain es aterrador. Nada bueno viene de ese reino.
—Tenemos que hacer una parada antes de dirigirnos ahí —responde Thane.
Entre más nos adentramos en Los Despojos y nos acercamos a la arboleda que marca la frontera, la atmósfera cambia de ser bulliciosa y animada, a monótona y aburrida. El canal desaparece y solo quedan calles plagadas de hierbas entre los adoquines en ruinas. Huele a orines o a pescado… o a ambos.
Estoy segura de que el espeso humo negro que emana de algunas de las chimeneas es lo que provoca las toses con flemas que hacen eco en las construcciones y callejones en ruinas.
Por primera vez permanezco cerca de Thane, quien ya se ha puesto el pañuelo.
Me obligo a sonreír a los despojadores de mejillas demacradas que están sentados a un lado del camino.
Algunos tienen manchas oscuras en las manos y el rostro por trabajar en las fábricas de carbón y madera.
Todos parecen cansados, hasta los niños.
También hay híbridos que viven entre ellos. Habría imaginado que muchos más se arriesgarían a vivir en los bosques en lugar de morir de hambre aquí, pero supongo que incluso los híbridos no son muy buenos para sobrevivir solos ahí fuera. No cuando hay bestias tan salvajes que merodean en Thelanor.
Me llama la atención una niña pequeña con coletas desordenadas que está sentada junto a un barril roto.
—Solo mantén la mirada al frente —dice Thane en voz baja.
Su afirmación y la urgencia en su tono me confunden.
Vuelvo a ver a la niña. Ahora está de pie y me sonríe con tristeza. Le hago un breve saludo con la mano y le sonrío, a lo que responde con una sonrisa enorme que deja al descubierto sus dientes podridos.
De inmediato se me pone la piel de gallina. Algo en su sonrisa borra la mía de mi rostro.
Antes de que me dé cuenta, la niña corre hacia mi dirección.