El Canto del Centurión (Crónicas del guerrero druida de Gran Bretaña 2) CAPÍTULO VEINTICINCO #4
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CAPÍTULO VEINTICINCO #4

Compartieron una comida de pan y pescado ahumado, y el druida le preguntó a Maedoc cómo funcionaba la vela, por si acaso volvía a necesitar robar un barco en el futuro.

El día transcurrió plácidamente, aunque a media tarde la temperatura descendió cuando las nubes cubrieron el sol. No eran, sin embargo, los nubarrones densos y oscuros de los dos días anteriores, y parecía que llegarían a su destino sin terminar empapados.

Cuando la mole imponente de Dun Breatann apareció por fin en el horizonte, Bellicus no pudo evitar que una sonrisa asomara a sus labios. Pronto estarían en casa, a salvo dentro de la impenetrable fortaleza; Loarn mac Eirc había fracasado.

Aun así, su propia misión de matar al rey dalriada tampoco se había completado con éxito, y Coroticus, bueno... El druida no iba a preocuparse por cómo los recibirían. No tenían adónde ir y tendrían que confiar en que los dioses cuidaran de ellos.

Los sombríos pensamientos derivaron entonces hacia la pequeña Catia, y la sonrisa del druida volvió a dibujarse en su rostro.

Solo habían estado fuera unas pocas semanas, pero los niños crecían y cambiaban tan deprisa que se preguntó cómo sería ahora la princesa.

Al menos ella se alegraría de verle; de eso estaba seguro.

Sin embargo, al fijar la vista a lo lejos en la gigantesca roca que se alzaba sobre el río circundante, un miedo repentino se apoderó de Bellicus, que se mordió el labio consternado.

—¿Qué pasa? ¿Mareo?

El marinero había notado el cambio de expresión del druida, y Duro miró a su amigo con curiosidad.

—Ya casi estamos en casa —dijo el centurión, señalando hacia adelante, en dirección a Dun Breatann—. ¿Y vienes a sentir náuseas justo ahora?

—No es mareo —respondió Bellicus en voz baja, aunque su rostro se había quedado pálido y no tenía la menor idea de qué le había sobrevenido—. Atieca en Cardden Ros —ordenó a su timonel, señalando un pequeño asentamiento junto a una península que se adentraba en el río.

—¿Qué? —exigió saber Duro—. Estamos casi en casa. Lo único que tenemos que hacer es quedarnos sentados en el barco y nos dejarán justo en Dun Breatann. ¿Qué demonios te pasa?

Bellicus no sabía muy bien cómo responder a la pregunta, de todo punto razonable, de su amigo. Si desembarcaban en Cardden Ros, tendrían que hacer el resto del camino a pie —unas cinco millas— y no llegarían a casa antes del anochecer.

—Lo siento —dijo, volviéndose para sostener la mirada irritada de Duro—. No sabría decir por qué, pero siento que sería un grave error presentarnos sin más en Dun Breatann.

La expresión del centurión se suavizó, y a Bellicus le reconfortó la confianza que su amigo depositaba en él, incluso aunque eso supusiera una caminata imprevista.

—No te preocupes, tengo amigos en Cardden Ros; cuidarán bien de nosotros.

—¿Y qué hay de mí? —preguntó el marinero.

Una cosa era atracar en un puerto principal como Dun Breatann, donde los comerciantes podían dar por sentada su seguridad, protegidos por la costumbre y por un código de honor establecido durante generaciones, y otra muy distinta era fondear en un pueblo o aldea cualquiera—.

¿Acaso no sabes que Dalriada está en guerra con esta gente?

—Estás conmigo —replicó Bellicus—. Soy el druida de estas tierras, así que no tienes nada que temer. Aprovecha la hospitalidad de Cardden Ros esta noche y mañana por la mañana emprenderás el camino de vuelta a casa sano y salvo.

El dalriada no parecía muy convencido, pero tenía pocas opciones, así que ajustó la vela y orientó la embarcación hacia el destino elegido por el druida.

No obstante, Bellicus podía oírle murmurar por lo bajo, preguntándose qué le hacía pensar que estaría seguro en Cardden Ros si creía que había peligro en Dun Breatann.

Era una pregunta justa, tuvo que admitir el druida, pero no podían pasarse el resto de la vida en aquella barquita en mitad del río Clota y, como había dicho, tenían amigos en la aldea a la que se dirigían.

Hombres y mujeres a los que Bellicus conocía desde hacía años y, lo que era más importante, hombres y mujeres a los que había ayudado con diversos problemas durante todo ese tiempo.

La gente de Cardden Ros no les echaría de menos.

Y, sin embargo, en cuanto la barca tocó la playa de piedras y Maedoc saltó con Duro para arrastrar el casco fuera del agua espumosa, Bellicus comprobó que sus armas estuvieran en su sitio y listas para el combate.

Algo le había hecho temer por Dun Breatann; por mero sentido común, debía desconfiar de lo que pudieran encontrar allí en Cardden Ros, dado que aquello también formaba parte de las tierras del rey Coroticus.

Sacó a Cai y lo depositó en la arena. El perro se sacudió el cuerpo con estrambotica displicencia, como si hubiera cruzado a nado en vez de ir en barca.

Después, mientras los hombres negaban con la cabeza ante semejante comportamiento con sonrisas divertidas, Cai corrió hacia la hierba alta un poco más adelante, olisqueando con entusiasmo y aliviando su vejiga.

—Vamos —dijo Bellicus, tomando la delantera hacia la aldea mientras los demás le seguían los pasos—. Tendremos una acogida más cálida si llegamos mientras aún hay luz.