El caos de los mortales (Mayhem 1) Capítulo 1
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El caos de los mortales (Mayhem 1)

El caos de los mortales (Mayhem 1)

Por Shanora Williams

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Capítulo 1

M ientras amaso la mezcla, siento una intensa oleada de calor que nace en el pecho.

Jadeando, levanto las manos de inmediato para desabrocharme el collar y luego lo dejo caer sobre la barra cubierta de harina, como si estuviera vivo.

Miro fijamente el dije de perla que cuelga de la cadena de oro, la perla que ahora está ardiendo.

Algo le pasa a Analla.

El dije está impregnado de magia y vinculado con mi hermana, me dice lo que las palabras no pueden. Cuando está tibio significa que está molesta, que está lidiando con problemas que puede solucionar; pero si arde…

Siento un nudo en la garganta y el pulso me zumba en los oídos cuando comprendo la situación: si está ardiendo quiere decir que está en verdadero peligro.

Ya estaba preocupada porque anoche no llegó a casa; de hecho, tampoco lo hizo las dos noches anteriores. Nunca se queda tanto tiempo en el trabajo, no sin antes avisarme.

Así que, en efecto, es posible que esté en peligro. Y si es el caso, solo puede estar en un lugar: la fortaleza de Seferin.

Seferin, el hechicero más corrupto de todo el reino, vive en las afueras del Imperio de Meriva.

Me limpio al instante la masa pegajosa de los dedos, meto el collar en uno de los bolsillos de mi pantalón y tomo mi bolsa. No le digo a la otra panadera a dónde voy, a pesar de que me llama cuando salgo volando de la panadería.

Ni siquiera me detengo a pensar.

Simplemente, me voy.

Al llegar al límite del bosque, el sol ya empieza a hundirse detrás de la línea de los árboles, y una gélida sensación de terror repta por mi espalda a cada paso. Repito mentalmente las palabras que Analla me ha dicho varias veces: «Nunca vayas a su fortaleza » .

Al demonio con las advertencias. Necesito saber si está bien. ¿Y si es una falsa alarma? ¿Y si la magia del dije estuviera mermando, como me advirtieron que podría pasar?

Sí, era una posibilidad, pero necesitaba estar segura.

El ascenso me lleva casi una hora. Me duelen los pies y me arden los pulmones, pero no disminuyo el paso hasta que veo la silueta familiar de la fortaleza de Seferin: tres pisos de ladrillo negro coronados por un domo que se eleva entre las copas de los árboles.

El Nido de la Sombra.

Usa este lugar como un club privado y exclusivo al que solo se puede acudir con invitación. Así el hechicero encubre su corrupción, su última pizca de mortalidad, su manera de hacer que la gente crea que él es uno de nosotros… aunque con un lado más oscuro.

Solo había estado aquí una vez, cuando ayudé a Analla a traer provisiones.

Era su primera semana de trabajo como Doncella de la Noche.

Ese día, vi cosas que me pusieron los pelos de punta, cosas que aún no puedo poner en palabras.

Mi hermana me hizo jurar que nunca regresaría; sin embargo, heme aquí.

Me acuclillo detrás de un árbol y exploro con la mirada el área que tengo frente a mí. Como la luz del sol sigue iluminando el cielo, los guardias del hechicero que normalmente patrullan el terreno han bajado sus defensas. Después de todo, la noche le pertenece a los monstruos.

Tras asegurarme de que no hay moros en la costa, salgo disparada a campo traviesa y rodeo un lado de la construcción. Una puerta entreabierta me permite ver la cocina. Le doy un empujoncito con la punta de la bota y entro.

Al doblar el corredor una cocinera me da la espalda, encorvada sobre el fogón. Aprovecho la oportunidad para escabullirme por la cocina y llegar al pasillo, pero acabo topándome con alguien más.

«Carajo».

Es alta y excepcionalmente delgada, lleva un atuendo de piel de una sola pieza, que se pega a cada ángulo de su cuerpo.

Me toma con fuerza por el brazo antes de que pueda escaparme y me jala hacia ella.

—¿Quién eres? —pregunta—. No te había visto antes.

—Perdón. Solo estoy buscando a mi hermana —respondo con voz temblorosa—. Trabaja aquí. Solo quiero saber cómo está.

La mujer entrecierra los ojos y la tensión en sus rasgos se suaviza mientras estudia mi rostro.

—¿Tu hermana? —repite.

Asiento y trago saliva para pasar el grueso nudo que tengo en la garganta. ¿Me va a llevar arrastrando hasta Seferin? ¿Ella misma me matará?

—Analla… —digo.

—¿Analla?

En su rostro advierto que sabe de quién hablo y afloja la mano. Abro los ojos aún más.

—¡Sí! —murmullo, asintiendo con entusiasmo—. ¿La conoces?

Me suelta de inmediato y dirige la mirada al final del pasillo.

—Tienes que irte.

Me paralizo, aunque todo mi ser me dice que debo hacerle caso.

—¿Dónde está?

—Mira, te estoy diciendo que tienes que irte. Si alguien más se entera de que eres su hermana, te encerrarán como a ella.

«¿Encerrarme?».

Siento un nudo en el estómago cuando da media vuelta para marcharse.

—Oye, ¡espera! —le ruego—. Si está aquí, en algún lugar, ¿podrías llevarme hasta ella? No me importa lo que pase. Necesito verla. Por favor.

La mujer se detiene, inclina la cabeza y deja escapar un largo suspiro. Luego, mira hacia ambos extremos del largo pasillo antes de acercarse a mí otra vez.

—Está bien —refunfuña—. Te llevaré, pero debes permanecer en silencio.

Asiento y la sigo. Avanza con pasos rápidos por el corredor, luego giramos en una esquina y llegamos a una puerta roja, que ella señala.

—Está allá abajo, en las mazmorras. —La mujer tensa la mandíbula y da un paso atrás—. De ahora en adelante, estás sola.

La boca se me seca más. La mujer parece asustada mientras retrocede.

—Gracias —le digo al tiempo que pongo la mano en el picaporte.

—Tienes suerte de que Analla me cayera bien.

Y con esas palabras, se va apresurada.

Parada frente a la puerta, hago girar el picaporte y abro despacio. Abajo se extiende la oscuridad, perturbada solo por esferas rojas que flotan, brillando sobre una escalera resbaladiza. Se me hace otro nudo en la garganta. Trato de tragar saliva cuando bajo el primer peldaño.

La penumbra me engulle cuando al fin llego al pie de la escalera, pero encuentro un poco de alivio cuando giro en la esquina y veo otra hilera de linternas flotantes.

Avanzo más rápido. A cada paso el aire se vuelve más frío, más pesado, más denso, podrido y húmedo.

Un olor asqueroso me provoca una arqueada.

«Dioses». Debería regresar. Ni siquiera sé hacia dónde me dirijo. Esa mujer podría estar mintiendo. Quizá iba directo a una trampa.

«Pero ¿y si Analla está aquí?».

Esa pregunta apenas murmurada me hace continuar.

El corazón me late con fuerza, pero sigo avanzando; paso varias celdas que están ocupadas por prisioneros cuya vida pende de un hilo. Otras celdas están desocupadas, aunque tienen montones de cenizas y huesos. Trago saliva cuando me doy cuenta de que son los restos de los muertos.

Mi ansiedad aumenta conforme paso de una celda a otra, hasta que al final, en una de ellas veo un cuerpo tendido en el piso que me resulta familiar.

—Analla —murmuro.

Abre los ojos de un tirón.

Por el amor de Orvena, su aspecto es terrible: está demacrada, su piel morena está ceniza y los rizos de su cabello se apelmazan en su cabeza.

Se incorpora de inmediato, no sin hacer un gesto de dolor.

—Zaira —suspira—. Por todas las sombras, ¿qué haces aquí?

—No regresaste a casa y luego sentí que mi dije ardía. —Sujeto con fuerza los barrotes fríos y vuelvo a escrutar su rostro—. ¿Qué pasó? ¿Por qué estás encerrada aquí?

De inmediato los ojos se le llenan de lágrimas y hunde los dientes en su labio inferior agrietado.

—Es Seferin —dice con voz débil—. Me echó una maldición.

De pronto siento cómo se me hunde el estómago.

—¿Qu… qué? ¿Por qué haría algo así?

Sorbe la nariz y señala hacia una esquina dentro de la celda.

—Porque traté de llevarme eso.

Miro hacia el lugar que señala y advierto un cristal color índigo. Parece totalmente fuera de lugar aquí, igual que ella.

— ¿Trataste de robárselo? —pregunto.

—Pensé que no se daría cuenta. Había tantos iguales en su estudio y no… no sé. Pensé que podía llevarme uno y venderlo, conseguir un poco más de dinero porque lo necesitamos, lo sabes. —Sacude la cabeza y frunce el ceño—. Dijo que yo era una de sus favoritas. No pensé que me haría algo así.

—Analla —resoplo, incrédula; las lágrimas que no derramo me queman los ojos—. ¿Por qu é elegiste precisamente a Seferin para robarle? ¡Cómo se te ocurre!

—¡Shhh! ¡Lo sé! —susurra con un silbido cuando se acerca y extiende las manos entre los barrotes para tomar las mías.

Sus manos se sienten frías y secas cuando se encuentran las mías. La miro de arriba abajo, está vestida con su uniforme negro de Doncella de la Noche.

—Te dije que no trabajaras aquí. Te dije que renunciaras antes de que salieras lastimada, Analla.

—Lo sé —murmura—. Pero ya es muy tarde para hacer algo, así que tienes que irte, ¿okey? Sal de aquí y nunca regreses.

—No —replico—. Te voy a sacar de aquí.

Me alejo y examino las rejas de la celda. No hay cerradura para una llave, nada que nos pueda ayudar a escapar.

—Controla las puertas con su magia —masculla malhumorada—. Solo él puede abrir las celdas.

Lanzo un gemido. Por supuesto.

—No saldré de aquí, Z, e incluso si hubiera una posibilidad de escaparme, la maldición me mataría.

No importa dónde esté. —Deja caer la cabeza, vencida, o quizá avergonzada.

Tal vez las dos cosas—. Dijo que la maldición me mataría en treinta días.

Dijo… dijo que sería una muerte lenta y dolorosa, que me lo merezco por traicionar su confianza.

Al fin derramo mis lágrimas y me atraganto en un sollozo. ¿Cómo es posible? Mi hermana está maldita.

Ni siquiera sé qué decir. ¿Cómo puedo salvarla? En general sé cómo actuar bajo presión, pero en este momento, mi mente está en blanco.

Analla se enjuga las lágrimas y pasa los brazos entre los barrotes para indicarme que me acerque. Cuando estoy cerca de ella, toca mi mejilla con una mano y con la otra alisa mis rizos, armándose de una sonrisa valiente, aunque en sus ojos rebosan las lágrimas.

—Sé que vas a tratar de encontrar una manera de sacarme de aquí, pero no puedes hacer nada —dice—. Este es mi problema y estoy enfrentando las consecuencias.

—No —respondo con voz temblorosa—. Siempre las enfrentamos juntas.

—Esta vez no, querida —dice incorporándose—. Quiero que vivas tu vida y que la vivas bien, ¿entiendes?

—Analla, no me iré de aquí sin ti…

—¡Tienes que hacerlo! —insiste, apretándome la mano—. Vete y nunca vuelvas. Jamás. Hablo en serio, Zaira. Por favor.

Una puerta se azota a lo lejos y contenemos el aliento cuando escuchamos el tintineo de unas llaves, seguido de un andar pesado.

—Es el guardia —murmura—. Vete ahora. ¡Sal de aquí!

Me da un empujoncito para alejarme de la celda. No quiero irme, quiero quedarme, llegar a un acuerdo con Seferin. Sacrificarme, si eso significa que va a liberar a mi hermana. Siempre y cuando estemos juntas, eso es lo único que importa, ¿o no?

Conforme los pasos se acercan, me doy cuenta de que en verdad no puedo ayudarla si las dos estamos aquí atrapadas. Aunque negociara con un hechicero loco, nunca seríamos libres de verdad otra vez.

—Te sacaré de aquí —afirmo—. Conseguiré a alguien que rompa la maldición antes de que acabe el mes. Lo juro.

No hace más que negar con la cabeza con una sonrisa triste.

—Te quiero tanto, Zaira. Tanto, tanto.

Me acerco una última vez, tomo su mano y me aferro a ella.

—Vete —me exige en voz baja; lágrimas gruesas resbalan por sus mejillas.

Con la garganta cerrada por la emoción, corro en dirección opuesta a los pasos que se acercan y no me detengo hasta que salgo de la fortaleza y el bosque negro me traga por completo.

Hago todo esto cegada por las lágrimas que no cesan, con el corazón adolorido y pesado en mi pecho. Cuando ya me he alejado una buena distancia, me dejo caer contra un árbol y lloro, soltando un sollozo largo, violento, desgarrado y desesperado.

Sin embargo, al final mi tristeza se transforma en algo más: decisión.

Analla solo tiene treinta días de vida. Eso significa que debo hacer todo lo que esté en mi poder para librarla de esa maldición.

Idearé un plan. Buscaré ayuda. Haré cualquier cosa para salvar a mi hermana porque de lo contrario, perderé a la única familia que me queda.

—Al demonio —mascullo al tiempo que me aparto del árbol y camino en dirección a mi reino.

Esta vez, Seferin no se saldrá con la suya.