Capítulo 3
—Z aira —dice Bolivar como advertencia.
Lo ignoro, paso frente a la chimenea y me acerco al otro lado de la mesa donde está sentado el hombre misterioso. Dejo caer el saquito en el centro de la mesa y las monedas repiquetean de forma desagradable. Aunque estoy temblando, lo miro directamente.
Él o bserva el saquito. Luego frunce el ceño y despacio levanta la mirada para encontrar la mía.
—Hola —digo con voz quebrada.
Su ceño fruncido se acentúa.
«Carajo». ¿En qué estaba pensando? Quiero decir, este tipo sí es en verdad escalofriante de cerca.
Creo que son sus ojos, sus iris ámbar que se arremolinan con manchitas café oscuro.
Son más salvajes de lo que había esperado, sobre todo ahora que el fuego de la chimenea se refleja en ellos.
O tal vez es la mueca obvia que se disimula bajo el pañuelo.
El lado positivo es que tiene una piel muy bonita. Morena clara con matices bronceados y poros cerrados. Analla mataría por tener la piel tan tersa como la de él.
—Soy Zaira Quinlocke —me presento, presionando las palmas contra mi pecho—. No me conoces y no importa, pero pareces ser el tipo que obtiene lo que quiere, y como usas coraza de cuero y esas espadas tan geniales, supongo que no le temes a una buena pelea.
Las palabras salen de mi boca como vómito. Debería callarme, pero no puedo. No ahora. Tengo que llegar al final.
—Apuesto que has visto muchos de los reinos en Thelanor —agrego— y por suerte, en este momento alguien así me vendría muy bien.
Su mirada es intensa.
Vuelvo a tragar saliva y jalo la silla que está frente a él para sentarme.
Antes de poder hacerlo, él se endereza y de pronto una daga se materializa en su mano derecha.
La sacó de la nada con más rapidez que un parpadeo.
Apretando el mango con fuerza, golpea la mesa con él haciendo resonar los cubiertos y mis monedas.
Observo fijamente sus guantes sin dedos negros mientras él ladea un poco la cabeza en espera de mi siguiente jugada.
Mi corazón late con fuerza; respiro hondo y tomo asiento.
Si no supero el miedo lo lamentaré. Aunque sea una tonta y él decida matarme en este instante, estoy dispuesta a aceptar ese destino porque, si Analla muere, más valdr ía que yo muriera también.
Pero mi colgante sigue caliente, así que debe estar viva.
La necesito y haría cualquier cosa por ella; al parecer, incluso soy capaz de coquetear con un desconocido de aspecto despiadado y mirada asesina.
—Mira, estoy segura de que en este momento quieres matarme por haber invadido tu espacio, así que discúlpame por eso, pero he escuchado que la gente habla de ti. Los hombres como tú no van por ahí vestidos con coraza y portando espadas a menos que realicen ciertas… labores.
Esta última parte la digo en un murmullo.
Me dirige una mirada de advertencia, como si insistiera que dejara de hablar de inmediato. Tanto él como yo sabemos que no tengo que decir en voz alta en qué consisten esas labores.
Cazarrecompensas. Secuestro. Robo. Asesinato. Y la lista sigue.
No estoy segura de todo lo que hace, ni siquiera si se trata del hombre correcto vestido de negro; quiero decir, mucha gente se viste de negro, pero al menos él debe saber pelear y protegerse, de lo contrario, todo su atuendo es inútil.
—No hablas mucho, ¿verdad?
Una risa nerviosa brota de mi boca y volteo a ver a Bolivar, cuyas fosas nasales están dilatadas.
Recarga las palmas de las manos sobre la barra como si esperara que me cortaran la garganta en cualquier momento.
Miro detenidamente a mi alrededor; todos los presentes, desde los híbridos hasta los humanos, encantadores y hechiceros, esperan el mismo resultado.
Sí. Estoy muerta.
Me muevo para darle la espalda a nuestro público y bajo la voz de modo que solo el hombre que tengo enfrente pueda escuchar mis palabras y ver mi rostro.
—En fin. No importa. Mira, la cuestión es que mi hermana está metida en un lío y ahora pesa sobre ella una maldición.
Necesito viajar a un lugar fuera de Meriva para obtener algo que al parecer la puede ayudar, pero no sobreviviré si voy sola.
Ahora bien, no estoy segura de lo que tú puedes hacer, pero sé que si cuento con alguien que pueda protegerme en el camino, quizá lo logre.
Y si esa persona no eres tú, quizá conozcas a alguien que pueda estar interesado y me digas dónde encontrarlo.
Tengo que intentarlo por ella, y te daré todo el dinero que tengo.
—Le acerco más el saquito—. Estoy desesperada …
te ruego que por favor me ayudes. O que me digas quién puede hacerlo.
Ni siquiera se molesta en ver el saquito; en su lugar, su mirada intensa me atraviesa.
En ese momento, antes de que yo pueda parpadear otra vez, levanta la otra mano y gira rápidamente la muñeca. En las yemas de sus dedos aparecen unos hilillos dorados; al instante, algo apretado y caliente me envuelve y me levanta de la silla.
—Vete al carajo —masculla.
¡Guau! ¿Las primeras tres palabras que le escucho decir son «Vete al carajo»? Qué insultante.
Contengo el aliento y miro hacia mis pies, que cuelgan unos centímetros por encima del piso de madera.
Mi cuerpo se mueve sin mi consentimiento.
Me lleva un momento asimilarlo todo, pero eso no impide que mi corazón lata a toda velocidad ni que el pánico se apodere de mi garganta.
Estoy flotando y me alejo de él, atada por una fuerza invisible e incapaz de liberarme.
«Por el amor de Orvena ».
Además de infundir miedo, ¿también es un hechicero?
Aunque odio la manera en la que me está maltratando con su magia, ahora me siento mucho más obligada a convencerlo de que me ayude.
¿Por qué? Porque la magia ofrece el doble de protección, aunque no estoy muy segura de que él la use con virtud, de acuerdo con las enseñanzas de Orvena.
No importa. Tal vez he bebido demasiado y no estoy pensando bien las cosas, pero aun así quiero su ayuda. La magia es buena. Y es una ventaja que necesito en este momento. Solo tengo que razonar con él.
Sin embargo, resulta que es más fácil pensarlo que hacerlo.
El hombre enmascarado no me devuelve a mi asiento como yo esperaba.
La taberna se llena de gritos sofocados mientras los clientes observan cómo lucho contra ataduras invisibles; hasta ahora me doy cuenta de que me está haciendo flotar hacia la salida.
Demonios.