Capítulo 5
E l viento fresco del otoño me escuece la piel mientras camino por las calles de Los Comunes.
Hay casas, posadas y tiendas hechas de piedra, ladrillo blanco o una clara combinación de ambos a cada lado del ancho canal.
Las ondas oscuras en el agua centellean bajo la luz de la luna creciente y fluyen todo el camino hasta el Palacio de Cristal.
El reloj solar confeccionado en oro está empotrado en la fachada de la fortaleza y muestra la hora.
Sujeto el cuello de mi abrigo al ver la torre del reloj. Es casi la hora décima de la noche. Hace mucho tiempo que los mercaderes cerraron sus comercios y la mayoría de la gente está metida en sus cálidas casas, despreocupados e indiferentes al fastidio de las maldiciones y la muerte.
Sin embargo, a mi izquierda sigue abierta una casa de empeños. Una sola linterna que está sobre el mostrador en el interior me permite ver que el propietario está guardando algunas de sus mercancías para la noche.
Me detengo, meto la mano por el escote de mi túnica y toco el dije, una hermosa perla engarzada en hilos de oro. La perla siempre me ha recordado a un pájaro en una jaula de oro, protegida y amada. La heredé de mi madre, quien la heredó de su madre como reliquia familiar.
Es una maravilla. Mágica. Sagrada. Especial.
No ha dejado de estar caliente desde que supe lo que había pasado con Analla y no se ha molestado en enfriarse.
Puedo venderla. Estoy segura de que me darían por lo menos trescientos cincuenta monedas de oro por ella, quizá más. Mi garganta empieza a cerrarse por voluntad propia. Sacudo la cabeza y aprieto el dije mientras veo al prestamista ir de aquí a allá con un plumero en la mano.
—No.
Paso de largo frente a la tienda. No puedo venderlo. Es lo único que me queda de mi madre, de Costa de las Brasas. Es la única forma en la que puedo saber que Analla sigue viva; contiene muchos recuerdos, cosas que las palabras nunca podrán explicar.
Además, ahora las perlas son raras. Desde que Costa de las Brasas se separó de Thelanor, las perlas son más difíciles de encontrar y eso ha aumentado su valor de manera considerable. Costa de las Brasas era famosa por cosecharlas y venderlas.
«Pero, si no la vendes, Analla morirá».
Me vuelvo a detener, un suspiro de exasperación escapa entre mis labios al tiempo que los anteojos se me resbalan por la nariz. Mi labio inferior empieza a temblar y hago un gran esfuerzo por controlarlo y tragarme las emociones y el orgullo.
Por encima de mi hombro, veo que el prestamista se pone el abrigo. Por Orvena, esta es mi última oportunidad. Si no lo hago ahora no tendré tiempo suficiente para prepararme en la mañana.
Diablos. Odio a ese idiota enmascarado por obligarme a hacer esto.
Lo odio aún más porque quizá él es la única persona que ha mostrado siquiera una pizca de interés en acompañarme.
Todos los anteriores se negaron rotundamente.
No sé dónde más buscar y jamás llegaré al templo sin alguien que pueda manejar un arma.
Incluso con él es posible fracasar, pero debo intentarlo.
Si se echa para atrás, regresaré a la casa de empeños a primera hora y recuperaré mi collar.
Doy media vuelta y corro hacia la casa de empeños, pongo la mano en la manija y abro la puerta de par en par. El prestamista levanta la cabeza, alarmado.
—Estoy cerrando —me informa—. ¿Puedes regresar mañana?
—Mañana no tendré tiempo —respondo acercándome al mostrador de vidrio. Jugueteo otra vez con mi collar y dejo escapar un suspiro tembloroso—. Yo… mmm… tengo algo para vender.
El hombre arquea una ceja poblada y examina mis manos vacías.
—¿Y bien? ¿Dónde está?
Me llevo las manos a la nuca y desabrocho el collar, luego lo coloco con cuidado sobre el mostrador. El ligero tintineo sobre el vidrio bien hubiera podido ser un enorme chasquido en mi corazón.
El prestamista abre mucho los ojos y pasa la mirada del collar hacia mí.
—Más vale que no sea falsa.
Niego con la cabeza.
—No lo es.
Lo recoge, me mira con recelo y se lo lleva a la boca.
De inmediato, frunzo el ceño y pregunto:
—Por todas las sombras, ¿qué hace?
—Probando si es verdadera o no.
Hunde un colmillo saltón entre los huecos de los hilos de oro para rasguñar la perla con el diente.
Cada arañazo parte mi corazón aún más. Quiero arrebatarlo de sus manos mugrientas y correr a casa.
Fue una idea estúpida. Puedo encontrar otra cosa en mi casa para vender.
Quizá Analla tiene algunas joyas o vestidos elegantes en algún lugar de su recámara.
El hombre aleja el collar de su boca y se lame los dientes.
—Ah.
—¿Qué?
—Tengo arenilla en los dientes —explica poniendo la perla sobre el mostrador—. Debe ser real.
—¿Cuánto me puede dar por ella? —Mi voz traiciona mi tristeza.
La examina una vez más, me mira y fijamente y responde:
—Cien monedas.
¿Se está burlando de mí? Ese collar vale, por lo menos, trescientas cincuenta monedas.
—Haga un esfuerzo. Tres cincuenta.
Suelta una risita fingida.
—Dos cincuenta.
Resoplo.
—Trescientos sesenta.
—No seas ridícula —espeta.
—Escuche, esa perla es de Costa de las Brasas y tiene magia.
Quien la porta puede nombrar a cualquier persona que quiera rastrear y le dirá si está en problemas.
Se calienta tanto que no puede evitar sentirla.
Hay todo un proceso y un cántico que un hechicero puede usar para activarla, pero eso solo se lo diré si la compra.
No encontrará un collar como este en ningún lugar dentro de Los Comunes, y si está regateando conmigo de esta manera, estoy segura de que podrá vendérselo a alguien mucho más tonto que yo por el doble del precio que le estoy pidiendo.
Su sonrisa se evapora y da unos golpecitos sobre el mostrador con su dedo gordo; examina de nuevo el collar, contemplándolo; deja escapar un suspiro, se remueve inquieto y dice:
—Trescientos sesenta, es mi última palabra.
—En monedas de oro —replico.
Su rostro enrojece cuando abre la boca para decir algo, pero luego la cierra y deja escapar una risita seca.
—No eres nada tonta, ¿verdad, niña?
Cruzo los brazos sobre el pecho.
—No soy una niña. Soy una mujer. Y estoy segura de que usted desearía que lo fuera para desfalcarme.
Reprime una risa.
—Bien. Trescientos sesenta en monedas de oro. Mi última palabra. ¿Trato hecho?
Sonrío satisfecha y me yergo en toda mi estatura.
—Trato hecho.