CAPÍTULO VEINTICINCO #3
Bellicus no deseaba entrar en combate con la buena gente de Auchalic. Más bien al contrario: de hecho, aquella visita imprevista había puesto en marcha varios engranajes en su cabeza...
—¿Cuáles son nuestros planes para mañana? —preguntó Duro al cabo de un rato, volviéndose hacia Bel con el rostro recompuesto.
El fuego estaba ya casi consumido y apenas desprendía un poco de calor y luz anaranjada.
—Partir lo antes posible —respondió Bellicus con modorra—. ¿Encontraste a alguien que nos lleve de vuelta? Te vi hablar con uno de los hombres mientras cambiabas algunas de tus monedas romanas.
Duro soltó un bufido.
—A ti no se te escapa una, ¿eh, druida? Sí —rio entre dientes—.
Tienes media razón. El muchacho nos devolverá a Dun Breatann, pero el único pago que le ofrecí fue el bote en el que vinimos hasta aquí.
No lo vamos a necesitar, él podrá darle uso y nosotros estaremos de vuelta ante el jovial Coroticus en un abrir y cerrar de ojos.
—¿Y las monedas? Vi perfectamente cómo le entregabas unas cuantas al aldeano.
El centurión sonrió, encantado de saber algo que su amigo ignoraba.
—¿No lo adivinas? ¿No? El sabio druida Bellicus, azote de los sajones y...
—¡Vete al grano, por Dis! ¡Quiero dormir antes de que vuelva a salir el sol!
—El muchacho jamás había visto dinero romano —dijo Duro, todavía sonriente—. Se lo enseñaba, nada más. De todos modos, aquí no vale prácticamente para nada.
—Buenas noches, Duro —dijo el druida y, en cuestión de segundos, tanto él como su perro ya roncaban como si estuvieran plácidamente arropados en una cómoda cama de la fortaleza de Dun Breatann.
Duro se quedó despierto, con la intención de montar guardia, pues aunque el jefe y el resto de los aldeanos parecían bastante amigables, nunca se sabía cómo podía reaccionar la gente al caer la noche.
Una luna llena, como la que pendía en el cielo exterior aquella noche, solía hacer que la gente se comportara de forma un tanto extraña.
Sin embargo, al poco tiempo, los párpados del centurion comenzaron a pesarle y él también sintió cómo el reconfortante manto del sueño lo envolvía por completo.
* * *
El día siguiente salió tempestuoso, al igual que el otro.
A pesar de los deseos de Bellicus de alejarse de Dalriada, habría sido una locura zarpar con semejante tiempo, por lo que se vieron obligados a permanecer un poco más en Auchalic.
Cabía la posibilidad de que Loarn mac Eirc aún les siguiera el rastro, pero ni siquiera los perros podían rastrear un olor a través del agua, así que solo por pura casualidad el rey perseguidor habría dado con el mismo asentamiento en el que se hospedaban el druida y Duro.
Sin embargo, la pareja se ganó el sustento.
Aunque el viento y la lluvia no eran los más idóneos para viajar, eso no les impidió recorrer los alrededores del poblado, con las capas bien ceñidas al cuerpo, en busca de caza.
Las liebres abundaban en aquella región, y su carne constituyó un grato aporte para la mesa de Auchalic.
Bellicus se metió aún más a los lugareños en el bolsillo al regalarle a la cocinera, Luigsech, algunas de las hierbas y especias que llevaba en los bolsillos de la capa, con las que ella preparó un estofado aromático y delicioso.
Duro, por su parte, también se convirtió en el favorito de las mujeres del pueblo al enseñarles la receta de unos sencillos pasteles dulces que él mismo había ideado en sus tiempos de panadero.
Las noches, aunque no tan bulliciosas como aquella primera ocasión en la que habían encallado, siguieron siendo veladas amenas en el gran salón, dedicadas a charlar con la gente y a conocer sus costumbres, sus esperanzas y sus sueños que, por supuesto,
eran muy similares a los de cualquier persona en cualquier otra parte del mundo.
Bellicus pasó horas en compañía de Galchobhar, entablando una estrecha amistad con el avispado jefe.
Por fin el tiempo cambió y, a la tercera mañana, el sol se alzó sobre el asentamiento, haciendo que las olas que rizaban el lago brillaran con intensidad.
—Lamento verlos marcharse, muchachos —les dijo Galchobhar a ambos, estrechándoles con fuerza los antebrazos antes de atraer a Cai contra sus piernas para frotarle cariñosamente el musculoso lomo—.
No creo que volvamos a verlos, pero ha sido bueno tenerlos por aquí.
¡Extrañaremos sus historias y sus recetas!
—Quizá volvamos a vernos —respondió Bellicus, apartando la mirada del bote que estaban preparando para partir—.
Tal vez el reinado de Loarn llegue a su fin y la lealtad de Auchalic se incline hacia otro líder.
¿Alguien que esté en mejor posición para ofrecerles la protección contra las incursiones que necesitan, a cambio de un tributo menor cada mes?
El jefe se encogió de hombros.
—Tal vez. Pero, por ahora, Loarn es nuestro rey y Dotha nuestro líder espiritual.
Su boca se torció con desagrado antes de continuar con un tono más animado:
—Aunque, quién sabe cuánto durará eso. Los reyes van y vienen, y es posible que la gente de estas tierras mire con buenos ojos a alguien que aún sigue las viejas costumbres.
—¿Hablarás con ellos? —preguntó el druida, y obtuvo una afirmación con la cabeza como respuesta.
—Lo haré, amigo mío. Si vuelven por aquí, acompañados de su rey o solo con Duro y Cai, siempre serán bienvenidos. Y ahora váyanse; Maedoc está listo para zarpar. Aprovechen este buen tiempo, porque podría cambiar en cualquier momento.
Los tres viajeros se abrieron paso por la playa hasta el bote y los dos hombres arrojaron sus mochilas a bordo antes de que Bellicus alzara a Cai para meterlo en la embarcación y Duro los siguiera.
El espacio era reducido con los tres más su piloto dalriada, Maedoc, pero el viaje, si todo iba bien, concluiría al atardecer.
Si el viento soplaba en contra o el tiempo volvía a torcerse, aún lograrían regresar a Dun Breatann al día siguiente.
Duro y Maedoc empujaron el bote desde la orilla hacia el agua con un esfuerzo gutural, pero Bellicus insistió en quedarse a bordo para tranquilizar a Cai, comprensiblemente nervioso por encontrarse en una embarcación tan pequeña y sin una cubierta plana adecuada donde sentarse o tumbarse.
—Al menos esta vez no tenemos que remar todo el camino —dijo el druida con una sonrisa, dándole una palmada a Duro, quien jadeaba pesadamente al subir a la embarcación, la cual empezó a avanzar a poco más de un paso ligero—.
Maedoc izará la vela y nosotros podremos relajarnos y disfrutar del paisaje.
—A menos que Loarn mac Eirc aparezca a nuestras espaldas —murmuró el centurión—. Nos tocará remar de lo lindo si eso pasa.
—¿Qué dices? —preguntó Maedoc con el ceño fruncido—. ¿Por qué iba a venir el rey tras nosotros?
Bellicus le dirigió a Duro una mirada sombría. El veterano soldado debería haber sabido callarse en lugar de dejar escapar un detalle tan importante y secreto.
—No te preocupes, muchacho —dijo el centurión con una sonrisa tranquilizadora, al tiempo que apoyaba la mano en la empuñadura de su espada para recordarle al dalriada que debía hacer lo que se le ordenaba si no quería atenerse a las consecuencias—.
Llevamos de vuelta a Dun Breatann y se te recompensará generosamente con este magnífico bote.
El joven marinero clavó sus ojos azules en el druida, quien le devolvió la mirada con rostro pétreo; el muchacho se limitó a asentir y se puso a desplegar la vela.
No era ningún tonto y, además, Galchobhar le había contado a Bellicus que los hombres de Auchalic no sentían un gran afecto por su rey cristiano.
Maedoc no entorpecería su viaje, ni siquiera si creyera que iba a sobrevivir a una insensatez semejante. Cosa que no haría.
Por supuesto, la opinión del marinero dalriada podría cambiar si un barco con Loarn mac Eirc a bordo aparecía de verdad en el horizonte tras ellos, pero ya lidiarían con eso si ocurría.
Hasta entonces... El druida apoyó la espalda contra el casco de la barca y contempló el cielo azul, observando cómo las nubes lo surcaban velozmente mientras izaban la vela y empezaban a ganar velocidad.
—De todos modos, esto es mejor que ir caminando —murmuró antes de cerrar los ojos y abandonarse al sol y al suave compás de las olas.
Hacia el mediodía, Bellicus le preguntó al timonel cuánto habían avanzado y se alegró al saber que ya estaban casi en tierras de los damnonios, a mitad de camino de la propia Dun Breatann.