35. Polvo y rosas #2
Manteniendo los ojos cerrados para moderar la sensación de vértigo, Lyra tanteó hasta encontrar con la mano el delgado tronco del árbol.
—Ya lo tengo —dijo—. Ahora echemos un vistazo.
Una vez que hubo estabilizado la postura, abrió los ojos.
El aire parecía lleno de un remolino de partículas que podrían haber sido vapor de agua o motas de polvo.
El lugar donde se alzaba la puerta con su marco y el edificio de atrás se habían convertido en otra parcela de terreno despejado, donde crecía la hierba entre las piedras.
—¿Lyra? —llamó Malcolm—. ¿Qué ves?
—Poca cosa. Ahora deja que me concentre.
Trató de enfocar la vista en lo que tenía más cerca. Vio el tronco de árbol truncado e incluso distinguió que había sido un sauce. Las partículas del aire eran, sin embargo, otro cantar… No había forma de que se quedaran quietas…
—Asta, ¿ves esos puntos que flotan en el aire? —preguntó.
—Sí. Son millones.
—¿Se mueven todos o hay algunos inmóviles? Yo no lo veo bien.
Le habría costado precisarlo incluso en condiciones normales. No obstante, le pareció que, entre la miríada de diminutas sombras y destellos, había algunos que no se movían.
—No hay muchos —respondió Asta—, pero sí, veo varios.
—Creo que podrían ser pequeños fragmentos de lo que busco.
La bomba en cuya fabricación se habían esmerado tanto el coronel Schreiber y su equipo había cumplido casi su propósito.
La abertura entre el mundo de Lyra y el mundo de las rosas había quedado destrozada y dispersada en un área del tamaño, más o menos, según calculó Lyra, de…
, del patio delantero del Jordan College, tal vez.
Aunque quizá fuera mayor, no estaba segura.
O incluso menor. En todo caso, cada uno de aquellos fragmentos, los que se mantenían quietos en el aire, era una pequeña abertura hacia su propio mundo, tal vez lo bastante grande, con suerte, si todo salía como esperaba, si lograba controlar el temblor de la mano, si no se le resbalaba la aguja entre los dedos…
, lo bastante grande para introducir la punta de la aguja.
Apoyó la mano en el árbol en busca de equilibrio. Aunque el tronco era delgado y estaba desmochado, con la copa colgando hasta el suelo, sería suficiente para aportarle estabilidad.
Dejó reposar la mirada en el aire frente a sí, sin enfocarla todavía en nada, dejando que los puntitos siguieran danzando y flotando. Cuando detectó uno que claramente no se movía, sino que se mantenía tan solo suspendido, parpadeó… y lo perdió de vista.
—No te apresures —oyó que le aconsejaba Malcolm.
—¡Ah! ¿Dónde estás?
—Detrás de ti. No te vuelvas. Mantén la cabeza quieta.
—¿Sabes qué busco?
—Asta me lo ha explicado. Yo también busco esas cosas que no se mueven, pero basta con pestañear para que desaparezcan. ¿Cómo puedo ayudar?
—Quédate cerca y sostenme si me caigo. Estoy muy mareada.
—De acuerdo.
—Y tú, ¿estás bien?
—Perfecto.
Dejó vagar la conciencia. Recordando las recomendaciones que le había dado Giorgio Brabant para percibir la comuna secreta, relajó cuanto pudo la atención contemplando el aire, nada más.
Una parte de sí era consciente de que tal vez se trataba de una empresa descabellada.
En su mundo había cortado madera y acero, pero aquellos eran materiales de su mundo, que habían permanecido en él.
Ella nunca se había franqueado paso a otro, tal como había aprendido a hacer Will.
Además, los agujeros, rasgaduras y brechas dejados por la explosión eran tan pequeños…
Quizá no iba a ser capaz de introducir la aguja en uno de ellos, en el supuesto de que los pudiera ver.
O tal vez la bomba había abierto un portal que daba a un mundo completamente diferente…
No, se estaba dejando dominar por pensamientos dispersos.
Lo único que debía hacer era localizar un punto que no se moviera. Debía ceñirse solo a eso.
Volvió a intentarlo. Jamás habría sospechado lo difícil que era, porque resultaba imposible concentrarse en una sola cosa; aun así, era imprescindible que no pensara en nada más.
Claro que si…
Si Pan estuviera allí cerca en el otro mundo, en su propio mundo, quizá sería capaz de oírla.
—Pan, ¿estás ahí? —lo llamó.
Solo captó los sonidos normales de la mañana, el ruido de la maquinaria más que nada. Aun así, aún había trinos de pájaros, que también percibió. ¿Y voces? ¿Había voces que hablaban? Quizá fueran solo los obreros que trabajaban abajo.
Volvió a probar otra vez, más fuerte, y Malcolm también se puso a llamar.
—¡Pan! ¡Pan!
Cerró los ojos para oír mejor y volvió a llamar otra vez.
¿Acaso era aquel quedo y distante grito una voz que le respondía?
—¡Pan! ¡Pan! —insistió, mientras le hacía un gesto a Malcolm para que no llamara.
Necesitaba oír a Pan, por más apagada que fuera su respuesta, y él necesitaba oír su voz.
Y entonces se hizo audible lo que más ansiaba oír por encima de todo: la voz de su daimonion.
—¡Lyra! ¡Aquí, Lyra!
—¡Quédate ahí! ¡No te vayas, Pan! ¡Quédate donde estás!
Todos los nervios de su cuerpo vibraban. Miró con ojos llorosos el sitio de donde parecía surgir su voz en el aire. Todo temblaba; no había nada inmóvil. Entonces, sin embargo, volvió a oír su voz.
—¡Lyra, Lyra, estoy aquí!
—¡Ahora voy, Pan! ¡Te lo prometo! ¡Estoy justo aquí! Solo me falta encontrar el sitio correcto… ¡Sobre todo, no te vayas!
Entre las diminutas rasgaduras, había de hecho una algo mayor que las demás, tras la cual se movía la luz.
Era, no obstante, pequeñísima, como la punta de una uña.
De nuevo la perdió de vista, pero sí, allí estaba…
Trató de delimitarla con las cosas que había en el fondo, el linde de un bosquecillo, el parabrisas de una excavadora roja aparcada más abajo, la esquina de un muro de piedra que delimitaba a lo lejos un campo al otro lado del lago…
Sí, allí estaba, y no se había movido, y la había vuelto a localizar.
—Ya casi, Pan… ¿Me oyes todavía? ¿Estás ahí?
—Sigo aquí.
—Voy a volver a probar…
Apoyada en el tronco desmochado del sauce, alargó la mano y, sujetándose la muñeca con la otra, encaró la punta de la aguja al minúsculo orificio.
Se le resbaló… No obstante, aquello sucedió porque aún le dolía la otra mano a causa de la agresión que había sufrido en el tren, y, por tanto, le costaba mantener esa posición.
Antes de intentarlo de nuevo, dejó en suspensión el brazo y luego, haciendo caso omiso del dilatado gemido de cansancio y dolor que escapó de su pecho, apretó las mandíbulas y volvió a levantar la aguja.
Esa vez localizó de inmediato el punto y trazó un corte hasta donde le alcanzaba el brazo.
El aire se abrió y allí apareció su propio mundo, y Pantalaimon pasó a través dando tumbos, hasta caer en sus brazos.