El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

L o más ridículo de esta maldición es que todos los mortales en el Reino de Cristal saben que nunca se debe intentar engañar a un hechicero Sombrío; en particular al que siempre lleva con él artefactos malditos, como si fueran monedas sueltas.

Pero claro, siempre existe una Analla Quinlocke, que está convencida de que su belleza la vuelve invencible.

Dejo escapar un suspiro desde el fondo de mi ser. Sin dejar de avanzar, me acomodo la correa de la mochila en el hombro; está repleta de los pesados volúmenes que tomé prestados del Archivo Dorado, contienen algunos de los mejores conocimientos de todo Thelanor.

Elegí cada volumen de manera deliberada: hechizos, magia, maldiciones… incluso magia negra prohibida. Los anteriores libros que tomé prestados no fueron de mucha ayuda, así que los cambié.

Han pasado tres días sin apenas respuestas; así que esta noche requiere una sesión de estudio diferente que involucre algunos tarros de cerveza.

Conforme me acerco a la taberna del Cristal Inclinado, el perro café de Bolivar husmea cerca de la puerta.

Me animo al ver a Migaja.

Cuando el perro desaliñado advierte mi presencia, menea la cola de inmediato y corre hacia mí. Río y dejo caer la mochila en el piso con un golpe sordo, para poder arrodillarme y hacerle algunas caricias detrás de la oreja.

—Hola, Migaja —lo saludo—. ¿Qué haces aquí afuera en el frío?

Hunde su hocico en un hueco de mi abrigo y olisquea, entusiasmado como siempre por lo que le espera.

—Okey, okey. Tú ganas.

Sonrío, hurgo en el bolsillo de mi abrigo y saco una servilleta con varias galletas para perro que tomé de la panadería. Las hago especialmente para él cuando sé que voy a ir a la taberna.

—Toma —agrego—. Todas tuyas, amigo. —Las dejo en el suelo, segura de que lamerá hasta la última migaja, de ahí su nombre.

Acaricio el suave pelaje de su lomo unas veces más, con la esperanza de consolarme con este momento; sin embargo, con un suspiro tomo mi mochila y entro al calor de la taberna. Migaja trota detrás de mí.

Como siempre, la taberna está muy animada.

Mortales, hechiceros e híbridos por igual se congregan alrededor de las mesas de madera pegajosas. Conforme me adentro más y paso frente a un grupo que juega cartas, el calor de una gran chimenea calienta mis mejillas y siento que mi cuerpo se descongela poco a poco.

Veo a Bolivar detrás de la barra, sirviendo tarros de cerveza. Me saluda con la cabeza y yo agito la mano para devolverle el gesto. Encuentro una mesa en un rincón del lugar, coloco la mochila en el piso y saco el primer volumen, lista para lidiar con él.

Me acomodo frente a una de las mesas empotradas a la pared y Migaja se acurruca a mis pies. Sonrío. Al menos tendré compañía durante otra noche de atenta lectura de estos libros polvorientos.

—Debe haber otra manera —mascullo mientras paso un dedo por el borde del tarro de acero.

Estudio el cuaderno en el que he escrito lo nombres de todos los hechiceros con quienes he hablado de la maldición de Analla. Son cinco y ninguno puede ayudarme. Bueno, debo reformular esa frase: ninguno ha querido ayudarme. Todos tienen miedo de enfrentarse a Seferin.

Me inclino hacia adelante, perdida en mis pensamientos, hasta que mi codo se resbala sobre el borde de la mesa. Me incorporo con un sobresalto y me enderezo, parpadeando con fuerza.

Recorro toda la taberna con la mirada para asegurarme de que nadie fue testigo de mi estupidez. Migaja se da cuenta, por supuesto. Sigue acostado en el piso junto a mí y alza la cabeza para observarme.

Alguien más también lo advierte: un h í brido con piel gris de reptil y una cabeza calva de tamaño descomunal que está sentado en la mesa contigua.

Su lengua culebrea entre sus labios al tiempo que su gruesa cola golpea la desvencijada silla de madera.

Esboza una sonrisa fantasmal mientras concentra sus ojos serpentinos de pupilas verticales en mí.

Fuerzo una sonrisa, haciendo un esfuerzo por no estremecerme. Los híbridos reptiles siempre me ponen nerviosa. Literalmente, se comen a sus propios hijos si es necesario para salir adelante.

Por fortuna, Bolivar aparece cerniéndose sobre mí como el gigante que es.

Nunca le había prestado demasiada atención a la altura del semigigante propietario de la taberna hasta ahora…

ni a lo atractivo que pudiera resultarle a Analla, con su barba espesa y la arracada negra en la oreja.

Pero tampoco es que pase muchas noches sola en el Cristal Inclinado, ahogando mis penas en alcohol.

—Creo que ya fue suficiente para ti —dice Bolivar echando un vistazo a mi tarro vacío.

Supongo que no solo fueron Migaja y el híbrido quienes advirtieron mi ligera borrachera.

—Solo me tomé tres —respondo con mala cara, recargándome contra el cuero desgastado de mi asiento—. No estoy borracha, B —callo—. No lo suficientemente borracha —aclaro.

Arquea una de sus cejas oscuras.

—No sé si quiero saber por qué estás bebiendo tanto, Zaira.

—Bueno, se necesita mucha cerveza para aceptar que tu hermana hizo la tontería más grande del mundo y acabó con una maldición encima y encerrada en un calabozo en la fortaleza de Seferin.

Sobre todo cuando el plan para salvarla podría ser mortal.

—Me encojo de hombros—. Aunque también podría simplemente matar al mencionado hechicero y hacer la vida un poquito más fácil para todos.

—Si lo intentas estarás muerta antes de siquiera tener la oportunidad de mirarlo a la cara.

Bolivar se rasca la barbilla y sacude la cabeza. Recorre con la mirada la taberna poco iluminada y aprovecha la breve calma para sentarse al otro lado de la mesa, en la banca frente a la mía.

Migaja aprovecha la oportunidad para levantarse y descansar el hocico sobre el regazo de Bolivar.

—Sé que estás alterada, pero tienes que bajar la voz cuando hables de Seferin aquí —dice acariciando la cabeza del perro.

—¿Por qué tendría que hacerlo? —espeto.

Frunce el ceño al mirarme como si me hubiera vuelto loca.

Miro a Bolivar con aire de disculpa. Sé que me estoy comportando de manera absurda, pero estoy casi borracha, lo que significa que soy más atrevida que de costumbre. Además, me siento frustrada y no puedo evitar decir la verdad.

—Seferin tiene contactos en todo Meriva.

—Bolivar hace un gesto hacia la izquierda—.

Estoy seguro de que aquí hay gente pagada por él.

Si te oyen mencionarlo, se lo dirán y vendrá a buscarte.

Entonces acabarás en ese calabozo igual que tu hermana, o peor.

No es alguien con quien te conviene meterte, Zaira.

—¿Por qué no le dijiste eso a ella?

Mis ojos arden por las lágrimas, pero me muerdo el labio inferior para evitar que se derramen.

No más lágrimas.

Ajusto el armazón de mis lentes para esconder mis ojos llorosos y alzo la barbilla. Llorar no salvará a mi hermana, pero un plan, sí, y ya tengo el esbozo de uno.

Señalo mi tarro vacío.

—Otra, por favor. Estoy a punto de descubrir cómo salvar a mi hermana, y es muy posible que también al mundo entero, si logro resolver la logística.

—¿Y cuál es ese descubrimiento? —pregunta Bolivar, uniéndose a mi sarcasmo.

—Bueno, ya te había contado que he hablado con algunos hechiceros sobre la maldición de Analla.

Y ninguno quiere ayudar, sin embargo, uno de ellos me dijo que si estoy muy desesperada, busque una de las piedras de prosperidad en el Tempo de Elfar.

Al parecer, las piedras de prosperidad pueden romper cualquier hechizo.

Podría encontrar una de esas, volver a escabullirme a la fortaleza de Seferin y usar la piedra para acabar con el maleficio.

Todo lo que necesito es encontrar a alguien que esté realmente dispuesto a guiarme y protegerme en el camino que nos lleve hacia ahí.

Los rasgos de Bolivar se vuelven tan duros como una piedra.

—¿El Templo de Elfar? ¿En Aguas Poco Profundas?

Trueno los dedos y lo señalo con el índice.

—Ese mismo.

—¿Te has vuelto loca? —su pregunta es dura y virulenta. Incluso deja de acariciar a Migaja para mirarme incrédulo. Migaja gimotea—. Acercarse a Aguas Poco Profundas es un acto suicida, Z. Nadie en su sano juicio te acompañaría.

Parpadeo unas cuantas veces en su dirección, sin saber qué decir.

El cambio en su estado de ánimo no debería sorprenderme.

Sé que Aguas Poco Profundas es un lugar peligroso, por ese motivo estoy tratando de pensar en otro plan.

Sin embargo, nunca lo había visto así, tan serio y atemorizado.

Al parecer, Seferin tiene a todos agarrados por el cuello.

Los ojos y los hombros de Bolivar se suavizan cuando me mira.

—Escucha, siento mucho lo de Analla. Sé que es tu hermana, pero no puedes salvar a todo el mundo, Z.

No deberías arriesgar tu vida por sus errores.

Te acompañaré a casa cuando acabe mi turno.

Por ahora, quédate quieta. —Echa un vistazo rápido por la taberna y agrega en un murmullo—: Y, por el amor de Orvena, deja de decir tonterías sobre Seferin.

No quisiera que murieran las dos hermanas Quinlocke.

El gigante se aparta de mi mesa con un gruñido, no sin antes recoger mi tarro para llevárselo. Migaja le pisa los talones, meneando la cola.

Diablos. De verdad quiero otra cerveza.

Una oleada de gritos y risas roncas se eleva a mi espalda. Me asomo por un lado del respaldo de mi banca y veo a un grupo de híbridos que están jugando cartas. Junto a ellos hay una mesa de mortales y encantadores que también tienen una baraja.

Uno de ellos hace levitar un plato y sonríe, como si hubiera llevado a cabo el encantamiento más espectacular en todo Thelanor. Chasqueo la lengua. Es para lo único que sirven los encantadores: trucos baratos.

Hasta ese momento advierto a las personas que están apartadas en los nichos. Todas llevan un broche de cristal translúcido rodeado de metal grabado con sigilos. Ese prendedor particular indica exactamente lo que son: hechiceros.