CAPÍTULO VEINTISIETE
—Ha perdido la cabeza —murmuró Bellicus, contemplando las llamas como si estas pudieran ofrecerle alguna pista sobre cómo proceder tras la impactante noticia de Cadeyrn.
No quería hablar demasiado frente a su compañero dalriadense, por si acaso el hombre repetía sus palabras de regreso a su tierra y estas llegaban a los oídos de Loarn mac Eirc.
Alt Clota seguía siendo el hogar del druida, a fin de cuentas, y lo último que deseaba era que sus enemigos supieran que eran débiles y sufrían bajo el mandato de un demente.
Pero el marinero se había quedado profundamente dormido, al igual que el granjero, dejando a Bellicus y a Duro charlando en voz baja entre ellos.
—No sabemos eso —dijo el centurión—. Tal vez la reina intentó derrocar a Coroticus o algo así... —Se calló al punto, consciente de lo absurda que sonaba esa idea.
—Probablemente estés más cerca de la verdad de lo que imaginas —respondió Bellicus, con tanta suavidad que su compañero apenas lo oyó.
Tenía la corazonada de que Coroticus había empezado a ver enemigos en todas partes; al fin y al cabo, ya estaba paranoico cuando los obligó a él y a Duro a lo que esencialmente era el exilio, así que no sería ninguna sorpresa que también sospechara que Narina tramaba algo en su contra.
Sin embargo, esa teoría no explicaba por qué Coroticus había ordenado el arresto del druida en caso de ser visto en Alt Clota.
A pesar del calor del fuego, un escalofrío le recorrió la espalda a Bellicus y, de pronto, lo vio todo con gran claridad: a Coroticus le habían dado confirmación sobre la verdadera concepción de Catia.
El rey sabía que no era el padre de la princesa. De algún modo, se había enterado del romance entre Narina y Bellicus en el bosque sagrado todos esos años atrás. O, al menos, lo sospechaba, y eso había sido suficiente para arrojar a la reina a prisión y buscar dar caza al druida.
—Esto es sencillamente perfecto —gruñó, negando con la cabeza con desagrado—. Ahora tenemos a dos reyes intentando matarnos.
—Y a toda la gente de Dalriada y Alt Clota —concordó Duro.
Se miraron el uno al otro y ambos estallaron en una carcajada ante lo absurdo de la situación.
—Deberías ser un héroe para Coroticus —dijo el centurión cuando su hilaridad hubo pasado y la realidad regresó—. Te metiste en una situación imposible, persiguiendo a una partida de guerra sajona a lo largo de todo el país solo para rescatar a su hija. ¡Lo cual lograste, por Mitra!
—Lo cual logramos —le corrigió Bellicus.
—Y él te recompensó enviándote a otra misión de insensatos imposible, a matar a un rey, en pleno invierno, cuando el bastardo está bien resguardado en su fortaleza impenetrable todo el día.
—Suspiró y luego extendió la mano, pidiéndole con un gesto a Bellicus que le pasara la copa de cerveza que reposaba sobre la mesa a su lado—.
Así que te lo preguntaré de nuevo, y no me salgas con esa tontería de «lo pensaré con la cabeza fría»: ¿Qué vamos a hacer?
El druida esperó a que le devolvieran la copa, la volvió a llenar, la vació de un trago, se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió.
—Me parece que los dioses se divierten enviándonos a misiones de insensatos.
Duro levantó una ceja y usó la lengua para intentar desalojar un trozo de pan que se le había quedado atascado entre los dientes.
—No me gusta cómo suena eso —respondió, antes de repetir su pregunta por lo que parecía la décima vez esa noche—. ¿Qué vamos a hacer?
Bellicus dejó la copa vacía sobre la mesa y estiró su gran cuerpo en el suelo junto a Cai, quien ya dormía profundamente, con la pata trasera sacundiéndose como si soñara con perseguir liebres en un prado de verano.
—Coroticus dejará que Narina se pudra en la prisión de Dun Breatann —dijo, haciendo un bollo con su zurrón y colocándoselo bajo la cabeza a modo de almohada—. A menos que alguien la saque de ahí.
—¿Alguien? —El tono de Duro era desesperado, pero sus ojos brillaban, y el druida sabía que la lealtad de su amigo, o su disposición para la aventura, jamás estarían en duda.
—Nosotros —respondió con un gesto sombrío—. Obviamente.
* * *
La mañana siguiente amaneció fría y encapotada, pero seca, y un leve vestigio de primavera retornaba a la tierra, infundiendo en Bellicus una chispa de esperanza para la inminente «misión de insensatos», como la había calificado Duro.
Se despidieron de Maedoc, quien emprendió su camino sonriente y aliviado al ver concluida su propia gesta, consagrado ahora como el orgulloso dueño de una nueva embarcación para navegar de regreso a Auchalic.
El granjero también celebró ver partir a sus huéspedes, temeroso de la furia de Coroticus si llegase a saberse que había otorgado cobijo y alimento a los fugitivos.
—¿Hacia dónde irán ahora, Bel? Mi consejo sería que abandonaras las tierras de Alt Clota y buscaras refugio con alguno de tus hermanos druidas. Habría sido más sensato partir con tu amigo dalriadano y dejar que los llevara lejos en su barca.
Bellicus asintió ante las palabras del granjero y emitió murmullos de conformidad. Ciertamente, lo más cuerdo habría sido marchar lejos, tal vez al sur para unirse a las filas de Merlín y Arturo; ellos lo recibirían con los brazos abiertos y él creía con fervor ciego en su causa.
Sin embargo, sabía que debía intentar liberar a Narina del aciago destino que Coroticus le hubiera reservado.
Si el rey había descubierto la verdad sobre la estirpe de Catia, Bellicus cargaba con tanta culpa como la reina.
Ella no había engendrado a la niña sola, aun cuando le hubiera ocultado su identidad para que él ignorase con quién yacía.
—Tengo un favor más que pedirte —dijo el druida, y la aprensión se dibujó en el rostro del granjero.
—Nada que ponga en riesgo tu vida —rio Bellicus, posando una mano firme sobre el brazo del hombre en señal de tranquilidad—.
Tan solo desearía algunas velas, si dispones de ellas.
Si el destino nos exige marchar en la penumbra, querría algo de luz durante las horas oscuras.
Unas candelas de junquillo también bastarán.
Cadeyrn sonrió, visiblemente aliviado por la sencillez del pedido.
—Aguarda un momento —respondió, antes de desaparecer en el interior del granero donde sus perros habían descansado la noche anterior. Al regresar, escoltado por sus eufóricos canes, su rostro reflejaba una amplia sonrisa.
—Lamento no haber podido ofrecerles una hospitalidad digna de reyes, Bel —dijo, tendiéndole un farol al druida—. Espero que esto sirva para resarcirlo.
Bellicus tomó el artefacto con profundo agradecimiento.
Su factura era elemental, con un asa en un extremo, una mecha de lino en el otro y un receptáculo central para el aceite de oliva, mas resultaría infinitamente superior a las velas parpadeantes o al humo denso de las candelas.
Lo guardó con efusivas gracias en su zurrón junto a un pequeño frasco de aceite, jurando saldar la bondad del granjero cuando el destino lo permitiera.
Los primeros rayos de sol comenzaban a rasgar las densas nubes cuando Bellicus y Duro expresaron su gratitud una última vez.
Acto seguido, emprendieron la marcha con Cai trotando junto al druida, adentrándose en el espesor del bosque que lindaba con la granja y se extendía por millas hacia el norte y el este.
—Esto es una verdadera insensatez —sentenció Duro mientras se abrían paso entre la arboleda, agradeciendo por una vez que fuera invierno y la maleza no estuviera tan tupida ni fuera tan agresiva como lo estaría en pocas semanas—.
Cada alma en Dun Breatann conoce tu rostro y te reconocerá al instante.
Muchos de ellos también me conocen a mí.
Y esa fortaleza es aún más inexpugnable que Dunadd.
¿Acaso piensas hacernos cruzar los muros con artes de magia?
Bellicus masticó un pedazo de pan y dirigió una mirada de reojo a su compañero mientras caminaban.
—Para quienes habitan allí, no me cabe duda de que así lo parecerá.
La enigmática respuesta no satisfizo al centurión, quien abrió la boca para exigir una explicación clara; sin embargo, exasperado, sacudió la cabeza y continuó la marcha en silencio, como quien acepta encarar su destino sin importar cuán aciago se presente.
Avanzaron durante un buen trecho y a Duro le sorprendió no divisar la imponente mole de Dun Breatann sino hasta hallarse casi sobre ella, pues el terreno transitado discurría por un angosto valle que solo se abría a una milla de distancia de la fortaleza.
Cruzaron cerca de un par de aldeas sin que nadie reparara en su presencia y, al toparse con un río, siguieron el curso de la ribera hasta dar con un coracle.
—¿Es que no hay un puente? —preguntó Duro, comprendiendo que su amigo pretendía surcar las turbulentas aguas en tan diminuta nave—. Esto es un robo. ¿Cómo recobrará el dueño su embarcación?
Bellicus arqueó las cejas y abordó la frágil nave, persuadiendo a Cai de seguirlo. El can se mostraba reacio a abandonar la tierra firme tras su reciente travesía desde Dalriada, mas no tardó en acatar la orden de su amo.
—Vamos a salvar la vida de la reina —declaró Bellicus mientras Duro empujaba el coracle hacia la corriente y saltaba a bordo, haciendo tambalear la embarcación de forma alarmante.
Pronto recobró el equilibrio y el centurión empuñó los remos estibados en el fondo para impulsarlos hacia la orilla opuesta—.
¿Acaso importa que un pescador deba ingeniárselas para recuperar su barca?
—Pues no —replicó Duro con amargura—. Aunque habría preferido marchar a pie, ya que siempre soy yo quien realiza el trabajo pesado mientras tú te limitas a sentarte sosteniendo al perro y contemplando el paisaje.
Bellicus esbozó una sonrisa y frotó su rostro con afecto contra el de Cai.
—Eres infinitamente mejor remero que yo —dijo—. Además, nos habrían delatado de haber usado el puente. Piénsalo: comerciantes y viajeros cruzan ese río durante todo el día. Ese puente es uno de los pasos más concurridos de Alt Clota.
El curso de agua no era ancho y en poco tiempo alcanzaron la margen opuesta, aunque arrastrados una distancia considerable río abajo desde el punto de partida.