El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 35. Polvo y rosas
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35. Polvo y rosas

M alcolm y Lyra llegaron en ese mismo momento a la puerta. Ella trató de accionar la manilla, pero esta no giró.

—¡Está cerrada con llave! —exclamó.

—No puede ser, si no hay cerradura… Déjame probar a mí.

Lyra se apartó y él trató de girar en vano la manilla.

—Por lo general, uno nota lo que ocurre en el interior de una cerradura —comentó—, pero esto no parece siquiera una cerradura. Es algo completamente rígido. ¿Oyes algo?

Lyra pegó la cabeza a la puerta. Percibió el calor del que se había impregnado la madera gracias al sol, la superficie algo rugosa en una zona donde empezaba a desprenderse la capa de barniz y el silencio absoluto que reinaba al otro lado.

—Nada —dijo—. ¿Te acuerdas de cuando hemos llegado hace un par de horas, o lo que sea…, si hemos pasado por esta puerta en concreto? Lo que te pregunto es si era la puerta de este lado o la del otro, el nuestro.

—Yo solo recuerdo la conmoción que he sentido cuando se ha abierto. A ver, voy a intentarlo de nuevo… Quizá haya algún truco.

Tiró de la manilla en diversas direcciones, tratando de oír algún chasquido revelador.

—Las personas que venían hasta aquí para comerciar con aceite tenían que haber podido abrir la puerta —opinó Asta, que también había permanecido atento a cualquier posible ruido—. A no ser que hubiera un estamento de guardianes de las puertas o alguien que conociera el secreto.

—Probemos a llamar —propuso Lyra.

Golpeó con los nudillos, pero sonó un ruido opaco, como si la madera de la puerta estuviera pegada con cemento a una pared de ladrillo. Tal vez fuera así, en ese lado, pero todo cuanto había en el otro se encontraba en un mundo distinto…

—Oigo algo —dijo Asta, que se mantenía en completa inmovilidad, muy cerca de la puerta.

Aunque aguzó el oído, Lyra solo percibió el constante estrépito de las máquinas que removían la tierra a su espalda y un pesado silencio del lado de la puerta.

Malcolm dirigió la mirada hacia el tejado de la pequeña estructura de madera. El alero era bajo, de modo que alcanzó a tocarlo. Movió de un lado a otro, tratando de desencajar las tablillas que lo formaban, pero estas no cedieron.

—¡Eh! —exclamó Lyra—. Lo oí. Un hombre gritando.

Volvió a pegar la cabeza a la puerta. Allí dentro ocurría algo, sin duda, pero no estaba claro qué era.

Malcolm, que también oyó algo, agarró a Lyra del brazo y la apartó. Entonces la puerta estalló.

En el interior, el coronel Schreiber y tres de sus hombres murieron en el acto.

Otros dos retrocedieron justo a tiempo. Pan yacía aturdido en el suelo; el daimonion lechuza lo había soltado, presa de terror, porque, a corta distancia, Olivier Bonneville clavó una navaja en la garganta de Marcel Delamare.

Este se retorcía y forcejeaba, tratando de aferrarle las manos, y, cuando Pan recuperó la noción de la situación, cayó en la cuenta de lo que ocurría al ver el chorro de sangre que brotó hacia arriba.

Con la cara teñida de rojo, semejante a una máscara de odio y de terror, Bonneville estaba degollando a Delamare.

Después soltó la navaja y dio media vuelta, sollozando, mientras el presidente del Consejo Supremo del Magisterio perdía la vida con la sangre que manaba de su cuello.

Al cabo de un poco, dejó de agitar las piernas, y el chorro se transformó en un hilillo. En el mismo instante, el daimonion lechuza, que había estado descargando zarpazos al halcón de ala rota, se esfumó en una nube de minúsculas partículas, que a su vez se redujeron rápidamente a la nada.

Pan hizo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban para incorporarse, temblando. La caída lo había dejado aturdido y la explosión que se produjo un momento después lo había proyectado por los aires, hasta que quedó tendido en el suelo, observando las distantes vigas del techo.

—Olivier —llamó con una vocecilla que parecía un graznido—. ¡Olivier!

Agazapado en el suelo inundado de sangre, el muchacho lloraba abrazado a su daimonion herido. Sollozaba como un niño pequeño, huérfano y desesperado.

No respondió. Pan quiso acercarse a él, pero el suelo era un lago de sangre.

En el lugar donde antes se encontraban los pilares rojos y los dragones ornamentales, había una masa de añicos de madera y de humo.

La bomba lo había destrozado todo, reduciéndolo a jirones y astillas, y la abertura hacia el mundo de las rosas estaba destruida, tapada, convertida en una nube de relucientes fragmentos suspendidos en el aire.

Fuera de allí, Malcolm y Lyra yacían en mitad de la pendiente de tierra, adonde se habían visto propulsados por la explosión.

Les zumbaban los oídos. Todos los sonidos le llegaban amortiguados y todas las sensaciones las percibían como si estuvieran envueltas en una gruesa tela.

Lyra tenía arenilla o ceniza en la boca.

Tuvo que escupir antes de poder emitir algún sonido, lo cual le resultó de por sí difícil, porque no tenía saliva.

Malcolm había caído precisamente del lado de la cadera donde había recibido el disparo y, a pesar de los cuidados de Tilda Vasara y del musgo de la sangre que le aplicó, le dolía la herida.

No obstante, se hallaba en condiciones de hablar.

—¿Te has roto algo? —preguntó.

Lyra, que apenas podía oírlo, se sentó con dificultad y negó con la cabeza.

Sus oídos, en cambio, aún no se habían recuperado.

Aparte, estaba encandilada, o tal vez era el aire, que estaba lleno de fulgor.

Este le hizo recordar los koruskati que rebullían en torno a la caverna del brujo, con la diferencia de que esas partículas eran más pequeñas que las del fuego.

La luz de que disponían provenía de su mismo interior; no estaban iluminadas por el sol del mundo de las rosas y algunas cargaban una oscuridad traída del lugar de donde provenían.

Poco a poco, Lyra se dio cuenta de lo que debían de ser: esquirlas, astillas y fragmentos diminutos de lo que antes era visible a través de la abertura…

o, lo que era lo mismo, de su propio mundo. La vía de acceso estaba destrozada.

—¡Oh, no! —gritó—. ¡No, no!

Malcolm se esforzaba por ponerse en pie, pero parecía que la pierna le impedía moverse.

—¡Lyra! ¿Qué pasa? ¿Estás herida?

Ella lloraba y sollozaba, presa de angustia.

—Malcolm… Han…, han volado la abertura.

Temblaba, tratando de despabilar la boca, los ojos y los oídos, con la misma opresión, próxima a la desesperación, que había experimentado bajo la guillotina de plata en Bolvangar.

Entonces notó que algo le tocaba la pierna.

Alargando la mano, tentó el suave pelo de Asta y, por un instante, pensó que se trataba de Pan, pese a saber que no era él; aquel contacto era extraño aun resultándole familiar, debido a los días que había pasado en compañía del daimonion de Malcolm.

Asta le hablaba, pero ella no percibía sus palabras.

—¿Asta? No te oigo. Asta, ¿estás bien?

El daimonion saltó hasta el regazo de Lyra y después se subió a sus brazos.

—¡Dile lo que me has dicho a mí! —le indicó Malcolm.

—¿Cómo? ¿Qué? —inquirió Lyra.

Asta pegó la cara a la mejilla de Lyra y volvió a hablar. Ella sintió la vibración a través de los huesos, pero no alcanzó a discernir las palabras. Asta, que se percató de ello, apoyó entonces la pata en el bolsillo de la camisa de Lyra.

—¿Qué? ¿Qué me quieres decir? —alcanzó a articular esta.

Al llevarse la mano a ese mismo lugar, evocó con claridad el momento en que, agachada en el oscuro pasillo de la casa del nuncio, fue seccionando el acero de la cerradura con la punta de la aguja, mientras Asta se mantenía atento por si se le caía al suelo.

—Eh… Sí, me acuerdo —confirmó Lyra, aquejada de vértigo—. Con la…

Le tocaba hacer algo más difícil todavía. Con mano trémula, palpó la tela de algodón del bolsillo y comprobó que el paquetito seguía allí.

—Con cuidado —advirtió Asta.

Lyra lo oyó un poco mejor esa vez, y tosió tratando de aclararse la garganta.

—No hace falta que me lo digas —susurró con voz ronca—. Vigila por si se cae.

—¿Qué vais a hacer? —preguntó Malcolm.

—Cortar una vía de paso. ¿Qué pasa allá abajo?

Se refería a la zona de obras de la carretera, donde algunas máquinas pesadas se habían detenido o habían aminorado la marcha de los motores. Le costaba enfocar la vista y aún tenía enturbiada la visión.

—Algunos obreros suben hacia aquí para ver qué ha pasado —explicó Asta—. Son unos cinco o seis. Aparte de ellos, los demás siguen con su trabajo.

—¿Se ha oído mucho la explosión? Yo no sabría decirlo.

—Sí. Ha sido muy fuerte.

—Y el edificio…

—Debe de haber quedado destruido por completo.

—¿Todo? ¿Con todas las pinturas?

—Por el ruido, ha parecido que todo se venía abajo.

Mientras desplegaba el papel, Lyra trató de mirar hacia atrás, hacia el lugar donde antes se encontraba la puerta y el pequeño edificio de madera, pero no quedaba ni rastro de ellos.

Quizá se debiera tan solo a que no veía bien, pensó con un anhelo de esperanza.

Entonces sus dedos toparon con la aguja.

—Mira, me voy a limpiar los dedos. Los tengo sucios de tierra.

Tras afianzar la aguja ensartándola en la costura de la chaqueta, se frotó los dedos con la camisa. Ya empezaba a oír mejor; Malcolm explicaba algo a los obreros. Luego un capataz los llamó para que volvieran al trabajo y ellos se marcharon sin dar más muestras de curiosidad.

—Tengo que encontrar… un sitio donde empezar a cortar —dijo Lyra, desclavando la aguja—. Ay, por favor…, que quede algo… Pero cuesta tanto de ver…

Comprendiendo que hablaba más bien para sí, Asta no contestó nada. Cuando intentó ponerse en pie, Lyra descubrió que le dolía todo el cuerpo y que temblaba, abrumada por una horrible sensación de vértigo.

—Escucha, Lyra —dijo Asta, consciente de su estado—. A menos de un metro a tu izquierda hay un tronco de árbol partido. Podrías apoyar la mano en él para tener más estabilidad.

—Tú no pierdas de vista…

—La aguja. No, descuida.