El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 36. Un incidente a orillas del lago en la fiesta de la Luna
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36. Un incidente a orillas del lago en la fiesta de la Luna

L yra cayó hacia atrás y él cayó con ella, y después se pusieron a darse besos sin parar, tal como le había recomendado hacer Nur Huda.

Asta se encontraba cerca, y también Malcolm, pero para ella solo existía Pan, el daimonion de su corazón al que amaba, la parte extraviada de sí misma por la que había cruzado el mundo.

—¿Te has hecho daño? —preguntó, articulando a duras penas las palabras.

—No. Solo me he dado un golpe en el costado. ¿Y tú estás bien?

—Sí, pero el edificio rojo está destruido. Hay muchas cosas cambiadas, Lyra…

—Aquí también está cambiando todo. Es como si… Tengo que agrandar esta abertura, para que podamos volver, y por un montón de motivos más…

—¿Es ese Malcolm? ¿Está aquí?

—Pan ¿qué ocurre ahora? —le preguntó Malcolm, a poca distancia de ella—. ¿Quién hay ahí?

—Los soldados han muerto. Delamare ha muerto. Olivier…

—¿Bonneville? —dijo Lyra—. ¿Estaba también ahí?

—Sí, pero se ha ido, creo. Lyra, no sé por dónde empezar. He descubierto tantas cosas sorprendentes, cosas que nunca había sospechado, que hasta cuesta creer algunas. ¿Qué hacen aquí? ¿Construir carreteras? ¿Qué es este sitio?

—Todo está cambiando. Todo está trastocado, Pan. Me cuesta pensar con claridad.

—Tenemos mucho de lo que hablar. ¿Quiénes son esos? ¿Los conoces?

Se refería a las dos personas, un hombre y una mujer, que subían por la pendiente en dirección a ellos: Abdel Ionides y Leila Pervani.

Lyra lo llamó por su nombre, alborozada, y trató de acudir corriendo a su encuentro, pero comprobó que tenía las piernas tan débiles que apenas se sostenía. Ionides la agarró cuando estaba a punto de caerse.

Olivier Bonneville estaba aturdido por la explosión, pero no había perdido el conocimiento.

Manteniendo a su daimonion herido abrazado contra el pecho, palpó el suelo manchado de sangre, tratando de recobrar la noción de su entorno.

El daimonion se puso a chillar a pleno pulmón para alertarlo de que el inmenso paisaje de la pared estaba a punto de precipitarse sobre su cabeza.

Se alejó a rastras hasta un espacio despejado, situado más o menos en la zona central que ocupaba antes el edificio, donde el sol que se colaba a través de las vigas desnudas se posó en sus ensangrentadas manos y en su cerrada garganta.

Se puso a toser y a escupir y, luego, al enjugarse la boca, vio la sangre.

Debía de habérsele esparcido por toda la cara.

¿Dónde estaba Delamare? Estaba muerto, muerto y acabado. Todo había acabado.

Su daimonion lloraba tras él.

—Tranquilo, cariño, tranquilo, mi amor, estoy aquí… Ahora voy…

Se había lastimado como consecuencia de la explosión, y ya antes estaba herido.

Trató de ponerse en pie y descubrió que le bajaba un reguero de sangre de la cara.

Debía de ser la suya. ¿Sentía algún dolor?

¿Había recibido algún corte? Sí, tenía una brecha en el cuero cabelludo.

Al tomar conciencia de ello, se acentuó el dolor.

La sangre debía de ser, pues, suya, a fin de cuentas.

Después de enjugarse los ojos con la muñeca, alargó una mano temblorosa y el daimonion halcón subió por su brazo hasta el hombro.

Le bastó sentirlo allí; no tenían necesidad de hablar.

Aguzó el oído, atento a percibir algún indicio de vida.

Voces, pensó. Si alguien estaba con vida, sonarían voces, pero no oía ninguna.

Las paredes de madera derrumbadas crujían, asentándose aquí y allá.

Había incluso algún pájaro que cantaba afuera.

Trató de recordar qué había ocurrido exactamente.

Había apuñalado a Delamare en la garganta.

Este lo había mirado de frente a la cara, pero su poder se había disipado junto con la sangre que abandonaba su cuerpo.

Viendo que solo era una máscara que lo observaba, Bonneville había soltado una carcajada.

Mientras tanto, ese grotesco coronel de ridícula barba imperial se había volado a sí mismo y a sus artificieros.

Habían quedado hechos picadillo y, de todas formas, les estaba bien empleado.

Pero la chica… ¿Estaría dentro del edificio cuando había saltado por los aires o fuera?

Había habido un momento…, que tal vez había soñado en un estado comatoso transitorio…

, en el que le había parecido verla, besándose y abrazándose con ese daimonion mofeta.

Les daba el sol, o sea, que probablemente estaban fuera.

Lo raro era que el daimonion se encontraba dentro del edificio un minuto antes.

Caray, si habían recorrido juntos una parte del camino…

O sea, que debía de haber salido, de lo cual se deducía que la bomba del coronel Puffgutz había funcionado y había abierto un agujero entre ambos mundos.

Con cuidado, para no caer y también para evitar alguna pequeña avalancha de cascotes de las paredes, Bonneville echó a andar hacia el lugar donde creía que había estado ubicada la puerta.

A Lyra le zumbaban todavía los oídos. Todos los sonidos le llegaban amortiguados; el aire todavía estaba enturbiado con el polvo levantado por la explosión.

Ella mantenía abrazado a Pan mientras Malcolm, Ionides y Leila compartían explicaciones y pareceres.

Era más fácil no escuchar, pues así se podía concentrar en los murmullos de amor y las expresiones de alivio y de atolondrada alegría que ella y Pan se susurraban el uno al otro.

Tal vez todo iba a seguir siendo difícil y peligroso, pero, por el momento, se conformaba con volver a disfrutar de la compañía de su daimonion.

Los demás hacían conjeturas sobre si sería prudente regresar a su propio mundo, opinando que quizá acechaban amenazas en él y que estas podrían dictar la necesidad de mantenerse alejados de la abertura hasta no haber determinado qué había en el otro lado.

Y allí, en el mundo de las rosas, el sol resplandecía y las máquinas estaban en silencio.

Unos cuantos trabajadores o capataces se movían aquí y allá, tomando medidas y efectuando cálculos y anotaciones.

Sin embargo, los ciudadanos también estaban fuera.

Los niños se subían a los montículos de tierra y de grava bajo la supervisión de sus padres, que, mientras los mantenían alejados de las máquinas, les señalaban una montaña, o una barca en el lago, o un campo que había sufrido alguna transformación desde la última vez que lo habían visto.

Más abajo, en la ciudad, ultimaban los preparativos para una fiesta, enarbolaban banderas en los edificios públicos, colocaban sillas y mesas en las calzadas y guirnaldas de luces entre las ramas de los árboles de las aceras.

En el puerto levantaban una estructura temporal, que aún no tenía una forma definida.

Mientras la tierra se caldeaba bajo la calidez del sol, desde el lago comenzó a ascender por la pendiente de la colina un aire fresco que traía consigo una parte del ambiente de la fiesta de la localidad.

Lyra y Pan lo notaron claramente, al igual que Leila; Malcolm e Ionides estaban absortos en una conversación centrada probablemente en la política, o tal vez hablaban de física.

Bajaron juntos, atraídos por los sonidos de las voces, los martillazos y las risas.

Olivier Bonneville miró a su alrededor, con una mezcla de curiosidad y cautela. A dondequiera que mirase, estaban removiendo el suelo. Alguien estaba sacando un provecho económico de eso, sin lugar a dudas.

Por lo demás, no podía sacar mayores conclusiones a partir de las máquinas excavadoras, pues eran iguales en todos lados.

Para averiguar algo, necesitaba observar a las personas y caminar entre ellas.

Se le daba bien analizar las caras y los caracteres de la gente.

Era capaz de obtener información de esta sin que se diera cuenta, tal como había hecho en el café Cosmopolitain de Ginebra, a raíz de lo cual se había enterado de la estrecha relación de familia que existía entre Delamare y Lyra, y tal como había tomado conciencia posteriormente, con él mismo.

Recordando el tacto con que había tanteado a aquellos tres periodistas que tomaban unas copas después del Congreso Magisterial, sonrió satisfecho.

No tardaría en descubrir una gran cantidad de información sobre ese lugar, sin tener que esforzarse mucho.

Abajo en la ciudad, estaban construyendo un tablado junto al puerto, con sillas y algo más que estaban montando.

Tardó unos minutos en caer en la cuenta de que se trataba de atriles.

La tarima iba a ser una pista de baile. En la zona colgaban banderines y guirnaldas de luces de colores.

Desde allá arriba, Bonneville no podía discernir gran cosa: tenía que ir a mezclarse con la gente, charlar y encontrar un sitio donde dieran de comer y beber.

Nadie parecía especialmente interesado en el edificio de madera, ni en la explosión que lo había destruido. Varios individuos habían subido a mirar, o subían en ese momento, pero lo hacían con cierta desgana, como si tampoco les hubiera llamado la atención antes de que quedara destruido.

—Delamare nunca nos había dicho nada sobre este sitio —comentó el daimonion halcón—. Claro que supongo que tampoco sabía gran cosa, si no permitían entrar a nadie.

—Cualquiera diría que somos invisibles aquí —señaló Bonneville—. Nadie nos mira siquiera.

—Igual les das miedo. Tienes la cara toda manchada de sangre.

—¡Vaya! Tendrías que haberme avisado. Mira, por allí corre un poco de agua.

Debajo de la carretera, discurría un arroyuelo de agua más o menos limpia. Bonneville se agachó y se mojó la cara para limpiarse la sangre.

—¿Estoy mejor?

—Ahí debajo de la barbilla… Así está mejor.

Pronto se le secaría la cara. Siguieron caminando y pasaron delante de una taberna, o un local donde vendían bebida. Fuera había un banco donde dos ancianos charlaban fumando.

—Buenos días —saludó Bonneville—. Bonjour . Guten Tag .