36. Un incidente a orillas del lago en la fiesta de la Luna #4
En la pista de baile volvieron a sonar aplausos, y Lyra y Pan se echaron a reír.
—Apuesto a que funciona en ambos sentidos —declaró Pan.
—¿Qué quieres decir?
—Supongamos que el campo de rosas dependiese también del polvo. Sin polvo es como si estuviera ahí apagado, inerte, pero cuando pensamos en él, por medio de nuestra imaginación, el polvo fluye a través de él, lo fertiliza, como un polen, y todo cobra vida.
—¡Sí! —exclamó ella, con una palmada de entusiasmo.
Pan se revolvió sobre la hierba y bostezó, estirándose.
—¿Y el Myriorama? —le recordó—. Estabas a punto de hablarme de eso.
—Sí, pero ahora está oscuro.
—Hay luz de sobra.
—Bueno, de acuerdo…
Sacó las cartas y empezó a repartirlas, bajo la atenta mirada de Pan.
—Hermana —dijo tras ella, en voz baja, Olivier Bonneville.
Sintió una sacudida en todos los nervios.
Dejó caer una carta y se volvió a mirarlo.
Pantalaimon se subió, con el pelo erizado, a su regazo.
La luz de la fiesta, las lámparas de colores y los focos y la bola de cristal de la pista de baile quedaban todos a su espalda, de tal forma que habría sido difícil ver su expresión de no haber sido por la luna, que proyectaba su luz plateada sobre los hombros de él para caer directamente sobre sus ojos. Su cara aparecía rebosante de emoción.
—Pues sí, hermano —contestó con voz entrecortada.
—¿Te importa si me quedo con vosotros?
—Adelante.
La primera vez que lo vio, en una lectura de aletiómetro en la que utilizó el nuevo método que él había inventado, pensó que era Will.
Tenía una constitución parecida y un tipo de cabello semejante, pero, cuando se dio la vuelta, resultó evidente que no era el Will a quien había querido, sino otra persona, de aire defensivo, hosco y amenazador.
La segunda vez fue durante la breve pero feroz pelea que habían librado en el jardín de la embajada brasileña de Alepo.
Aquellas eran las únicas ocasiones en las que había entrevisto aquella figura sombría, aquel secretario, o agente, o lo que fuese, aquel hijo del abominable Gerard Bonneville, el hombre cuyo daimonion era una hiena de tres patas: el hombre a quien había matado Malcolm a fin de protegerlas a ella y a Alice.
Y allí estaba entonces, recogiendo la carta que había dejado caer y devolviéndosela antes de sentarse cerca, cruzando cómodamente las piernas.
Aunque estaba flaco y llevaba la ropa andrajosa y polvorienta, era bien parecido y tenía una presencia que iría acorde con un atuendo caro y un entorno sofisticado.
Esa fue la impresión que le dio al principio, pero, tal vez porque la luna quedaba a su espalda y la luz que le iluminaba la cara provenía de la ciudad, inconstante y multicolor, en los ojos que la miraban percibió capas y capas de expresión y sutileza, de lástima y pesar, de esperanza y comprensión.
—¿Cuándo te enteraste? —preguntó Lyra.
—No hace mucho. El aletiómetro nunca me lo quiso decir cuando era más joven. Se mantenía callado y sin moverse cuando le preguntaba por esto, o por ella, por nuestra madre… ¿La conociste?
—¿La señora Coulter? Sí, apenas, cuando era niña.
—¿Está muerta?
—Sí.
—Y la has llamado señora Coulter.
—¿Cómo la llamabas tú?
—No la llamaba de ninguna manera. No sabía que la mujer que creía que era mi madre no lo era. Aunque sí tengo un recuerdo de infancia, de una mujer que me cantaba una canción, y ahora no sé si podría haberse tratado de…
Lyra recordó aquella noche en que, viajando en el ferri de Esmirna, le estuvo cantando canciones de cuna a la niña que había sobrevivido al naufragio.
—En mi caso, mi verdadera madre…, o sea, la persona que tuvo más importancia…, fue una camarera que se llamaba Alice —le confió.
Pantalaimon, que se había mantenido en postura defensiva, listo para atacar, relajó los músculos y se bajó de su regazo.
El daimonion halcón de Olivier lo miró desde donde este lo había colocado, sobre su rodilla, y luego inclinó la cabeza.
Entonces Pan se le acercó con cautela. Lyra y Olivier observaron cómo sus daimonions se tocaban, frotándose el hocico y el pico, y después Bonneville depositó con suavidad el halcón en la hierba.
—¿A qué jugabas? —preguntó, señalando las cartas.
—Ah, no es un juego. Es una narración, que uno tiene que rellenar con palabras.
—¿Y el aletiómetro? Ya sé que está roto.
—Lo robó un grifo. Todavía tenemos una parte, y el engranaje está completo. Malcolm lo va a arreglar.
—Malcolm. Ah, sí. Me crucé con él en un bazar. ¿Crees que es posible arreglarlo?
—Si alguien puede recomponerlo, ese es él.
Olivier asintió y se puso a mirar a los dos daimonions, que conversaban en voz muy baja a un par de metros de distancia. Después volvió a centrarse en Lyra.
—Y, entonces, ¿qué historia narran las cartas? —preguntó.
Lyra le devolvió la carta que había caído. Ilustraba a un hombre cubierto con una larga capa que cabalgaba por un bosque, con un pequeño hatillo abrazado contra su pecho.
— Erlkönig —dijo—. Conozco la historia.
—¿Qué historia?
— Wer reitet so spät durch Nacht und Wind, Es ist der Vater mit seinem Kind.
—Sigo sin entenderlo.
—Es un poema, un canto. Trata de un padre que lleva en brazos a su hijo queriendo protegerlo, pero el elfo Erlking susurra al oído del niño toda clase de promesas; cuando el padre llega a casa, el niño está muerto.
—Me parece que he oído ese canto.
—De pequeño, yo pensaba muchas veces que era ese niño.
—Ah… ¿Cuántos años tenías?
—Debía de tener pocos, para dejarme invadir por el miedo.
—Y tu padre…
—No, no creía que fuera él. Era otra persona. ¿Tienes ahí el resto de la historia?
Lyra le presentó el resto de la baraja.
—Elige una carta.
Él cogió una y la puso de tal forma que pudieran verla con la luz de la luna. En ella aparecía una niña que alargaba el brazo en el borde de un río, o de un lago, para coger una carta de manos de un niño que iba en una barca.
—Tienes que continuar la historia utilizando los elementos de esta imagen —le explicó Lyra.
—Ah. Bueno, ella es la hija de Erlking. El niño no es el del poema, porque está muerto.
—Entonces, ¿quién es?
—Aprendió el poema en la escuela. Siempre quiso ver a la hija de Erlking, pero solo estaba medio convencida de que fuera algo de verdad.
—¿Qué pone en la carta?
—No lo sabremos hasta que ella misma lo averigüe.
—¿Ves? Así es como funciona —dijo Lyra, y guardó la carta en la baraja.
Entonces él se puso en pie y sacó algo del bolsillo.
Con la luz multicolor de la fiesta, Lyra vio que era una recia navaja.
Los daimonions detuvieron la conversación y levantaron las cabezas a tiempo para mirar como él tendía el brazo hacia atrás y después arrojaba la navaja lo más lejos que podía en las aguas del lago.
—Se acabó —dijo, antes de sentarse de nuevo.
—¿Y qué harás cuando regreses? —preguntó ella.
—Buscar trabajo. Lo único que sé hacer es leer el aletiómetro. Alguien me pagará por eso. Quiero profundizar en el nuevo método. Queda mucho por descubrir.
—Quería preguntarte por eso…
—¿Y tú qué vas a hacer?
—Seguir contando historias, espero —respondió Lyra.
FIN
Justo como un barco, que por el vasto océano
dirige su curso a una determinada costa,
se encuentra con muchos contrarios vientos y mareas,
con los que su alada velocidad es impedida y obstaculizada,
y él mismo en tormentosas oleadas es sacudido;
aun así, haciendo muchas maniobras, y muchos virajes,
aún caza viento, ni ha su compás perdido:
justo así me ocurre a mí en este largo camino,
cuyo curso es a menudo detenido, aun así nunca se pierde.
E DMUND S PENSER ,
La reina de las hadas ,
Libro VI, canto XII