CAPÍTULO DIECINUEVE
—Lo vi anoche. Fue el animal más magnífico que he visto en toda mi vida. —Bellicus apoyó una mano sobre el costado de Cai y lo acarició a modo de disculpa mientras Mochan sonreía.
—¿Te lo dije o no, druida? —Los ojos del anciano brillaban al recordar la vez que él mismo había visto al ciervo blanco—. Es un trofeo digno de campeones, ¿verdad? ¿Intentaste abatirlo?
—No —admitió Bellicus.
—Se quedó clavado en el sitio de la impresión —dijo Duro con una sonrisa burlona, disfrutando de la oportunidad de tomarle el pelo a su gigantesco compañero—. Menudo campeón.
—Sí, bueno, tú también te habrías quedado sin habla si hubieras estado allí para verlo —replicó el druida—. Creo que cualquiera capaz de apreciar las maravillas creadas por los dioses lo habría hecho. Era algo extraordinario.
—Y tanto que lo era —convino Mochan—. ¿Dónde lo viste?
Bellicus le relató el encuentro, aunque le dio al viejo dalriadano una ubicación distinta de la verdadera, sin querer revelar ninguna pista sobre la zona donde tenían instalado el campamento por si los hombres de Loarn mac Eirc iban en su busca.
—Estoy deseando contárselo a los demás del pueblo —dijo Mochan, sonriendo ante la idea de compartir la historia del druida con sus vecinos y, de paso, quizá ganarse unas cuantas jarras de cerveza gratis.
Bellicus sonrió, pues eso era exactamente lo que pretendía. Sin embargo, apoyó una mano sobre el hombro del dalriadano y se inclinó hacia él con aire confidencial.
—Hazlo, por supuesto —dijo—. Cuéntales la historia a los tuyos, pero… —Hizo una pausa y se encogió de hombros con gesto apesadumbrado—. Por favor, no les digas que quien vio al animal fue un druida ni que hemos compartido mesa contigo estos dos últimos días.
Notó la mirada suspicaz de Mochan y se apresuró a continuar.
—Prefiero que nadie sepa que estoy por aquí.
Por experiencia, cuando en aldeas pequeñas como esta corre la voz de que hay una druida cerca, enseguida vienen a buscarme.
Unos quieren remedios milagrosos para toda clase de dolencias; otros exigen que haga justicia por algún agravio con un vecino o…
bueno… —Le guiñó un ojo con complicidad—.
Mejor guardemos el secreto entre nosotros, ¿eh?
Limítate a decir que un viajero te habló del ciervo.
Me ahorrarás muchos problemas. Ya sabes cómo es la gente.
Además, su rey es cristiano y quizá no le haga mucha gracia tenerme rondando por aquí…
Aquel discurso, cuidadosamente preparado, despertó el espíritu aventurero de Mochan. El anciano se dio unos golpecitos en el lateral de la nariz, encantado de participar en el engaño de Bellicus.
—Tu secreto está a salvo conmigo, druida —prometió.
Con la tarea cumplida, Bellicus se puso en pie. Duro y Cai hicieron lo mismo. Se despidieron del anciano y, cuando salían de la casa, el druida le preguntó con aparente despreocupación si había algún pescadero en el pueblo.
—No, eso es precisamente lo que no tenemos aquí —respondió el artesano—.
Más o menos una vez por semana viene un comerciante de Creonan, el pueblo que está al oeste —señaló con un dedo—, y nos trae pescado, además de otras mercancías.
Verás, Creonan está en la costa y recibe mucho comercio; luego nosotros hacemos mercado todos los miércoles.
Tengo una buena trucha en la despensa, si de verdad…
Bellicus negó con la cabeza.
—Lo que busco son moluscos.
Mochan hizo una mueca.
—De esos no tengo, me temo. Solo verlos me revuelve el estómago. Pero en Creonan encontrarás de sobra, y no está lejos.
Sin embargo, Bellicus no los condujo hacia Creonan. Antes tenían otros lugares que visitar, así que tomaron el camino hacia el norte hasta llegar a otra aldea.
Los olores habituales les llegaron mucho antes de que vieran los techos de paja de las humildes viviendas. Bellicus se sentó sobre una roca y contempló el asentamiento, todavía más pequeño que Carngheal.
—Si bajo allí, solo llamaré la atención —dijo el druida—.
Entra tú en el pueblo, tómate una cerveza con uno o dos de los jóvenes para acostumbrarte a su acento y cuéntales la historia del increíble ciervo blanco que viste.
Asegúrate de decirles que hablaste con un druida y que él te contó que la bestia solo se deja ver ante viajeros solitarios.
No queremos que los soldados de Loarn aparezcan en el pueblo de Mochan buscándome; está demasiado cerca de nuestro campamento.
Pero en cualquier otro sitio no importa.
—Si tú lo dices… —sonrió Duro—. Se me ocurren maneras mucho peores de pasar la tarde. ¿Y tú qué harás?
Bellicus recorrió el paisaje con la mirada, aunque su expresión era sombría.
—Buscaré hierbas e ingredientes que puedan servirme para distintas preparaciones, pero a estas alturas del año no espero recoger gran cosa.
Y no te pases el día entero bebiendo cerveza en esa aldea —le advirtió—.
Todavía nos quedan varios pueblos por visitar antes de que anochezca y necesitas estar razonablemente sobrio si queremos difundir la historia del ciervo blanco entre el mayor número posible de personas.
—No te preocupes por mí, druida —replicó Duro con fingida indignación—.
Sé perfectamente dónde está mi límite. Antes de que acabe el día habremos sembrado la semilla y, antes de que nos demos cuenta, toda Dalriada hablará del magnífico ciervo blanco que recorre estas tierras, esperando a que alguien cuelgue su imponente cabeza sobre la puerta de su casa.
Y así transcurrieron los cuatro días siguientes.
El trío iba de un asentamiento a otro. Duro relataba una historia cada vez más adornada en las tabernas, mientras Bellicus y Cai aguardaban ocultos entre los árboles, a poco menos de un kilómetro de distancia.
Por las noches acampaban, atreviéndose a encender una hoguera porque el frío seguía siendo intenso, y disfrutaban de la carne y la bebida que el centurión conseguía durante sus visitas diurnas a las aldeas dalriadanas.
Gracias a ello, el viaje nunca se hacía demasiado duro y, cuando finalmente regresaron al campamento original, cerca de Carngheal, Bellicus estaba convencido de que toda la región ardía ya con la historia del ciervo blanco.
Su último destino aquel día había sido el pueblo pesquero de Creonan.
Allí, siguiendo las instrucciones detalladas del druida, Duro había conseguido comprar un viejo cubo de madera lleno de unos moluscos concretos conocidos como dátiles de mar, aunque al centurión le extrañó no haber visto a Bellicus comer ni uno solo de aquellos viscosos bichos.
—¿Y ahora qué? —preguntó Duro mientras descansaban en el bosquecillo de tejos, con la hoguera crepitando alegremente—. ¿Esperar a que el rey Loarn oiga los rumores sobre el ciervo y salga a buscarlo?
—Claro que no —respondió Bellicus—. ¿Por qué crees que nos tomamos tantas molestias para conseguir esto?
Levantó la cabeza de ciervo que habían robado del taller del metalista de Carngheal y Duro la contempló boquiabierto en la oscuridad.
Brillaba bajo la luz de la luna, casi como si una luz interior la iluminara.
—¿Cómo has…?
El druida sonrió y, repitiendo el mismo gesto que Mochan había hecho unos días antes, se dio unos golpecitos en el lateral de la nariz con aire de complicidad, sin ofrecer la menor pista sobre cómo había obrado semejante prodigio con la cabeza del ciervo.
Duro, que a esas alturas ya empezaba a comprender cómo funcionaba la mente de Bellicus, tenía sus sospechas.
Lo más probable era que el resplandor se debiera a alguna mezcla de polvos y hierbas o a cualquier otra sustancia natural, y no a un hechizo.
Aunque, como el druida le recordaba a menudo, había poca diferencia entre una cosa y otra, pues la magia no era más que el arte de provocar un cambio conforme a la propia voluntad, sin importar el medio por el que ese cambio se produjera.
—Es impresionante —admitió Duro, asintiendo despacio mientras contemplaba con admiración la cabeza del ciervo—. Supongo que ahora querrás pasearte con eso por todo el país en plena noche. Se me están llenando los pies de ampollas, druida. Ya no estoy acostumbrado a caminar tanto.
Bellicus soltó una carcajada ante la perspicacia de su amigo.
—Me conoces demasiado bien, amigo mío. Eso es exactamente lo que vamos a hacer. Cada vez que un aldeano vea esto en la oscuridad, la leyenda no hará más que crecer.
Duro negó con la cabeza como si la idea le pareciera una completa locura, aunque, en el fondo, llevaba esperando algo así desde el mismo instante en que Bellicus insistió en conseguir una cabeza de ciervo.
Después de todo, ¿para qué otra cosa podía quererla?
Tenía que reconocer, sin embargo, que aquel resplandor blanco verdoso bajo la luz de la luna dejaría maravillado a cualquier dalriadano que llegara a verlo…
siempre y cuando antes no distinguiera al hombre perfectamente normal que iba cargando con la cornamenta.
—La llevarás tú —declaró el centurión con firmeza—.
Sí, la mayoría de la gente de por aquí se quedará mirando con la boca abierta como un hatajo de idiotas cuando vea aparecer eso entre la niebla.
Pero tarde o temprano alguno disparará una flecha, lanzará una piedra con la honda o te arrojará cualquier cosa que tenga a mano.
—Negó otra vez con la cabeza y volvió la vista hacia la hoguera, que crepitaba alegremente—.
La idea es tuya, druida; tú serás quien la lleve hasta el final.
Yo estaré a tu espalda con la spatha bien afilada y engrasada, listo para entrar en combate, pero no pienso pasearme con esa cosa por los pantanos.
Bellicus sonrió, aunque, quizá con buen criterio, prefirió no responder.
El mañana traería lo que tuviera que traer.
—¿Y cuándo piensas comerte de una vez esos malditos moluscos? —preguntó el centurión—. Me costó bastante conseguirlos. Tuve que visitar a más de un pescadero del pueblo para reunir tantos.
Una vez más, la única respuesta de Bellicus fue aquella enigmática sonrisa.