CAPÍTULO DIECIOCHO #2
—¿Hablas en serio, druida? Es medianoche, está casi completamente oscuro y ni siquiera sabemos adónde vamos.
Bellicus se puso de pie de un salto y Cai, siempre dispuesto a seguir a su amo dondequiera que fuera, hizo lo mismo.
—¡Por Lug, no será difícil encontrarlo! Una cabeza de ciervo colgada de una pared se ve con facilidad.
Además, todo el mundo estará dormido, así que nuestra tarea será mucho más sencilla.
Y tampoco está tan oscuro; la luna nos guiará y estaremos de vuelta aquí con nuestro trofeo antes de que te des cuenta.
El centurión supo que la discusión estaba perdida. Se levantó, se ajustó el tahalí de la espada y empezó a refunfuñar entre dientes mientras se preparaba, aunque, en el fondo, la idea de aquella incursión nocturna le resultaba emocionante.
La vida junto a aquel gigantesco druida nunca era aburrida.
* * *
Bellicus encabezó la marcha a través de los pantanos hasta el camino, y los tres emprendieron el trayecto a buen paso en dirección al poblado de Carngheal, donde vivía el anciano Mochan.
—¿Qué te hace pensar que podremos encontrar lo que buscamos? —preguntó Duro, subiéndose la capa hasta el cuello. La noche se había vuelto muy fría y echaba de menos la calidez de la hoguera del campamento.
—Bueno, Mochan nos preguntó si lo habíamos visto de camino a su casa —respondió Bellicus—.
Eso significa que debe de estar bastante a la vista y colgado en alguno de los edificios que hay entre aquí y su vivienda.
—Se encogió de hombros, aunque el gesto se perdió en la oscuridad—.
Es un asentamiento pequeño, así que no creo que sea difícil encontrar lo que buscamos.
Bajarlo de donde esté ya puede ser otra historia, eso sí, pero...
—Los dioses nos guiarán, ya lo sé —lo interrumpió Duro, sacudiendo la cabeza con resignación—. ¿Y si alguien nos descubre? ¿Y si da la alarma?
El druida guardó silencio durante unos pasos antes de responder.
—Estamos en guerra con esta gente. Bueno, quizá tú no, pero yo sigo siendo un hombre de Alt Clota, independientemente de lo que su rey piense de mí, y los damnonios son mi pueblo.
—Miró a Duro, y sus ojos se encontraron en la penumbra, mientras el verdadero origen de Catia acudía a la mente de ambos—.
A mí... a nosotros... nos han enviado para impedir que los dalriadanos invadan Alt Clota y, si para lograrlo alguien tiene que morir aquí, que así sea.
Mejor ellos que una familia inocente que viva bajo la protección de Dun Breatann.
Duro no respondió. Era un soldado, acostumbrado a obedecer órdenes y, aunque había sido centurión en las legiones romanas y superaba a Bellicus en edad, había aceptado de buen grado al carismático druida como su comandante.
Haría lo que fuera necesario, aunque esperaba que, unas horas más tarde, ambos estuvieran de vuelta en el campamento sin haber derramado una sola gota de sangre.
La aldea apareció ante ellos, recortada contra la oscuridad como un conjunto de siluetas angulosas que destacaban sobre el perfil redondeado de las colinas y las negras copas de los árboles. El olor a carne asándose indicaba que, pese a lo avanzada que estaba la noche, no todo el mundo dormía.
—Mantén los ojos bien abiertos y no hables a menos que sea necesario —murmuró Bellicus al entrar en la calle principal del asentamiento—. Quienquiera que esté cocinando esa carne seguro que tiene un buen cuchillo de carnicero para trocearla...
A su espalda, Duro puso los ojos en blanco.
—Fui soldado de Roma, muchacho. Sé cómo comportarme.
El druida se deslizó entre las sombras con una media sonrisa en los labios.
Pasaron junto a un puñado de viviendas y talleres y, por primera vez, Bellicus advirtió que todos estaban protegidos con sólidas cerraduras.
Era lógico; en un lugar habitado por artesanos y herreros expertos, aquellos objetos debían de ser de excelente calidad.
—Allí —musitó Duro, señalando la pequeña casa de Mochan, el anciano que los había recibido aquella misma tarde.
—Maldición —masculló Bellicus—. Debemos de haber pasado de largo.
Se dio la vuelta y ambos comenzaron a recorrer de nuevo el camino, esta vez todavía más despacio, esforzándose por distinguir alguna señal del trofeo que, según Mochan, colgaba de la pared de un taller.
Sabía que no podían ponerse a forzar puertas de casas y talleres; aquello llamaría la atención de inmediato y acabaría provocando un enfrentamiento sangriento. Si no encontraban la cabeza del ciervo, tendrían que regresar por la mañana, cuando los habitantes estuvieran despiertos y trabajando.
De pronto se oyó un fuerte resoplido, y ambos guerreros giraron sobre sí. Cai tenía el hocico pegado a la parte inferior de una puerta, y no era difícil adivinar el motivo: el olor de la comida era mucho más intenso allí.
—¡Ven aquí! —susurró Bellicus con irritación, tirando del perro, que adoptó una expresión culpable, y arrastrándolo hasta la sombra bajo un alero.
Duro hizo lo mismo, justo a tiempo, porque el cocinero abrió de golpe la puerta y asomó la cabeza con el ceño fruncido y un cuchillo de aspecto temible en la mano.
Miró a uno y otro lado de la calle, y su mirada pasó por encima del gigantesco druida oculto entre las sombras sin llegar a distinguirlo.
—Malditos lobos... Ya andan otra vez por aquí —gruñó antes de lanzar una última mirada a la calle. Convencido de haber espantado al visitante nocturno, regresó al interior y, un instante después, se oyó el pesado cerrojo encajando en su sitio.
Bellicus soltó el aire lentamente y reprendió en silencio a Cai moviendo un dedo frente a su hocico.
Luego salieron de las sombras y reanudaron la búsqueda, confiando en que los dioses los guiaran.
Un gato, sobresaltado por su presencia, los observó unos instantes; sus ojos verdes brillaron bajo la luz de la luna antes de desaparecer entre las casas.
—Gatos, cocineros y lobos... —murmuró el druida con fastidio—. Pero ni rastro de la cabeza del ciervo.
Mientras hablaba, distinguió algo en un edificio situado un poco apartado del camino y le hizo una señal a Duro para que lo siguiera.
Con Cai pegado a su costado, se acercó a investigar.
En la puerta del taller había una imagen estilizada de un anciano barbudo empuñando un martillo.
Bellicus miró a Duro, que simplemente se encogió de hombros con gesto desconcertado.
—Una herrería —susurró el centurión—. ¿Y qué?
—No es una herrería —replicó Bellicus—. Es demasiado pequeña.
Señaló las paredes del edificio, que no parecían lo bastante largas para albergar el horno, el yunque, los fuelles y todo el equipo necesario para fabricar arados, morillos y otras piezas de hierro.
Duro volvió a preguntar en voz baja:
—¿Y qué?
Era evidente que empezaba a perder la paciencia.
—Esa imagen —respondió Bellicus, señalando la representación del anciano empuñando un martillo en la puerta del taller— es de Goibniu.
Para los dalriadanos es el dios de los herreros, sí, pero también del trabajo de los metales en general.
—Esbozó una sonrisa satisfecha y se agachó para examinar la cerradura de la puerta—.
Apostaría a que este es el edificio que buscamos, aunque no tengo muy claro cómo entrar sin hacer un escándalo.
—No estoy seguro de que debamos entrar —susurró Duro, contemplando con recelo la imagen del dios dalriadano—.
Cuando perseguíamos a los sajones dijiste que sus dioses tenían poco poder en estas tierras porque eran invasores o algo así.
Dijiste que tus dioses los vencerían y, aquella vez, así fue.
Pero aquí... estamos en tierras dalriadanas, Bel.
El druida negó con la cabeza.
—Los dalriadanos también son recién llegados.