CAPÍTULO VEINTE #2
—Está ayunando —murmuró el rey, lanzándole una mirada de disgusto que el hombre le devolvió cargada de resentimiento.
—¿Ayunando? ¿Contra ti?
—Así es —respondió Loarn con evidente irritación—. Es un granjero de una pequeña aldea del norte. Unos saqueadores le robaron parte del rebaño y ha venido aquí a protestar. Dice que yo debería haber protegido sus ovejas.
—Ya veo.
Loégaire conocía bien aquella costumbre, llegada junto con los colonos desde la vieja patria.
El granjero era demasiado insignificante, demasiado inferior al rey como para poder reclamar justicia ante un tribunal.
Sin embargo, la ley sí le permitía recurrir al ayuno, pues se decía que aquello mancillaría la reputación del rey y lo dejaría expuesto a los ataques de la magia.
Al parecer, Loarn daba muy poca importancia a semejantes supersticiones.
—Entonces, ¿por qué no le das unas cuantas ovejas y lo envías de vuelta a casa? —preguntó Loégaire, observando al granjero, sucio y consumido, que parecía llevar semanas acampando frente al gran salón, convirtiéndose en una molestia constante.
—Porque sentaría un precedente peligroso.
La gente esperaría que los compensara cada vez que algo saliera mal —respondió el rey—.
No es culpa mía que le hayan robado los animales; no puedo estar en todas partes.
A veces los saqueadores consiguen llevarse unas cuantas ovejas.
Así son las cosas, y poco puedo hacer al respecto.
Ese viejo loco puede quedarse ahí tirado hasta que se pudra; no obtendrá nada de mí.
Se encogió de hombros y empujó la puerta del salón, aburrido ya de la desgracia del granjero, mientras Loégaire lo seguía al interior.
En cuanto cruzaron el umbral, los envolvieron la penumbra y los sonidos y olores que la acompañaban.
La carne se asaba sobre el fuego y una densa bruma de humo impregnaba el ambiente con un aroma intenso, mientras el calor resultaba reconfortante tras el aire frío y limpio del exterior.
Varios hombres ocupaban ya el salón: guerreros que pasaban el invierno junto a su rey y ansiaban el rápido regreso de la primavera para volver a sus aventuras combatiendo a pictos, britanos e incluso a otros escotos venidos de Hibernia.
—Toma —dijo el rey, entregándole una jarra de cerveza a Loégaire mientras hacía un gesto al hombre sentado a su lado para que le cediera el asiento al recién llegado—. Come. Bebe. Y luego cuéntame qué te trae a Dunadd, además del mercado.
El jefe dio un largo trago y suspiró con satisfacción. Aquella era una cerveza excelente, muy superior a la que elaboraban en su aldea. Saboreó su ligero matiz amaderado antes de responder.
—El mercado, sí. Mis hijos están allá abajo comprando provisiones. Pero quería hablarte del ciervo blanco que algunos de los míos han visto recientemente.
—Ah, el ciervo... —dijo Loarn, inclinando la cabeza hacia atrás con gesto pensativo mientras los demás hombres del salón, al darse cuenta de que se avecinaba una historia, guardaban silencio.
—Creo que ya has oído hablar de él —dijo Loégaire—. Tus guardias me dijeron que varias personas habían venido en los últimos días con relatos parecidos.
—Así es —asintió el rey—. Desde hace años sabemos que un ciervo blanco aparece de vez en cuando por estas tierras. Ya lo habían visto unas cuantas veces antes. Yo mismo tuve la suerte de verlo una vez.
Permaneció en silencio unos instantes, perdido en el recuerdo del día en que se cruzó con el enorme animal.
—Era una criatura magnífica, sin duda. Y, a juzgar por los relatos recientes, ahora es todavía más impresionante.
"El ciervo más grande que nadie haya visto jamás".
"Brilla de blanco bajo la luz de la luna".
"Tiene los ojos rojos como el fuego". "Solo se deja ver ante viajeros solitarios".
Como decía —sonrió Loarn—, yo vi un ciervo blanco, pero era un animal completamente normal.
Lo que la gente asegura estar viendo ahora parece ser alguna clase de criatura mágica.
Tal vez un ángel que descendió para caminar entre nosotros con forma de ciervo.
Se persignó, pues él, como muchos de los dalriadanos, se había convertido a la nueva fe cristiana, aunque seguía conservando algunas de las antiguas creencias.
Loégaire, junto con los guerreros reunidos que escuchaban atentamente, imitó el gesto de su rey y dio un sorbo a su cerveza.
—Podría ser —admitió—. Tres personas de mi aldea han visto al animal en dos ocasiones distintas.
Todos los testigos juran que el ciervo brillaba con una luz sobrenatural, casi etérea.
Uno de ellos dijo que lanzó un enorme bramido, como el mugido de una vaca —levantó una ceja al oír la risa de uno de los soldados—, lo cual puede sonar gracioso, a menos que alguna vez hayas oído bramar a un ciervo.
Volvió la mirada hacia el rey, quien asintió con firmeza.
—No tiene nada de gracioso —dijo Loarn mac Eirc—. Me imagino que escuchar ese sonido en plena oscuridad bastaría para que cualquier viajero solitario se muriera del susto.
—Así es, mi rey —sonrió Loégaire—. Y ese no es el único sonido extraño del que habla la gente. Algunos habitantes de mi aldea aseguran haber escuchado una flauta sonar por las noches, allá afuera, en la oscuridad, a lo lejos.
Un escalofrío recorrió al jefe, y también a muchos de los guerreros reunidos.
—¿Música de fantasmas? —murmuró alguien con inquietud—. Eso no presagia nada bueno.
El rey frunció el ceño, compartiendo la inquietud de sus hombres ante aquella nueva información.
—Bueno —dijo—, aparte de esa música nocturna, tu historia coincide bastante con las demás que hemos escuchado hasta ahora. Sea lo que sea esa criatura, quien logre darle caza obtendrá una gran fama.
Los guerreros, convencidos de que el relato del jefe había terminado, volvieron a sus conversaciones y partidas de dados, pero Loégaire recuperó su atención al hablar de nuevo.
—Hay otra cosa que quizá todavía no hayas oído, mi señor.
Esperó a que el salón volviera a quedar en silencio antes de continuar.
—Dicen que el ciervo, que viene a ser un rey entre los de su especie, solo puede morir a manos de otro monarca.
Miró a Loarn mac Eirc, que entrecerró los ojos, pues aquel sí era un detalle nuevo.
—Eso significa que, de todos los hombres de Dalriada, solo tú, mi señor, puedes darle caza a esa bestia.
Un murmullo recorrió el salón tras aquella afirmación. A algunos les pareció un interesante añadido a la leyenda; otros se mostraron molestos, pues soñaban con colgar la cabeza del ciervo blanco como trofeo propio.
—¿Y quién dice eso? —preguntó Loarn mac Eirc, volviéndose hacia el jefe con gesto desdeñoso.
—Un druida.
Aquellas palabras hicieron que el rey girara inmediatamente la cabeza. También hicieron que otro hombre saliera de las sombras a sus espaldas: Dotha, obispo de Dunadd.
—¿Qué es esto? —preguntó el clérigo.
—Nos lo contó un viajero hace dos días —confirmó Loégaire, encogiéndose ligeramente bajo la penetrante mirada de Dotha—.
Dijo que se había encontrado con un druida en el camino y que habían compartido una comida.
Cuando el druida escuchó hablar del ciervo blanco, aseguró que solo el rey podría darle caza con éxito.
Cualquier otro perdería el tiempo, porque las armas de un hombre común no tendrían efecto contra él.
—Interesante... —murmuró Loarn mac Eirc, frunciendo los labios.
Pero el obispo Dotha aún no había terminado con el jefe de Balmeanoc.