El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 34. El alkahest en acción #2
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34. El alkahest en acción #2

—¡Sí! Es, en efecto, el disolvente universal, tal como pone en la enciclopedia.

El destructor de vínculos. Fíjate en lo que está pasando aquí…

Todas las viejas costumbres y maneras de funcionar que mantenían en contacto a las personas, como el trueque y el comercio, se han disuelto.

Las han desterrado por una nueva forma de vida que la gente no acaba de entender.

Las nuevas carreteras que conducen a sitios desconocidos, pero que destrozan los cultivos de rosas y derriban casas en perfecto estado y…

—¿Y lo de la enfermedad de los daimonions? ¿También es obra del alkahest?

—¡Es principalmente eso! ¿Cuál es el vínculo más íntimo que existe?

El que hay entre las personas y sus daimonions.

Cuando uno está separado, como ocurre en nuestro caso, el vínculo sigue ahí, pero esto no es lo mismo, ni mucho menos.

Con la enfermedad que se ha extendido aquí, la gente parece indiferente, como si hubiera perdido simplemente el interés.

Eso no se da solo aquí, sin embargo. Afecta a todos los tipos de vínculo, también en nuestro mundo.

Es como lo que hizo el nuevo rector del Jordan, que rompió la antigua relación que había entre yo y la institución, porque les salía demasiado cara.

Cuando lo dijo, sonó como algo muy razonable.

Era por dinero. Tenían que ahorrar dinero, porque…

Todo lo que tiene que ver con el alkahest es razonable.

Es razonable ganar dinero, ahorrar dinero…

Es realmente muy poderoso. No sé cómo no me había dado cuenta antes.

Es algo que se infiltra en todo. ¿No me dijiste algo sobre Thuringia Potash, que tenían una sucursal o un laboratorio o algo por el estilo en Alepo?

—Sí. Acababan de abandonarlo porque estaban perdiendo dinero. Eso representó la desaparición de todo lo que dependía de la sucursal, como empleos y negocios… Había un bar a donde solía ir a comer el personal de TP y que quedó condenado a la bancarrota.

—Todo en proceso de disolución. Cuanto más lo pienso, más evidente me parece… Creo que por fin empiezo a entenderlo de verdad. Todo tiene que dejar vía libre al dinero.

—¿Y cómo encaja la figura de Mustafá Bey en esta idea? Tú te fiabas de él, ¿no? Sin embargo, era, ante todo, un comerciante, y además estaba construyendo una nueva carretera, ¿verdad? Y había puesto a circular en ella una flota de autobuses, ¿no?

Lyra se masajeó la cabeza. Aquello era cierto. El suyo era un autobús bonito y cómodo, que sin duda entrañaría el cese de actividad de diversos transportistas, pequeños comerciantes y propietarios de caravanas de camellos. La cuestión no era sencilla.

—No lo sé —reconoció—. Sí, es verdad, por supuesto que sí, como también lo es que la gente siempre ha destruido cosas para construir otras en su lugar.

Lo del dinero es, sin embargo, diferente, porque lo engulle todo…

Incluso el Magisterio y los hombres de las montañas, la facción de personas que pretendía destruir las rosas, tomaban estas en serio.

Aunque se equivocaban en su apreciación, sentían que tenían una importancia intrínseca.

A Thuringia Potash y todas esas otras empresas, en cambio, les interesa solo el aceite de rosa como mera unidad de valor.

Si una hectárea de rosas reporta dinero, perfecto, pero, puesto que las rosas y el aceite carecen de valor en sí mismos, no tienen escrúpulos en arrancarlos.

Todos esos constructores que arrasan estos campos no lo hacen porque detesten las rosas, sino porque pueden ganar más dinero por parcela cultivando cacahuetes o poniendo una fábrica.

Todo aquello se le ocurría a medida que hablaba. Entonces se acordó de Silvina Policastro y de su daimonion, que apoyaba con desmayo la cabeza en su hombro.

—Lo que más me perturba —prosiguió—, o una de las cosas que…

Estoy muy cansada, Malcolm, y me cuesta hilar los pensamientos…

La cosa sería más o menos así. Al producir el aceite de rosa, cada parte del proceso constituye un fin en sí mismo.

Las rosas ofrecen hermosura mientras crecen.

Los oficios de destilación del agua de rosas y la fabricación de aceite son actividades que merece la pena realizar y saber ejercer de por sí, que ofrecen una posibilidad para perfeccionarse en ellas y sentirse orgulloso.

La gente que la llevaba a cabo tenía una conexión con la tierra, con las estaciones, con la luz y las oscilaciones del tiempo, y recibía el sol, el viento y la lluvia en la piel.

El alkahest va a trastocar todo eso. Esas personas pronto estarán sentadas en oficinas con luz artificial, introduciendo números en libros de cuentas, y sus daimonions agonizarán a su lado, sin que nadie se inquiete por ello ni sepa por qué razón ocurre.

Mientras hablaban, iban caminando por la ciudad.

Malcolm apenas decía nada, pero ambos sabían que, de haber intervenido, habría objetado que pecaba de un exceso de romanticismo, que el cultivo de las plantas exigía un duro esfuerzo físico y que, para preservar el funcionamiento de la civilización, los libros de cuentas merecían el mismo grado de atención que las rosaledas.

Mientras pensaba en lo que decía e iba percibiendo posteriores implicaciones, Lyra experimentaba una gran y callada melancolía, que no era angustia y sufrimiento, sino algo semejante a la inacabable luz gris suspendida sobre un mar inmóvil en un día sin viento.

Malcolm se paró de pronto.

—¿Y la diadema? —preguntó—. La llevabas cuando estábamos en la salita y te la has quitado cuando ibas a abrir. ¿No la habrás dejado en aquella casa?

Lyra se detuvo dos pasos más allá. Se mantuvo de espaldas a Malcolm, para que este no pudiera ver las sucesivas expresiones que pasaron por su cara.

—La he puesto en la bolsa de costura de la señora —respondió tras una pausa que le pareció muy dilatada. Él no se movió—. No tenían nada —arguyó—. Era lo único que podía hacer.

Malcolm se acercó, la abrazó y le dio un beso en la frente. Ambos sintieron como si quisiera hablar, pero no encontrara las palabras.

En realidad, sí disponía de todas las palabras que necesitaba, pero en ese momento supo que nunca las iba a pronunciar.

Por último, bajó los brazos y se separaron. Ella alzó la vista para ver cuánto les faltaba y, tras reacomodarse la mochila, dio un paso más. Él echó a andar a su lado.

Iban a llegar al cabo de unos cinco minutos, calculó Lyra.

El daimonion de Delamare, la lechuza blanca, abrió las alas y, despegándose de su hombro, alzó el vuelo para surcar en silencio el extenso espacio de la sala.

Conscientes de que esta tenía una vista más aguzada, Pan y Bonneville se quedaron paralizados de miedo.

Mientras la lechuza trazaba círculos cerca del techo, agitando las partículas del polvo posado en las vigas, Pan pensó que, si se acurrucaba en el rincón más alejado, no sería capaz de alcanzarlo.

Bonneville, entre tanto, determinó que se encontraba ya al límite de la distancia a la que podía alejarse de Delamare y que debería regresar pronto con él, y, en efecto, se dio la vuelta para descender en dirección a este, que acababa de franquear el umbral.

Bonneville echó entonces a correr a toda velocidad hacia la otra puerta, la que daba al mundo de las rosas.

Pan observó como los soldados empezaban a tirar por las escaleras de la plataforma con ruedas con la que desplazaban la bomba.

Al llegar a la entrada, como era demasiado estrecha, obedeciendo las instrucciones de un oficial de pelo cano y barba de estilo imperio, empezaron a partir y tajar el marco de la puerta con unas palancas y un hacha.

Si bien volvía a hallarse junto con Delamare, la lechuza blanca miraba en derredor, girando en todos sentidos la cabeza con unos grandes ojos que relucían en la penumbra.

Cuando posó la vista en Bonneville, que casi había llegado a la puerta, Pan salió disparado del rincón y se puso a correr tras él tratando de franquear el amplio espacio revestido de madera que los separaba.

Incluso corriendo, vio cómo la lechuza giraba otra vez la cabeza, en dirección a él, para luego volver a elevarse, con un agudo chillido, en el aire.

Esa vez se mantuvo, no obstante, a corta distancia del suelo.

Batía las alas en absoluto silencio, en medio del polvoriento aire, desplazándose directamente hacia él.

¿Acaso podía él avanzar más deprisa por el suelo que ella por el aire?

Una de las consecuencias de aquel tremendo silencio era que debía seguir vigilándola incluso mientras corría.

Bonneville había llegado casi a la puerta.

Allí había una especie de curioso decorado arquitectónico, con pilares pintados de rojo y dragones de colores, pero, sin distraerse con ello, el daimonion lechuza se precipitó hacia el joven de la mochila, que ya alargaba la mano hacia la puerta.

Entonces, sin embargo, el daimonion exhaló un grito ahogado y se elevó abruptamente, pues había llegado a la distancia máxima a la que podía separarse de Delamare.

Pan oyó una especie de tos a su espalda.

Era el propio Delamare, que reaccionaba con el suyo al dolor del daimonion.

Mientras la lechuza se alejaba con impotencia de la puerta para regresar con él, Delamare se acercó titubeando hacia ella, al tiempo que mandaba avanzar a los soldados.

El coronel Schreiber impartió con aspereza unas órdenes y los hombres fueron arrastrando la plataforma por la sala, hasta colocarla entre los pilares rojos y… ¿Dónde estaba Bonneville?

Pan no lo había visto salir. Delamare se puso a gritar con furia… porque, de repente, surgido de la oscuridad del extremo de la sala, apareció Bonneville.

Pan se quedó petrificado. Bonneville manoseaba algo…, había dejado la mochila en el suelo y su daimonion halcón permanecía posado en ella, con el ala lastimada medio desequilibrada, mientras él parecía ocupado en quitarse algo adherido a las manos.

Pan estaba hipnotizado…, y luego por poco no se murió de miedo; porque Delamare se había aproximado lo bastante como para que su daimonion pudiera volar libremente, y este se había abatido en silencio sobre él y lo había atrapado.

Suspendido en el aire, Pan notaba sus garras clavadas en las costillas.