El Canto del Centurión (Crónicas del guerrero druida de Gran Bretaña 2) CAPÍTULO UNO #3
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CAPÍTULO UNO #3

—¿Qué sabes de mi hija? —exigió Coroticus, sin darse cuenta de lo que pensaba Narina y súper alterado por escuchar de la nada lo de la princesa secuestrada—.

¿La tienen ustedes? ¿Fuiste tú el que le pagó a esos mercenarios para quitármela, maldito Drest?

El rey picto negó con la cabeza, pero el druida fue el que volvió a hablar: —No tenemos idea de lo que pasó con tu hija —afirmó Qunavo—.

Aparte de que se la llevaron hacia el sur.

Pero eso ya lo sabes, ¿verdad? Mandaste a mi discípulo Bellicus a buscarla.

—¡Deberías haber ido tú en persona! —le soltó Cunneda burlándose—.

Mandar a otro a buscar a tu propia hija mientras te escondes en tu fortaleza como un cobarde.

¡Qué vergüenza, Coroticus! ¡Y yo que creía que los hombres de la tribu de los damnonii eran más valientes!

Cuando escuchó el nombre de Catia por primera vez, a Narina le temblaron las piernas, pero ya se había tranquilizado.

Agarró del brazo a su esposo y le susurró unas palabras de calma al oído.

—No dejes que te provoquen, Coroticus. Sabes cómo funciona este juego. Esto no es más que otra maniobra para enfurecerte y hacer que actúes sin pensar. Ignóralos y no tendrán más remedio que marcharse.

El rey, con los ojos ardiendo de furia, parecía dispuesto a desoír el consejo de Narina.

Pero, al cabo de un momento, soltó un profundo suspiro y obligó a sus labios a formar una sonrisa que se parecía más a una mueca.

Narina se relajó y deseó que Drest y toda su pandilla se largaran de una vez a sus propias tierras.

Pero el rey de los dalriadanos todavía no había dicho la última palabra. Loarn mac Eirc echó la cabeza hacia atrás para mirar a Coroticus y, en un cúmbrico claro aunque con un acento extraño, le explicó al rey de los damnonii todo lo que pensaba hacerle, sexualmente, a la desaparecida princesa.

Aquello fue demasiado para Narina. Dejó escapar un sollozo desgarrador y sintió que las piernas le fallaban.

Coroticus la sostuvo por instinto para evitar que se lastimara al caer, pero ella terminó de rodillas sobre la plataforma de madera, misericordiosamente oculta de las miradas del enemigo, llorando por su hija secuestrada, cuyo destino seguía siendo un misterio.

Coroticus, paralizado por la conmoción, se quedó mirando a Loarn mac Eirc con una furia asesina durante lo que pareció una eternidad. Luego habló entre dientes, con una voz baja que, de algún modo, llegó hasta los hombres que esperaban al otro lado de las puertas.

—Te mataré por eso —le prometió al dalriadano—.

Una cosa es intercambiar insultos sobre la esposa de un hombre, pero decir algo así de su hija desaparecida es...

—Las palabras se le apagaron antes de encontrar cómo terminar la frase.

Desenvainó la espada y la apuntó hacia el anciano rey—.

Lo juro por Dis, dios del inframundo: te enviaré ante él como una ofrenda.

Te arrancaré esa lengua maldita y llenaré esa boca vacía con tus propios testículos antes de cortarte las extremidades una por una y dejarte morir entre agonías.

Los guerreros de ambos bandos que observaban la escena permanecieron en silencio mientras aquel terrible juramento era pronunciado.

El druida Qunavo dio un paso hacia un lado, alejándose de Loarn, como si temiera quedar manchado por una promesa cargada de tanto odio.

Sin embargo, el rey dalriadano pareció completamente imperturbable ante el cambio de ambiente; se limitó a reírse de Coroticus y a frotarse la entrepierna con gesto obsceno.

—¿Se rendirán? —preguntó Drest, intentando claramente dejar atrás aquel oscuro momento—. ¿O debo ordenar el ataque?

Coroticus respondió al rey picto, pero en ningún momento apartó la vista de Loarn mac Eirc.

—Haz lo peor que puedas, Drest. Cuando tus hombres hayan muerto, marcharé sobre sus tierras y me convertiré en el Gran Rey de todas las tierras al norte de las murallas romanas.

Dicho eso, se dio la vuelta y se arrodilló para estrechar a Narina entre sus brazos.

Ninguno de los dos se movió durante largo rato, sin importarles quién pudiera verlos en aquel triste abrazo.

Finalmente, comenzaron a oírse los pasos de los guerreros enemigos mientras regresaban a sus propias filas.

—Tenían razón —murmuró el rey cuando el silencio volvió a envolverlos. Incluso Gavo, el fiel capitán de la guardia, se había retirado de la plataforma de la puerta fortificada para concederles un poco de privacidad.

—¿Sobre qué? —preguntó Narina con una voz débil, quebrada por la desesperación.

—Debí haber ido yo mismo a buscar a Catia en lugar de enviar a Bellicus.

Narina no respondió. No porque estuviera de acuerdo —no lo estaba—. Simplemente estaba demasiado aturdida para consolar a su esposo en aquel momento.

—¿Qué vamos a hacer? —se preguntó Coroticus.

Era una pregunta retórica, pero Narina alzó la vista hacia él con los ojos enrojecidos por el llanto y apretó los dientes.

—¿Qué vamos a hacer? —repitió con dureza.

El rey se sobresaltó al ver la furia que ardía en su mirada—.

Cuando esos bastardos regresen a sus tierras —gruñó—, llevarás a los hombres hacia el noroeste y cumplirás tu juramento a Dis, ¿me oyes?

¡Quiero clavar yo misma la cabeza de Loarn mac Eirc en lo alto de esta maldita puerta fortificada!