36. Un incidente a orillas del lago en la fiesta de la Luna #3
—Bueno, viene a ser lo mismo. ¿Quién era su padre?
Ah, un momento… Claro, Malcolm lo sabía.
Era ese hombre que se llamaba Gerard Bonneville, que había ido a Wolvercote.
Por lo visto, tenía por costumbre pegar a su daimonion.
Después, más adelante, Malcolm lo mató. Pero entonces éramos demasiado pequeños para entender nada.
—Recuerda lo trastocados que quedamos al enterarnos de quiénes eran nuestros padres…
—Tuvimos que enterarnos por los giptanos… La gente no debería hacer eso, ocultar ese tipo de cosas a los niños. Deberían decirles la verdad.
Permanecieron en silencio un momento. A su derecha, se estaban encendiendo las luces de colores y sobre el agua llegaban breves retazos de música, como si varias bandas de música afinasen los instrumentos al unísono.
—¿Dónde buscaste mi imaginación? —preguntó Lyra.
Pan miró la luna, que acababa de salir tras las colinas, y ella siguió el curso de su mirada.
—¿Como lo de la cordura de Orlando Furioso? ¿Fue eso lo que te dio la idea?
—Bueno… Empezó como una metáfora. Estaba exasperado. Al principio, no lo tomaba como algo literal, pero después me empeñé con eso y no quise parar. Además, es posible que fuera verdad.
—¿Qué? Que mi imaginación estaba…
—Ausente. O que no te fiabas de ella. O que tratabas de no creer en ella. Eso sí era verdad.
—Sí, creo que sí. Pan, si no hubiéramos sido capaces de separarnos, nos habríamos visto obligados a estar juntos odiándonos para siempre.
—Vaya, o sea, que estuvo bien que me abandonaras en el mundo de los muertos.
—Eso fue lo peor que he hecho nunca.
—Pero tuviste que hacerlo. Ahora lo comprendo. ¿Sabes que el viejo decano sabía que lo ibas a hacer? Me lo contó Malcolm.
—¿Cómo podía saber eso el decano?
—Por el aletiómetro, que predijo que ibas a verte implicada en una gran traición.
Lyra notó algo pequeño y ligero que le cayó en la cara. Era una hoja. La cogió y la retuvo en la mano.
—Pues me alegro de no haberlo sabido yo —dijo.
—Habría sido imposible que estuviéramos al corriente de algo así, porque cargar con ese peso no nos habría dejado vivir. Era listo el viejo decano.
—¿Te acuerdas de esa cena en la que estuvimos con el nuevo?
—El ejecutivo del sector farmacéutico, sí. Menudo embaucador…
Lyra despedazó la hoja y dejó caer los trozos en la hierba.
—Este no es el momento adecuado del año para que las hojas se comporten como metáforas —señaló Pan.
—Aun así, lo hacen. Todo funciona continuamente como metáfora.
—Entonces, ¿la diadema de oro que Malcolm fabricó para ti era una metáfora? Por cierto, ¿dónde está? Todavía no la he visto.
—Era preciosa —aseguró Lyra—, igual de hermosa que el mismo aletiómetro, casi.
Pero… —Le relató la escena vivida con la pareja de ancianos que antes se encargaban del puente y lo que había hecho con la diadema—.
Estaba obligada a obrar así —adujo—. Era lo justo.
Y la manera en que… —Tuvo que parar para engullir la saliva—.
Por la manera en que permanecían sentados allí, en su viejo sofá, uno al lado del otro, cogidos de la mano, se veía lo mucho que se querían, la confianza absoluta que tenían él en ella y ella en él, y lo que…
—Con gran dificultad para seguir hablando, de repente dejó escapar un sollozo que ni ella misma había previsto—.
Por eso pensé que, si escondía la diadema en la bolsa de costura, al menos tendrían algo que vender y un poco de dinero para vivir durante un tiempo.
Pero se lo he tenido que decir a Malcolm y no creo que a él… No sé.
—Yo vi cómo la hacía. Les dijo a los grifos que era un artífice de los reinos del oro y lo demostró.
—Un día se lo explicaré…
—Pero si ya se lo has explicado.
—Lo que quería decir… No sé qué quería decir.
—¿Sabes? Cuando nos salvó en el momento de las inundaciones…
Bueno, ya lo debes de saber… Pues, por lo visto, una bruja acudió hasta el Támesis, en medio de la riada, para observarlo a él.
Nosotros estábamos dormidos, pero también nos miró a nosotros.
Me lo contó él. Y hace poco, cuando Malcolm y yo estábamos prisioneros con los grifos, vino de nuevo, porque él estaba allí.
—¿La misma bruja?
—Sí, la misma. Le curó la herida de la pierna. Me preguntó si Malcolm y tú estabais enamorados.
—¿Qué? ¿Y tú qué le dijiste?
—Le dije que, si tú estuvieras enamorada, yo lo sabría, y que no lo sentía así. Y añadí que, en todo caso, él estaba enamorado de Alice, que en realidad debería casarse con Alice. Sería lo ideal. Vamos a tener que meterle la idea en la cabeza.
—¿Y tú cómo sabías eso?
—Simplemente, se me ocurrió.
—Pues, ¿sabes?, había estado enamorado de ella dos veces, cuando era más joven. Él mismo me contó cómo fue.
—¿Lo ves? O sea, que ya sabe cómo hacerlo.
Olivier se quedó amodorrado un rato en el pequeño almacén; cuando despertó al atardecer, la vio abajo en la carretera. Iba con el pelirrojo, el tal Polstead. Se habían parado a comprar helados. Se llevó una fuerte impresión al verla, pero allí estaba, no cabía duda de ello.
Bajó corriendo las escaleras con sigilo y, después de observarlos desde el callejón, los siguió cuando se pusieron en marcha.
Había mucha gente en la calle, tal como solía ocurrir cuando hacía buen tiempo en cualquier ciudad a orillas del agua en un día festivo.
Las calles estaban abarrotadas; nadie que hubiera visto el lugar durante las obras de construcción habría podido imaginar lo animado que podía ponerse durante una celebración.
Era bastante fácil no perder de vista a Lyra y a Polstead si se obraba con disimulo.
Cuando el sol se puso y la oscuridad se asentó en las calles, resultó aún más fácil.
La primera pieza de música coordinada empezó a sonar por el lado de la ciudad, donde todas las luces resplandecían y la gente bailaba ya en el borde del puerto.
Lyra se movía, justo un poco, al compás del tango que tocaba la banda…
, o más bien las bandas, pues pronto otro grupo se unió al primero para interpretar un baile más rápido, y las dos formaciones tocaron juntas con alegría, aunque no siempre acompasadas.
Lyra tenía la impresión de que, al recorrer la pequeña pista instalada en el puerto, quienes bailaban expresaban algo relacionado con la noche, con la ciudad y con la luna, y también con otras cosas más.
—Como si dijeran sí, unos forasteros están poniendo carreteras y derribando los edificios, y las cosas están cambiando por todas partes, pero un tango sigue siendo un tango… —declaró Pan, expresando lo que ella pensaba.
—Y esa oscilación que imprimen las cuerdas mientras suben los agudos, y la trompeta que suena con toda la fuerza manteniendo esa larga nota, y la manera en que todos bajan el tono a la vez cuando el bajo cambia el ritmo… Les encanta, se nota.
—A los músicos también les encanta. Fíjate en el director. ¿Lo ves? ¡Nunca había visto a nadie tan engreído!
—Pero escucha cómo mantiene en suspenso el tiempo durante un segundo y luego lo relanza. Es muy bueno. Me da igual que sea un presumido.
Lyra se balanceaba con la música, como si el ritmo impregnara todo su ser.
—No sé si, además de verlo, será posible oír el polvo —planteó después del siguiente estribillo—. Al fin y al cabo, no deja de ser otro sentido.
—Todavía no hemos descifrado qué es el polvo.
—Pero casi. El señor Ionides se dedicaba a estudiarlo. Al referirse al campo de Rusakov…, el campo de rosas…, habló de campos y partículas, y explicó que es como si cada uno fuera un aspecto del otro, más o menos…
—¿Quieres decir que, si lo miras de una forma, es un campo, y que, si lo miras de otra, es una partícula?
—He dicho «más o menos». Pero después empezó a decir otra cosa, sobre la conciencia. Luego paró y preguntó por Karamakán. De todos modos, me dejó intrigada…
El tango llegó a su fin y quienes lo habían bailado aplaudieron con entusiasmo.
Lyra advirtió que el otro grupo había estado tocando un vals.
No obstante, había un afable clima de complicidad entre ambas bandas, que pronto se pusieron a tocar juntas de nuevo, lo que atrajo a más gente a la pista de baile.
—¿Acaso existe el polvo si no estamos nosotros presentes para verlo? —planteó Pan.
Lyra se tomó un momento para reflexionar.
—No lo sé —admitió a la postre—. Si hubiera una manera de descubrirlo, creo que ya lo habrían hecho. Pero me parece que quizá hayamos confundido las cosas.
—¿Por qué? ¿Qué cosas?
—El campo de rosas y el polvo.
—Ahora sí me has dejado confundido.
—Veamos, hace unos minutos, yo pensaba que, al bailar, la gente de la pista expresaba algo relativo a la noche, a la ciudad y a la luna, que en cierta manera decía lo que dirían esas cosas si pudieran bailar.
Sin embargo, también es posible que la noche, la ciudad y la luna dijesen algunas cosas y utilizaran a los bailarines para expresarlas.
—¿Y nosotros? ¿Nos limitamos a mirarlo y… a ser conscientes de ello?
—Pero no… Espera un momento… Entonces también he visto algo que tiene que ver con la imaginación.
—¿Qué?
—Quizá la experiencia no emane del campo de rosas, sino de nosotros. Es algo que ocurre cuando lo vemos. El campo de rosas lo necesita como condición para ser percibido.
—¿Te refieres al polvo?
—Sí, creo que es eso. Es la reacción que tenemos nosotros con relación al campo de rosas.
—Y el campo de rosas la necesita… Pero, entonces, ¿qué es el campo de rosas?
—Es algo que está ahí, y que lo rodea todo.
Es el todo que es consciente. Estamos inmersos en él.
Todo es consciente y todo es conciencia.
Es… Es lo mismo que ocurre con las metáforas, cuando nos muestran la conexión que existe entre las cosas.
La manera en que las vemos es el polvo. El polvo es lo que se genera cuando nuestra imaginación entra en contacto con el campo de rosas.
—O sea, que no era una quimera.
—Ahora mismo, no me lo parece. Hemos deshecho la maraña, Pan. Ya lo tenemos.