36. Un incidente a orillas del lago en la fiesta de la Luna #2
—¡Muy buenos días, muchacho! —contestó uno de los hombres, mientras el otro levantaba el vaso de cerveza a modo de bienvenida.
—Disculpen mi ignorancia, pero soy un viajero que llega de muy lejos y me interesa ver qué ocurre aquí. Parece que estuvieran preparando alguna especie de celebración, ¿no?
—¡Exacto!
—¿Acaso no celebran la luna llena en el sitio de donde eres? —preguntó un hombre que fumaba con una larga pipa de arcilla.
—La luna llena… Ya entiendo. Pues no; de hecho, no. Es una novedad para mí. Va a haber música y baile, por lo que parece.
—¿De dónde eres, entonces? —preguntó el otro hombre.
—De Basilea, en Suiza.
—¿Has venido a comprar aceite de rosa? De ser así, no estás de suerte.
—No, solo viajo, observo las cosas y escribo un poco.
Se fijó en los daimonions de los dos ancianos. Uno de ellos era un caniche viejo, huesudo y canoso, que dormía en el banco. Este levantó una pestaña para mirar a Bonneville y enseguida la volvió a cerrar. El otro era un estornino, que cabeceaba posado en el hombro de su persona.
—Con toda esta tierra que están removiendo, ¿qué van a construir? —preguntó Bonneville.
El individuo de la pipa se encogió de hombros y su compañero sacudió despacio la cabeza.
—En realidad, no nos afecta —afirmó—. Tampoco va a cambiar nada por eso.
Bonneville asintió, como si considerase que acababa de escuchar una atinada opinión.
—Que les vaya bien, pues —se despidió, antes de reanudar la marcha.
El viejo fumador agitó la pipa y ambos guardaron silencio hasta que Bonneville se hubo alejado. Cuando se volvió a mirar, su daimonion advirtió que uno de ellos decía algo y el otro reaccionaba con una carcajada.
Lyra, Malcolm, Ionides y Leila Pervani se sentían extrañamente incómodos, como las personas invitadas a una reunión con el único propósito de encontrarse juntas.
No obstante, el sol irradiaba una agradable calidez, las máquinas estaban en silencio y resultaba agradable oír conversaciones humanas a su alrededor.
Acordaron no regresar de inmediato por la abertura que Lyra había practicado para acceder a las ruinas del edificio rojo.
Sin embargo, Malcolm tuvo la precaución de memorizar con exactitud el lugar donde se encontraba el acceso, tomando como referencia algunas rocas y arbustos, y un punto elevado de las colinas que se alzaban al otro lado del lago. Ionides dedujo qué hacía.
—¿La señorita Plata ha recortado esa ventana?
—Sí. ¿La había visto hacer algo así?
—Me sacó de la celda de una cárcel cortando la cerradura, pero no la había visto abrir el portal de otro mundo. Es buena idea fijar en la memoria dónde está.
—Usted hacía lo mismo —contestó Malcolm.
—¡Claro! —admitió Ionides—. Yo soy su mago personal y tengo que cuidar de ella. No se va a acordar de dónde está exactamente esa abertura, porque es muy difícil de ver.
Al darse la vuelta, constataron que era casi invisible.
—¿Su amiga y usted tienen intención de quedarse en este mundo o de volver? —preguntó Malcolm, una vez reanudada la marcha, detrás de Lyra y de Leila Pervani.
Ionides se detuvo un momento antes de responder. Al observarlo, Malcolm advirtió que lo estaba pensando en ese momento.
—Ella y yo habíamos trabajado juntos en la Universidad de Alejandría —explicó al final Ionides—.
En el departamento de física, con diferentes enfoques, pero siempre investigando Rusakov y su campo y sus partículas.
Descubrimos algunas cosas que se volvieron peligrosas para nosotros y al final tuvimos que huir de allí.
—¿Qué tipo de cosas?
—Estábamos transitando por el borde de la teoría de la multiplicidad de mundos y también de la conciencia.
Comenzó a resultar evidente que íbamos a descubrir algo prohibido, ya fuera cierto o no.
Habíamos visto muestras del aceite de rosa, habíamos observado parte de lo que sacaba a la luz, habíamos oído hablar de ese comercio de rosas y del extraño lugar donde se llevaba a cabo.
Estábamos ansiosos por ir a ese sitio y al edificio rojo por el que había que pasar para llegar aquí.
Sin embargo, las autoridades universitarias inventaron un escándalo y nos obligaron a abandonar la institución.
Cada uno tiró por su cuenta, y ahora aquí estamos.
Mientras tanto, por el camino, me gané el honor de convertirme en el mago personal de la señorita Plata.
Y ahora nos vamos a quedar a trabajar aquí. Pero todas estas obras de construcción…
Abarcó con un gesto el paisaje, con expresión titubeante y ansiosa.
—No creo que a los constructores les interesen las rosas, ni la conciencia, ni los descubrimientos de Rusakov —opinó Malcolm—.
Lo que quieren es dinero. El dinero lo disuelve todo.
Si creen que pueden ganar dinero con el producto de su trabajo, no tendrán ningún escrúpulo.
Por cierto, Lyra ha decidido que el campo de Rusakov se va a llamar a partir de ahora el campo de las rosas.
—Ah, ¿sí? Bueno, ella es una reina de las brujas. Lo que ella diga tiene que ser.
Durante el resto del día, Bonneville pensó y actuó como una sombra.
Ese era otro aspecto que se le daba bien: obrar entre el silencio y la oscuridad.
Después de robar un poco de embutido y una manzana, se sentó a comerlos en el puerto, observando todas las caras que veía, desde la entrada de un callejón.
De haber dispuesto de una mesa y una silla, habría consultado el aletiómetro, que reposaba silencioso en su mochila, cargado de información.
En numerosas ocasiones, se planteó sacarlo de todas formas y sostenerlo en el aire, nada más que eso, haciendo girar las ruedas, observando cómo la aguja se movía a su propio ritmo, deteniéndose, oscilando y reanudando su trayectoria.
Era algo hermoso de ver, incluso cuando no se comprendía.
No obstante, habría resultado demasiado llamativo.
Despertaba la curiosidad de la gente, que se paraba a mirarlo, y entonces le hacían preguntas y querían que les dijera la buenaventura.
Llamaría la atención sin disfrutar de la posibilidad de leerlo como es debido.
Los transeúntes se acordarían de él. Más valía mantenerlo a salvo de las miradas.
Entre tanto, escrutaba las caras, con discreción, sin detenerla en ninguna chica en particular, sin que nadie se diera cuenta.
Miraba solo de pasada y enseguida desviaba la vista.
Algunas veces, volvía a posarla en la misma joven, cuando creía que aquellos ojos tenían un brillo parecido, o aquel pelo el mismo tono que el de ella, incluso por debajo de ese tinte oscuro, o esos ligeros movimientos, un toque de su fuerza desenvuelta; o cualquier cosa que le hiciera pensar en el nombre de Lyra.
¿Por qué debía de llamarse así? ¿De quién había sido la idea? ¿Qué significado tenía?
Qué más daba. Lo importante era que estaba allí.
Al final, la vería. Y también a ese mal nacido pelirrojo, y al mendigo de la cicatriz en la cara que lo había engañado de mala manera, y a la mujer que estaba en la casa del nuncio y que se había encargado de humillarlo.
A su alrededor, la gente colgaba lámparas, aún llevaba sillas y mesas a la zona de la pista de baile, montaba casetas y puestos callejeros en el borde del puerto, e incluso decoraba barcas con guirnaldas de flores y banderines de colores.
El callejón estaba bien para quedarse unos minutos, pero no podía permanecer allí sentado todo el día.
Al otro lado de este, detrás de unos rebosantes cubos de basura, había una puerta que, según sus cálculos, debía de dar a la parte posterior de un bar de baja estofa, porque en un momento dado la puerta se abrió y una muchacha con delantal salió a vaciar una palangana llena de peladuras de patata en uno de los cubos, y después volvió adentro dando un portazo.
Sin embargo, la puerta rebotó y el pestillo no se cerró.
Por el resquicio, Olivier entrevió unas escaleras de madera, de modo que se levantó a toda prisa y, sin pararse a pensar, se introdujo por él.
La cocina estaba justo enfrente; las escaleras quedaban a la derecha. Las subió a la carrera y encontró un sucio almacén abarrotado de sillas rotas, sacos de arroz y patatas, un estante con manzanas y, lo mejor de todo, dotado de una ventana con vistas al ajetreo del puerto.
Había comido y estaba lesionado y cansado. Tras localizar un sitio despejado cerca de la ventana y una silla en aceptable estado, se instaló en ella a observar la actividad de afuera. Tarde o temprano, ella pasaría por allí y entonces la seguiría.
Pan y Lyra hablaron muy poco durante el día, porque gran parte de lo que cada cual tenía que decir estaba destinado solo para el otro, y no fue hasta más tarde, después de que hubieran comido todos juntos, cuando la muchacha y su daimonion pudieron hablar tal como necesitaban hacer, juntos y a solas.
Se sentaron en la hierba a orillas del lago.
La ciudad quedaba a su derecha, y un poco más lejos, a la izquierda, vieron que había una cadena de montañas.
En la otra ribera, las cumbres coronadas de árboles adquirían ya una suerte de tonalidad plateada, mientras la luna asomaba por la pequeña colina sobre la que se había asentado el centro de comercio de las rosas, así como la abertura hacia el mundo de Lyra.
A sus oídos llegaban fragmentos de música, carcajadas y el murmullo de las conversaciones que tenían lugar en la ciudad.
—Vuelve a contarme lo de Olivier Bonneville —pidió Lyra—. No lo acabo de ver claro. Es demasiado extraño.
—Dijo que la señora Coulter era su madre, que lo había averiguado hacía poco. Y añadió algo sobre Delamare y sus embustes.
—Es nuestro hermano…
—Hermanastro.