El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 34. El alkahest en acción
94%

34. El alkahest en acción

T ras una jornada de viaje, hollando arena y grava, Pan seguía a Olivier Bonneville y a su caballo por un terreno cubierto de áspera hierba que desembocaba en suave pendiente en la zona arbolada donde se encontraba el edificio rojo.

Ya divisaba con bastante claridad su distante tejado, pero, pese a que se subía, cada vez que tenía oportunidad, a un arbusto o arbolillo, esa era la única parte que alcanzaba a ver.

El sendero que había aparecido en medio de la hierba era cada vez más practicable.

Era evidente que por allí habían pasado personas y animales durante años, o incluso siglos.

Bonneville parecía más calmado ahora que ya se vislumbraba su punto de destino, o al menos esa era la impresión de Pan.

Incluso había tratado de poner al trote a su montura, aunque esta no le obedeció.

Cuando se detuvieron para beber, justo antes del linde de los árboles, Pan decidió dar a conocer su presencia.

Corrió entre las ramas del árbol más cercano al lugar donde se había parado Bonneville y lo llamó.

—¡Eh, tú! ¡Bonneville! Quiero hablar contigo.

Bonneville dio un respingo y miró en torno a sí.

—Aquí arriba —le indicó Pan.

—¡Tú!

—Sí, soy yo.

—La condenada mofeta… ¿Dónde está la chica?

—No tengo ni idea. Si iba delante, ya debe de haber entrado en el edificio y, si va detrás, no. Es lo único que te puedo decir.

—¿Qué quieres?

—Bueno, en primer lugar, quiero impedir que la mates.

—No la voy a matar —murmuró Bonneville.

—¡Habla más alto!

—He dicho que no la voy a matar. Pero es posible que Delamare sí tenga intención de hacerlo, y ya no está lejos de aquí.

—Es ese individuo del Magisterio, tu tío.

Bonneville volvió a dar un respingo, pálido y con cara de enojo.

—Más vale que no te me acerques —advirtió.

—Bah, no te voy a hacer daño.

—No me refería a eso.

Sacudió las riendas y el caballo se puso en marcha. Pan los siguió entre las ramas, aprovechando la proximidad de las copas de los árboles.

—¿Qué pretende Delamare? —preguntó a voces a Bonneville.

—Quiere matarla, y también quiere hacer volar algo con explosivos. Le vendría bien hacer ambas cosas al mismo tiempo.

—Y si no tienes intención de matarla, ¿qué quieres tú?

—Ella tiene el aletiómetro de mi padre y lo quiero recuperar. Después la dejaré tranquila y me olvidaré de ella.

—Pues no lo vas a recuperar, porque el aletiómetro está roto. Además, ella es hermana tuya.

Bonneville se desequilibró un poco sobre la silla.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó en voz baja.

—Creía que era un dato conocido. Lo que me gustaría saber es cómo te enteraste tú.

Bonneville siguió cabalgando en silencio durante un buen rato.

—¿Qué es lo que hay en el edificio rojo? —preguntó después.

—No lo sé. Creo que Lyra quizá cree…

—¿Qué? ¿Qué es lo que cree quizá?

—Que es un portal de acceso a otro mundo. Nosotros ya habíamos visto portales de esos.

—¿Te crees que soy estúpido? —replicó, burlón.

—Pues no, pero cometes estupideces. Actúas de forma impulsiva. ¿Acaso no leíste el sermón de tu tío? Supongo que no estabas presente para oírlo. Él sí cree en la existencia de portales que dan a otros mundos. Piensa que son las puertas por las que el mal entra al nuestro.

—Hombre, tú tampoco estuviste allí. Entonces, ¿cómo lo sabes?

—Debí de haberlo leído en algún periódico.

Bonneville permaneció callado un momento. Al caballo le costaba avanzar por culpa de las ramas, con lo cual se veía obligado en ocasiones a apartarlas para poder pasar.

—¿Y dices que lo de Lyra es un dato conocido?

—No. En todo caso, ella no está al corriente. Si quieres que te diga la verdad, lo he sabido por tu daimonion, mientras dormías.

—Canalla.

Su daimonion permanecía posado, inmóvil como una piedra, a su espalda.

—¿Te acuerdas de tu madre, de la señora Coulter? —preguntó Pan.

—No. Seguramente, era cómplice de su hermano en toda esta invención de mentiras…

Pan, que conservaba vívidos y terroríficos recuerdos de la mujer, estuvo tentado de contarle a Bonneville cuanto sabía, pero se contuvo.

El caballo se paró de repente. Tomado por sorpresa, Bonneville estuvo casi a punto de caer de la silla.

—¿Oyes eso? —preguntó.

Pan volvió la cabeza a ambos lados para localizar el sonido que había percibido Bonneville. Un suave viento rozaba las hojas y algún pajarillo trinaba a corta distancia, pero el ruido que había captado Bonneville era de otra naturaleza y, al cabo de un momento, Pan lo oyó también.

—Una máquina —determinó—. Viene de allá atrás, por donde veníamos.

—Delamare y su bomba. Mierda. ¿Ves el tejado rojo? ¿A qué distancia queda?

—Cerca —le informó Pan, después de trepar hasta lo alto del sauce—. Está a tan solo unos minutos.

—Bien. Vamos a ir lo más deprisa que podamos. Ese motor renquea…, le cuesta avanzar. Llegaremos nosotros antes.

Bonneville sacudió las riendas, pero el caballo continuó con el mismo paso cansino, negándose a ir más rápido.

Pan, que saltaba de árbol en árbol entre la espesura, se planteó aconsejar a Bonneville que dejara el caballo y siguiera a pie, porque estaban a solo unos minutos del edificio.

La densidad de los árboles les impedía ver cuanto quedaba por debajo del edificio rojo, pero Pan tenía una impresión de inmensidad, y también de silencio, un silencio en el que el motor refrigerado por aire del camión, del carro acorazado, o lo que fuese que los seguía, sonaba cada vez más cercano y amenazador.

Por último, se bajó de un salto cuando el caballo pasaba debajo y se aferró a la chaqueta de Bonneville para estabilizarse.

—Pero ¿qué haces? —gritó este, retorciéndose para evitar el contacto con él.

—Calla y desmonta. Deja el caballo en medio del camino para bloquear el paso y continúa a pie. Ya casi hemos llegado.

El daimonion de Bonneville levantó su única ala sana para protestar, pero no dijo nada.

Él se bajó con torpeza y el caballo se movió un par de pasos justo cuando ponía el pie en el suelo.

Perdió el equilibrio. Sin embargo, el muchacho se recuperó enseguida y se precipitó hacia delante, colgándose la mochila del hombro.

El caballo, que ya había descubierto una apetecible hierba al lado del camino, no parecía dispuesto a moverse de allí.

Bonneville le dio una palmada en el cuello mientras se disponía a seguir a Pan en dirección a la mancha roja que se vislumbraba ya entre los árboles.

En menos de un minuto llegaron a la zona enlosada que precedía los escalones del pórtico. Pan tenía la idea de que habría guardias allí. No obstante, tenía un recuerdo vago del contenido del diario de Strauss y lo cierto era que entonces no había nadie.

Se detuvieron de nuevo a escuchar el ruido del motor de Delamare.

—Está más cerca —dijo Bonneville.

—Apurémonos, pues. Abre la puerta.

Pan saltó hasta el escalón de arriba y observó las columnas de pintura descascarillada y el borde del tejado, mientras Bonneville corría tras él.

El ruido del motor se oía con claridad entre los árboles: Pan contaba con ver aparecer el vehículo de un momento a otro.

Bonneville apoyó la mano en la manilla y advirtió con sorpresa, tal como le había ocurrido a Malcolm, que esta giró sin ofrecer ninguna resistencia.

—Deprisa —le urgió a Pan, que se coló entre sus piernas y entró en la gran sala.

Cerraron la puerta de inmediato, antes de mirar a su alrededor.

Pan buscaba una salida, mientras que Bonneville se había quedado paralizado de asombro.

Al distinguir entre la penumbra la puerta que había en el otro extremo de la inmensa sala, Pan se precipitó hacia ella.

El ruido del roce de sus garras sobre el suelo de madera resultó muy audible en el silencio del vasto lugar.

A medio camino, se volvió a mirar atrás.

Bonneville no se había movido del sitio.

Contemplaba en torno a sí y también hacia el techo, como si hubiera recibido una revelación.

Tal vez mirase unas pinturas que había en la pared.

—¡Vamos! —Elevó la voz hasta donde se atrevía.

El vehículo que los seguía había llegado a la zona enlosada de delante del atrio. El conductor apretó un poco el gas y después el motor se paró y quedó en silencio. Bonneville salió de su embeleso y echó a correr hacia la otra puerta en pos de Pan.

Y cuando Pan casi había llegado, con Bonneville a la zaga, se abrió la puerta tras ellos. Con la luz que entró por ella, en el umbral quedó recortada la silueta de Marcel Delamare.

Lyra y Malcolm se quedaron mirando mientras la pareja de ancianos salía por la puerta.

Por la tensión de su postura, Lyra supo que Malcolm estaba ansioso por salir en su defensa y le apretó la mano, consciente con todo de que no sería tan insensato, pues era evidente que lo iban a reducir en un instante.

Al pasar, el viejo señor Butler se inclinó hacia ella para hablarle en voz baja.

—Se lo va a contar, ¿verdad?

—Todo —afirmó—. Todo lo que hemos visto.

La señora Butler sonrió con nerviosismo al marcharse, aferrada a su bolsa de la costura. Como no podían caminar a paso de marcha, los soldados tuvieron que adaptarse a su ritmo mientras se alejaban de la orilla del lago y se perdían de vista al doblar una esquina.

—¿Y ahora qué? —preguntó Malcolm a Lyra.

—No quiero ir más lejos del portal, de la abertura, ya sabes. Si Pan hubiera entrado, sé que me esperaría cerca de allí. No quiero estar en otro sitio cuando llegue.

—Buena idea. Regresemos. ¿Y qué me ibas a decir sobre el alkahest? ¿Acabas de entender qué era?