El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Ahora entiendo por qué Bolivar quiere que baje la voz. Con la nariz hundida en los volúmenes no me había dado cuenta de que había tantos aquí esta noche.

—Juro que lo vi —murmura un hombre cuando pasa a mi lado acompañado de un amigo, con tarros llenos de cerveza en las manos—. Estaba cerca del canal, ahí parado. Parecía listo para matar a cualquiera que lo hiciera enfadar.

—Escuché que ya había masacrado a tres hombres en Garra Roja —agrega el amigo.

Observo mientras los hombres se sientan en una mesa en un rincón al otro extremo de la taberna y dan grandes tragos a su cerveza entre su extraño chismorreo.

Esta noche ha habido muchos rumores sobre un hombre vestido de negro que se pasea por Meriva. Todos parecen asustados cuando hablan de esta persona. Un viajero dijo que este hombre solo sale de su escondite cuando está en busca de sangre, y que derramarla es lo que mejor sabe hacer.

Al principio ignoré estos chismes, pero ya llevo aquí mucho más de tres horas y, quien quiera que sea ese desconocido, tiene a todos muy alterados.

Si es verdad que acecha ese peligro, quizá debería recoger mis cosas y marcharme; pero, por otra parte, ¿qué importa, si mi hermana va a morir y quizá yo también si intento salvarla?

Bolivar regresa a mi mesa con un plato y un pequeño vaso de agua en la mano. Coloca ambos en un lugar vacío sobre la mesa y los desliza en mi dirección.

—Imaginé que esto te ayudaría a recuperar la sobriedad o al menos a alegrarte. Lo que más necesites en este momento.

Salivo al ver el dulce hilo dorado que se adhiere a la rebanada del pan de miel. Hundo los dedos en su esponjoso centro amarillo. Todavía está caliente. Su amable gesto me hace sonreír.

—Gracias, Bolivar.

Asiente en mi dirección y se marcha otra vez hacia la barra.

Le doy una mordida al pan y lanzo un gemido de placer cuando la dulzura de la miel estalla en mi lengua.

Amo el pan de miel. Ahora es muy difícil conseguirla…

la miel, quiero decir. Cada vez que Bolivar compra una jarra, hornea una hogaza y vende cada rebanada en una moneda de oro, la misma cantidad que nosotros cobramos en la panadería cuando tenemos la suerte de conseguir miel.

Los híbridos que están al fondo se hacen más ruidosos, y los encantadores y humanos se unen a ellos.

Los examino a todos. Lo único que necesito es una persona que me guíe hasta Aguas Poco Profundas.

Sabré quién es la persona correcta cuando la vea.

En parte, esa también es la razón por la que estoy en la taberna esta noche.

Muchas personas, sobre todo los mercenarios, exhiben públicamente sus trajes de combate y sus armas, y a la mayoría les encantan las tabernas calientes con mucha cerveza.

Casi ninguno de los que están aquí lleva espada. Y para ser francos, todos parecen un poco… tontos.

Ninguno me servirá.

Mientras le doy otra mordida al pan, tratando de no sentirme derrotada, la puerta de la taberna se abre de pronto y una ráfaga fría se filtra al interior.

A pesar del fuego que arde en la chimenea a poca distancia, el frío me envuelve y se mete bajo mi ropa.

Tirito y eso por sí solo parece una advertencia.

Entonces lo veo. Está vestido exactamente como el tipo de persona que busco: todo de negro, lleva una coraza de cuero, botas gastadas y capucha amplia hasta los hombros. Un silencio lo sigue hasta la barra.

La parte inferior de su rostro está oculta bajo un pañuelo, un accesorio habitual de los soldados y guerreros que desean esconder sus expresiones durante el combate.

Como trae capucha, todo lo que puedo advertir son sus ojos que miran hacia abajo.

A su espalda, erguidas y alerta, sobresalen las empuñaduras de dos espadas, y lleva otra enfundada a la cintura.

La coraza de cuero es lo que más llama mi atención.

La mayoría de las personas que las usan lo hacen porque son más cómodas que una armadura de acero.

Elaboradas con piel gruesa y polvo de alvanita como relleno, brindan una capa firme sobre el cuerpo que es más difícil de penetrar.

Su única protección es un chaleco, por lo que debe ser capaz de soportar un golpe al tiempo que blande la espada.

El alboroto que había detrás de mí cesa al instante y todas las miradas se dirigen hacia el hombre misterioso.

Al bajarse la capucha deja al descubierto su cabello de rizos oscuros y apretados que se elevan hacia la parte superior de la cabeza, en tanto que los lados están rasurados en forma de cuchillas afiladas.

Recorre la taberna con la mirada mientras avanza, y el metal de sus botas suena con cada paso metódico y contundente.

Los dos hombres que chismorreaban en un rincón se levantan de un salto y abandonan su cerveza cuando el hombre se dirige hacia ellos.

Esquivando a un grupo de mesas que están ocupadas, se apresuran a llegar a la puerta para salir de la taberna.

El hombre enmascarado toma el respaldo de una de las sillas que ahora están vacías y la arrastra hacia atrás antes de desplomarse sobre ella como una piedra.

Con la boca llena de miel y de pan, parpadeo y desvío la mirada hacia todos los demás. La mayoría evita verlo a los ojos, mientras otros le dan la espalda por completo. Incluso Bolivar está atento y examina al hombre con recelo, sin dejar de servir cerveza en un tarro de metal.

Nunca había visto a esta persona enmascarada; sin embargo, todos en la taberna están demasiado temerosos como para siquiera echarle un vistazo. Debe ser él: el hombre de negro del que todos hablan. Y si es tan letal como dicen, quizá sea justo la persona a la que estoy buscando.

Me pregunto si puedo pagarle por su protección…

A medida que asimilo esta idea, cierro todos los volúmenes que están en la mesa y los meto en mi mochila. Hurgo en mi bolsa y saco un pesado saquito de monedas. Me limpio la boca con la manga de mi túnica color marfil y me levanto.

Inhalo, exhalo y asiento.

—Bien. Manos a la obra.

Me armo de toda la confianza posible y me abro camino hacia el siniestro hombre que, si los rumores son ciertos, podría matarme antes de darme la oportunidad de formular una palabra.

Pero ¿qué tengo que perder?

Es hora de hacerle una propuesta.