El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

T emprano, la mañana siguiente cruzo el umbral del Cristal Inclinado; por suerte, Thane ocupa el mismo asiento que la noche anterior. Solo que esta vez se ha quitado la capucha y lleva una túnica gris sin mangas.

Puesto que cumplió su parte del trato, es obvio que esta alianza está destinada a suceder.

Sus brazos son fuertes, sus músculos se marcan cuando le da un sorbo al tarro. Recorre la taberna con la mirada, examinando el lugar como si estuviera vigilando en busca de amenazas, pero cuando sus ojos se posan en mí, suspira y desvía la mirada.

«Sí, tengo las monedas, imbécil».

Mientras más me acerco a su mesa, más claras se vuelven las venas abultadas de sus bíceps y sus antebrazos. Su piel está cubierta de sudor y sus rizos lucen aplastados y ligeramente húmedos, como si acabara de hacer ejercicio.

«O estuvo cazando a alguien y acaba de destriparlo».

En fin, no me importa.

Azoto el saquito sobre la mesa.

—Pude duplicar las monedas —digo con un resoplido de triunfo— y todas son de oro. Solo recibirás la mitad por adelantado. El resto lo podrás reclamar si regresamos vivos.

No traigo la otra mitad conmigo, solo en prevención de que cambie de parecer y me robe. El resto está guardado dentro de una bota debajo de mi cama.

—¿Cómo sé que sí tienes la otra mitad? —pregunta.

Me encojo de hombros.

—Supongo que no tienes más opción que creer en mi palabra.

—Veamos. ¿Me estás pidiendo que confíe en la palabra de una persona que no conozco, sobre cuándo me pagará las monedas que me debe por protegerla en un viaje en el que es probable que ambos muramos?

Cambio mi peso al otro pie.

—Bueno… si lo pones así…

Me mira con esos ojos ámbar entrecerrados.

—Están escondidas en una bota debajo de tu cama. Muy astuta.

Contengo el aliento.

—¿Cómo…?

Tengo ganas de ir corriendo a casa y esconderlas en otro lugar. ¿Cómo lo sabe? ¿Puede leer la mente con su magia? Sí, eso debe ser. ¿Qué más? A menos que esté usando algún hechizo de espionaje o algo parecido.

Levanta el saquito y vierte el dinero sobre la mesa interrumpiendo mis pensamientos. Los finos rayos de sol que se filtran por la ventana detrás de él hacen que las monedas brillen, resaltando el perfil de Orvena que está grabado en cada una.

Una a una, cuenta las monedas en silencio, tomándose un tiempo endemoniado para hacerlo. Cuando termina, vuelve a meterlas al saquito y se levanta. Alzo la barbilla para aparentar más altura de la que tengo.

«Demonios». Sabía que era alto, pero hasta ahora no me había dado cuenta de la enorme diferencia de estatura entre nosotros. Es casi tan alto como Bolivar y, en general, ese gigante es el más alto en cualquier lugar.

Y hablando de eso, me alegra que Bolivar aún no haya empezado su turno. Uno de los otros cantineros está en la barra y arquea sus cejas canosas mientras nos observa. Es probable que me delate con Bolivar, pero para entonces ya estaré muy lejos.

Me detengo en seco frente a él, demasiado cerca, y frunzo los labios cuando sus ojos encuentran los míos.

Me mira como si me viera por primera vez, como si tratara de descifrarme.

Podría jurar que detuvo su escrutinio en el volumen de mis pechos, para después continuar hasta mis caderas y mis piernas.

Cambio el peso de un pie a otro bajo su mirada, mientras una súbita oleada de calor me recorre las venas. Sin embargo, ese mismo calor está teñido de inquietud. Doy un paso atrás y cruzo los brazos para bloquear su mirada. Típico de los hombres mirar así.

—¿Estás segura de que esto es lo que quieres? —pregunta mirándome de nuevo a los ojos—. ¿Ir al Templo de Elfar?

Mi corazón se acelera un poco, pero asiento antes de cambiar de opinión.

—Sí.

Me vuelve a examinar con la mirada y asiente.

—Está bien. Entonces, vamos.

Recoge su capucha, el chaleco, las espadas y la mochila negra que están en una mesa contigua, luego pasa a mi lado para salir de la taberna.

—Espera. ¿A dónde vamos?

Lo sigo hasta la calle; un grupo de niños pasa corriendo entre risas.

Apenas se siente el frío en el aire hoy.

Así es el clima en el Imperio de Meriva: un día necesitas ponerte un abrigo y al siguiente puedes echarte en el pasto junto a un lago mientras el sol te baña el rostro, aunque siga siendo otoño.

—A Elfar —responde Thane serpenteando entre la multitud. Bueno, en realidad soy yo quien serpentea, puesto que la gente se aparta de su camino para abrirle paso.

—¿Ahora?

Me mira sobre el hombro y frunce el ceño.

—¿Algún problema?

—No… bueno, en realidad sí. Pensé que tendría un poco más de tiempo para prepararme. Aún tengo que empacar, ir a la panadería donde trabajo y al centro para refugiados. Necesito avisarles a todos que estaré fuera unos días.

Thane se detiene de inmediato; me estrello contra su espalda sólida, pierdo el equilibrio y me tambaleo hacia un lado. Él da media vuelta y me detiene del antebrazo justo en el momento en el que pasa a mi lado una carreta tirada por una mula.

Se cierne sobre mí y me fulmina con la mirada. Sin el pañuelo, sus cicatrices son más prominentes y el doble de intimidantes. La que tiene bajo el ojo está un poco enrojecida y abultada en los bordes, como si fuera reciente.

Me suelta.

—Debiste prepararlo todo antes.

Me quito su mano de encima.

—Bueno, la panadería acaba de abrir y el centro para refugiados solo me tomará un minuto.

—¿Centro para refugiados?

Me subo los lentes sobre la nariz.

—Soy voluntaria.

—Claro.

Frunzo el ceño. ¿Qué quiere decir?

Thane empieza a caminar, alejándose de mí y me apresuro para alcanzarlo.

—Solo necesito treinta minutos.

Ni siquiera da media vuelta, pero me responde sobre el hombro.

—Ve a buscarme al Cristal Inclinado cuando hayas terminado con tus tonterías.

Ah, no. Lo sujeto del brazo antes de que se aleje más. Mira mi mano sobre su bíceps, duro como piedra, y luego dirige sus ojos furiosos hacia mí.

—Te aconsejo que nunca vuelvas a hacer eso —advierte.

«¿O qué?» . Iba a preguntárselo pero me doy cuenta de que solo un loco con deseos suicidas rebatiría con esa pregunta. Quito la mano al instante.

—Tienes una bolsa llena del dinero que te pagué, podrías huir con ella —explico, poniendo la mano en mi cadera.

Thane aprieta la mandíbula, es evidente que su paciencia se está agotando—.

Solo sígueme. Mi casa está cerca de la panadería.

Podemos pasar ahí primero, empacaré y las siguientes dos paradas las haré en un santiamén.

—¿Quieres que te siga como un perro? —pregunta con un gruñido grave, como el de un perro.

Parpadeo al mirarlo mientras sus fosas nasales se dilatan. Después, sacude la cabeza, cierra los ojos, inhala y exhala para calmarse.

—¡Guau! Muy buena técnica de respiración —bromeo cuando él vuelve a abrir los ojos—. No me parecías un hombre paciente.

Hace una mueca y pasa el pulgar bajo la correa de su mochila.

—Deja de hablar y camina —refunfuña.