El Canto del Centurión (Crónicas del guerrero druida de Gran Bretaña 2) CAPÍTULO DIECIOCHO
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CAPÍTULO DIECIOCHO

Aquella noche había luna llena, suspendida en un cielo despejado como una gran manzana madura que revelaba toda la majestuosidad de los cielos.

Se distinguían las constelaciones y aquellas manchas de extraña belleza que parecían danzar en el rabillo del ojo, y Bellicus sintió el impulso de simplemente caminar.

No hacia ningún lugar en particular, sino deambular, contemplando el esplendor de la noche y del mundo que lo rodeaba.

—¿Te has vuelto loco? —protestó Duro cuando el druida le confesó su deseo de salir a dar un paseo—. ¡Estamos en un pantano! Un solo paso en falso y podrías ahogarte. Incluso de día este lugar es traicionero.

—Avanzaré despacio —prometió Bellicus, levantando su báculo—. Con esto iré tanteando el terreno y sabré dónde pisar. Además, los dioses me guiarán.

Alzó la vista hacia el rostro plateado de la luna y supo que decía la verdad.

—Me están llamando, y he aprendido que siempre conviene escuchar cuando eso sucede. Quédate aquí con el centurión, ¿de acuerdo, Cai? No quiero que acabes hundiéndote en una ciénaga.

Duro acarició la cabeza del enorme perro, fijándose en la expresión de tristeza que mostraba y preguntándose, no por primera vez, si Cai era capaz de comprender las palabras de su amo.

—No te preocupes por nosotros —dijo—. No nos moveremos de aquí. Tú solo ten cuidado. Puede que algún dios te esté llamando, pero también podría ser Lug en una de sus tretas...

—Tendré cuidado —respondió Bellicus con una sonrisa cuyos dientes brillaron bajo la luz de la luna—. Si me encuentro con un anciano encorvado, sabré que es el dios intentando engañarme.

—O con una hermosa ninfa —replicó Duro, devolviéndole la sonrisa—. Aunque no estoy seguro de que eso fuera tan malo. Hace ya bastante tiempo que...

Su expresión se apagó al darse cuenta de lo que estaba a punto de decir, y el recuerdo de su esposa asesinada volvió a llenar su mente.

—Descansa —dijo Bellicus, apretándole el hombro antes de envolverse en su oscura capa, hasta parecer poco más que una sombra—. Bebe un poco más de esa cerveza, pero déjame al menos un trago. Es una noche fría y sin nubes, y necesitaré entrar en calor cuando vuelva.

Meditó un instante qué dirección tomar y decidió seguir el sendero que ya conocían. Cualquier otra ruta sería tentar a la desgracia, así que, aunque estaba convencido de que hacía lo correcto, no tenía sentido lanzarse a ciegas hacia la oscuridad como un muchacho inexperto.

Aun así, pese a haber recorrido aquel camino varias veces durante los dos últimos días, avanzó con cautela, usando la punta de su báculo para asegurarse de no meterse sin querer en una zona cubierta de agua estancada.

No creía realmente que aquello fuera a costarle la vida, incluso si ocurría, pero siempre era prudente respetar la naturaleza, especialmente en una noche como aquella, cuando el velo entre los mundos parecía tan fino que casi podía apartarse, revelando secretos extraños y maravillosos.

Sin un destino concreto, el druida caminó despacio, disfrutando del aire frío y del casi absoluto silencio de las tierras dalriadanas.

Un cárabo ululó tres veces, no muy lejos de allí, y el sonido le trajo recuerdos de su infancia en la isla de Iova, cuando aprendía a convertirse en druida.

Por alguna razón, Iova siempre le había parecido el lugar con más búhos de cuantos había conocido, y de niño disfrutaba enormemente descubriéndolos posados entre las ramas de los árboles, tan grandes que hacían combar la rama que les servía de posadero.

Imaginó que en aquellos parajes, tan alejados de la perturbadora influencia de los hombres, abundarían las presas para aquellos cazadores nocturnos.

Allí el terreno era más firme, y mientras caminaba sintió cómo iba relajándose.

El estrés provocado por su reciente enfrentamiento con Coroticus se disipaba poco a poco, y la perspectiva de tener que matar de algún modo a Loarn mac Eirc dejó de parecer tan apremiante.

Aquello le ocurría siempre que se alejaba de la civilización y permanecía solo: las pequeñas disputas y las vidas efímeras de sus semejantes le parecían completamente insignificantes dentro del gran orden de las cosas.

Cuando Coroticus no fuera más que polvo —cuando el propio Bellicus hubiera dejado incluso de ser un recuerdo— aquellos pantanos seguirían allí, junto al bosquecillo de tejos y los búhos cazando ratones y liebres.

Escuchó el murmullo de un arroyo al este y se dirigió hacia él, subiéndose la capucha porque un viento helado había comenzado a soplar.

La corriente reflejaba el resplandor de la luna y Bellicus encontró una gran roca seca donde sentarse.

Estiró las piernas y movió lentamente la cabeza de un lado a otro, sintiéndose más libre de lo que se había sentido en muchas semanas.

La noche y el paisaje le recordaron la época en que acababa de partir de Dun Buic para rescatar a la princesa Catia y se detuvo en el asentamiento de Litana.

Allí había sacrificado un ave en un lugar muy parecido a aquel, y la ofrenda había surtido efecto, pues los dioses le enviaron noticias, por medio de un pastor de la zona, sobre el paradero de la muchacha.

En aquel entonces estaba perdido y al borde de la desesperación, y ahora deseó tener algo que pudiera ofrecer en sacrificio.

Sus pensamientos volvieron al problema de Loarn mac Eirc.

Sí, era cierto que los problemas de los hombres eran, en última instancia, insignificantes, pero Bellicus seguía siendo un hombre, decidido a aprovechar al máximo el tiempo que los dioses le habían concedido.

Si conseguía —¡de alguna manera!— asesinar al rey dalriadano, sin duda salvaría muchas vidas damnonias, porque sin Loarn mac Eirc al frente de su ejército, este no marcharía en primavera para poner sitio a Dun Breatann.

Además, Narina le había contado al druida lo que Loarn había dicho acerca de Catia, y comprendía perfectamente el deseo de la reina de ver muerto a aquel caudillo de lengua venenosa.

Después de todo, hombres habían muerto por mucho menos.

Ojalá hubiera pensado en llevar consigo una gallina, una paloma o incluso una rata de alguno de los asentamientos por los que habían pasado. Habría podido sacrificarla como ofrenda a los dioses a cambio de su ayuda. A cambio de una señal o una indicación sobre cómo derribar al gobernante dalriadano.

Cerró los ojos y se dejó caer en un trance, aislándose del murmullo del arroyo y del viento helado que le azotaba la nuca.

Permaneció sentado largo rato, vaciando su mente de todo pensamiento, abriéndose como un cáliz vacío, con la esperanza de que los dioses tuvieran a bien concederle una señal pese a no haberles ofrecido ningún sacrificio.

En un momento dado incluso creyó oír, llevado por el viento a través de los pantanos, el tenue sonido de la flauta de Duro.

Aquello hizo que pensara en el centurión, que jamás le había preguntado si realmente era el padre de Catia. Duro era su amigo, y eso no importaba...

Bellicus se dio cuenta de que sus pensamientos volvían a divagar y se obligó a relajarse.

A vaciar por completo la mente...

Cuando abrió los ojos, creyó que había cruzado el umbral hacia el Otro Mundo, porque frente a él se alzaba un enorme ciervo blanco, absolutamente majestuoso bajo el plateado resplandor de la luna.

Demasiado atónito para moverse y aún embotado por la meditación, el druida contempló al magnífico animal, preguntándose si acaso se había quedado dormido y todo aquello no sería más que un sueño.

La bestia parecía completamente ajena a su presencia, seguramente porque el viento arrastraba cualquier rastro de su olor en dirección contraria y porque él había permanecido inmóvil como una roca durante mucho tiempo.

El ciervo bajó su gran cornamenta hacia el suelo y comenzó a mordisquear algo; por el sonido, debían de ser ramitas, un alimento sin duda escaso.

Finalmente, tras echar un último vistazo a su alrededor —sus ojos llegaron incluso a posarse directamente sobre Bellicus antes de seguir recorriendo el paisaje—, se alejó con paso tranquilo, dejando al druida demasiado maravillado para reaccionar hasta que la oscuridad terminó por engullirlo.

—Gracias, Cernunnos —susurró al fin, sonriendo por la fortuna de haber contemplado tan de cerca una visión tan extraordinaria—. Te juro que te ofreceré un sacrificio digno en cuanto tenga la oportunidad.

Una lluvia helada comenzó a caer y se puso de pie, frotándose los brazos y las piernas para devolverles el calor antes de alzar su báculo y emprender el camino de regreso al campamento.

Duro no había dejado que el fuego se apagara; Bellicus percibía el olor de la leña ardiendo en el viento, que le servía de guía hasta que estuvo lo bastante cerca para distinguir el resplandor anaranjado de las llamas entre el bosquecillo de tejos.

—¿Te enviaron los dioses algún mensaje? —preguntó el centurión, cuya flauta seguía bien guardada dentro de la mochila, advirtió Bellicus.

Le lanzó una bota de cerveza y ensartó un trozo de pan en un palo.

Lo sostuvo sobre el fuego para tostarlo, luego lo untó con un poco de mantequilla y se lo ofreció al druida.

Bellicus lo aceptó agradecido y se sentó junto a Cai, que había salido a recibirlo cuando regresó atravesando el pantano.

—Sí —respondió, mirando hacia la oscuridad con la esperanza de alcanzar a ver una vez más al gran ciervo blanco—. Lo vi, y me ha dado una idea.

Permanecieron juntos hasta la medianoche mientras Bellicus relataba lo sucedido y, entre los dos, fueron dando forma a su plan y a la mejor manera de llevarlo a cabo.

—Es un buen plan —admitió Duro, sonriendo ante la audacia...

o quizá la locura... de toda la empresa—.

Y está claro que cuentas con el favor de los dioses, así que...

hagámoslo. Mañana podremos dedicar el día a hacer correr el rumor del ciervo blanco, pero por ahora... ¿quieres hacer tú la primera guardia?

—¿La guardia? —Bellicus negó con la cabeza entre risas—. ¿Ya tienes sueño? Tenemos un trabajo que hacer, ¿y qué mejor momento que ahora?

Duro se llevó una mano a la frente y soltó un gemido.