El Canto del Centurión (Crónicas del guerrero druida de Gran Bretaña 2) CAPÍTULO VEINTE
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CAPÍTULO VEINTE

Para su primera incursión por la campiña con la cabeza del ciervo, Bellicus y Duro decidieron elegir un objetivo sencillo: un lugar donde fuera poco probable encontrarse con soldados armados y entrenados.

Escogieron una aldea situada no muy lejos de su campamento y ahora permanecían agazapados tras un afloramiento rocoso en lo alto de una pequeña colina, junto al camino principal.

Durante el día habían visto a dos hombres reparando un puente utilizado para trasladar el ganado de un prado a otro y esperaban que el trabajo se prolongara hasta el anochecer.

Así fue, y ahora los trabajadores regresaban a sus casas en la aldea. Sus voces llegaban con claridad, aunque la conversación parecía girar, sobre todo, en torno al tiempo y a cierta mujer con la que uno de ellos quería acostarse.

—Perfecto —susurró Duro, con los ojos brillando en la penumbra mientras sonreía, anticipando lo que estaba a punto de ocurrir—. Cuando te vean recortado en el horizonte, tendrán algo mucho más interesante de lo que hablar.

Bellicus respondió con un gruñido, pero no estaba especialmente satisfecho con su tarea de aquella noche.

Había resultado complicado modificar la cabeza del ciervo para convertirla en un disfraz y, además, como él era el más corpulento y, por tanto, el más fácil de distinguir en la oscuridad, le había tocado al druida cargar con aquel improvisado tocado.

Habían cosido y pegado —utilizando alquitrán de abedul conseguido en una de las aldeas— varios trozos de tela reforzados con listones de madera alrededor de la cabeza del ciervo, de modo que pudiera llevarse como si fuera un enorme casco.

Era pesado, incómodo y, a plena luz del día, tenía un aspecto ridículo, pero eso carecía de importancia porque, visto desde lejos y de noche, el efecto debía de ser espectacular.

Siempre y cuando nadie se acercara demasiado, claro, aunque los compañeros dudaban que aquello fuera un problema esa noche.

—Avísame cuando estén cerca —dijo Bellicus, comprobando por centésima vez que el tocado seguía bien sujeto. Su plan no duraría mucho si la cabeza del ciervo se le caía justo cuando los aldeanos estuvieran mirándolo.

Duro dejó que los trabajadores se aproximaran un poco más y entonces murmuró:

—Ahora.

Bellicus se incorporó sobre las rodillas, de modo que solo la cabeza del ciervo sobresalía por encima de las rocas tras las que se ocultaban, y lanzó un bramido atronador.

El sonido recordaba al mugido de una vaca, pero era mucho más áspero y gutural.

Duro abrió los ojos con sorpresa y contempló a su amigo maravillado; jamás había oído salir un ruido semejante de la garganta de un hombre.

En el camino, los trabajadores levantaron la vista y el miedo ya se reflejaba claramente en sus rostros incluso antes de distinguir la cabeza astada, que brillaba con un tenue resplandor bajo el cielo estrellado.

En cuanto el primero de ellos divisó la aparición, lanzó un grito de alarma, al que enseguida se unió el otro.

—¡¿Qué demonios es eso, por el Dagda?!

—¡Es un demonio!

—No seas idiota. Es solo un ciervo. Mira esos cuernos. Además, ¿desde cuándo los demonios mugen como una vaca enfurecida?

—¿Y desde cuándo los ciervos brillan en mitad de la maldita noche?

Bellicus decidió que ya era suficiente y fue bajando lentamente la cabeza, como si el animal inclinara el cuello para pastar o beber de algún charco oculto tras la roca.

Después se quitó el disfraz y lo guardó en un saco, sonriendo a Duro mientras los dos aldeanos seguían comentando, excitados, lo que acababan de presenciar.

—¿Has visto el tamaño que tenía? —gritaba uno de ellos—. ¡Era enorme!

—Tiene que ser ese del que todo el mundo habla —respondió el otro—. El blanco.

—¿Era blanco?

—Sí... creo que sí. Brillaba, ¿no? ¿Cuántos ciervos blancos gigantes crees que andan sueltos por estos parajes? Tiene que ser el mismo.

Entonces Bellicus y Duro se miraron y llevaron instintivamente las manos a las empuñaduras de sus espadas mientras los trabajadores continuaban hablando.

—Deberíamos subir y matarlo. ¿Te imaginas la cara que pondría todo el mundo si entráramos en la aldea cargando con esa cabeza? ¡Seríamos unos héroes!

Pero los dos compañeros, ocultos en la colina, se relajaron cuando el otro aldeano demostró ser bastante más sensato y menos impulsivo.

—¿Matarlo? —replicó—. ¿Con qué? No llevamos lanzas, solo estos martillos.

¿Has visto alguna vez a un ciervo enfurecido?

Esa bestia nos despedazaría en un abrir y cerrar de ojos, pedazo de idiota.

Vamos a casa antes de que se lance colina abajo.

Con contar lo que hemos visto ya nos invitaremos a unas cuantas jarras esta noche.

Al parecer, la propuesta de cazar al ciervo no había sido más que una bravuconada y las voces, aún llenas de excitación, se fueron perdiendo poco a poco en la distancia hasta que Bellicus y Duro supieron que ya se habían marchado.

—¡Ja! Ha salido perfecto.

Bellicus rio y revolvió las orejas de Cai, que lo miraba con lo que casi parecía una sonrisa.

—La verdad es que no podría haber ido mejor —convino Duro mientras se levantaba y estiraba las piernas entumecidas—. Unas cuantas noches más como esta y el rey acabará enterándose. Entonces, con un poco de suerte, saldrá a darle caza.

Regresaron al campamento, situado aproximadamente a una hora de camino hacia el suroeste, satisfechos por el éxito de aquella primera salida nocturna y planeando ya cómo mejorar la puesta en escena la próxima vez que el ciervo blanco se dejara ver ante los dalriadanos.

Durante la semana siguiente procuraron mostrar la cabeza del ciervo únicamente a viajeros solitarios o, como mucho, a parejas de caminantes.

Después, en ocasiones, Duro entraba en las aldeas para hablar con la gente, insistiendo siempre en ese detalle.

Lo último que deseaban era provocar que una gran fuerza de soldados recorriera la región buscándolos.

Cada vez que Bellicus se colocaba el resplandeciente tocado en la oscuridad, los dalriadanos elegidos como testigos contemplaban la aparición con auténtico asombro y, gracias a las conversaciones de Duro con los lugareños, la leyenda del ciervo blanco crecía con cada nuevo relato.

Poco a poco, guiada muchas veces por las insinuaciones del propio druida, empezó a tomar forma toda una historia alrededor de la criatura.

Se decía que el ciervo era gigantesco, mayor que cualquier otro visto jamás, con patas poderosas y un pelaje liso y brillante que resplandecía de color blanco en la oscuridad.

Algunos aseguraban que tenía los ojos rojos como brasas; otros afirmaban que rugía con tal fuerza que un testigo había permanecido sordo durante tres días después de escucharlo.

Y, en todos los relatos, había un detalle que siempre se repetía: la bestia solo se dejaba ver ante una o dos personas cada vez.

Finalmente, cuando la semilla ya había sido sembrada y las historias comenzaban a propagarse por toda la región, Duro añadió un último detalle: un druida le había dicho que solo un rey podía dar muerte al ciervo.

Después, temiendo que tarde o temprano la suerte dejara de sonreírles, dejaron de mostrar la cabeza del ciervo a los aldeanos y se limitaron a esperar que los rumores hicieran el resto del trabajo.

* * *

El jefe del asentamiento dalriadano de Balmeanoc era un hombre llamado Loégaire, y aquel día había viajado hasta Dunadd con la esperanza de ser el primero en contarle a su rey acerca del magnífico ciervo blanco que merodeaba por la región.

Balmeanoc no era más que una pequeña aldea de menos de sesenta habitantes, pero Loégaire era un hombre orgulloso, un veterano guerrero oriundo de Clonmacnois, en Hibernia, y el rey Loarn mac Eirc valoraba mucho tanto a él como al ganado que criaba su asentamiento.

El rey ya conocía la historia del ciervo, por supuesto, pues los viajeros llevaban días trayéndole noticias sobre él, pero aquellas apariciones lo intrigaban profundamente y escuchaba con atención todo lo que la gente tenía que contar,

con la esperanza de descubrir algún detalle nuevo en cada relato.

Permanecía de pie en la cima de Dunadd, observando a Loégaire ascender la colina, una caminata que nunca era sencilla, y menos en un día invernal como aquel, con la escarcha volviendo resbaladizo el terreno.

La tierra allí era dura, pero poseía una belleza austera que conmovía el alma de Loarn y, aunque su linaje procedía de otro país al otro lado del mar occidental, sentía un vínculo profundo con aquel lugar.

Dunadd le pertenecía ahora y, algún día —con la ayuda de los sajones, esperaba—, también le pertenecería la aún más imponente fortaleza de Dun Breatann.

Los guardias de la puerta habían visto acercarse a Loégaire y abrieron las enormes hojas del portón para dejarlo entrar en el fuerte de la colina.

Uno de ellos salió corriendo para anunciar la llegada del jefe y el motivo de su visita.

Ese día lo acompañaban sus dos hijos, quienes se alejaron, al parecer para comprar provisiones en el mercado situado al pie de la colina, mientras su padre continuaba el ascenso para reunirse con el rey.

Loarn aguardó, con el aliento formando nubecillas en el aire helado, hasta que Loégaire llegó a la cima.

—Bien hallado, viejo amigo —sonrió el rey, adelantándose para estrecharle el antebrazo al jadeante jefe de Balmeanoc—. Te ofrecería una jarra de cerveza caliente, pero creo que la subida ya te ha calentado lo suficiente, ¿no te parece?

—Así es —admitió el jefe con una sonrisa resignada mientras se secaba el sudor de la frente—. Recuerdo cuando podía subir hasta aquí corriendo en apenas unos instantes.

—A mí me pasa igual, amigo. Cada día cuesta un poco más.

Loarn esperó a que recuperara el aliento y luego se dirigió hacia las puertas del gran salón.

—Ven. Tengo pan y carne dentro. Podrás descansar, comer y beber cuanto quieras antes de contarme tus noticias.

Loégaire comenzó a seguirlo, pero entonces reparó en un hombre de rostro demacrado y expresión sombría que permanecía apoyado contra la pared del edificio.

—¿Qué le pasa a ese?