Capítulo 4
—¡E spera! —grito conforme me acerca más a la puerta.
Jadeo y mi corazón late con fuerza. Mi pánico es diez veces mayor. Trato de mover los brazos, de liberarme, pero me tiene sujeta por completo. No puedo moverme, ni siquiera puedo retorcerme para escapar de su control.
Dioses.
—Déjala ir, Thane —dice Bolivar, quien sale de detrás de la barra y echa los hombros hacia atrás—. Ya ha tenido un día difícil.
Observo al gigante, luego al desconocido y dejo de luchar contra su control mágico.
¿Bolivar lo conoce? Mi pánico disminuye lo suficiente como para permitirme respirar profundo.
Levanto la barbilla en un intento por parecer confiada; o bueno, tan confiada como una se puede sentir cuando cuelga impotente sobre el suelo.
—Sí, Thane. —Más bien « flagelo de mi existencia » —. Suéltame. Ahora.
La puerta se abre de par en par y la manija se azota contra la pared de piedra. Echo un vistazo por encima de mi hombro hacia la calle de adoquín grasiento y al canal que divide en dos el barrio de Los Comunes y un grito se atora en mi garganta.
El « flagelo de mi existencia » no me suelta. No hasta que estoy afuera, a varios metros de la puerta. La fuerza caliente que me oprime desaparece cuando me deja caer en el piso, haciendo que aterrice directo sobre mi trasero.
—¡Auch! ¡Por todas las sombras!, ¿qué te pasa? —grito en el momento en el que la puerta de la taberna se cierra de golpe. La satisfacción arrogante en los ojos de Thane es lo último que veo—. Carajo, ¡cómo se atreve!
Me levanto, me acomodo los lentes y empujo la puerta para entrar en la taberna hecha una furia.
Como si Bolivar esperara mi furioso regreso, me detiene colocando una mano firme en mi pecho antes de que pueda poner ambos pies en el umbral.
—No vuelvas a entrar. ¿Me escuchas, Z?
Me las arreglo para esquivarlo y camino con paso firme hasta la mesa de Thane, ignorando la advertencia de Bolivar. Thane no me presta atención. Con aire aburrido limpia la hoja de su daga con el dobladillo de su capa.
—Anda, Zaira. Vamos —dice Bolivar entre dientes mientras me sigue—. No te conviene meterte con este tipo, ¿me oyes? He visto lo que puede hacer y, créeme, ese hijo de puta te matará.
Me toma del codo y me vuelve a detener.
—¡Que lo haga! ¡Lo único que hice fue pedir ayuda!
—grito, dirigiendo mis palabras al imbécil enmascarado, sin que me importe un comino quién me escuche.
A estas alturas, no tengo nada que perder—.
Todos aquí se mueren de miedo ante Seferin, pero yo no, ¡a mí no me importa si tiene secuaces o soplones en este lugar que se lo digan!
¡Lo único que quiero es recuperar a mi hermana!
Thane se paraliza. Luego, sus ojos encuentran los míos. Juro que sus iris brillantes absorben el fuego tanto como rezuman furia.
Ahí está. Ya atraje su atención. Al parecer no soy la única por aquí que desprecia a Seferin.
—Por el amor de Orvena, Z —masculla Bolivar.
—Por favor. Mi hermana va a morir en un mes si no hago algo —le suplico a Thane—. Todo lo que necesito es alguien que me cuide… que solo me escolte durante un breve viaje. Llevará dos semanas, máximo. Si parto mañana podré ir y regresar a tiempo.
—Déjala. —La voz de Thane tiene un timbre grave, profundo.
Trago saliva cuando esos ojos salvajes me examinan con detenimiento.
Bolivar resopla y me mira fijamente.
—Zaira, esta no es la manera.
Me aparto de él, devolviéndole la mirada.
—Tengo que intentarlo —sin decirle nada más a Bolivar, giro hacia Thane, ahora con más aplomo—. ¿Me puedo sentar o esta vez me vas a aventar al fuego?
Entrecierra un poco los ojos, cruza los brazos y asiente con sobriedad.
Me siento y exhalo con fuerza; me froto la frente, como si ese acto redujera mi estrés. En ese momento, la mirada de todos ejerce mucho peso sobre mí.
Miro alrededor y, por supuesto, todos nos observan.
Con lo que podría considerarse un gruñido sordo, Thane intimida a todos con la mirada, con el cuerpo tenso como un depredador listo para atacar.
Los clientes de la taberna se aclaran la garganta, se remueven de manera exagerada y se mezclan con el entorno, reanudando sus juegos de cartas y sus conversaciones ruidosas sobre cualquier otra cosa, menos lo que acaba de suceder.
—¿Cómo conoces a Seferin? —pregunta Thane directo al grano.
—No lo conozco personalmente. Mi hermana trabajaba para él, pero ella trató de robarle y las cosas… se complicaron.
Me mira con cuidado, como si pudiera sorprenderme en alguna mentira.
—Empieza por el principio.
—Mi hermana le robó un cristal a Seferin y ahora él la castiga por ello.
—¿Un cristal? —pregunta un poco molesto.
—Sí. Tuvo la terrible idea de que podía venderlo, así que trató de robarlo. La única razón por la que lo sé es porque entré a hurtadillas en su fortaleza cuando tuve el presentimiento de que algo estaba mal. Ella está allá abajo… y él le lanzó una maldición.
Siento miradas sobre mí. Volteo hacia la barra y una híbrida con plumas en los brazos aparta la vista de inmediato cuando la sorprendo mirándome fijamente.
—No te preocupes por ellos. —Echa un vistazo minucioso por la taberna—. Aunque gritaras, no te escucharían.
Me incorporo en el asiento confundida y francamente perturbada por sus palabras.
—¿Por qué no pueden oírme?
—Porque yo no quiero que lo hagan.
Agita una mano y en ese momento me doy cuenta de que un brillo dorado, casi imperceptible, nos rodea como un domo.
Trago saliva.
—Ah.
No sé cómo debería sentirme, pero algo me dice que tendría que estar aterrada. Con un dedo toco el dije de mi cadena, como si esa acción me brindara un poco de seguridad.
Entrecierra los ojos al ver mi collar antes de subir la mirada hasta la mía.
—Continúa.
A pesar de que mi estómago da vuelcos, hago lo que el hombre me dice.
—Bien, entonces… mmm… Ella está atrapada, maldita, y morirá en los próximos treinta días si yo no hago algo.
Espero que Thane haga algún comentario, que muestre un poco de empatía por mis infortunios, pero no lo hace.
Más bien, parece aburrido. Hace girar despacio su daga, formando círculos en la superficie de la mesa y observa cómo la hoja da vueltas.
—En fin, le pedí ayuda a algunos hechiceros para romper el hechizo; al parecer, la única manera en la que puedo contrarrestar uno tan poderoso como este es si voy al Templo de Elfar en busca de cierta piedra.
—Una piedra de prosperidad.
Deja de hacer girar la daga pero no me mira.
—Sí —asiento.
Se recarga en el respaldo de su silla, vuelve a hacer girar la navaja y con una seña me indica que continúe.
—He estado preguntando sobre el templo y es un trayecto demasiado largo como para que lo haga sola. —Y por lo visto es imposible llegar, pero eso lo dejo de lado—. Tengo que cruzar algunos reinos bastante hostiles.
Entre nosotros se instala un silencio.
Nada. Ningún ofrecimiento caballeroso para ayudarme ni nada. Solo indiferencia mientras mira la hoja que hace girar de nuevo, más despacio.
—No sé mucho sobre los territorios fuera de Meriva —continúo—, así que necesito protección.
Si puedo conseguir una de esas piedras a tiempo, puedo escabullirme en la fortaleza de Seferin, darle la piedra a mi hermana y, una vez que la tenga en su posesión, el maleficio se romperá.
Después de eso, la saco de ahí y huimos.
—¿Cómo se llama el cristal que tocó? —pregunta Thane, sosteniendo la daga por la empuñadura como si ninguno de los otros detalles importara.
—No… no sé. Era de color índigo.
Los pocos rasgos que puedo ver del rostro de Thane se endurecen.
—Lifanet. —Me mira y parpadea antes de que su mirada aterrice en el saquito de monedas—.
Si Seferin maldijo la piedra y tu hermana es mortal, entonces es cierto.
Morirá y pronto. Los lifanetes son cristales de un solo uso que crean un buen vínculo con las maldiciones sobre mortales y no se pueden deshacer hasta que absorben toda la energía y el alma, lo que normalmente lleva casi un mes.
Existen cristales que se pueden usar para que el trabajo sea más rápido, pero es evidente que quiere hacerla sufrir.
La boca se me seca más con cada palabra que dice.
—Entonces, ¿está sufriendo mucho?
—Es más que probable.
—Pero aún no está muerta —mascullo entre dientes. Quizá esa es la razón por la que la perla está ardiendo. Una oleada de náuseas me asalta y cierro los ojos. Nunca había sentido tanto miedo por Analla—. Eso no está bien. No debería hacerle esto.
—Pues lo está haciendo. Y una vez que absorba todo, es muy probable que tome su alma y la utilice… o la venda al hechicero que sea el mejor postor.
—¿Y qué podrían hacer con su alma?
—Usarla para cualquier cosa que quisieran.
—¿Como qué?
—Muchas cosas.
—¿Podrías ser más preciso? —pregunto, tratando desesperadamente de no sentirme frustrada por su vaguedad.
Suelta un suspiro irritado.
—No sé, podrían devolverle la vida a alguien que está muriendo o que ya está muerto. Es probable que la mayoría solo la use para potenciar su propia magia.
Trato de que mi reacción no sea evidente, pero por dentro mi corazón golpea mis costillas y siento náuseas. Me sujeto con fuerza al borde de la silla para mantener el equilibrio.
—Pero una de las piedras de prosperidad en Elfar puede salvarla —le recuerdo—. Pueden romper cualquier maldición.
—Es una posibilidad —responde Thane reflexionando—. Pero no es probable que suceda. Esas piedras son difíciles de obtener. Muchos han tratado de cruzar Aguas Poco Profundas para llegar al Templo de Elfar y la mayoría ha muerto en el intento.
—No me importa. —Exhalo de manera ruidosa para reprimir las náuseas lo más posible—. Es mejor que no hacer nada.
Por supuesto que puedo decir eso, pero ahora todo mi cuerpo tiembla al solo pensarlo.
He escuchado relatos sobre Aguas Poco Profundas. Solo pensar en ese lugar es aterrador. Circulan muchas historias de horror sobre bestias despiadadas, trampas y otras crueldades. El lugar está abandonado por una razón.
Meto las manos entre mis muslos para que Thane no las vea temblar.
—¿Siquiera sabes pelear?
Frunce el ceño, parece ofendido.
—Quiero decir, ¿qué tan hábil eres? Por lo que veo, no vale la pena contratarte.
Tensa la mandíbula.
—Hay una razón por la que nadie en este lugar se ha molestado en verme a los ojos; bueno, nadie excepto tú. Pero tú eres ingenua, tonta y es obvio que no entiendes los peligros de este mundo, así que supongo que eso juega a tu favor.
Le lanzo mi mirada más severa.
—Entonces, ¿tú eres el hombre de negro del que todos hablan?
No responde mi pregunta. No tiene que hacerlo, puedo percibirlo. El peligro está escrito en su rostro.
—¿Me ayudarás a llegar o no? Solo necesito que alguien me cuide las espaldas. Eso es todo. De lo demás, como el alojamiento y la comida, me encargo yo.
Entrecierra un poco los ojos mientras me analiza. Luego, toma el saquito en su mano enorme y deja caer las monedas sobre la mesa, que chocan entre sí con un tintineo.
Después de contarlas dice:
—Duplica la paga y te ayudaré. Y que sean solo monedas de oro.
—¿Q… qué? —El estómago se me hunde—. Pero… yo no tengo tanto dinero. —Señalo las monedas—. Esto es todo lo que tengo ahora. Son por lo menos sesenta platas… y mira. —Levanto una de las de oro—. Oro. Aquí hay cinco monedas de oro.
Se reclina en su asiento.
—Si esto es todo lo que tienes, no puedo ayudarte. Necesitaré más que esto si voy a arriesgar mi vida por la tuya.
—Por favor —le suplico—. Se trata de mi hermana. Sé que es arriesgado, pero… por favor. Me pediste los detalles por una razón. Es evidente que tú también odias a Seferin.
Esta vez no reacciona al escuchar el nombre de Seferin. En su lugar, levanta una mano y le hace una seña a Bolivar para que se acerque. El domo de privacidad se evapora.
Bolivar avanza hacia nosotros con mucha reticencia.
—¿Qué quieres?
Thane toma unas monedas de la mesa, mis monedas, y las desliza hacia Bolivar.
—Cerveza y fideos.
Bolivar tensa la mandíbula mientras recoge las monedas. Cuando está fuera de alcance y no puede oírnos, me vuelvo a concentrar en Thane; él ya me está mirando.
—Duplica la paga y tráemela en la mañana a esta taberna. Solo monedas de oro. Hazlo y te llevaré a Elfar por una de las piedras —asegura—. Si no lo haces, que el alma de tu hermana descanse en el Reino de Cristal, con Orvena.
Empujo la silla hacia atrás al tiempo que la rabia recorre mis venas como veneno; todos me voltean a ver cuando las patas raspan el suelo.
—Eres un imbécil, Thane.
Por primera vez desde que entró a la taberna, se baja el pañuelo que le cubre medio rostro.
Tengo que contenerme para no dejar escapar un gritito al ver su inesperado mentón anguloso y sus labios carnosos y sensuales.
Una cicatriz oscura recorre su mejilla izquierda hasta la sien, mientras que otra marca el lado derecho de su labio superior hasta la barbilla.
Uf.
Es endemoniadamente apuesto y lo odio aún más.
—Fuiste tú quien se acercó a este imbécil esperando que arriesgara la vida. —Los ojos de Thane lanzan chispas doradas como una clara amenaza contra mí, y solo contra mí—. Duplica la paga y tráela en la mañana, o déjame en paz.
Bolivar regresa con una cerveza y un tazón caliente de caldo de gallina con fideos. Thane no tarda en levantar el tarro de metal. La espuma se derrama sobre sus dedos cuando inclina el borde hacia su boca. Le da unos sorbos, indiferente a mi enojo.
No va a cambiar de opinión sobre el dinero. Esta certeza me hace contener lágrimas de frustración porque no tengo esa cantidad y no estoy segura de a quién más recurrir. ¿Quién más podría ayudarme?
Me aclaro la garganta, junto las monedas y las vuelvo a meter al saquito.
Mis ojos se vuelven a llenar de lágrimas cuando levanto mi mochila y salgo furiosa. En la salida, jalo de un tirón mi abrigo de lana que está colgado en uno de los percheros y me apresuro a salir del lugar antes de que acabe golpeando a ese hechicero estúpido.